lunes, 5 de abril de 2010

Pampa de Salamanca





Tengo una agenda de números muertos,
calles y direcciones y ciudades que jamás visitaré
y están muertos no sé desde cuándo ni cómo ni por qué,
ni por qué están muertos en esos papeles
los teléfonos con sus números, con sus distancias,
pero cada tanto un trazo de grueso lápiz,
como un trazo de participio pasado,
elimina un nombre, y el papel se va decolorando
a medida que se colorea año a año, tiempo al tiempo,
y distancias que ya no medimos en rutas sino en olvidos.

La copa quedó sin concluir en aquella mesa.
El fuego quedó sin extinguirse en aquel hogar.
Un suéter dejado en otra casa. Unos zapatos perdidos en algún hotel
cuando caminé una ciudad desconocida y nocturna
hacia terminales de ómnibus que no vuelven.
Las fotos de ya no sabemos quiénes
aunque levemente recordamos una época
por el registro de su entorno, el ambiente, la vestimenta.
Un camino que de pronto se curva entre árboles
por donde habremos pasado alguna vez.
Los labios que nos despidieron en la noche
y todo fue tan turbio con niebla en los fogones y junto al río.
El abrazo que nos dijo —que nos pidió—
que volviésemos en la próxima primavera.
La caricia de una mano que a veces recordamos
en la próxima primavera porque la mano olía a primavera —
Pero de pronto cae una marca sobre un teléfono que no responde,
sobre una calle que sentido no tiene ya
y no sabemos por qué ni desde cuando,
y en la fotografía la imagen está velándose desde entonces
y el suéter, que era rojo, ahora nos parece cobrizo
como liquidambar al otoño, y ya no sabemos, y no importa ya —

Hace tiempo mucho tiempo que no miramos fotografías.
Hace tiempo mucho tiempo este cuaderno de números
viene ilustrándose con fechas ciudades y nombres suprimidos.
Pero igual digo: en abril volveré a tu ciudad
pero ese abril pasa y el año se hace viejo,
y pasa otro abril y el año se hace viejo,
y al siguiente abril ya recordamos que hubo un verano,
que fuimos apenas un sonido solitario en una ruta solitaria
donde el sonido viajaba a noventa de crucero,
donde la ruta viajaba gris en medio del gris
y el sonido era de neumáticos en el asfalto
y era como un mantram, continuo como un mantram, era
una leve turbulencia en las cámaras de combustión,
era un mantram continuo bajo la insolación y el viento,
bajo el infinito derribado en las mesetas,
estrujado entre los dedos, mordido como finísimo polvo que cae,
que cae y queda entre lagrimales y sobre números muertos
hasta que una nueva marca, un trazo de gruesa tinta
hace invisible otra ciudad,
irreconocible el camino que nos acercaba a ella
cuando el sonido viajaba; el resplandor,
a velocidad crucero, viajaba sobre una curva
y otra vez sobre una recta imposible
y otra vez sobre la hipérbole de una depresión
y otra vez sobre astillas del Atlántico en las banquinas.

Pero aquellas geografías pasan, aquellos días pasan
y después el mismo tiempo se hace viejo
y ya no hay trenes hacia un pueblo de provincia
donde poníamos silletas en una plaza con chivatos
para leernos recientes y antiguas escrituras
cuando el verano se derrumbaba con las chicharras.
Pero las geografías pasan, los grandes días pasan.

Hay un crepúsculo de ceniza en los números.
Hay un crepúsculo de ceniza en los nombres.
No encontramos la esquina donde fuimos iluminados,
la calle entre árboles que llegaba hasta tu casa,
la esquina donde el resplandor una vez estuvo,
la calle cuyo nombre tiene ahora una caligrafía negada
mientras siguen las cenizas como esmeriles gastados, cayendo
sobre los mapas,
sobre las distancias,
sobre las ciudades,
sobre las rutas,
sobre tu mirada,
sobre tu nombre.



Juan Meneguín (Argentina, Entre Ríos, Concordia, 1958)





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