viernes, 29 de mayo de 2026

EL TRABAJO DEL SUEÑO

 


TRILIOS

Cada primavera 
  entre las
    contradicciones 
      de la infancia

las colinas se volvían blancas 
    de trilios salvajes.
     Yo creía en el mundo.
       Ay, yo a libelaba

que fuera fácil 
  estar a gusto
    en los poblados reinos 
     pero no podía

no existía ningún lugar 
   a mi medida.
    Entonces atravesé 
     los delicados capullos

crucé el arroyo frío 
   mi columna
     y mis flacos hombros blancos 
       desplegándose, estirándose.

Durante la época del deshielo 
   cuando el arroyo brama
      y el barro patina 
        y las semillas crujen

escuché la palabra de la tierra 
    la discusión de las raíces 
      los argumentos de la energía 
        los sueños reposando

justo debajo de la superficie 
    para luego elevarse 
      volviéndose
        a último momento

flamantes y luminosos — 
   la paciente parábola 
     de cada primavera y cada colína 
      año tras año difícil.





EL RÍO

En un día, el Amazonas descarga 
en el Atlántico una cantidad de
agua equivalente al suministro que necesita 
Nueva York para nueve años.
New York Times
Solo porque nací 
acá o allá, en esta 
o aquella fría ciudad 
no piensen que no recuerdo 
que llegue como una semilla 
arrastrada por la corriente

por un cauce enmarañado que 
se vierte en el relámpago de barro 
que sigue hacia el este, pasando 
monos y loros, pasando 
árboles con sus ramas 
en el ciclo, hasta ser derramada

para dormirme bajo el pulmón azul 
del Caribe.

Nadie
me lo contó. Pero poco a poco
el olor a barro y hojas fue volviendo 
y en sueños yo también 
empecé a volver 
a sentir la corriente.

¿Mienten los sueños? Una vez fui un pez 
y lloré por mis hermanas en las enormes 
encrucijadas del delta.
Una vez encontré entre los juncos
un bote, tan flaco y solitario
como un árbol joven. Cerca,
el bosque chisporroteaba con la lluvia de la tarde.

Casa, dije.
Hay una palabra en cada lengua para nombrarla.
En el cuerpo mismo, trepando
esas paredes de trueno blanco, pasando esos templos
verdes, también hay
una palabra para nombrarla.
Yo dije casa.



SUSURROS

alguna vez 
intentaste 
deslizarte hacia el 
paraíso de la sensación y

encontraste no sé qué 
resistencia que te tiraba 
hacia atrás? ¿alguna vez 
te recostaste sobre tu hombro

de cara a la luna blanca 
agotada, gimiendo
por favor, dejame entrar? ¿te animaste 
a contar los meses que pasaban y los años

mientras imaginabas el placer 
brillando como miel, guardada bajo llave 
en algún árbol secreto? ¿te animaste a sentir 
tu soledad acumulándose

insoportable, y reconociste 
qué clase de estallido podía originar 
toda esta condena? ¿saliste a caminar 
por la mañana

a donde sea, para mirar
esas vidas refulgentes, sin conciencia
fluyendo, ligeras, hacia afuera y más allá 
hasta donde sus pulmones

sus huesos y apetitos 
puedan llevarlas? Ay, ¿ miraste 
con melancolía los sonrojados 
cuerpos de las flores? ¿te detuviste

a observar los pantanos, los ríos espiralados 
donde pájaros como flechas de fuego 
resplandecen entre los árboles, sus cuerpos 
intercambiando felicidad

en la elegante, maravillosa 
monotonía del diseño universal — 
gloria para la sangre, guarida para el espíritu, 
a la que vos no podes pertenecer?



UN VISITANTE

Mi padre, por ejemplo, 
que alguna vez fue un joven 
de ojos azules 
vuelve
en la noche oscura
hasta el umbral de mi casa y golpea
golpea la puerta, salvajemente
y si respondo
tengo que estar preparada
para su cara de cera
su labio inferior
hinchado de amargura.
Entonces, por un largo tiempo,
no contesté
dormía de a ratos
entre aquellas horas de insistencia.
Pero finalmente llegó la noche
emergí de entre las sábanas
y fui, tropezando por el hall.
La puerta se derrumbó

supe que estaba a salvo 
y que podría soportarlo 
tan patético y vacío 
cada uno de sus sueños 
congelado adentro suyo,
su maldad desvanecida
Lo recibí y lo invite a pasar 
prendí la luz 
miré sus ojos blancos 
y por fin vi
lo que una niña debe amar, vi 
lo que hubiera podido el amor 
de habernos amado a tiempo.



LA TORTUGA

Irrumpe desde la textura 
azul oscura del agua, arrastra 
su caparazón, su escudo, su moho 
entre la orilla y los juncos 
marismas y más allá 
hasta la arena amarilla 
para cavar con su pata torpe 
un nido, y acurrucarse 
esparcir sus huevos blancos 
en la oscuridad, y pensás

en su paciencia, su fortaleza 
su voluntad para realizar 
aquello para lo que nació — 
y te das cuenta de algo más — 
ella no está pensando en 
aquello para lo que nació. 
Solamente está colmada 
de un antiguo y ciego deseo.
No es suyo siquiera pero llegó hasta ella
con la lluvia o el viento suave 
como un umbral a través del cual 
su vida pudo seguir adelante.

Ella no puede verse 
distinta del mundo
o el mundo no es más que 
lo que ella hace cada primavera. 
Arrastrándose, hasta lo alto de la colina, 
luminosa bajo la arena que ha cubierto su piel, 
no sueña, sabe que es

parte de la laguna en donde vive 
y los árboles son sus hijos 
y los pájaros que nadan arriba suyo 
están atados a ella por una cuerda 
imposible de romper.



VOLVIENDO A CASA

Cuando manejamos, de noche, 
por la larga ruta
a Provincetown, y por kilómetros
no hay un alma, cuando estamos cansadas,
cuando los edificios
y los pinos pierden
su aspecto familiar
nos imagino elevándonos
por encima del auto que acelera
nos imagino viendo
todo desde otro lugar — la cima
tic las pálidas dunas
o los campos de mar
profundos, sin nombre —
y lo que vemos es el mundo
que no puede guardarnos
pero (que nosotras sí podemos guardar
y lo que vemos es nuestra vida
moviéndose
por los oscuros bordes
de cada cosa — los faros
como linternas
barriendo la negrura —
creemos en miles
de cosas frágiles, improbables,
nos cuidamos del dolor
nos demoramos en la felicidad
hacemos las maniobras correctas
hasta los médanos enormes
directo hacia el mar
las olas eléctricas
las calles angostas, las casas,
el pasado, el futuro,
la puerta de nuestra casa se abre
para vos y para mí.

(Del libro homónimo,
Caleta Olivia, 2021; 
de Dream work-1986-)

Mary Oliver


Mary Oliver nació en 1935 en Mapple Heights, Ohio, Estados Unidos. Luego de terminar el colegio, se trasladó a las afueras de Nueva York, donde permaneció algunos años ayudando a la hermana de la poeta Edna St. Vincent Millay a ordenar su obra. Después de un paso fugaz por la ciudad y la vida académica, y tras conocer a la fotógrafa Molly Malone, se trasladó junto a ella a Provincetown, Massachusetts, donde vivirían hasta la muerte de Molly. Oliver pasó sus últimos años en Hobe Sound, Florida. Considerada una de las poetas más populares de Estados Unidos, publicó libros de poesía y ensayo, entre ellos American Primitive (ganador del premio Pulitzer), Dream Work, New and Selected Poems (ganador del National Book Award), Long Life, Red Bird (traducción publicada en 2017 por la presente editorial), y A Thousand Mornings. Murió en 2019, a los 83 años.


Pueden LEER poemas relevantes de este libro en la página: Jardin Lac
y todos los poemas de la autora en esta Biblioteca: Aquí 



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