viernes, 24 de enero de 2014

NOSTALGIA


















A menudo en el zoom de la música
días o noches sepia del más adherente 
y centrífugo invierno, vuelvo algo borracho, 
resbalo como un zueco en la trinchera, 
cansado y cansado, pero más todavía de trucos 
cetrerías, pájaros adiestrados por algún brujo 
medio zahorí, stalker o impostor a secas.

Y cómo cuesta reconciliarse con la claridad 
de la mañana, cuesta pensar en la estepa 
sin pensar en algo imposible, 
por ejemplo en la paz, la arena, el sol, las rocas, 
todo eso para lo cual también fuimos hechos.

Y cuesta eludir el pozo subterráneo, 
el tambor -ya agrietado seguramente-
con que el niño se calienta las yemas, 
y el ermitaño se duerme en su caverna.



Vi desplomarse una estrella
y cinco minutos después el cielo
abierto en el que Natacha se lavaba el pelo
con el agua milenaria que juntó en un bol.
Igual de triste, el peso molecular
de cada palabra rumiada entre dientes.
No se calma esta fiebre apretando
una aguja de pino contra el vendaval.



Vi bosques calcinados, lagos color turquesa
-montañas colosales me quitaron el aliento-,
vi formas y gestos que nunca llegaré a descifrar,
aquí, donde la única palabra adecuada es Nostalgia.
Y como la figura embalsamada de un puma
en una tienda de reliquias o baratijas,
la sombra que fui, a veces, me hace sonreír.





Walter Cassara (Argentina, Buenos Aires, 1971)