TRILIOS
Cada primavera
entre las
contradicciones
de la infancia
las colinas se volvían blancas
de trilios salvajes.
Yo creía en el mundo.
Ay, yo a libelaba
que fuera fácil
estar a gusto
en los poblados reinos
pero no podía
no existía ningún lugar
a mi medida.
Entonces atravesé
los delicados capullos
crucé el arroyo frío
mi columna
y mis flacos hombros blancos
desplegándose, estirándose.
Durante la época del deshielo
cuando el arroyo brama
y el barro patina
y las semillas crujen
escuché la palabra de la tierra
la discusión de las raíces
los argumentos de la energía
los sueños reposando
justo debajo de la superficie
para luego elevarse
volviéndose
a último momento
flamantes y luminosos —
la paciente parábola
de cada primavera y cada colína
año tras año difícil.
EL RÍO
En un día, el Amazonas descarga
en el Atlántico una cantidad de
agua equivalente al suministro que necesita
Nueva York para nueve años.
New York Times
Solo porque nací
acá o allá, en esta
o aquella fría ciudad
no piensen que no recuerdo
que llegue como una semilla
arrastrada por la corriente
por un cauce enmarañado que
se vierte en el relámpago de barro
que sigue hacia el este, pasando
monos y loros, pasando
árboles con sus ramas
en el ciclo, hasta ser derramada
para dormirme bajo el pulmón azul
del Caribe.
Nadie
me lo contó. Pero poco a poco
el olor a barro y hojas fue volviendo
y en sueños yo también
empecé a volver
a sentir la corriente.
¿Mienten los sueños? Una vez fui un pez
y lloré por mis hermanas en las enormes
encrucijadas del delta.
Una vez encontré entre los juncos
un bote, tan flaco y solitario
como un árbol joven. Cerca,
el bosque chisporroteaba con la lluvia de la tarde.
Casa, dije.
Hay una palabra en cada lengua para nombrarla.
En el cuerpo mismo, trepando
esas paredes de trueno blanco, pasando esos templos
verdes, también hay
una palabra para nombrarla.
Yo dije casa.
SUSURROS
alguna vez
intentaste
deslizarte hacia el
paraíso de la sensación y
encontraste no sé qué
resistencia que te tiraba
hacia atrás? ¿alguna vez
te recostaste sobre tu hombro
de cara a la luna blanca
agotada, gimiendo
por favor, dejame entrar? ¿te animaste
a contar los meses que pasaban y los años
mientras imaginabas el placer
brillando como miel, guardada bajo llave
en algún árbol secreto? ¿te animaste a sentir
tu soledad acumulándose
insoportable, y reconociste
qué clase de estallido podía originar
toda esta condena? ¿saliste a caminar
por la mañana
a donde sea, para mirar
esas vidas refulgentes, sin conciencia
fluyendo, ligeras, hacia afuera y más allá
hasta donde sus pulmones
sus huesos y apetitos
puedan llevarlas? Ay, ¿ miraste
con melancolía los sonrojados
cuerpos de las flores? ¿te detuviste
a observar los pantanos, los ríos espiralados
donde pájaros como flechas de fuego
resplandecen entre los árboles, sus cuerpos
intercambiando felicidad
en la elegante, maravillosa
monotonía del diseño universal —
gloria para la sangre, guarida para el espíritu,
a la que vos no podes pertenecer?
UN VISITANTE
Mi padre, por ejemplo,
que alguna vez fue un joven
de ojos azules
vuelve
en la noche oscura
hasta el umbral de mi casa y golpea
golpea la puerta, salvajemente
y si respondo
tengo que estar preparada
para su cara de cera
su labio inferior
hinchado de amargura.
Entonces, por un largo tiempo,
no contesté
dormía de a ratos
entre aquellas horas de insistencia.
Pero finalmente llegó la noche
emergí de entre las sábanas
y fui, tropezando por el hall.
La puerta se derrumbó
supe que estaba a salvo
y que podría soportarlo
tan patético y vacío
cada uno de sus sueños
congelado adentro suyo,
su maldad desvanecida
Lo recibí y lo invite a pasar
prendí la luz
miré sus ojos blancos
y por fin vi
lo que una niña debe amar, vi
lo que hubiera podido el amor
de habernos amado a tiempo.
LA TORTUGA
Irrumpe desde la textura
azul oscura del agua, arrastra
su caparazón, su escudo, su moho
entre la orilla y los juncos
marismas y más allá
hasta la arena amarilla
para cavar con su pata torpe
un nido, y acurrucarse
esparcir sus huevos blancos
en la oscuridad, y pensás
en su paciencia, su fortaleza
su voluntad para realizar
aquello para lo que nació —
y te das cuenta de algo más —
ella no está pensando en
aquello para lo que nació.
Solamente está colmada
de un antiguo y ciego deseo.
No es suyo siquiera pero llegó hasta ella
con la lluvia o el viento suave
como un umbral a través del cual
su vida pudo seguir adelante.
Ella no puede verse
distinta del mundo
o el mundo no es más que
lo que ella hace cada primavera.
Arrastrándose, hasta lo alto de la colina,
luminosa bajo la arena que ha cubierto su piel,
no sueña, sabe que es
parte de la laguna en donde vive
y los árboles son sus hijos
y los pájaros que nadan arriba suyo
están atados a ella por una cuerda
imposible de romper.
VOLVIENDO A CASA
Cuando manejamos, de noche,
por la larga ruta
a Provincetown, y por kilómetros
no hay un alma, cuando estamos cansadas,
cuando los edificios
y los pinos pierden
su aspecto familiar
nos imagino elevándonos
por encima del auto que acelera
nos imagino viendo
todo desde otro lugar — la cima
tic las pálidas dunas
o los campos de mar
profundos, sin nombre —
y lo que vemos es el mundo
que no puede guardarnos
pero (que nosotras sí podemos guardar
y lo que vemos es nuestra vida
moviéndose
por los oscuros bordes
de cada cosa — los faros
como linternas
barriendo la negrura —
creemos en miles
de cosas frágiles, improbables,
nos cuidamos del dolor
nos demoramos en la felicidad
hacemos las maniobras correctas
hasta los médanos enormes
directo hacia el mar
las olas eléctricas
las calles angostas, las casas,
el pasado, el futuro,
la puerta de nuestra casa se abre
para vos y para mí.
(Del libro homónimo,
Caleta Olivia, 2021;
de Dream work-1986-)
Mary Oliver
Mary Oliver nació en 1935 en Mapple Heights, Ohio, Estados Unidos. Luego de terminar el colegio, se trasladó a las afueras de Nueva York, donde permaneció algunos años ayudando a la hermana de la poeta Edna St. Vincent Millay a ordenar su obra. Después de un paso fugaz por la ciudad y la vida académica, y tras conocer a la fotógrafa Molly Malone, se trasladó junto a ella a Provincetown, Massachusetts, donde vivirían hasta la muerte de Molly. Oliver pasó sus últimos años en Hobe Sound, Florida. Considerada una de las poetas más populares de Estados Unidos, publicó libros de poesía y ensayo, entre ellos American Primitive (ganador del premio Pulitzer), Dream Work, New and Selected Poems (ganador del National Book Award), Long Life, Red Bird (traducción publicada en 2017 por la presente editorial), y A Thousand Mornings. Murió en 2019, a los 83 años.
Pueden LEER poemas relevantes de este libro en la página: Jardin Lac
y todos los poemas de la autora en esta Biblioteca: Aquí

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