martes, 22 de abril de 2014

Bruma













Banda de pájaros cruza emitiendo un chirrido idéntico al de una persona que limpia un vidrio con una rejilla apenas húmeda. El ajetreo del mar, por su constancia, se volvió inaudible.


Camino adelante, los restos de otra construcción derrumbada cuelgan de la cresta del acantilado. Un fragmento de losa fluctúa como la pieza de un rompecabezas roto. Brillan al sol cerámicos de lo que antes pudo haber sido un baño, una cocina. Los pórticos se mantienen intactos y dan al filo del acantilado: entradas sin puerta que de un lado enmarcan el mar y del otro, el vacío.


Llego a una escollera en donde trabajan dos grúas, una naranja y otra amarilla. Mueven las palas mecánicas sobre sus ejes, sacando piedras de un lado y poniéndolas del otro. Abajo, puedo ver unas bolsas negras, enormes, pero ningún indicio de lo que guardan adentro. Una mosca recién nacida me roza los labios.


Una franja mínima de bruma se extiende sobre el horizonte límpido: un recordatorio de que las tormentas no desaparecen sino que se desplazan mar adentro, hasta perderse.



Latigazo de espuma se desploma y disgrega en gotas gruesas que el viento mantiene en el aire por unos pocos segundos hasta que la gravedad actúa sobre ellas; entonces caen formando, instantáneamente, con el impacto, una sábana homogénea, blanquecina, niquelada, tendida, que se resbala de la piedra, rebobínándose hacia el mar.


Una piedra de corazón hueco es cavada internamente por el oleaje y, en un exceso de presión, despide un chorro espumeante de agua salada hacia arriba, como la fosa del pulmón de una ballena que murió hace mucho tiempo, pero todavía respira.


Rodeando la estatua del Almirante Brown, un grupo de chicos cantan, con guitarra desafinada, una canción que habla de la distancia entre sentir y decir. Llego al mar. Leve refracción rosa, atenuada. Estrías oscuras producidas por el roce del viento en la piel de superficie (dunas móviles). No sé si esa línea que es la ciudad se pierde o si la prolongo mentalmente hasta un punto en donde se pierde. Incrementa el rosa en cuestión. El aire calca su textura en el agua, o al revés. Salgo sin querer en una foto ajena. Se amoretona el rosa como si el transcurso del tiempo fuera un golpe de puño en la intersección entre el cielo y el mar.



Matías Moscardi




Matías Moscardi, poeta argentino (Mar del Plata, 1983). Es profesor en Letras por La Universidad Nacional de Mar del Plata, donde trabaja como docente y becario del CONICET, con un proyecto de tesis doctoral sobre editoriales independientes de poesía argentina. Sus libros son Los círculos del agua (Dársena 3, Mar del Plata, 2006), Pluvia (Vox, Bahía Blanca, 2007), Una, dos comadrejas (Vox, 2010), Los sapos (Sacate el Saquito, Mar del Plata, 2011), El ansia (Sacate el Saquito, 2012) y Bruma (Vox, 2012). Tradujo para Luz Mala, de Mar del Plata, el Paterson V de William Carlos Williams (2012), el Libro de los gatos mañosos del Viejo Possum de T. S. Eliot, en colaboración con Luciana Caamaño (2012), y Narración de George Oppen (2013), con prólogo de Martín Gambarotta. Administra el blog de traducciones Me tradujo una mosca (metradujounamos-ca.blogspot.com) y organiza anualmente el Festival de Poesía de Acá, en Mar del Plata.