martes, 9 de febrero de 2016

LOS MALOS NEGOCIOS

 




Era un día de diciembre, uno más del último
verano en que mis padres residieron en el pueblo
antes de radicarse en la ciudad junto al mar.
Ahora tengo muchos: veranos y recuerdos.
Diez años después, a mi padre, mientras dormía,
le llevó unos segundos morir, cuando el corazón
averiado le dijo basta. Mi madre murió varios
años después que mi padre, pero le llevó más
tiempo, y en cada uno de los días, meses y años
de enfermedad lenta, permaneció despierta
hasta volver irreconocible, mientras su corazón
resistía las horas y los minutos interminables.

Ese año, nada, nadie, ninguno de nosotros,
se quedaría sin hacer su viaje personal al centro
de la realidad; muchas cosas parecían explotar
por causas muy complejas, o por nada, y tal vez
sea o no sea el motivo para que ese día de verano
vuelva como un recuerdo inconfundible.
Aunque sabía que debías seguir con tus clases
en la escuela, me acercaba a la ventana sólo
porque deseaba verte llegar a la casa de mis padres
en tu Fiat verde agua para una comida familiar.
A la espera del llamado a la mesa fui al living
y me puse a dibujar en un papel granulado.
Cuando dibujé tu cara aparecieron varios ojos.
Después dibujé una boca, tu boca, y muy cerca
de la boca un lunar, tu lunar, por el que sería
capaz de reconocerte entre miles de mujeres.
Volví a dibujarte una y otra vez, y más ojos
aparecieron en tu cara. Almorzamos en el
comedor y después del postre volví al living.

Acá siguen/seguimos, los protagonistas,
en el lugar borroso, con una prosa presente,
y ocurren cosas en apariencia insignificantes.
Mi madre repasa la mesa, lava los platos.
Mi padre fuma y piensa en sus malos negocios.
-¿Sabés, Carlitos, para que sirven los
ministros de economía? Para fundirnos.
Habla poco, y poco es el consuelo que puedo
ofrecer para buscar una salida a su contrariedad.
Mi mano, de nuevo en el dibujo, se deja llevar
en medio de las dudas y los temblores del pulso.
Mi padre me pregunta por qué me paso las horas
dibujando. Me escucha, piensa, fuma, no habla,
me mira con una resignación que no parece
destinada a mí. Oigo su carraspeo insistente de
fumador en medio de sus preocupaciones : cómo
llegar a fin de mes, qué vender, qué comprar
para vender, y cómo hacerlo, y a dónde ir por
algo de dinero, cuando lo había perdido casi
todo. Mi padre siempre reía, tenía gracia
para animar las reuniones como un actor sin
libreto; no hay fotografía en la que no se lo vea
con un sonrisa maliciosa que trama una
ocurrencia. Ahora no ríe, y lo que trama es
de otra naturaleza. Me pregunta si dibujar
es una manera de matar el tiempo. No veo
que espere respuesta, y se queda pensando.
-Hay que pensar, todo el tiempo hay
que pensar cómo salir de esta situación.

Parece una de las versiones de la escultura
del hombre que piensa, de Auguste Rodin.
El tiempo, que es uno y distinto de todos,
entra por la puerta, por la ventana, o por algún 
lugar que no soy capaz de ver; el tiempo entra
también para mi madre que ya ha terminado 
de lavar la vajilla y nos sirve unas tazas de té.
Mi hermano menor se cuelga de mis hombros,
le pone otra agitación al mediodía, por cosas
menos preocupantes que los malos negocios.

En esos momentos de la sobremesa tus ojos
en el papel se habían multiplicado, tus ojos que
me miraban, tus ojos que miraban a mi padre.
tus ojos que miraban la escena y no decían nada,
sólo bajaban los párpados con cierta comprensible
piedad. Encerraban y resguardaban con pudor
lo que a mis ojos les partía el alma mirar.



Juan Carlos Moisés



Juan Carlos Moisés. Poeta argentino nacido en Sarmiento, Provincia de Chubut, en 1954. Publicó Poemas encontrados en un huevo (1977); Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Museo de varias artes (2006) y Palabras en juego (2006), Museo de varias artes (2006) y Esta boca es nuestra (2009). En narrativa: La velocidad de la infancia (2010) y Baile del artista rengo (2012). Es autor y director de teatro. Algunas de sus obras teatrales son: "Desesperando" (1997), La casa vieja (1991), El tragaluz (1994) y La oscuridad (2002). Entre 1990 y 1997 dirigió el grupo de teatro Los comedidosmediante, con el que recorrió la Patagonia y varias provincias argentinas.Además es narrador, dibujante y guionista de historietas.