domingo, 7 de septiembre de 2014

TECLADOS



















Sorpresa

A la noche
al terminar de comer
repasamos la mesa
queda todo limpio.

Por la mañana
siempre aparecen
miguitas
que no habíamos visto.



Alto en el surco

Tuvo que ser así.
Tomé la sartén 
por el mango
y se lo dije:
Me gustás mucho
y me parece
que te quiero.
Y ella, sin inmutarse,
respondió:
Yo también, tonto,
si no, ¿por qué
te creés que estoy acá
desde hace ocho años?
A mí solamente
me salió:
Claro, tenés razón,
no lo había pensado.
Y seguimos cosechando
los tomates.
Los pibes ayudaban,
tan chiquitos.



Espera

Las puertas cambian
cuando empieza
el otoño.
La luz es buena
el sol no recalienta
el aire
hay menos moscas
y el viento amaina
por las tardes.
Todavía Yolanda
no pasa
con su canasto
en la cabeza. 



Ensueño

De pronto la vi
a miles de kilómetros
doblada
con las rodillas
en sus pechos
gozada y gozosa
bella e inquieta
a miles de kilómetros
con un pañuelo
en la boca la vi
para que sus padres
no la escucharan
gemir.



Si te siembran

Si te siembran el camino
con flores, agradece.
No preguntes quién
ha obrado el homenaje.
Solo trata de no pisar
la alfombra roja.



Les dijo

Les dijo: miren lo que cambia y lo que permanece; lo que se repite y lo que se desvanece. Luego miren lo que tiene color y lo deslucido. Observen también lo que se mueve y lo que está quieto; después lo que se come y lo que no sirve para alimentarse; finalmente, atiendan a lo que es bello, porque lo bello es siempre bueno. Y no tienen necesidad de saber nada más.



La Habana, 1958

Chucho Valdés le afinaba
el piano a mi abuela
cuando vivíamos en el malecón
y ella regenteaba un burdel.
Mi abuela le decía
negro buaié
y lo esperaba días y días
prendiéndole velas
al Santo de los Negros Afinadores.
Lo atendía con café y canela
mientras Chucho le afinaba
el instrumento.
Así aprendió a tocar
el piano.
Mi madre creyó que era
un desperdicio
que negro tan lindo y hábil
sólo usara el clavijero
como parte de su trabajo
y no por puro placer.
Entonces le permitió
que deslizara sus dedos
por todo el encordado.
Era una maravilla
cómo sonaban las cuerdas
del piano de mi abuela
en las manos
de Chucho Valdés
practicando.



Raúl Orlando Artola 




Raúl Orlando Artola vive en Viedma, Río Negro. Es periodista, narrador, poeta, docente y editor. Publicó en poesía: Antes que nada (1987), Aguas de socorro (1993), Croquis de un tatami (Premio Madres de Plaza de Mayo, 2002) y [teclados] (2010, el suri porfiado). En narrativa, El candidato y otros cuentos, premiado en el XXIII Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn, apareció en 2006. En ensayo, publicó La periferia es nuestro centro. Apuntes sobre política, cultura, territorios y experiencias (Espacio Hudson, colección El Extremo Sur, 2011). Compiló Poesía/Río Negro - Antología Consultada y Comentada. Volumen I (Fondo Editorial Rionegrino, 2007), que reúne a 23 autores. El segundo volumen, con poetas jóvenes, aún espera, bajo litigio judicial, su edición por parte del FER. Dirigió la revista-libro “El Camarote – Arte y cultura desde la Patagonia” desde 2004 a 2010. Administra la revista digital “La mojarra desnuda” (www.mojarradesnuda.com.ar)