sábado, 15 de agosto de 2015

ERDERA

















DESTINO MANIFIESTO


Al enterrar a mi madre el otro día contemplé
un lugar en el espacio —prisma, tridimenso volumen—
donde verosímilmente me he de pudrir pronto.
Para entonces no me afectarán compañías,
dará lo mismo haber olvidado cómo se saca el discriminante.
Visto lo cual, declaro: aquel hueco
no me pareció mal, nada mal;
está en los montes que he preferido siempre;
allá muy abajo se alzan, ínfimas, múltiples instituciones
—o sea que a ese respecto, cuando menos, las cosas no cambiarán.



PRECEPTIVA

Por si el batel escora o peneja
se recomienda un carcaj químicamente lírico:
en viento tránsfuga de albas sólo presentidas
mientras entre tu cabello el deseo se aroma y acaracola
rumbo a la gruta de ópalos robados a diademas nocturnas
—así el lector, atado ahí gota con gota,
se reconoce. No derrapa como sobre esos nombres o regímenes
orientales e indecentes
que en cada libro figuran escritos distinto
—Algacel, Alghazal, Algazali—
para santa indignación del hombre de bien
(siamés por gerade inversión de culto de mal).
Pobre Diosa Blanca, cavilo a veces;
fenilpirúvica y todo, no merece tantos ridículos.
Le ofrezco un poco de requesón,
una taza de tila.
Lo agradece pero deja caer la cucharilla.
Malo, malo, ya la han oído. Ya vienen por ella.



MISMAMENTE

Martucha debió de preguntarse 
por qué, para como jugábamos, 
la desnudaba (tampoco siempre), 
una tarde con furor heroico, 
otras gradual o parcial, 
cintura arriba o bajo, 
en cualquier de la semana,
trayendo incluso aquel trapito infecto 
que llamaba caballo.
                                    Tendría cierta razón. 
Ignoraba las mareas, las ráfagas 
conque sus salvajinas me sitiaban, 
repelentes rna non troppo, 
cosa inexplicable en frío 
(aníceto siempre, por fortuna), 
me acosaban con propuestas alarmantes 
mientras, a base de trial and error, 
la sublime tajada de lengua infantil 
se afinaba, danzaba sin empacho 
(y al fin mí volvía en yo,
chupando el lóbulo de una oreja veinte minutos, 
cuanto tardaba en estar de regreso 
sin interrumpir la historia).
                                      Se la llevaron sin aviso 
entonces, al pueblo, supongo. 
Debió de levantar ámpula allá 
con instrucción aún trunca, a medias o cuartas, 
descalza sobre sus sandalias. Hinqué el diente 
a Volta y el desarrollo de la electricidad, 
si bien seguí siguiendo a Dante, oh Martucha. 
(Aunque, espera:
                              11 más 44) (qué horror. 
Voy a tomarme una botella con mi amigo Tétrico.)



CÍTRICA

Me exprimía, escolopendra, clavándome cien patas—
a toronja le olían boca, palpos, labro, forcípulos; el himen como
a limón; el foramen aún más cidro— 
al pellizcar sus pezones de mandarina rugosa chisporroteó una niebla
inflamable de esencia predominante en limoneno— 
calé gustoso la pulpa de diminutos oxiuros auranciáceos— 
me pedía consumo un litro de batido de lima sustancioso, noble,
y chilló desde ráfagas espumosas por verde ses— 
sobre Guenther y Simonsen, libros muy valiosos, escurríamos sudor
anaranjado, su vagina manaba aguas de azahar— 
en la cama, entre hojas fragantes, estallaban gajos al rodarles
o hincarse de rodillas encima; nos estrangulaban cintas largas
de cascaras, masticábamos semillas amargas a fuer de lactonas
con furilos—
hundíamos las faces en montones de albedo— 
al agotar mi reserva chupé el ano artesanal para recuperar la prístina
gota de neroli, devuelta tras oleadas que inundaron estas
fauces—

¡Volvamos a empezar, tendidos ahora en una ladera sembrada 
de pamplina y pipirigallo!




Gerardo Deniz




Gerardo Deniz. Poeta mexicano, su nombre verdadero es Juan Almela Castell, a quien a veces dedica poemas. Nacido en Madrid, en 1944 emigró al Puerto de Veracuz, México, a bordo del barco lisbonense Nyassa a la edad de ocho años, como resultado de la Guerra Civil española;  y murió en la misma ciudad, en 2014. Estudió Química y tradujo del sánscrito y del ruso, entre otras lenguas. La erudición es parte fundamental de sus poemas, construcciones ásperas, irónicas y corrosivamente originales en las que hace uso de los más diversos conocimientos para describir situaciones cotidianas de una forma a primera vista desconcertante. De esa manera logra recuperar, en novedad paradójica y con aparente aridez poética, emociones simples, como la ternura o el rencor. Coincide con Gabriel Zaid y Eduardo Lizalde en haber introducido en la poesía mexicana un tono antisolemne.Su gran afición es la música. Publicó su primer libro, Adrede, en 1970 y Gatuperio, en 1978. En 1986 apareció Enroque y desde entonces el ritmo de su producción se ha vuelto más constante. Destacan sus obras: Picos pardos (1987), Mansalva (1987), Grosso modo (1988), Mundos nuevos (1991), Amor y oxidante (1991), Alebrijes (1992) y una antología que se publicó en 2012: "Mansalva", en Editorial Mansalva. En el año 2008, recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.  ERDERA reúne su poesía completa (FCE, 2005)