miércoles, 11 de marzo de 2015

CASTA VULGATA




















Mayo   

Tarde,
monocorde,
llega tu esposo, Emilia.
Llega Humberto
con un toque de angustia en la cabeza,
como flotando en un verso,
viene con el nunca resuelto 
problema de la fidelidad 
de la lengua. 
En este caso,
de la lengua para afuera…



No aclares, Humberto, ni se te ocurra  aclarar porque el cuento de la fidelidad oscurece el texto. Pues si de la lengua hemos de tratar: peor que peor, Humberto. Pero… Pero nada, ¡Nada, Humberto! Aprendé a escuchar, porque cuando yo suelto la lengua por algo será, Humberto, por algo será.  Y ya que me tirás de la sin hueso te diré, Humberto. Te diré Humberto, de paso. Porque tengo que  decirlo alguna vez…  Ahora que he logrado manotear este sonoro objeto de poder, tengo que  decirlo y no… ¡No, Humberto, no seas libidinoso! estoy hablando del y por el micrófono, Humberto, por él hablo. Yo soy la hablada… Sí, Humberto, ¿y qué mierda dije yo…?   ¡Soy la ablada, dije! La mal ablada,  la que rastrea lo que falta, la que persigue una ausencia. Y no te hagas eco, Umberto, no te hagas eco de la hache, porque la hache, en español,  responde al sonido de un pensamiento; de un pensamiento abandonado, Umberto. La hache no es más que un simulacro, como tu padre. Una víspera que señaliza el advenimiento de un sonido. Es una letra alcahueta,  Umberto. O por qué te pensás que la usa Shakespeare para el príncipe Hamlet, porque su padre era un fantasma, una figura de soplo nomás. Por eso te pusieron Humberto a vos. Humberto ¡con hache!  Pero decime una cosa, Humberto, por qué carajo estoy hablando de una letra muerta. Por qué me distraés  con estas boludeces si aquí lo que falta, Umberto, es, además de la hache, que te despabiles, mi querido Humberto. Porque  tengo que decirlo y no, no como una burguesa introspección agustiniana. No, Humberto, bien sabés que yo no como hamburguesas. Yo no hablo con dios, he dejado hace tiempo de pagar esa  morosa factura telefónica. Y no leas, Humberto, no leas amorosa donde dice Morosa, Humberto. Pero sabelo bien, porque esta, esta confesión te la va a hacer por única vez. Una sola vez habrá de decírtelo esta tercera y, además, femenina persona del singular. Escuchá bien, Humberto, porque vos no tenés ni idea de por qué esta te eligió a vos.  Porque vos, Humberto, por pura vagancia, esa vagancia de siempre querer mantenerte a flote, siempre en la superficie, mi hypocrite Humberto, y así nunca, nunca te vas a enterar del porqué de la cosa. Claro, el señor siempre con el culo aplastado en el sillón,  pretendiendo que le den la papilla masticada en la boca. Y encima, porque tengo que decirlo, Humberto, encima con ese par de arrugados gobelinos  estilo Luis XV, colgando por fuera del pijama. Sos patético, Humberto, patético. ¡Cuándo, decime cuándo vas a abandonar la tranquilidad de la superficie, Humberto! Cuándo te vas a dar un buen chapuzón y te vas a sumergir a buscar la perla, la perla oculta que anida en toda concha. Porque eso es la palabra, Humberto, una gran concha, un molusco bivalvo. Ya lo dijo Saussure, y cuando un suizo habla, Humberto, nunca lo hace fuera de tiempo. Y démosle gracias, Humberto, démosle gracias al señor, al señor Saussure, porque gracias a él hoy estamos en condiciones de esclarecer el  significado de… ¡La concha de la lora, Humberto!  Sí, querido, el suizo se peló las pestañas hablando del signo, del  valor, del rollo de las oposiciones, etc, etc… Pero yo  te lo voy a explicar de otra manera, Humberto. Porque el valor, Humberto, en este jodido mundo, pasa por otro lado.   Y cuando la lora, ya con la dosis de valor suficiente,  toma el micrófono y hace uso de la palabra o concha hasta el hartazgo… Sí, Humberto, hasta el hartazgo, porque es una abnegada monologuista del género. Y siguiendo con la imagen acústica, porque de eso se trata, Humberto, de una imagen acústica,  cuando la ya,  a esta altura, humedecida cotorra habla es porque… ¡Sí, Humberto, sí… la cotorra, la lora! es sólo una cuestión de tamaño, cuando son chiquitas son cotorras, cuando son más grandes se les dice loras, Humberto; todo queda en  plumífera familia. Y ya que tanto me interrumpís, Humberto, aprovecho para tocar, porque es para tocar,  el tema del tamaño. Vos te la buscaste, Humberto, así que ahora bancatelá. Y acabemos de una vez por todas con el mito del tamaño. Porque es así, Humberto, el tamaño es significante. Y no me vengas ahora con ese discurso de experimentado muchacho de barrio o te pensás que no los escucho, Humberto, cuando dicen “Y sí, yo con los deditos hago maravillas…” Maravillas… maravillas, Ja, Ja, Humberto, ¡JA, JA! Nosotras, Humberto, nosotras les hacemos creer que hacen maravillas. Nosotras ¡repito! abnegadas monologuistas del género que, un re-pito estamos necesitando, hemos debido esperar la llegada… ¡No, Humberto. No,  ningún mesías…Quién te dijo a vos que los mesías llegan… Si no la usan, Humberto. No la usan, por eso nunca llegan…  La llegada, te decía,  de un Hombre, un hombre como Ivo Pelay, Humberto. Ese sí que supo reivindicar el tamaño… el tamaño del significante.  Cómo que no sabés quien es Ivo Pelay! No te digo yo que siempre, siempre te quedás en la superficie, Humberto. Ivo Pelay, para que lo sepas, fue el argentino que revolucionó la semiología, Humberto. Porque si algo nos faltaba a los argentinos era esto, Humberto: tener un prócer semiótico, semiólogo… o como carajo se diga.  Y ojo, Humberto, ojo que no lo digo yo, eh! Lo dijo… sabés quién lo dijo, Humberto. Lo dijo Derrida, Jacques Derrida.  Que no era argentino, Humberto, era argelino, que para el caso es lo mismo, total no hay allí mucha differânce: dos letras no hacen gran diferencia ¿o sí, Humberto? En qué quedamos… ¿hacen o no hacen la diferencia, eh? Pero igual, mirá,  si tenés alguna duda al respecto te me vas ahora mismo a pie de página… No, Boludo! Como vas a ir caminando, Humberto. A pie de página, Humberto. Seguí el camino del asterisco* que te lleva hasta la cunita del mesías y de paso cerrá el pesebre, Humberto. Y por favor,  dejá de interrumpirme porque me agarra la digresión y cuando me agarra la digresión no respondo de mí ni de mi lengua.   Dejame terminar una idea, Humberto ¡Una idea! Te decía que cuando la humedecida cotorra habla, Humberto, es porque ha llegado la hora de abandonar la superficie. Es porque ha llegado el momento, nunca tan preciso,  del diálogo. Es así, Humberto, hay que sumergirse  a parlotear con la almeja. Pero a no entusiasmarse, Humberto, que este no es, precisamente, el momento del diálogo. No, Humberto, ahora hablo yo.  Y seguimos, al menos yo, hablando de la lengua, de la gran matriz semiótica, y también,  Humberto, también de tu vagancia. Bien sabés que no me gusta la digresión, Humberto, bien que lo sabés. Entonces, volviendo al tema, nunca te has ocupado siquiera  de informarte que la palabra verso proviene del latín “versus”,  que significa: línea, renglón y también surco. ¿Te das cuenta de lo que te estoy diciendo…? Te estoy diciendo que es la forma sustantiva del verbo latín “verto”, que significa: volver, tornar, arar. O sea, Humberto, que los romanos, que no eran ningunos giles, porque hay que reconocer, Humberto, hay que reconocer que los tipos crearon un gran imperio, Humberto, el imperio de la representación. Y hacete cruces, Humberto, hacete cruces cuando digo esto. ¿Te das cuenta? y todo con qué… Todo con la lengua, Humberto. Sí, con la lengua, con la Vulgata y jodida lengua.  Entonces, como  los tipos no eran ningunos giles, Humberto,  advirtieron que los surcos prolijitos y paralelos que dejaba el arado al remover la tierra, mirándolos bien, eran la viva imagen de un poema y no dudaron, Humberto,  ni un instante dudaron en bautizar, porque de tanto hacer cruces al final aprendieron a bautizar los tipos, no dudaron, te decía, en bautizar “versus” a lo que tenían frente a sus ojos. Ahora decime una cosa, por qué, Humberto, por qué me mirás así…  con esa cara de monaguillo desconcertado. Acaso no fui clara con vos. Acaso deba recurrir yo también a la Vulgata lengua para que me entiendas. Con lo que me costó, Humberto, con lo que me costó confesarte esto. Humberto, decime una cosa, ¿vos no sos un romano, no? Nooo, que mierda vas a ser vos, si a vos te tengo que explicar todo. A ver, Humberto, a ver… si es tan fácil como escandir tu nombre. Hagámoslo juntos, Humberto. Repetí conmigo: Hum-ber-to. A ver, dale, ahora más despacio y los dos juntitos: Hum - ver - to. ¿No ves, Humberto? No te das cuenta, si hasta el jodido corrector de Bill  es más inteligente que vos… ¡No pelotudo! ¡NO! de qué Búfalo Bill me hablás… ¿En qué planeta vivís, Humberto? Estoy hablando de Bill… Bill Gates “y sus cometas”, otro que con el tongo este de la representación creó un imperio. Y no me interrumpas más, Humberto, ¡Basta, por favor! Te decía, que el jodido corrector,  al separar tu nombre, me pone “ver” en vez de “ber”. Y claro, qué otra cosa me va a ordenar este hijo de puta si se llenó de guita con todos los boludos que nos pasamos horas y horas viendo la pantalla ¡Otra que la pantalla de la escritura!  Pero  vos no, Humberto, vos seguís sin ver ¡Vos no ves un carajo! Si nunca te ocupaste de saber por qué te elegí a vos. Y es tan sencillo, Humberto. Y no es que me guste repetir y repetir las cosas. No, Humberto, la cosa no es así. Esto es tan sencillo como escandir tu nombre: Hum-ver-to.  Sí ya sé, debo aclararlo, Humberto, porque vos seguís sin entender… Hum-ver-to, tu nombre…  ¡Tu nombre me sabe a Verso! A Verso bien hecho, Humberto. Ya está, ya te lo dije, Humberto. ¿Estás satisfecho ahora? ¿Eh… satisfecho de que te haya confesado mi secreto más preciado,  así sin rodeos, Humberto? Aunque… momento, Humberto.  ¡Momento, dije! no te vayas. Ahora que lo pienso, Humberto, ahora que rodeo tu nombre… porque la palabra labra, Humberto, labra y ladra un destino…Y tu nombre, Humberto, tu nombre es grave. A ver, dejame confirmarlo: Hum/ber/to – Hum/ber/to. Sí, así es, Humberto, tu nombre es grave. ¡Sos grave, Humberto! Sos tan grave como más del sesenta por ciento de las palabras que saturan la lengua castellana. Sos tan grave como Ménem, como dólar, como ingles ¡No… Humberto! ese es el inglishhhh, y además es agudo. Sí, Humberto, el inglés es agudo, es finito y ágil como un estilete. Y lo peor, Humberto, lo peor es que se te mete por todos lados, cuando te descuidaste un momento ya está, ya se te metió… ¡Shhhh, Humberto! no me hagas pronunciar vulgatas palabras. ¡Y hacé el favor de no preguntar boludeces!  Porque yo, siguiendo con la historia de la trama, como buena Penélope que soy, entretenida con la tijerita,  cortando géneros, encimando, pegoteando fragmentos, recién ahora me vengo a dar cuenta, después de 30 años, Humberto,  después de treinta años de sacro matrimonio me vengo a dar cuenta de este pequeño detalle. He vivido engañada, Humberto.  Y la culpa de todo esto la tiene la yegua esa de la Matilde. La yegua esa que te mal parió. Claro, la señora le puso al nene el acento grave para toda la vida. Pero la muy zorra, porque era una buena zorra la vieja esa,  Humberto. La muy zorra te puso el acento no ortográfico para que yo no me diera cuenta, porque era escondedora esa. Y ahora para qué, Humberto, para qué mierda me traes el pizarrón… ¡Qué te pensás, que soy Bilardo! o acaso tenga yo que ponerme a graficar la cara de orto que puso la vieja chota cuando le dijiste que nos íbamos a casar. ¡Necesitás que te la dibuje, Humberto! Y ni se te ocurra defenderla. O te pensás que no te escucho, Humberto. Te pensás que no te escucho todas las noches a las 3 de la maña… ¡y no me interrumpas a mitad de palabra que quedo como una brasileña pajuerana!¡A las tres de la mañana, Humberto! Te das cuenta de lo que te digo. Todas las santas noches a las tres de la mañana cuando adoptás esa desagradable posición fetal, y todo para qué… para arrugarme las sábanas, porque bien sabés que me pone loca que me arrugues las sábanas, y, encima…como me gusta poner la “y” así entre comas, porque la muerte siempre va entre comas, Humberto.  Se pasa, dicen,   de un estado comatoso a un abrupto punto final. Sí, Humberto, es así. Y sin embargo todos los boludos cuando llega el momento, el momento de poner el punto, digo, todos se preguntan ¿Y…?  Te das cuenta, Humberto ¡Usan los suspensivos…! Todavía no se cansaron de joderle la vida al prójimo que, impregnados de un espíritu (porque este también juega) hollywoodense, quieren seguirla, se quedan esperando la segunda parte, Humberto. Y sino mirá el mago ese… Ese que se escapaba de todos lados, ¡pucha! nunca me acuerdo el nombre de ese boludo, siempre se me escapa. Ese que la dejó a la pobre mujer con el ¿y…? en la boca.  Ese que le dijo a la mina que le iba a mandar una señal desde el más allá y le cagó lo que le quedaba de vida a la mujer. Sí, ella también murió con el ¿y…? en la boca.  ¡Y Houdini –ahí me salió- para cuándo…! dicen que repetía la mina antes de morir. Pero mientras lo sobrevivió, quedó suspendida en la horqueta de la Y.  Y no hay caso, Humberto, no quieren entender que debajo de los mármoles los únicos que hacen magia son los gusanos. Sí,  Humberto, los gusanos. Además, si aplicás la oreja en tierra, en tierra de la narración, vas a poder  oír el  líquido murmullo de estos jodidos nematelmintos que se entregan  con total fruición a la reproducción del orden. Para eso laburan los gusanos, para reproducir el orden. Y hablando de orden, Humberto, de qué carajo estaba hablando yo… Ah sí, sí, cuando me arrugás las sábanas con esa desagradable posición fetal que adoptás, y,  encima, después empezás con esa odiosa letanía, frunciendo la trompita como un lactante despojado: “Mama- tilde, Mama- tilde”. Mama tilde, te voy a dar a vos Mama tilde ¡Pedazo de fósil! Porque sos grande, Humberto, grande y boludo. Y cómo le gustaba a ella jugar  con la vulgata lengua. Cómo le gustaba construir su imperio edípico, también. Lalen, lalen, lalen gua ¡Madre de dios! Tesobe el cirio. Te lo digo así, Humberto, en dialecto Tesobe, como le gustaba a ella. Dialecto nutrido de dip-tongos y trip- tongos cristalinos, efervescentes, nauseabundos. Y vos, Humbertito, enredado y perdido en ese camino, abrumado de tongos. Camino de Cintura, sórdido, sinuoso, materno, infantil. Vos, Humberto. Vos le seguiste el jueguito. Pero no quiero hablar de vos, Humberto ¡Por qué siempre te metés en el medio del camino! Estoy hablando de ella, Humberto. Porque  para la señora yo siempre fui la loca. Laloca… Laloca, porque era tan avara la vieja esa que ni siquiera se tomaba el trabajo de separar el artículo del adjetivo para no perder tiempo. Y así le fue, Humberto, acumuló tanto, que los gusanos se hicieron la gran fiesta con ella. Y no estoy hablando de los jodidos nematelmintos. No, Humberto, estoy hablando de los jodidos de tus hermanos, que se repartieron la torta mientras vos te dedicabas a llorarla. Laloca… Laloca…  Y tanto lo repetía que ahora no puedo más que darle la razón.  Y ahora mismo, Humberto, ahora mismo lo voy a gritar a los cuatro vientos. Y ni se te ocurra cruzarte en mi camino porque te puedo atropellar, Humberto. Sabés por qué… Porque soy, como decía tu madre, Laloca. ¡Sí, Mamatilde! Soy Laloca. ¡Lalocamotora soy! La que viene arrastrando los soporíferos  vagones de la angustia de tu hijo.  Lalocamotora que persigue al deseo y sin embargo lo pone cada día un poco más lejos. Lalocamotora que descarrila fragmentos de incoherencia en todas las estaciones de la razón.  Esa Soy. Esa. ¡Mama-rracho! Ya está, Humberto, ya se lo dije, ahora me siento mejor. Mejor sin culpa, Humberto. Pero no creas, Humberto, no creas que esto termina acá. Porque yo no escribo para aligerar mi culpa, Humberto, escribo para aligerar la tinta, y  por más que ahora tengamos un serio problema de circulación, por más que se me reanuda la tinta… ¡Y dale con las interrupciones! Sí, y qué dije yo, se me re-anuda la tinta, Humberto, eso dije ¡Sordo de mierda! Se me re-anuda la tinta, se me coagula. Un típico caso de  embolia de bolígrafo que, sólo para joderme, se solidariza con el nunca tan inoportuno  silencio. Pero no creas, Humberto, no creas que un simple y obturado bolígrafo me va a detener. ¡No. Ni lo sueñes! Porque de ser necesario me corto las venas y me pongo a escribir con sangre. ¡Me entendés, Humberto! con sangre si fuera necesario. Porque esa si que no la tengo coagulada. Y bien sabés, Humberto, bien sabés que no me cuesta nada. Es más, dame tres renglones, Humberto, tres miserables renglones y provoco un baño de sangre que vamos a tener que  salir todos patinando de acá.  Y no me vengas ahora con la historia de que es de noche y que tenés sueño, Humberto. No, definitivamente NO, Humberto. ¡No, No y No! ni Noche, ni Sangre, ni Sueño, porque bien sabés que ese cóctel me puede, Humberto, me puede poner oscura, romántica y decimonónica, y mi corazón llamea en esas ocasiones.  Y si mi corazón llamea,  bien sabés que le puedo volver a sacar humo a mi pluma, y arrancar otro bodoque tan voluminoso como este, Humberto.  Pero aún así no vas a lograr distraerme, Humberto. No vas a lograr que me olvide del problema. Porque ahora sí que tenemos un problema, Humberto, tenemos un grave, más que grave, un gravísimo problema. Sí, ya sé, tu nombre me sigue sabiendo a verso, Humberto. El inconveniente es que sosgrave, y si sos grave no te puedo añadir ni restar ninguna sílaba, Humberto. Me entendés, Humberto, mientras el río del lenguaje fluye, circula como tinta, como líquido amniótico,  y se derrama, vos no vas ni pa’ trás ni pa’ delante. Sos… como una estatua, Humberto. ¡Qué digo una estatua! Sos… Hum… ¡Qué mal huele esto! Hum… ¡S.O.S! Humberto, sos/ un/ ver/ to/ un/ ver/ to/ muer/ to. 



Néstor Colón



Néstor Colón. 1958, Buenos Aires. Es Director editorial de la revista Lamas Médula y de la colección de libros Cactus Collection. Ha dictado talleres e integrado jurados en diferentes concursos literarios, conformando junto a otros escritores la Biblioteca de Poesía Raúl González Tuñón. Publicó Argentino hasta la viga (plaqueta, 1992), Flora de selva negra (junto a varios autores, 1998) y Humedades (Segundo Premio Concurso Homenaje a Desaparecidos, Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, 1990). Sus libros El texto ruso, La zanja de Alsina, La bola épica (edición virtual), y Cuaderno insalubre se encuentran inéditos. El poema que presentamos -el más extenso del libro- pertenece a "Casta vulgata" (Ediciones Lamas Médula, 2014).