viernes, 1 de noviembre de 2013

El tubo



















     Un tubo funciona por apego al deber, por pundonor, por retención del aliento. Donde vuelve a respirar, donde le gana la risa y el absurdo, ahí se acaba el tubo. Otras herramientas disimulan mejor su objetivo, no el tubo. Es más, el tubo no tiene objetivo, no procesa nada, es la herramienta más ociosa y la menos sobornable. Pero él, tan manso, es el que tiene mejor suerte. Porque por un tubo corre siempre la novedad. Va lleno de domingo, y el domingo es nuestra ración de llanura.
     Estar dentro de un tubo, pues, es un honor, como viajar en misión pública. Todo en él es próvido y galante. Por eso, donde la tierra no es lo bastante solícita con uno, se coloca un tubo; un tubo es premura; todo se vuelve urgente a través de un tubo. ¿Alguna cosa es requerida, necesita llegar a su destino, urge su presencia en otra parte? Ahí surge un tubo. Sin el verbo "llamar" no habría tubos. "¡Hey, tú!", se grita ahuecando las manos alrededor de la boca en forma de tubo, como si se quisiera abstraer al otro del mundo y uncirlo rápidamente con la punta de nuestro grito. Sí, el tubo suprime mundo, es un atajo. Todo atajo es un vuelo, y los tubos vuelan, aun debajo de la tierra vuelan, representan el desarraigo, la internacionalidad, la victoria de lo genérico y de la llanura; porque lo que lleva dentro un tubo es siempre vago y oficial, es llano, pertenece a la patria; un tubo nos da siempre la espalda, nos dice tú no entiendes, y en verdad ¿en qué punto o tramo de un tubo podemos empezar a entender algo, siendo él todo oratoria y vuelo? El tubo está y no está, es de otros, viene de lejos y va lejos, es puro nuca y lomo, puros pasos de ciego o de sordomudo.
     En suma, el tubo es irreal, o cuando menos sonámbulo. No tiene un rizo de ironía o jocosidad. Es cadavérico. Eso le ayuda a saltar relieves y protuberancias, a vencer resquemores tribales y ancestrales. Es llanura en acto. Los tubos son el habla de la nueva generación y curan viejas heridas, actúan por distensión. Donde surge un borbollón de fuerza sordo y traumático, ellos lo amansan y lo vuelven audible dándole longitud, dándole mundo, dándole promesa. Dadle llanura a un salvaje y lo volveréis dócil, ése es el lema del tubo.
     Por eso el tubo es narcótico. No habría drogas sin tubos; toda droga ensaya en nosotros una tubería y cualquier experiencia alucinógena es comparable a la vivacidad y al desorden que otorgan la fluencia por un tubo. El tubo relaja y revuelve, restableciendo la efusión y la prisa de los primeros tiempos, cuando las cosas eran fáciles porque eran pocas. Porque donde hay un tubo, además de premura, hay deslumbramiento, pues el tubo va siempre al grano; es como si cada vez recorriera una parte de terreno bien aprendida; como si dijéramos: esta parte nos corresponde, la hemos pisado y vuelto a pisar una infinidad de veces y la conocemos tan minuciosamente que ahora tenemos todo el derecho a tender un tubo. Un tubo, en síntesis, resume las pisadas y miradas con que nos hemos ido adueñando de un páramo, como si a fuerza de pisarlo y mirarlo le hubiéramos sacado brillo. Representa el símbolo de un pleno señorío alcanzado. Es un premio. Por eso los tubos delatan siempre a un propietario. Un hombre que posee alguna clase de ductos es como si mirara y tocara más lejos que lo otros, sabe que perdurará sutilmente. La misma forma ahuecada del tubo indica la voluntad de administrarse y perdurar. Su capacidad de amplificación, de llanto, de expulsión violenta, se debe a ese ascetismo. Basta ver lo que hace el tubo de un telescopio o un microscopio: recluta ondas de luz, las aisla y descorteza, les quita su mundanidad grasosa, las deja en estado místico, a flor de piel, en situación de perfecta audiencia, de llanura. La amplificación es una mondadura, un modesto estallido. Por desgracia, de ahí al destripamiento propiamente dicho, a la explosión auténtica (véanse el cañón, el mortero, la bazuca, aun la simple cerbatana) hay sólo un paso, y es entonces cuando desearíamos que el tubo fuera menos ecuánime y más sobornable, con fugas a los lados, concretamente menos recto e intransigente, para bien de la humanidad.


(De: "Caja de herramientas")

Fabio Morábito



Fabio Morábito. Poeta mexicano, nacido en Alejandría, Egipto, en 1955. A los tres años sus padres regresan con él a su Italia natal y en 1969 emigra con toda su familia a México. Tiene publicados, entre otros, los libros de poesía Lotes baldíos (1984, Premio Carlos Pellicer); De lunes todo el año (1991, Premio Aguascalientes) y Alguien de lava (2002); los libros de cuentos La lenta furia (1989), así como el libro de prosas Caja de herramientas(1989), la novela para niños Cuando las panteras no eran negras (1996), el libro de ensayos Los pastores sin ovejas (1995) y También Berlín se olvida (2004). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores mexicanos.