lunes, 25 de abril de 2016

LA VIDA LEVE



























La vida
No me importa si no tiene sentido-dice-.
-No lo tiene.
-Y quién lo dice?



LA PUBERTAD

De niños, él era su amigo. La Tía Lile les preparaba
la leche tibia cuando volvían de la escuela.
El la cuidaba. La protegía del futuro, y también de las miserias.
La Tía Lile cultivaba unas enormes dalias en el jardín.
Nunca pudo olvidar el color de las dalias, esos manchones
granate que alegraban el cerco, sobre la acera.
Las calles de tierra tenían zanjas a los costados donde de noche
cantaban ranas que los muchachos salían a cazar con faroles.
La cuidaba. De los miedos, y también de los muchachos.
A veces, se besaban a escondidas en los patios del verano. A la hora 

de la siesta, aplastados por el canto de las cigarras, húmedos de un 

sopor caliente que espesaba el aire.
Y también de noche, cuando los guiños dorados de las luciérnagas 

parecían imágenes de películas soñadas. 
Nunca vistas. No todavía. Se tomaban de la mano y se acariciaban 

con torpeza. Con una brevedad culposa que rozaba lo incierto.
Ahora va al entierro de la Tía Lile para despedir a Dó. Para
despedirse de él, de esas calles, de esos espasmos adolescentes,
de esos manchones rojos que ya no.



LA ADOLESCENCIA

Me dijo que tenía miedo.
Me dijo que recordaba hasta como me vestía.
Me dijo que no quería faltar al colegio, porque entonces me
extrañaría.
Me dijo que soñaba conmigo todo el tiempo.
Me dijo que lo que me dijo en el tren era mentira. Que esa noche
estaba muerto de miedo.
Me dijo que todo fue un gran desencuentro.
Me dijo que volvió a tomar su guitarra, y tocaba largas horas hasta
la madrugada, como en el tiempo en el que sucedió todo esto.
Me dijo que tenía toda la música que yo también tenía.
Y yo pensé que era imposible -no podía tener todo desde el
principio, desde Syd, desde bombones y pan de uva...-
(¨No me toques pequeña/por favor, sabes que me vuelves loco/por
favor, sabes que soy débil)*
Claro que la tengo- dijo-, y me habló del flautista en los tiempos
de la alborada y aquello de los secretos.
Adivinó que me hubiera encantado conocer a su madre. Que nos
parecíamos.
¿Por qué? No, no me lo dijo.
Contó de esa mujer que, siendo todavía muy joven, partió hacia
la frontera y enseñó a leer y escribir a los niños de los países
vecinos.
Que antes de morir quiso estudiar medicina. Pero entonces ya no
había más tiempo.
Me dijo que murió en el ochenta y dos. Le dije que mi padre
también murió en el ochenta y dos .Luego, volvimos a hablar de
las tardes en la escuela.
Le conté de las incontables veces que lloraba por él.
Le dije que entonces sentía pudor de trabajar en los puestos
porque creía que él sentiría vergüenza de mí.
Me dijo que no me podía mirar, pero de vergüenza de él.
(Háblame, háblame con dulzura/por favor, llévame a la cama/por
favor, no tengo miedo)*
Cuando aquélla noche del tren yo regresé llorando a casa, mi madre
comentó que la vida era un gran laberinto donde las personas
solían perderse entre sí. Y después, no importa cuánto tiempo haya
pasado, podían volver a encontrarse.
Le conté. Sonrió. Dijo que mi madre tenía razón.

(*Roger Keith “Syd” Barret )



LA SEDUCCIÓN

Le ordena que se quite los lentes oscuros. Dice que le da vergüenza,
que no se ha levantado con buena cara hoy. Dice que no importa,
por su parte no se levanta con buena cara desde hace tiempo.
Pero en cambio quiere tener la certeza de que verá su rostro de
tantas vidas. Tantas que puede asustar, o agradar, o nada.
Habla de sus cosas. Habla mientras camina por el cuarto. Sonríe,
lo deja hacer. Es como si antes no hubiera habido nada. No hablan
de eso. Como si nunca hubiera ocurrido.
Tal vez comiencen a estar muy lejos ahora, cuando empiezan a
estar tan cerca.



LA TERNURA

La mujer siempre iba con el niño detrás, pedaleando con fuerza.
Cada tarde, camino del muelle.
El niño de entonces recuerda. No el hombre que ahora es, sino el
niño de antes. Recuerda las tardes del muelle. El mar.
La sombra de los barcos, siempre tan lejos. Y la mirada de la madre,
más lejos aún.
Tanto como ahora, cuando nadie sabe donde está. Los ojos y las
manos de esa mujer que él puede ver y tocar y, sin embargo, que
no sabe, que nadie sabe dónde está.
Algunas veces, el hombre que es, le desea la muerte a esta mujer
extraviada, desconocida para siempre.
Pero otras, el niño que va en bicicleta con su madre sólo siente
deseos de llorar.



EL (insensato) JUEGO

Sólo entenderá el significado de perder, o ganar, cuando sepa qué
es lo que se pierde, o se gana. Por ahora somos inocentes, sólo
jugamos el juego del decir.
Uno dice ¿qué dice?
¿Dice la verdad fingiendo mentir?
¿Dice mentiras para tener verdades?
¿Dice de verdad todo lo que dice?
¿Dice lo que dice por decir?
¿En lugar de qué cosa ponemos la palabra?
¿A instancias de qué ausencia?
La luna, ¿existe para quien no la nombra?
No me haga “decir”. “Moi, le langage, je le connais”.* Soy fuerte
ahí.

(* Marguerite Durás)



LA OTREDAD

En definitiva, si no fuéramos tan vulnerables nunca habría nada
que decir.






Norma Etcheverry  (Provincia de Buenos Aires, 1963) -Reside en La Plata.



IMAGEN: La pietà de Michelangelo.