viernes, 8 de julio de 2016

EL TEDIO




























Del otro gran aventurero de la antigüedad y de la literatura, Odiseo, sabemos por buenas fuentes que se zambulló de lleno en la rutina cotidiana.

Después de vivir todas las aventuras que relata Homero (partir a regañadientes de Ítaca hacia Troya, guerrear durante nueve años, lograr finalmente con la argucia del caballo lo que no había logrado la valentía de Aquiles ni la fuerza de Ayax – emprender luego el retorno a Ítaca pero esta vez para demorarse otros nueve años por el camino con Sirenas, Cíclopes, comedores de loto, Escila, Caribdis, el reino de los muertos, la ninfa Calipso, etc.), regresa y con la ayuda de su hijo y unos pocos más, masacra a los pretendientes que pretendían usurpar su trono y el uso de su esposa, tras lo cual aparentemente vivieron felices y envejecieron en Ítaca.

Sin embargo, nos lo volvemos a encontrar veinte siglos después, en el octavo círculo del infierno, en el canto XXVI de la Divina Comedia. Según el testimonio del Dante, el eterno aventurero no puede ser atraído o retenido por el amor de su familia, y sigue navegando los mares.

Nè dolcezza di figlio, nè la pièta
                        Del veccio padre, nè´l debito amore
                        Lo qual dovea Penelopè far lieta,

            Vincer poter dentro da me l´ardore
                        Ch´i´ebbi a divenir del mondo esperto,
                        E delli vizi umani e del valore

(Inf. XXVI 94-98)                

Cruza el estrecho, según cierta tradición funda Lisboa, luego navega casi cinco meses por el Atlántico, hasta llegar a avistar otro continente (que según Dante es la montaña del Purgatorio), pero antes de llegar a tocar tierra, su nave es engullida por las aguas.


Pero si ahora retrocedemos, esta vez unos 16 siglos, nos encontramos en el libro diez de la República de Platón con el relato de Er, un señor que, como el Dante, dicen que visitó el más allá y vivió para contarla. En ese más allá que describe Er, no hay una eternidad de Infierno, o Purgatorio y Paraíso, sino castigos y premios pero luego reencarnación. Las almas esperan en burocráticas filas a que les sea adjudicado un turno para elegir destino en su siguiente vida. 

Una feliz coincidencia entre ambos viajeros a ultratumba, es que Er también se encuentra con Odiseo. Pero la gran diferencia es que el Odiseo que Er conoce, manifiesta que, después de su agitada vida de héroe homérico, no hay nada que desearía más que la tranquila y anónima vida del más nondescript de los mortales.

Y resultó que el alma de Odiseo recibió el último turno de todos y se adelantó a elegir su destino. Recordando los trabajos pasados en su vida anterior, rechazó toda ambición y estuvo largo rato buscando una vida de ciudadano común, uno que se ocupase meramente de sus propios asuntos. Con dificultad, logró encontrar esa vida, que se hallaba tirada en un rincón, descartada por todos, y al verla dijo que aun si le hubiese tocado el primer turno, hubiese realizado la misma elección.
 (República, X, 620 c,d)


Esperemos ahora veinticinco siglos, y nos encontraremos, según Joyce, con Odiseo cumpliendo ese destino que Er o Platón le adjudican, y viviendo la vida de un tal Leopold Bloom, judío irlandés, humilde vendedor de espacios publicitarios para un periódico de Dublin, cuya rutinaria vida es degustada y espulgada a razón de más de 700 páginas / 24 horas.  




 Jan de Jager (Buenos Aires, Argentina, 1959)





IMAGEN:  Gerald Davis Gerald Davis como Leopold Bloom, del Ulysses de James Joyce; fotografía de Amelia Stein.