sábado, 29 de agosto de 2026

LIBRO DE TORMENTAS














La ciudad englutida


Yakuza

Tienen un cuarto lleno de 
juguetes,
cortadoras de césped,
bolsas reventadas de comida,
libros para tapar huecos,
títulos, 
pisapapeles,
ceniceros, 
camas dobles, 
cajitas de fósforos.
Necesidad de ir y venir:
devoran, terminan, empiezan otra vez.
Tienen.
Juguetes, 
ceniceros,
flamencos de goma, 
listas, 
almanaques.
El ruido de un caño de escape,
fuego de hornallas,
un par de cuadrúpedos salivando 
la alfombra.
Tienen el viento de sus viajes,
el instinto de su fe,
números: 
hijos,
amores,
visitas, 
manos…
la vida en sus manos.
Tienen mi edad.
Sus ojos tienen la pared de mi jaula,
el arca que orilla este oráculo.
Entonces,
por ese gélido gemido,
por las hebras prójimas
en ruina,
entre voces que diluvian bajo el tiempo,
no tendrán mi muerte,
ni mi sangre.


Monólogo de Filomena


Una cascada se derramaba por su pelo hasta los pies. Llevaba una tela estoica sobre la espalda, un cielo pálido y el ala incompleta de un cupido.
Ojalá este tapiz no cifrara tu historia. Puedo reescribirla y robarle la palidez a ese cielo que osadamente se rasca con tu piel. “No”, me respondía. “No”, una y otra vez. No. Los dioses lloran conmigo. Mis manos nunca se tiñeron con un azul como el zafiro. Tengo las uñas sucias de tinta, más digno es el paño que lustra tu corona. “No”, volvió a responder. Nunca me atreví a moverme. Permanecí arrodillado a sus pies. 
Mis huesos blandos hilaron la imagen del tapiz. Tal vez envuelvas mi cuerpo con él cuando muera, tal vez lo hagas para preservar mi tinta del polvo.  Es lo único que queda.

Ven, escribe mi ala, dijo. Tu voz es la mía. 



Manos en el invierno

Apolonia tiene las manos rojas, resecas
pero no son como la corteza de un árbol.
Sangran, tienen llagas entre los nudillos.
Apolonia no podía conversar en la mesa,
tuvo que aprender a hablar y
repetir cada uno de los pasos.
La sangre de Apolonia es
la ampolla del marfil, la irritación de la pluma,
una flor que cae y su oráculo,
la palabra seca del Profeta,
la savia de la hoja que se limpia en la tierra, 
el goteo de barro que deja el río en los pies.
El roble más grande del patio
elonga las raíces largas como la noche
     hasta anudarle las tripas.
Nunca llegaron a sus manos,
manos bellas y manos rojas, todavía rojas,
de tanto lavarse como una forma de su obsesión


Baco enfermo

Yoknapatawha

I
El valle es una boca descuidada;
nos arrastra,
nos pierde en el río.
Corre por galerías en bajada.
Túneles de hierba seca que lloramos, 
que jugamos
como Dios y el Diablo.
A pisotear escorpiones en la arena,
a levantar la piedra que oprime.
Agradecer la tierra
y mojarnos en el azabache del llanto.
Ese bramido, 
el talismán de nuestros sueños,
el lobo que destiñe el pasto.
Ese bramido que rompe el valle
para que nuestra noche muera en la garganta.
Todo cae, desaparece;
hasta el vinagre en las almohadas.
Un avión quiebra el dorado nítido
y une lo que no vemos.
El invertido marfil de ladrillos.
El aliento que oprime la montaña. 


II
Las herraduras se pegan en el barro,
hay un siseo bajo la lluvia
y Arca Roja muere junto al río. 
Ella no le teme al bosque.
El camino se evapora
para fundirse en el desierto
y en los nombres que trae el viento.
Sombra Azul escucha el siseo,
impone su pecho en la corriente del Tippah
al sentir que sus crines velan a la mujer que lleva.
Ahora, Arca Roja espera entre los árboles,
para señalar, con sus dedos ensangrentados, 
el escondite de la roca. 
Como una gota en el mar, Sombra Azul
truena su pecho de barro.
En un mausoleo de ráfagas se convierte en poeta
y busca un talismán entre oleadas del cielo y del río.
Arca Roja, el rapsoda de su tribu,
ahora dice su nombre
y como un sagrado talismán,
canta para ella
otra vez la eternidad. 
Así escribió su vida:
Como las olas que abandonan el mar.



Williwags

Supongamos que pienso mi muerte:
redimo la palabra “viento”
y la abandono en un bote. 
En el viento supiste que te refugiabas por última vez.
Recuerdo la palabra en mi tumba. 
Mi alma se salva entre las cenizas congeladas de un brasero
y en esas alas negras que deshilachan
el cielo. Se salva de aquel viento
que me lanzó contra las piedras,
y de la sombra más oscura 
que me trajo al olvido. 
Siento un cosquilleo,
una corriente
en los 
pies. 



Fuego en la cima de la montaña

I

Un sorbo de golondrín 
   quiebra la frescura del río,
la quietud a espaldas del día.
Apenas una hoja de espada cabe entre el muelle y el bote.
El sogún huye, cabeza por la que corren filos de ingratitud. 
Al otro lado, un último guerrero
separa la cabeza de su pueblo.
Su conciencia respira en las heridas del valle:
como una sola antorcha y un solo escudo.
Ahora es otro y, sin embargo, el mismo.


II
El bosque, una sombra de ballenas.
El cielo, un cuenco de lluvia o
el velo de pájaros.
Fisura entre hierbas.
Su corazón de bambú y
sus ojos de pluma
que quiebran la fibra que une. 
Se oye una voz mendicante.


III
…luz que cae por hendiduras de un canasto,
trizas sobre la fruta,
cebada en el patio, 
el faisán ya no cuelga desnudo,
yace, junto al jardinero,
bajo el peral.
Los usurpadores ajenos no tienen delatores
en las tierras del Señor.


IV
El pez divaga en las entrañas
sin advertir el cauce del río,
en la impensada penumbra
que arrastra y
surca la Tierra.
Un día, el hombre de barro 
suplicará la lluvia para borrar sus ojos,
para quedar deshecho en estas líneas.


V
Mientras el guerrero luchaba
el sogún gritó su nombre desde el bote.
Su mujer llorará sobre el papiro
y romperá las estrellas con silencio y con espinas.
Flor que cae y se vislumbra
en cascadas de pasos desfigurados 
por el barro.
Sombras entre árboles,
monjes entre columnas.
Dios respira cerca, allí,
en la cima de la montaña.  



El palacio de la luna

no es el viento que rasura
   esta garganta de sombras
ni el aserrín hueco,
costilla que es década y plegaria.
no es el témpano espejado de las palabras ni
el pulso irreverente
   de esta luz que tira, 
que se vuelve mito
y sangra
el costado cóncavo de la máscara
nunca muere
en su círculo
evita los cortes
y sangra
es este fuego, la mano
que tira del pecho,
la piedra en el estómago
el ruido en la tormenta que calla,
la diosa 
que naufraga entre llamas y charcos
y carcome la hierba seca
de nuestra imagen;
es esta piedra que pide respirar,
la soledad volviéndose bella y eterna.


(Del libro homónimo,
Barnacle, 2026, Envío
de Alberto Cisnero)

José Ignacio Hernández


José Ignacio Hernández (1988, Argentina) Es escritor y estudiante de música. Publicó en diversas revistas: “Círculo de Poesía”, “Diario Los Andes”, “Ceniza”, “Surco”, “Buenos Aires Poetry”, “Irradiación”, “Ulrica”, “Santa Rabia Poetry”, “Phantasma”, “Grifo”, “Autores”, “Portal Azimut” y “El Poeta Ocasional”. Entre 2019 y 2024 estudió en el taller literario de Diego Niemetz. En 2025 fue seleccionado para estudiar en el Writers’ Workshop de la Universidad de Iowa, con el poeta Mark Levine. En el presente, continúa sus estudios de escritura con el poeta Lucas Margarit. “Libro de tormentas” es su primer volumen publicado.


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