domingo, 15 de marzo de 2015

LA MIMOSA





























Ahí la tenéis sobre fondo azul, como un personaje de la comedia italiana, con su miaja de histrionismo estrafalario, empolvada como Pierrot, con su traje de guisantes amarillos, la mimosa.
Pero no es un arbusto lunar: más bien solar, multisolar...
Carácter de ingenua vanidad, pronto desalentado.
Cada grano no es liso en absoluto, sino formado de pelos sedosos, un astro se diría, estrellado al máximo.
Las hojas tienen aire de grandes plumas, muy ligeras aunque muy abrumadas de sí mismas; más conmovedoras, por ello, que otras palmas, por ello también muy distinguidas. Y, sin embargo, hay actualmente algo vulgar en la idea de la mimosa; es una flor que acaba de ser vulgarizada.
... Como en tamarisco hay tamiz, en mimosa hay mimo.



No elijo los motivos más fáciles: por eso elijo la mimosa. Como es un motivo muy difícil, tengo que abrir un cuaderno.
Primero, hay que anotar que la mimosa no me inspira nada. Tengo tan sólo una idea de ella en el fondo de mí que debo sacar porque quiero aprovecharla. ¿Cómo es posible que la mimosa no me inspire nada -cuando fue una de mis adoraciones, de mis predilecciones infantiles? Mucho más que cualquier otra flor, me causaba emoción. Sola entre todas me apasionaba. Dudo si no sería con la mimosa como se despertó mi sensualidad, si no se despertó a los soles de la mimosa. En las ondas poderosas de su aroma yo flotaba, extasiado. De modo que la mimosa, cada vez que aparece ahora en mi interior, alrededor de mí, me recuerda todo eso, y enseguida se marchita.
Así que tengo que darle las gracias a la mimosa. Y, puesto que escribo, sería inadmisible que no tuviera un escrito sobre la mimosa.
Pero realmente, cuantas más vueltas doy alrededor de este arbusto, más me parece que he elegido un motivo difícil. Como le tengo un gran respeto, no querría tratarlo a la ligera (sobre todo por su extrema sensibilidad). No quiero acercarme sino con delicadeza...
... Todo este preámbulo, que podría ser aún largamente prolongado, debería titularse: «La mimosa y yo». Pero es a la mimosa misma -¡dulce ilusión!- adonde hay que llegar ahora; si se quiere, a la mimosa sin mí...


Hablaremos, más que de una flor, de una rama, un ramo, quizá incluso una pluma de mimosa.
Ninguna palma se parece más a una pluma, a la pluma joven, a esa que está entre el plumón y la pluma.
Sentadas en estas ramas, numerosas bolitas, borlas de oro, mechones de plumón pollito.
Los minúsculos pollitos de oro de la mimosa, podríamos decir, los granos gallináceos, los pollitos vistos a dos kilómetros de la mimosa.
El hipersensible palmeral-plumeral, y sus pollitos de oro a dos kilómetros.
Todo esto, visto con la lente de aumento, embalsama.


Quizá lo que hace tan difícil mi trabajo es que el nombre de la mimosa resulta ya perfecto. Conociendo el arbusto y el nombre de la mimosa, se vuelve difícil encontrar algo mejor para definir la cosa que el nombre mismo.
Parece que le esté perfectamente aplicado, que aquí la cosa ya estuviera noqueada...
¡Pero vaya idea! ¿Acaso se trata de definirla?


¿No es mucho más urgente insistir, por ejemplo, en el carácter a la vez vanidoso y dulce, acariciante, sensible, tierno de la mimosa? Hay solicitud en su gesto y su exhalación. Uno y otra son desahogos, en el sentido que da Littré: comunicación de sentimientos y de pensamientos íntimos.
Y deferencia: condescendencia mezclada de atenciones y dictada por un motivo de respeto.
Tal es el tierno saludo de su palma. Quizá quiere excusarse con ello de su vanidad.


Bosquecillo de plumas grises de ancas de avestruz. Pollitos de oro se esconden (mal) en él, sin hacerse los misteriosos.


Accesorio de cotillón, accesorio de la comedia italiana. Pantomima, mimosa.


Un fervoroso de la pantomima se atrevió, 
¡Demonios!, a vender la ladera a las mimosas.


(Ex-mártir del lenguaje, me será permitido no tomarlo ya todos los días en serio. En mi calidad de antiguo combatiente -de la guerra santa- no reivindico otro derecho. -Pero no, la verdad. Debe haber un justo medio entre el tono enfático y este tono ordinario.)



¡Embalsama esta página, da sombra a mi lector, ramo ligero de plumas colgantes, de pollitos de oro!
Ramo ligero, gratuito, de floración numerosa.
Plumeros desalentados, pollitos de oro.


Abiertas, las bolitas de la mimosa desprenden un aroma prodigioso, luego se contraen, se callan: han vivido.
Diré que son flores de tribuna (o una vez más: de tablado).
Qué cualidades de pecho tienen, de do de pecho. Su aroma llega lejos. Son unánimemente escuchadas y aplaudidas, a nariz abierta, por la multitud.
La mimosa habla con voz alta e inteligible; habla dorado.
Es una buena acción difundida, un don gratuito y agradable que recibir.
La mimosa y su buena acción específica.
Pero no es un discurso que se sostiene, es una nota prestigiosa, siempre la misma, tan capaz de persuasión.


Francis Ponge

(Traducción: Miguel Casado)


Francis Ponge, poeta francés( Montpellier, 1899-Le Bar-sur-Loup, 1988). Desde muy pronto manifestó su interés por el latín y el diccionario Littré, interés que se reflejó como principal preocupación a lo largo de toda su obra en el tema del lenguaje. En 1922 se unió a la Nouvelle Revue Française, y al surrealismo, movimiento que abandonó por desacuerdo con sus manifestaciones y sus frecuentes disputas. En 1937 se afilió al Partido Comunista, pero abandonó su militancia después de la guerra y fue profesor de la Alianza Francesa hasta el momento de su jubilación. Es conocido ante todo por su obra De parte de las cosas (1942), en la que refuta la efusión lírica y la subjetividad y describe los objetos cotidianos en un lenguaje aparentemente objetivo y científico. Ponge explora la realidad del lenguaje, que, en su opinión, dignifica y humaniza al ser humano. En sus descripciones a menudo humorísticas, emplea neologismos creados a partir de la etimología de las palabras. Esta aprehensión del mundo a través de la vertiginosa profundidad del lenguaje fue bautizada con el nombre de ‘objeu’ y combina las actividades creativas y críticas del escritor. Ponge desarrolló su prosa poética en Doce pequeños escritos (1926), Poemas (1948), La Rage de l'expression (1952), La gran recopilación (1961, 3 vols.), El jabón (1967) y Fábrica del Prado (1971). También escribió ensayos como Pour un Malherbe (1965) y un libro sobre crítica del arte, Estudios de Pintura (1948). Ejerció una gran influencia en el desarrollo de la ‘literatura objetiva’ de los novelistas de la década de 1950, en especial en Alain Robbe-Grillet. 

BIO, tomada de: el poder de la palabra.