domingo, 9 de septiembre de 2012

VOLCAR LA LUNA




Cierro los ojos,  veo a una  mujer.  Lejana  y  familiar.  Viene del frío de la montaña  hacia  la casa.  Frota  las manos en el  pasado  de  mi gesto  y  mira el mundo  desde  un centro irrepetible.   Amasa con el  propio  movimiento  heredado,  deja  en el pan la marca breve  de  su pulso.  Es  absoluta en ese  tramo de  vida.  Ocasiona un devenir que  apenas  ve.     



Un gesto atávico,   girar  la cuchara  en  el líquido  denso.  La olla sobre el fuego,  estar en el vapor.   Los  muslos  pesando en la madera.  Una humedad  viva,  eso  soy,  como lo fueron otros.   Cuerpo  que se expande  en  la luz  inestable del  hogar.



Pusiste  la  olla  al  fuego  durante  horas,   mientras  veías  a lo lejos  el  camino.  Cocinaste  para que  vuelvan,   que  los  traiga  de  regreso  una  apetencia.  No  como  el  hijo  que  tomó  aquel  carro  sobre  la  misma nieve   cuando   mirabas   como ahora  las cabras,  la quietud del cielo cubierto,  el aura  gris de los que se quedan.



Por ver lo absurdo.   Este sopor  invade  el  día,    pierde  sentido  el  movimiento.   Miro  el  espacio  que se abre  detrás de  la  ventana.  Lo sigo lejos,  hasta  una piedra  donde  golpea  espuma fría.  Se  desintegra,  se  dispersa en  lo líquido.   Yo  sigo  frente a mí.   Con los  pies en el agua  sé  que  soy  materia  que se  apaga.





para  Alejandro

Será  que  esa  pequeña cabina es refugio  y  el mar  transcurre  sin  convocarte.   Tu  cuerpo  se  enaltece  cuando transpira al sol,  opuesto  al peso de las sogas.   Se  proyecta en las  velas,   olvidás  que envejece.   
¿O  soñás  un  barco porque ese  movimiento  es  la memoria del cuerpo  que  aún  no  piensa?    Te alivia abandonar  la  tierra  porque  recuerda  la  sombra  de  tu  tamaño,   la  oscuridad  tajante  bajo todo lo vivo. 




Apoyo  la  planta de los  pies  como si  descalza  pudiera  inaugurar  la  arena.   La materia  se  realiza  completa  en  cada único  acto.  Este  soplo  que  llega  desde  el  mar  es  todo  el  viento.





(Fragmentos)

Ana Lafferranderie (Montevideo, Uruguay, 1969)





IMAGEN: Piedras del fondo de la Cascadita Dri, en Concordia, Entre Ríos.






viernes, 7 de septiembre de 2012

Acerca de la poesía lírica



                  El primer grado de poesía lírica es aquel en que el poeta de temperamento intenso y emotivo expresa espontánea o reflexivamente ese temperamento y esas emociones.  Es el tipo más vulgar del poeta lírico; es también el de menos mérito como tipo.  La intensidad de la emoción procede, en general, de la unidad del temperamento; y así este tipo de poeta lírico es en general monocorde, y sus poemas giran en torno a determinado número, en general pequeño, de emociones.  Por eso es frecuente decir de este tipo de poetas, pues con razón se nota, que uno es "un poeta del amor", otro "un poeta de la saudade", un tercero, "un poeta de la tristeza".
                  El segundo grado de la poesía lírica  es aquel en que el poeta,  por más intelectual o imaginativo, incluso sólo por más culto, no tiene ya la simplicidad o la limitación emocional que distingue al poeta del primer grado.  Este también será típicamente un poeta lírico en el sentido vulgar del término, más no será ya un poeta monocorde.  Sus poemas abarcarán diversos asuntos , unificados todavía por el temperamento y el estilo. 
                  Siendo variado en los tipos de emoción no lo será en la manera de sentir.  Así un Swinburne, tan monocorde en el temperamento  y en el estilo, puede no obstante escribir con igual realce un poema de amor, una alegría mórbida, un poema revolucionario.
                  El tercer grado de la poesía lírica es aquel en que el poeta, más intelectual, aún, comienza a despersonalizarse, a sentir, no ya porque siente, sino porque piensa que siente; a sentir estados de alma que no tiene realmente, sencillamente porque los comprende. Estamos en la antecámara de la poesía dramática, en su esencia íntima.  El temperamento del poeta, sea cual sea, está disuelto por la inteligencia.  Su obra estará unificada sólo por el estilo, último reducto de su unidad espiritual, de su coexistencia consigo mismo.  es así como Tennyson escribe por igual  Ulysses y The lady of Shalott; es así, y más, Browning, al escribir lo que llamó "poemas dramáticos", que no son dialogados, sino monólogos que revelan almas diversas con las que el poeta no tiene identidad, no la pretende tener y muchas veces no la quiere tener.
                  El cuarto grado de la poesía lírica es aquel, mucho más raro, en que el poeta, aún más intelectual pero igualmente imaginativo, entra en plena despersonalización.  No sólo siente, sino que vive los estados de alma que no tiene directamente.  En gran número de casos caerá en la poesía dramática, propiamente dicha, como hizo Shakespeare, poeta sustancialmente lírico elevado a dramático por el asombroso grado de despersonalización que alcanzó.  En uno u otro caso continuará siendo, aunque dramáticamente, poeta lírico.  Es el caso de Browning, etc. (ut supra).  No define ya el estilo la unidad del hombre, la denota sólo lo que hay de intelectual en el estilo.    Ocurre así en Shakespeare, en quien el realce inesperado de la frase, la sutileza y la complejidad en el decir son lo único que aproxima el discurso de Hamlet al del rey Lear, el de Falstaff al de Lady Macbeth. Y es así Browning a través de los Men and Women y de los Dramatic Poems.
                  Supongamos ahora que el poeta, evitando siempre la poesía dramática, externamente tal, avanza un poco más en la escala de la despersonalización. Ciertos estados de alma pensados y no sentidos, sentidos imaginativamente y por eso vividos, tenderán a definir para él una persona ficticia que los sienta sinceramente.




Fernando Pessoa  (Portugal, Lisboa, 1888- id., 1935)

(Teoria y crítica literaria)





miércoles, 5 de septiembre de 2012

PIUTE CREEK

























Un acantilado de granito,
un árbol, sería suficiente,
o incluso una piedra, un arroyo,
un cacho de corteza en la laguna.
Cerro tras cerro, doblados y enroscados
los árboles robustos se apiñan
en finas fracturas de roca,
una luna inmensa sobre todo  -es demasiado.
La mente vaga. Un millón
de veranos, el aire de la noche quieto y tibias
las piedras. El cielo cubriendo montañas infinitas.
Toda la añadidura que viene con ser humano
se cae sola, agitación de roa dura;
hasta el denso presente parecería traicionar
a este corazón inflamado.
Libros y palabras,
como un hilo de agua en el vacío,
perdiéndose en el aire seco.
Una mente clara, atenta,
no tiene sentido pero
aquello que ve es verdaderamente visto.
Ya nadie ama las rocas, pero aquí estamos.
La noche helada. Un destello
de luz de luna
se desliza en la sombra del  Enebro: más
allá, inescrutables,
los soberbios ojos fríos
de Cougar o Coyote
me ven levantarme e ir.



Gary Snyder (San Francisco, California, E.E.U.U., 1930)

(Traducción de Bárbara Belloc)

PIUTE CREEK

One granite ridge
A tree, would be enough
Or even a rock, a small creek, 
A bark shred in a pool.
Hill beyond hill, folded and twisted
Tough trees crammed
In thin stone fractures
A huge moon on it all, is too much.
The mind wanders, A million
Summers, night air still and the rocks
Warm.Sky over endless mountains.
All the junk that goes with being human
Drops away, hard rock wavers
Even the heavy present seems to fail
The bubble of a heart.
Words and books
Like a small creek off a high ledge
Gone in the dry air.
A clear, attentive mind
Has no meaning but that
Which seesis truly seen.
No one loves rock, yet we are here,
Night chills. A flick
In the moonlight
Slips into Juniper shadow:
Back there unseen
Cold proud eyes
Of Cougar or Coyote
Watch me rise and go.










lunes, 3 de septiembre de 2012

RÍOS

















En las montañas de mi pueblo hay muchos ríos:
corren entre barrancas profundísimas
y  muy pocas veces ven el cielo
En esos ríos no hay velas de altamar
ni canto de marineros que atraiga a las gaviotas:
Hay que pasar cien montañas mil cordilleras
para llegar a escuchar su rumor
Hay que cortar un gran árbol y hacer una balsa
para atreverse a navegar en esas aguas
Ahí hay lugares que nunca nadie conocerá:
la libertad sólo pertenece a las águilas
El agua de los ríos se desborda en época de lluvia,
el viento de la meseta arrastra piedras gigantescas
y la arcilla tiñe el agua de rojo
como si brotara sangre de la montaña
Sólo en medio de la quietud puede verse
cómo las venas de la meseta se hinchan
Los hombres que viven en sus orillas
probablemente nunca lleguen a conocerse
pero si vas a cualquier lugar de mi provincia
podés escucharlos hablar de estos ríos
como si hablaran de sus dioses.


Yu Jian

(Traducción y nota biográfica:
Miguel Angel Petrecca)




Yu Jian nació en la provincia de Yunnan (al suroeste de China), en 1954. En 1966, en medio de la revolución cultural, la escuela donde estudiaba  fue cerrada y mientras sus padres eran enviados al campo para reeducación pasó meses vagabundeando por las calles de su ciudad, Kunming, junto con sus compañeros. En 1969, a los 16 años, entró como aprendiz en una fábrica del norte de la ciudad. Durante los  frecuentes cortes de luz en la fábrica, Yu Jian se convirtió en un lector voraz. Leía a los poetas chinos clásicos, pero también traducciones de poetas occidentales como Whitman. En 1980, cuando las universidades abrieron nuevamente, Yu Jian entró en la Universidad de Yunnan en la carrera de Letras. Participó de varios proyectos de revistas de poesía independiente, entre ellas, la influyente Tamen (Ellos).



sábado, 1 de septiembre de 2012

EL CÁNTARO


CHUANG  TZE

Tan cerca,
tan apenas tan cerca
o lejanísimo, tan solo
un hombre así
posado
en una mariposa.



EL SIRIRÍ EMIGRA

Con gritos de júbilo
¿despedida o retorno?

Tanta seguridad
para sus pequeñas alas
¿Por qué me compadezco?



No es...

No es tinta
ni papel 
ni significado
una palabra me sostiene
en medio de mí.



PASEO EN CANOA

La rosa del agua
enamora los remos

inclina reflejos
la quietud del sauce.



PAPEL DE ARROZ

Leves toman la
                     dispersa armonía
los poemas
                 que regresan.


BRISA

Sostiene el jardín la  mariposa.



Reververa...

Reververa el río la orilla
dice lo que no dice
y todo trae
lleva dejando



ISLAS

Noche estrellada
     no turbes
el atenuado resplandor
     del silencio.



VOY VELADA EN LA ESTACIÓN DEL VIENTO

-isla del Ubajay y la laguna interior-

Tenuidad de mis ojos ya ven
Claridad de fragancia ya es
     Éste es el sitio

     Motas de luz aromito
     Aromitos al mediodía sin límites

De la laguna interior la garza
Las garzas levantan cruzan
Vuelven me llevan

     La neblina también   la           
     Cambiante gracia    


(De: El cántaro,
Ed. en Danza, 2001)

Beatriz Vallejos



Beatriz Vallejos. Poeta y artista plástica argentina. Nació en Santa Fe en 1922. Se ha destacado por su labor como laquista. Fue discípula del imaginero chileno Carlos Valdés Mujica y a partir de 1962 ha realizado varias exposiciones con sus trabajos, realizados con materiales ligados al paisaje del Litoral (maderas de las islas, resinas y pigmentos naturales, nácar de caracoles y espinas de peces regionales). En septiembre de 2000 presentó un audiovisual, Pincel, libro de lacas, poemas, coplas y canciones de la distancia, el eco y el silencio, en el cual combina sus propios textos, musicalizados, con la proyección de imágenes de sus obras plásticas. Su obra y su pensamiento revelan un particular interés hacia la filosofía y la escritura orientales. Prologó un trabajo sobre el zen en la literatura y la pintura. Es autora de una obra singular, basada en la brevedad y la síntesis entre lo profundamente local y la universalidad más espiritual. Publicó desde 1945 numerosos poemarios, entre los que se destacan "Collar de arena" (1980), "Horario corrido" (1985), "Lectura en el bambú" (1987), "Sin evasión" (1992) y la antología "El cántaro" (2001), editada en Buenos Aires por Javier Cófreces, en la que se recoge una muestra muy representativa de la totalidad de su obra. En sus últimas creaciones, consistentes en exquisitos trípticos montados como miniaturas, la palabra se integra a la calidez de la laca y la madera. Falleció en julio de 2007.





jueves, 30 de agosto de 2012

Los poetas postclásicos





























A pesar de su entrenamiento, de sus brillos
según mi alma jóvenes se pierden
y en general a la altura
de la sexta década,

la lengua fría, contraídos
ya no siembran destellos
sobre destellos en la página,
la mano en la rodilla de la diosa.



MUJERES-NIÑAS EN SAN BENITO DE PALERMO

Bajo el malestar de ángeles custodios,
en la espesura de tipas y gomeros
las vi, ancas y muslos
cumpliendo delicadas tareas
y elocuencia y despliegue carnales
ocupando el día,  
la repentina nitidez de la mañana.



(De: Addenda,
2008)

Rodolfo Godino




Rodolfo Godino. Poeta y académico argentino, nacido en la ciudad de San Francisco- Córdoba, en 1936 y fallecido, en 2015. Su obra abarca las siguientes publicaciones: “El visitante", "Una posibilidad, un reino", "La mirada presente", "Homenajes", "Gran cerco de sombras", "Curso", "A la memoria imparcial", "Centón", "Elegías breves", “Viajes Favorables” y “Diario”. En el año 2008, ganó el premio Consagración Letras de Córdoba, una de las numerosas distinciones que ha recibido a lo largo de su carrera.








martes, 28 de agosto de 2012

TE DEUM



No canto
por las victorias
pues no tengo,
sino por el sol cotidiano,
por la brisa,
por la generosidad de la primavera.

No por la victoria
sino por el trabajo ya hecho del día,
tan bien hecho como pude.
No por un lugar en el estrado
sino en la mesa cotidiana.


Charles Reznikoff 

(Traducción de José Luis Justes Amador)



Te Deum

Not because of victories
I sing
having none,
but for the common sunshine,
the breeze,
the largess of the spring.

Not for victory
but for the day's work done
as well as I was able;
not for a seat upon the dais
but at the common table.



Una de las obras poéticas más fascinantes y contenidas del siglo XX fue llevada a cabo por un hombre casi invisible, metódico, pequeño, un abogado hijo de inmigrantes ruso-judíos, que nunca se alejó de la ciudad de Nueva York. Nacido y criado en Brooklyn en un hogar donde el yiddish era la lengua oficial, Charles Reznikoff  (E.E.U.U., Brooklyn, 1894-Nueva York, 1976) pasó la mayor parte de su vida profesional dedicado a ocupaciones menores para dejarle tiempo a su tarea literaria, que él consideraba central. Por lo demás, como lo expresa su biógrafo Milton Hindus, “su gran ventaja frente a otros escritores siempre fue su singular falta de vanidad”. (Pedro Donoso) Estáconsiderado como el primer poeta objetivista. Su obra fue reconocida tardíamente y publicada en By the Well of Living and Seeing: New and Selected Poems, 1918-1973.- Otros trabajos importantes suyos son la novela "Por las aguas de Manhattan" y su obra Testimonio.




domingo, 26 de agosto de 2012

PLUMAJES


El poeta es el hombre que se niega
a utilizar el lenguaje.
Jean Paul Sartre
La vida no debería ser más
que esta cosa que respira y sangra
Los dedos bien abiertos
ante las notas de un teclado inexplorado
No es porque te negás a regresar del cementerio 
que se me ocurre este dislate
ni porque tu fantasma de algodón de azúcar
acusa los colores del desván
La tarde como un daguerrotipo victoriano
pesando en mi cabeza
La vida tampoco debería ser más que esto
Sin embargo un poeta desangelado
se asemeja mucho a un hombre
Hay un otoño de alas mustias
Parece que pelaran pollos en el cielo
Y esta cosa que respira y sangra
aunque bien mal en escribir insiste.

                                                A Ian Waltson


CLASE TURISTA


Porque no estamos hechos
de carne ni de sangre como pretendemos
aunque alguno que otro traje parezca desmentirlo
Porque la humedad bisiesta de este pueblo
arropa formas innombrables y mezquinas
Y nuestras lenguas de trapo
achican dos talles en invierno 
Y porque el sur también existe
                               en un afiche al menos
Porque soplamos semillas de amargón cada verano
para que alguien se eleve liviano en sus muñones
así enmohezcan los planos inclinados
Porque rezamos desnudos en las playas
y nadamos vestidos en nuestras sofocadas camas
y vacacionamos de oído
y hacemos de la fiesta una fanfarria
y porque sí
y porque el mar y la montaña
y estas ganas de ser otro
bajo una luna parecida.

                                      A Robert F. Young

(de Las Puertas de Tannhäuser,
Ed. el Mono armado, 2012)



Eduardo Espósito (Argentina, Buenos Aires, 1956)












viernes, 24 de agosto de 2012

TRES INTERVENCIONES




1. Declaración 

            Me resulta difícil aportar puntos de vista abstractos sobre la poesía y su condición actual, dado que creo que teorizar sobre el tema no me ayuda como escritor. Sería acertado decir, incluso, que me esmero por no saber qué es la poesía o cómo leer una página o cuál es la función del mito. Es intelectualmente lamentable decidir qué es la buena poesía porque entonces estaríamos moralmente obligados a tratar de escribirla, en lugar de los poemas que apenas logramos escribir.
         Escribo poemas para preservar cosas que he visto / pensado / sentido (si puede hablarse así de una experiencia múltiple y compleja) tanto para mí mismo como para los otros, aunque creo que mi principal responsabilidad es hacia la experiencia en sí, la cual intento rescatar del olvido, por su propio bien. No tengo idea de por qué tengo que hacerlo, pero pienso que el impulso de preservar se encuentra en el fondo de todo arte. Por eso mis poemas están relacionados en general con mi vida personal, aunque no siempre, ya que puedo imaginar caballos que nunca he visto o las emociones de una novia sin haber sido nunca una mujer y sin estar casado.
           Como principio rector, creo que cada poema debe crear su propio universo, nuevo y único, por eso no creo en la “tradición”, en un fondo común de mitos ni en las alusiones espontáneas en los poemas a otros poemas o poetas, las cuales me parecen desagradables como la charla entre peones literarios demostrando conocer a las personas indicadas. La única guía del poeta es su propio juicio: si este es defectuoso su poesía será defectuosa, pero aun así resulta mejor juez que escuchar a cualquiera. De la escena contemporánea solo puedo decir que no se escriben muchos poemas siguiendo mis ideas, pero si así fuera no tendría tanto incentivo para escribir.
[1955]


2. El principio del placer

         A veces es útil recordarnos el aspecto sencillo de cosas que normalmente se consideran complicadas.  Tomemos, por ejemplo, la escritura de un poema. Esta consta de tres etapas: en la primera un hombre se obsesiona con un concepto emotivo hasta el punto de obligarse a hacer algo con él. Lo que ese hombre hace es la segunda etapa, a saber: construir un dispositivo verbal que reproduzca ese concepto emotivo para cualquiera que le interese leerlo, en cualquier lugar y en cualquier momento. La tercera etapa es la situación recurrente de las personas que en diferente tiempo y lugar activan este dispositivo y recrean en sí mismos lo que el poeta sintió al escribirlo. Estas etapas son interdependientes y todas son necesarias. Si no ha habido un sentimiento preliminar, el dispositivo no tendrá nada que reproducir y el lector no experimentará nada. Si la segunda etapa no se ha cumplido correctamente, el dispositivo no dispensará sus bienes, o dispensará unos pocos a pocas personas, o dejará de dispensarlos después de un tiempo absurdamente breve. Y si no hay una tercera etapa, ni una lectura exitosa, será muy difícil afirmar que ese poema existe en sentido práctico.
           Lo que muestra la descripción de esta básica estructura tripartita es que la poesía es emocional en su naturaleza y teatral en su funcionamiento, una hábil recreación de emoción en otras personas. Inversamente, un poema malo es el que nunca logra hacer esto. Todas las formas de derogación crítica no son más que modos diferentes de decir esto, cualquiera sea la terminología literaria, filosófica o moral que empleen, y no sería necesario señalar algo tan obvio si la poesía actual no insinuara que lo ha olvidado. Pareciera que estamos produciendo un nuevo tipo de poesía mala, no el viejo tipo que intenta conmover al lector y fracasa, sino una que ni siquiera lo intenta. Una y otra vez éste se topa con obras imposibles de comprender sin una referencia que exceda sus propios límites, o cuya satisfecha insipidez evidencia que sus autores sólo están recordándose a sí mismos lo que ya saben, más que recrearlo para un tercero. De hecho, el lector ya no parece estar presente en la mente del poeta como solía estarlo, como alguien que debe comprender y disfrutar el producto terminado para que éste sea un éxito. La presuposición actual es que nadie lo leerá y si lo hace, no podrá ni comprenderlo ni disfrutarlo. ¿Por qué debería ser así?  No basta con decir que la poesía perdió su público, y que por lo tanto ya no necesita tenerlo en cuenta: mucha gente todavía lee poesía e incluso compra poesía. La poesía perdió, más exactamente, su antiguo público y ganó uno nuevo. Esto se dio como consecuencia de una fusión ingeniosa entre el poeta, el crítico literario y el crítico académico (tres clases hoy claramente indistinguibles): es casi una exageración decir que el poeta conquistó la posición afortunada en la que puede elogiar su propia poesía en la prensa y explicarla en el aula, y que el lector fue forzado a rendirse ante ese poder del consumidor que dice: “Esto no me gusta, tráiganme algo distinto”. Déjenlo apenas susurrar una palabra acerca de que no le gusta un poema y estará en el banquillo de los acusados antes de poder pronunciar Edwin Arlington Robinson. Y la acusación será grave: floja sensibilidad, herramientas críticas insuficientes e inadecuadas, incapacidad de descubrir nuevas situaciones verbales y emocionales. Veredicto: culpable, más algunas cláusulas sobre la educación mental del acusado, adicción a los entretenimientos de masas y respuestas endebles. Es hora de que algunos de ustedes se den cuenta, playboys –dice el juez– de que la lectura de un poema es un trabajo difícil. Catorce días de cárcel. Próximo caso.
           Por lo tanto, los clientes al contado de la poesía, esos que solían poner su dinero en la esperanza segura y certera del disfrute, como en el teatro o en la sala de conciertos, se fueron rápidamente a otra parte. La poesía dejó de ser un placer. Ellos fueron reemplazados por un pelotón más humilde cuyo objetivo no es el placer sino la superación personal, que aceptó sin crítica alguna la afirmación de que no pueden entender la poesía sin una inversión previa en el equipamiento intelectual que, por pura casualidad, posee su profesor. Resumiendo: el público moderno de poesía, cuando no está lavando su ropa, es lisa y llanamente un público estudiante. A simple vista esto no parecería algo malo. El poeta tiene, por fin, una supremacía moral y su nueva clientela no sólo paga por la poesía sino que también paga para que se la expliquen.  Además, si el poeta se tiene sólo a sí mismo para complacerse ya no se ve perjudicado por las limitaciones de su público. Y hoy nadie cree, de ningún modo, que un artista que valga la pena pueda confiar en algo más que su propio juicio: el gusto del público viene siempre veinticinco años detrás y sólo percibe un estilo cuando este es explotado de segunda mano. Esta es la pura verdad. Pero en el fondo la poesía, como cualquier arte, está unida de forma inextricable al hecho de dar placer. Si el poeta pierde la parte de su público que busca el placer habrá perdido al único público que valía la pena tener y al que la muchedumbre obediente que firma cada septiembre no puede sustituir. Y el efecto se sentirá a lo largo de su obra. Olvidará que aun cuando cree que lo que tiene para decir es interesante, para otros podría no serlo. Se concentrará en el valor moral o en la complejidad semántica. Y lo peor de todo, sus poemas ya no surgirán de la tensión entre sus sentimientos no verbales y lo que puede rescatar en palabras de todos los días para aquel que no ha tenido su experiencia o su educación o su beca al extranjero; y una vez que se suelte el otro extremo de la cuerda lo que se producirá no es algo demasiado oscuro o insignificante –aunque podrían ser ambas cosas– sino más bien una inacabada y desdramatizada holgura, porque él habrá perdido el hábito de probar lo que escribe apelando a este criterio particular. Por lo tanto, nada de placer. Por lo tanto, nada de poesía.
          ¿Qué se puede hacer con respecto a esto? ¿Quién quiere que se haga algo? Por cierto no el poeta, que está en la inusual posición  de vender tanto su obra como el criterio a través del cual se la juzga. Por cierto no el nuevo lector, a quien, como la pareja de un matrimonio no consumado, no se le ocurre algo mejor. Por cierto no el viejo lector, quien simplemente ha reemplazado un placer con otro. Sólo el romántico ocioso que rememora los días en los que la poesía era condenada por pecaminosa podría desear que las cosas fueran diferentes. Pero si el objetivo es salvarnos de nuestras obligaciones y recuperar nuestros placeres, lo único que puedo pensar es que deberá producirse una repulsión a gran escala contra las nociones actuales, comenzando por los lectores de poesía, quienes deben preguntarse a sí mismos con más frecuencia si efectivamente disfrutan de lo que leen, y si no es así, qué objetivo tiene seguir haciéndolo. Y digo “disfrutar” en el más común de los sentidos, en el sentido en que dejamos o no la radio encendida. A los interesados podría gustarles el ensayo de David Daiches: “The New Criticism: Some Qualifications” (en Literary Essays, 1956); mientras tanto, quizás la siguiente cita de Samuel Butler puede hacer renacer el ansia por la libertad: “Me gustaría que me gustara más la música de Schumann. Me atrevo a decir que si lo intento podría hacer que me gustara más. Pero no me gusta tratar de hacer que me gusten las cosas; me gustan las cosas que hacen que me gusten de una vez, sin tener que intentar nada” (Notebooks, 1919).
[1957]

3. Escribir poemas

               Sería apropiado, tal vez, devolver el alentador cumplido que los seguidores [3] le hicieron a The Whitsun Weddings (Casamientos en pentecostés) con una anotación detallada de su contenido. Sin embargo, y desafortunadamente, hay poco que agregar a lo que ya dije: que esos poemas fueron escritos en o cerca de Hull, Yorkshire, con una serie de lápices Royal Sovereign 2B, entre los años 1955 y 1963. Creo que el efecto que traté de lograr en cada caso está bastante claro. Si fallé en ciertas ocasiones ninguna anotación marginal podrá ayudarme ahora. En adelante, esos poemas pertenecen a sus lectores, quienes a su debido momento dictarán sentencia olvidándolos o recordándolos.
              Si hay algo que decir, debería ser sobre los poemas que uno escribe, los cuales no necesariamente son los poemas que uno quiere escribir. Hace algunos años llegué a la conclusión de que escribir un poema era construir un dispositivo verbal capaz de preservar una experiencia de forma indefinida a través de su reproducción en cualquiera que leyera ese poema. Como definición de trabajo me pareció lo suficientemente satisfactoria como para permitirme escribir mis propios poemas. No obstante, en la medida en que sugería que todo lo que uno debía hacer era elegir una experiencia y preservarla, era bastante simplista. Hoy en día nadie cree en temas “poéticos”, no más de lo que se  cree en una dicción poética. Sin embargo, cuanto más lejos avanza uno, más se convence de que algunos temas son más poéticos que otros, al menos porque se escriben poemas sobre estos mientras que sobre otros temas no. Al principio uno escribe poemas sobre cualquier cosa. Más tarde, aprende a distinguir algo más, aunque todavía cometa muchísimos errores que lo hacen perder tiempo. Lo cierto es que mi definición de trabajo define bastante poco: no da cuenta de ese elemento necesario de distinción y no explica la precisa naturaleza de ese encurtido verbal.
             Esto significa que la mayor parte del tiempo uno se dedica  a hacer, o a tratar de hacer, algo cuyo valor es dudoso y cuyo modus operandi es impreciso. ¿Puede uno sentirse dichoso del todo con esto? Ya desaparecieron los días en los que uno se definía como el sacerdote de un misterio: hoy, misterio significa ignorancia o paparruchada, ninguna de las dos cualidades están de moda. Sin embargo, escribir un poema no es, después de todo, un acto de voluntad. Lo que hace bueno a un poema no es un acto de voluntad. Por consiguiente, los poemas que efectivamente se escriben pueden parecer triviales o menospreciables comparados con aquellos que  no. Pero los poemas que se escriben, aun si no son del agrado de la voluntad, sí le agradan, evidentemente, a ese algo misterioso al que deben agradar.
      Esto no quiere decir que uno se la pasa escribiendo poemas que su voluntad desaprueba. Lo que significa, al contrario, es que entre los componentes que intervienen en la escritura de un poema debe haber una veta de extraña gratificación personal –casi imposible de describir si no es en estos términos–,  la presencia de aquello que tiende a anular cualquier tipo de satisfacción que la voluntad podría sentir frente al trabajo terminado. Sin este elemento de interés propio, el tema, aunque sea digno, puede irse a la deriva y ser olvidado. La cuestión está llena de ambigüedades.  Escribir un poema es un placer: a veces lo pongo a competir, deliberadamente, en el mercado –por decirlo de algún modo– con otras actividades de ocio, sobre la base ostensible de que si escribir un poema no es más entretenido que escuchar música o salir por ahí, no será entretenido leerlo. ¿Pero no está ocultando esto, quizás, una objeción subconsciente a la escritura? Después de todo, ¿cuántos de nuestros placeres resisten nuestra reflexión sobre ellos? ¿O se trata sólo de una pereza oculta?
        Que uno se preocupe sobre esta cuestión depende, en realidad, de si uno está más interesado en escribir poemas o en descubrir cómo se escriben. Si es lo primero, entonces tales consideraciones se vuelven otra dificultad técnica –como el ruido que hacen los vecinos o el propio temperamento– paralela a las dudas de un clérigo: uno debe continuar a pesar de ellas.  Al formularlas, creo que uno está buscando alguna justificación en el producto terminado para los sacrificios que hizo en su nombre. Puesto que es la voluntad la que busca, es poco probable que encuentre alguna satisfacción. El único consuelo en todo este asunto, como en casi cualquier otro, es que con toda probabilidad no había ninguna opción.
[1964]


Philip Larkin (Inglaterra, Coventry, 1922-1985)

(Traducción de Santiago Venturini)

(Material extraído de la revista Hablar de poesía,
Nº25, Julio, 2012)







miércoles, 22 de agosto de 2012

INSOMNIO




Un hombre solo camina por los bordes de su propia noche.
Va y viene con una vieja pregunta por los andurriales de su
condición.
El amanecer está todavía lejos pero la sangre y los pasos resuenan
en su cabeza despierta, en su cuerpo acabado. Resuenan en la calle
vacía de un callejón sin salida.
Sus hijos y su mujer duermen. Mañana será otro día igual y no
dirán nada,
¿Conoce o no, este hombre, el punto donde todos los caminos
se separan? ¿Conoce o no los fantasmas de la desesperación,
el momento en que toda su vida, como única respuesta, sueña con
ser una gran piedra arrojada contra la noche absurda?


IMAGEN DEL CARACOL

I
"Estar un poco con uno mismo" dijiste.
Sí, alejados del estruendo y las
inútiles utilidades
de cada dia.
Sustraidos, por un momento
secreto y luminoso
a ese orden que siempre toma mas de lo que da.
 

II
"Estar un poco con uno mismo" —dijiste.
Sí, lo sé, sustraídos a ese orden

que siempre toma más de lo que da
alejados por el estaño del estruendo
y las utilidades del día
a los momentos secretos luminosos.
A veces es necesario
un movimiento de repliegue
para ocupar
un lugar que siempre está vacío y descuidado.



LO NECESARIO, LAS PERLAS

Como esas gotas de rocío
descubiertas, suspendidas
en las pequenas y rubias y escondidas telarañas del jardin
asi fue mi amor por ti.
Despues vino el padre sol 
iluminó, evaporó, limpió, 
no dejó mas que lo necesario. 
Asi es ahora mi amor entre las flores.





Juan Manuel Inchauspe (Santa Fe, 1940-1991)





lunes, 20 de agosto de 2012

LA DISIPACIÓN





Cuando era joven
     Oropélida
no pensaba en nada.

Con una lamparita
   la madre
   le iluminaba
  tanto el cerebro
      que le era
     imposible
         ver

sus propias ideas.

     El padre
   no le dirigía
    la palabra.




    Oropélida
sos una piedra
   que se aleja
   cuesta abajo
     negra.

Tus gestos se endurecen
   tu rostro se contrae
  tanto como una palta

y parece que vas 
 con cierta prisa
 hacia una dirección
 desconocida

flameando de tu cuello
      tules
en todas las gamas
    del verde.




Que nada nos mire.
Que nada nos vea.
Que nada nos toque.

Que nada nos mire.
Que nada nos vea.
Que nada nos toque.


Que nada nos mire.
Que nada nos vea.
Que nada nos toque.


Que las cabezas de los vecinos
             caigan.

Que los vecinos no tengan cabeza.
Que las cabezas de los vecinos se
          sienten a la mesa.

Que todas las cabezas se amen 
          y hablen de mí.

Que sólo coman dulce de naranjas
               amargo                            
               y un ají 
               picante.




Cada noche iluminada
    Lunar Azul cose
        su tela
    perfecta, blanca
       resaltan
       sus ocho

       patas

      tiemblan
   y se desprende
     una lágrima

     de la luna



La  luz horada un hoyo azul en el médano.
Pupé y yo estamos iluminados y flotamos.
Él me habla, hace círculos en la arena.
El mundo se da vueltas
y el cielo está

en la tierra.
      

   
Selva Dipasquale (Argentina, Buenos Aires, 1968)






sábado, 18 de agosto de 2012

Envío




















Lo que un día nos gustó deja pronto de atraernos.
Lo que solía deleitarnos se asienta como fina ceniza en nuestra lengua
Lo que abrazamos una vez, nos abraza.

Las cosas, es cierto, tienen un destino:
Conexiones y descargas misteriosas como el lenguaje de las nubes.
En esto se ha convertido mi vida,

Mitad indescifrable, mitad nueva geografía,
Paisajes detenidos en penumbra, memoria barrida,
La voz sobrepuesta no es la mía.

Mientras tanto, el topo avanza en sus ensueños subterráneos,
Los perros echados oir ahí como tapetes,
Los pájaros espulgan su plumaje, los insectos abandonan su caparazón.




Charles Wright (E.E.U.U., Tennessee, 1935)

(Versión de Jeannette L. Clariond)





jueves, 16 de agosto de 2012

Si estuvieras...




Si estuvieras a mi lado, cuidándome 
con la misma equidad con que el agua moja la arena
sin inundarla, manteniéndola fresca; te diría 
con mis manos entre tus manos -como un ovillo de hilo
que ya no puede enredarse a sí mismo
sin la cinta que lo mantiene en lazado-
que la lentitud con la que me conducís por los días
es lo único que sabría ofrecerte
además de mi amor: una paciencia apenas
con que se acerca la muerte.Esto podemos darnos,
un campo de flores que recibe el viento y de repente
el pétalo, el fruto que se desprenden y se van 
buscando el verdadero lugar donde marchitarse o crecer.


(De: Una tierra
Curandera, 2011)



Victoria Schcolnik (Buenos Aires, Argentina, 1984)