viernes, 30 de enero de 2015

ODA AL RUISEÑOR
















I
Me duele el corazón y una modorra entumece 
mis sentidos, como si hubiera bebido cicuta 
o empinado, hace un minuto, algún denso 
narcótico, y me hubiera hundido en el Leteo: 
no por envidia de tu feliz destino, 
sino por ser feliz en tu felicidad; 
porque tú, alada dríada de los árboles
       en melodiosa trama
con verdes hayas y sombras incontables, 
a plena voz le cantas al verano.


II

Oh, si un trago de vino, largamente enfriado
en la tierra profunda, con sabor a Flora
y a los campos verdes, a danzas y canciones
provenzales, y gozo soleado;
oh, si una jarra llena del sur caluroso,
llena de auténtico y ruboroso Hipocrene,
con redondas burbujas rebosando los bordes
       y la boca manchada de púrpura, 
yo pudiera beber y alejarme invisible del mundo, 
desaparecer contigo en la penumbra del bosque.


III

Irme lejos, disolverme y olvidar del todo 
lo que tú entre las hojas nunca conociste: 
el cansancio, la fiebre, el ajetreo de aquí, 
donde sentados los hombres óyense gemir, 
donde el temblor sacude unas pocas tristes canas, 
donde la juventud empalidece espectral y muere; 
donde pensar no es sino llenarse de pena, 
       desesperanzas con ojos de plomo, 
donde la belleza no puede mantener el brillo de sus ojos 
ni el nuevo amor suspirar por ellos más allá de mañana


IV

¡Basta! ¡Basta! Porque volaré hacia ti,
no conducido por Baco y sus leopardos
sino en las alas invisibles de la poesía,
aunque el cerebro torpe quede lento y perplejo.
Si ya contigo, tierna es la noche...
y tal vez, la reina luna esté en su trono,
rodeada por sus hadas estelares;
         pero aquí no hay luz,
salvo la que soplan las brisas desde el cielo 
por entre sombras verdes y senderos musgosos.


V

No alcanzo a ver las flores a mis pies
ni el incienso suave que flota entre las ramas;
pero adivino, en la penumbra fragante, la dulzura
con que la estación propicia dota
a la hierba, el seto y los frutos silvestres,
al espino blanco y la pastoril eglantina,
a las violetas marchitas cubiertas de hojas
         y a la primogénita de mayo: 
la naciente rosa mosquete, llena de rocío, 
delicia de las moscas en tardes de verano.


VI

Mientras oscurece escucho. Y cuánto tiempo estuve 
medio enamorado de la muerte apacible; 
la he llamado con suavidad en rimas meditadas 
para que se lleve al aire mi aliento sosegado. 
Ahora más que nunca parece bueno morir, 
dejar de ser sin dolor sobre la medianoche, 
mientras derramas por todas partes tu alma
         ¡en, semejante éxtasis!
Aún seguirías cantando..., cuando vanos mis oídos 
se volvieran de tierra para tu alto réquiem.


VII

Tú no naciste para la muerte, ave inmortal, 
ni te han gastado las generaciones hambrientas: 
la voz, que oigo osla noche fugaz ya fue oída 
en antiguos tiempos por emperadores y bufones; 
quizás, la misma canción que se abrió camino 
al triste corazón do Ruth, cuando deseosa 
de patria lloraba de pie entre mieses ajenas;
          la misma que otras veces 
hechizara mágicas almenas abiertas a la espuma 
de mares peligrosos, en tierras legendarias, desoladas.


VIII

¡Desoladas...! Como una campana, la misma palabra 
me aparta de ti hacia mi propia soledad. 
¡Adiós! la fantasía no alcanza a mentir tan bien 
como lo dice su fama de duende embustero. 
¡Adiós!, ¡adiós! Doliente tu himno se diluye 
más allá de los prados, sobre el arroyo quieto, 
colina arriba; el que ahora, se entierra hondo
           en los claros del valle contiguo. 
¿Fue una visión o un sueño de vigilia? 
La música ha volado: ¿estoy despierto o duermo?


John Keats


(Traducción: Ana Bravo y Javier Adúriz)

Ode to a nightingale
I

My heart aches, and drowsy numbness pains 
my sense, as though of hemlock I had drunk, 
or emptied some dull opiate to the drains 
one minute past, and Lethe-wards had sunk: 
'tis not through envy of thy happy lot, 
but being too happy in thine happiness,— 
that thou, light-winged Dryad of the tress,
in some melodius plot 
of beechen green, and shadows numberless, 
singest of summer in full-throated ease.

II
O for a draught of vintage! that hath been 
cool'd a long age in the deep-delved earth, 
tasting of Flora and the country green, 
dance, and Provencal song, and sunburnt mirth! 
O for a beaker full of the warm South, 
full of the true, the blushful Hippocrene, 
with beaded bubbles winking at the brim,
and purple-stained mouth; 
that I might drink, and leave the world unseen, 
and with thee fade away into the forest dim:

III

fade far away, dissolve, and quite forget
what thou among the leaves hast never known,
the weariness, the fever, and the fret
here, where men sit and hear each other groan;
where palsy shakes a few, sad, last gray hairs,
where youth grows pale, and spectre-thin, and dies;
where but to think is to be full of sorrow
and leaden-eyed despairs, 
where Beauty cannot keep her lustrous eyes, 
or new Love pine at them beyond to-morrow.

IV

Away! away! for I will fly to thee,
not charioted by Bacchus and his pards,
but on the viewless wings of Poesy,
though the dull brain perplexes and retards:
already with thee! tender is the night,
and haply the Queen-Moon is on her throne,
cluster'd around by all her starry Fays;
but here there is no light,
save what from heaven is with the breezes blown 
through verdurous glooms and winding mossy ways.

V

I cannot see what flowers are at my feet, 
nor what soft incense hangs upon the boughs, 
but, in embalmed darkness, guess each sweet 
wherewith the seasonable month endows 
the grass, the thicket, and the fruit-tree wild; 
white hawthorn, and the pastoral eglantine; 
fast fading violets cover'd up in leaves;
and mid-May's eldest child, 
the coming musk-rose, full of dewy wine, 
the murmurous haunt of flies on summer eves.

VI

Darkling I listen; and, for many a time
I have been half in love with easeful Death,
call'd him soft names in many a mused rhyme,
to take into the air my quiet breath;
now more than ever seems it rich to die,
to cease upon the midnight with no pain,
while thou art pouring forth thy soul abroad
in such an ectasy!
Still wouldst thou sing, and I have ears in vain-
to thy high requiem become a sod.

VII

Thou wast not born for death, immortal Bird! 
No hungry generations tread thee down; 
the voice I hear this passing night was heard 
in ancient days by emperor and clown: 
perhaps the self-same song that found a path 
through the sad heart of Ruth, when, sick for home, 
she stood in tears amid the alien corn;
the same that oft-times hath 
charm'd magic casements, opening on the foam 
of perilous seas, in faery lands forlorn.

VIII

Forlorn! the very word is like a bell 
to toll me back from thee to my sole self! 
Adieu! the fancy cannot cheat so well 
as she is fam'd to do, deceiving elf 
Adieu! adieu! thy plaintive anthem fades 
past the near meadows, over the still stream, 
up the hill-side; and now 'tis buried deep
in the next valley-glades: 
was it a vision, or a waking dream? 
Fled is that music: —Do I wake or sleep?




John Keats. Poeta inglés nacido en Londres en 1795. Huérfano desde muy pequeño, fue educado en una escuela de Enfield donde antes de los quince años ya traducía a Virgilio. Se graduó luego como farmacéutico, pero sólo ejerció la profesión durante dos años, después de los cuales se dedicó por completo a la poesía. En 1817 apareció su primera colección titulada "Poemas", seguida por "Hiperión", "Oda a Psyche", "Oda a una urna griega" y "Oda a un ruiseñor", entre otras. Aquejado por la tuberculosis, enfermedad que había diezmado a su familia, y decepcionado por su divorcio de una joven vecina de quien se había enamorado profundamente, se trasladó a Roma, donde pese a su enfermedad y a sus problemas económicos, produjo una parte muy importante de su obra, consistente en poemas y cartas entre las que se cuentan, "La Belle Dame sans Merci" y "To Autumn". Falleció en Roma en febrero de 1821.

Biografía tomada de: A media voz.