Me lleva veinticinco años. Nació exactamente el día en que
nació mi padre, el mismo año, en otra ciudad. Una ciudad
pequeña cerca del mar, aunque él diga que el mar queda
demasiado lejos, que todo lo que siempre quiso parece
estar cerca, pero no es capaz de agarrarlo.
Sus ojos azules son como todas las cosas trilladas azules:
diáfanos, apacibles. Su pelo largo, antes rubio, siempre
atado. Una sonrisa que desmiente su mirada, a veces
triste. Cuando sale a correr, sus piernas marchan al mismo
ritmo que la música. Canciones de invierno y canciones de
verano. Métodos para todo.
No lo impresiona cavar un pozo, enterrar un perro. Aunque
sus hijos lloren. Perdió un hermano cuando era joven, en
un instante, debajo del agua. ¿Qué más da mover la tierra
de su propio patio para que caiga un cuerpo infinitamente
más liviano?
Desde el parque los aviones se ven muy cerca, sobre todo
los que parten. Por la hora debe ser el suyo. Me invitó a
participar de sus clases a distancia.
A partir de ahora, todo será virtual, brutal, peor que un
cuchillo de agua.
Y así es como los jueves son nuestros. De noche me
alimento con el velador prendido frente a la pantalla de:
esto. ¿Qué cosa? No es un vínculo. No es amor, pero cómo
me late el pecho cuando aparece su cara del otro lado, un
rostro que, al verme, rejuvenece. Yo me vuelvo del color de
las amapolas.
Desayunar juntos, aunque no sea la hora de desayunar.
A los jueves se suman algunos martes por la tarde.
Cuando yo me muera, my lady, va a caerse un libro
de su biblioteca... y se ríe.
¡No digas esas cosas!
Después me habla de luciérnagas. Yo le digo: Me gusta
ese pulóver verde, escote en V. Él se reclina sobre la silla:
Sepa que está protegida por setecientos quilómetros y una
pantalla. Si estuviera frente a usted, duraría sin besarla
lo que una estrella fugaz, my lady. Y se acerca como si
realmente fuera a hacerlo: Usted lo sabe.
No sé ni cómo formular la pregunta: ¿cuál es el sujeto de
esa oración? Tu mujer, tu esposa, tu segunda esposa, tu
novia, la mamá de tus hijos... Me ahorro camino:
¿Ella vive con vos?
¿Quién?
Estás casado.
Sí, pero...
Con la madre de tus hijos.
Si me dejás explicarte...
¿No ibas a decirme nada?
¿Puedo explicarte?
Tenés un vínculo abierto.
No es tan así...
¿Hace cuánto están casados?
Treinta años.
Parpadeo sin decir: me revienta. Esperá que abro un poco
la ventana y me levanto, corro el vidrio. El aire entra a
puñetazos; se avecina una tormenta que toma la forma de
mi cuerpo.
Vuelvo: ¿Qué hace ella los jueves?
Se junta a comer con sus compañeras de yoga... ¿Puedo
seguir hablando?
Hablamos después.
Bajo de un golpe la pantalla de la notebook y por las dudas
desconecto Internet. Ahora nada tiene sentido. Y es que
nunca lo tuvo. Me quedo con el plato lleno y el alma vacía.
Todo lo que manda olor es porque está donde no debería.
Una mujer que se conecta todos los jueves a las diez en
punto para ver a un hombre del otro lado, ¿es una amante?
Como cuando no sabes si está lloviendo en la película
o en la realidad y tenés que sacarte los auriculares para
confirmarlo. ¿Es acá o es allá, o pasa en tu cabeza, o te
gustaría que fuera?
Y llega un día de un verano que empieza a diluirse, en que
después de meses —años— te tengo enfrente. Chocamos las
copas: hoy es jueves.
Tu mano sobre la mía en la mesa del bar. La misma piel que
tocaste, que toqué, una vez. Me hubiese encantado sonreír
en este momento, pero los pájaros vuelan de mis ojos que
son como nidos a la intemperie. Te quedás tres días: eso es
todo.
Tu celular vibra. Decís perdón, un segundo y escribís
apurado, como si fuera un trámite.
Me doy cuenta de que nunca te vas a separar.
Tu sonrisa está intacta cuando guardás el teléfono y volvés
a mirarme: Qué ganas de estrujarte. Iba a decir “my lady”,
pero el verbo estrujar no se conjuga en esa persona.
Si supiera que me estrujó durante horas, todos los días. Solo
respondo que esa palabra quedará escrita para siempre al
lado de su nombre.
Antes de que el mundo fuese a explotar, alcancé a correrme
y no exploté. En consecuencia, el mundo tampoco, pero
debió seguir su cauce.
Conocí a alguien, le digo. Él me mira perplejo. Sus ojos
azules son dos fogatas en el medio del campo. Un azul que
pareciera salir de un huracán. Me suelta la mano. Esta vez
no moverá la pierna y la mesa quedará en su lugar. No
vendrá el mozo. No habrá vidrios en el piso. Me cuesta
hablar después de escuchar esto, dice, yo pensé que era
posible. Yo también, le digo, y quiero abrazarlo porque fue
cierto: estuvimos juntos desde el fondo del lenguaje, detrás
de la empalizada, bajo el ruido del mar, atrapados en un
rectángulo resplandeciente cada jueves (y algunos martes),
pero debo irme antes de que anochezca porque
alguien me espera en casa.
(Del libro homónimo,
Caleta Olivia,2023)
Paula Giglio
Paula Giglio (Córdoba, Argentina, 1988) es Licenciada en Filosofía (UNC). Publicó los libros de poesía Ella, naturaleza (Babel, 2012), En el cuerpo (Del Dock, 2016, reeditado por Liliputienses, 2022), Un lugar para mis piernas largas (Caleta Olivia, 2018), La risa loca de los ángeles (Primer Premio Centrifugados de Poesía Joven, Liliputienses, 2018) y Hoy llueve en el mundo (Caleta Olivia, 2019). En 2017 participó del XII Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires y de la 33e edición del Festival International de la Poésie de Trois-Rivières, Canadá. Formó parte de la antología de poetas mujeres Otros colores para nosotras (Ed. Continente, 2018). Algunos de sus poemas fueron traducidos al alemán para la revista Alba, lateinamerika lesen. Publicó el libro de relatos Teoría del equilibrio (Vox/Lux, 2022). Actualmente reside en Buenos Aires.

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