lunes, 10 de agosto de 2009

EL MANZANO

















Y con buenos modales en las fiestas mundanas
sonríe para adentro sabiéndose dueño de un secreto poderoso.
Alfredo Veiravé ("Historia natural")


Esta es buena tierra, dijo mi tío.

¿Buena?, ¿buena para qué?
Para vivir, para estar plantado,
para charlar con pajaritos.
¿Nada más?
Agregue los vecinos
y los caballos que andan por ahí.
¿Nada más?

El árbol no está a salvo
de ninguna cosa, ni de lo irreal.
Habrá que ver si sus palabras
dicen la verdad.

Un tiempo atrás, digamos
cuatro años, en este lugar
no había nadie, ninguno
de nosotros estaba para mirar
y no estaba el otro para ser mirado.
Tampoco estaba para hablar.
Ni siquiera para piar.

Mis manos cavaron y hundieron el podo
en el hueco; de lo demás se ha hecho
cargo el manzano, lo que puja
desde abajo y lo que tira
desde arriba.
Éste es el día, ahora es el momento
para mirarnos a la cara;
dos conocidos que un día
se vuelven a cruzar en el camino
y se detienen unos minutos a saludarse.
Ha pasado el tiempo.

Acá parados, tímidos antes que intimidados,
nos miramos sin hablar; podríamos cantar
para disimular el efecto del encuentro.
Podríamos silbar, embolsar
el aire que nos sobra después de hablar,
y esperar una respuesta
uno del otro.

Sin esta luz no esperada
del invierno que comienza,
la atención hubiera sido otra
y otras las palabras, si no la mudez
que traen ciertos días de pesadumbre,
desinterés, desgano.

¿Le habría prestado atención
si otro hubiera sido el cantar?
Entre el oír y el mirar se resuelve
esta historia de paisanos,
como se les dice a los que son
de la misma tierra.

No quedan dudas, el manzano
está aquí, diseñado minuciosamente,
medido y premeditado,
ajeno a cualquier ligereza
de la imaginación.
Las ramas gruesas ciñen por dentro
una estructura, y las finas, alrededor,
actúan zumbonas pero equidistantes.
El tronco levemente curvado amenaza
con una imperfección,
sin embargo es un rasgo que lo hace real
y evita que se lo confunda
con una espontánea efusión de la mente.
Ahora, vacío de fronda, algunos pajaritos
simulan hojas que resisten:
hojas que trinan en todo caso
y que no tardan en volar
porque la belleza está de paso,
insostenible para el que observa
e irremediable para quien, también,
apenas se sostiene en su verdad.

Se dice que las apariencias engañan.
¿Engañaría el manzano?
¿Para qué engañaría?
Para defenderse, para pasar desapercibido,
para reírse de nosotros sin reírse.

En la primavera del manzano
brotaron capullos rojos en medio
del verde de las hojitas
y empujaban para realzar
el contraste.
Se tendría que haber detenido
como una fotografía,
pero siguió adelante porque tenía
que seguir, hecho de paciencia,
hasta que se abrieron los capullos,
pispeando con la cara al aire
para saber qué clase de mundo era éste
en el que se habían asomado.
Cinco pétalos blancos por pimpollo
no tardaron en mostrarse de pies
a cabeza, bien abiertos
para transformar el rojo en un rosa pálido
que el blanco borró sin culpa.
Después, la brisa o el viento
de la tarde desprendieron esos pétalos
debiluchos y los desparramaron
como nieve por todo el lugar.
Era la epifanía de un invierno
que volvía con todo su esplendor
a hacer de las suyas
como un chico feliz con sus juguetes.

¿Y el otro manzano que prometía?
¿Habrá más para ver?
Sí, hay, hubo,
ya vamos por la tercera o cuarta
versión de un árbol que no da
puntada sin hilo con su pinta.

Y sin embargo, cuando se vaya
el último visitante
acá ya no habrá nadie
que pregunte por él,
cuando añore el antes y el después.

Implacable es la época para quien espera
que todos lo miren en el baile,
siempre en pose, atento a la música
que envuelve, pero llega el momento
en que todo termina y los músicos
de la orquesta se van
con sus instrumentos a cuestas
y nadie queda en la pista,
sólo la sensación de alegría,
no la alegría.

Hablamos de él
y nada podemos hacer
que no sea apiadarnos, acaso
tocarlo, ponerle una mano en el hombro
y que todo esté dicho, de amigo
a amigo, de compadre a compadre.
Otra cosa es hablarle,
aunque no nos escuche.

Hablar, hablar, ¿hablar de qué?
Pienso en las palabras
que vemos hundirse en tierras poco
propicias, las palabras
que damos de beber como al sediento
y debemos cuidar del yuyal que se entromete,
de la maleza sin argumento.

No es la luz que titila
sino su respiración, a golpecitos,
que hace temblar las ramas nerviosas
por evitar el papelón.
Otro manzano espera su turno
simulando que la boca ríe.

La angustia es del que mira,
y si todo es a medias, un dolor
o una depredación duran demasiado
en el discurrir del manzano.
Los ojos buscan en esa forma
alguna justificación o consuelo,
y sólo terminan hablando
de lo que no trasunta, por obsesión
antes que por precisión de las palabras.
La cosa necesita estar en buena tierra
para justificarse y dejar que el tiempo
produzca las modificaciones
a su antojo, porque un manzano
a disposición de la eternidad
no es poca evidencia.

Sabemos que en los próximos días
la delicada estructura dependerá
de la furia del temporal
o de la perrita que una vez más
se acerque a mear,
sucesos ajenos, imprevisibles
para la suerte que corra el manzano.

El gato, atrevido, lo vieran,
tomó la costumbre de afilar sus pezuñas
en el tronco, donde quedaron las marcas,
rayas verticales en la corteza
que no se pueden borrar
sin dañar al manzano.
Su suerte está echada,
pero hasta donde lo dejen
trabajará frunciendo el ceño para
el camino trazado de antemano,
el dibujo proyectado en el aire.

Cualquiera diría que es una telaraña,
y si no fuera porque el tronco aparece
claro, nítido, sosteniendo la copa por el rabo,
podría pensarse que la telaraña
está suspendida como una pompa
de jabón, aunque un poco rígida:
las pompas de jabón resisten
mientras sus finas paredes curvas
no se tensan,
y la rigidez, sabemos,
es lo que produce el rompimiento.

Ante un cuerpo alterado
la piedad es lo primero; el resto
es añadir dolor al dolor.

La lluvia nos recuerda algo guardado
hace mucho tiempo:
lo que fuimos alguna vez,
lo que ya no somos.
Dice mi tío que las historias
se cuentan mejor
en días de lluvia.

El temporal de tres días,
sin embargo, hizo todo
lo que había que hacer
para ponerlo en evidencia.
Ahora se aprovechó el viento,
y no hubo respuesta del manzano;
dejó hacer, titubeó, se arqueó
como un pez en el agua
con el anzuelo clavado en la boca,
y nada más.

El aspecto produce
una especie de molestia
-se diría: de descarnado sufrimiento-,
hasta que el instante pasa
y la forma comienza a inquietar
por su inmovilidad, su no hacer.
El manzano perdió todo lo que tenía
para perder en este tiempo.
Queda un resto de forma que sugiere
lo demás, lo que es y lo que vendrá.
No sabemos si este tiempo grotesco
se desplazará en bloque hacia el árbol,
o si el árbol irá sin condiciones a su encuentro.

Lo que se puede decir de él
está a la vista; bastaría con no pestañear
mientras dura el desconsuelo.
Pero mirar, llegar con una mano,
despierta o atontada,
es otra cosa, y eso hago
para no morir de irrealidad,
que es nuestro sentido.
Escapamos de lo que somos
y volvemos en un tira y afloje
como un fino tiento que se tensa.

El invierno es en la rama abierta,
dibujada a cada lado, como un instrumento
de cuerda, guitarra tal vez,
pero sin resolver al ejecutante
que no tiene existencia precisa por ahora.
No me presto al experimento
por ignorancia, pero acompaño
curioso y sin condiciones
el mecanismo que se ha puesto a funcionar.
Las ramas son sonidos que escapan
en un punto de fuga
y no líneas que dibuje el manzano.
Esto de trazar una sucesión de puntos
en el espacio parece teoría,
pero no lo es si atendemos a la relación
que provocan en la lectura del conjunto,
si acaso ya hemos olvidado
la insinuación de la obra musical.

Dan ganas de dibujar así, de ese modo,
con todo el cuerpo antes
que con la mano, con esa precisión
y ese conocimiento de la línea,
como un creador que sabe lo que hace.
Hay un boceto previo
que de cualquier modo, pero no
a cualquier precio, nos lleva
hasta el manzano
que tenemos ante nosotros.

Donde hubo agua sed queda,
dice mi tío, y yo le digo
que es como aporrear un recuerdo
que apreciamos y no sabemos
si sólo se trata de un espejismo.
Algo en común tenemos con esa forma
donde alguna vez se hospedó la fragancia.
Pero que se sepa: no nos pide nada.
En su lucha quieta el manzano
parece rozar el orgullo
de los vencidos.
Pena da la palabra pena,
y lástima la palabra lástima.
Todo se pierde en nada,
de lo que fue a lo que es,
de lo que es a lo que será.

No sería extraño
que por su boca hablaran los otros,
los que conocimos
y creímos olvidados; de pronto
volverían con sus voces alborotadas
a decir lo que no pudieron
o se olvidaron de decir
o creían sin importancia
o no sabían que podía ser dicho.

¿Nos oculta algo?
Desde el comienzo no ha hecho
otra cosa que hacernos creer
su historia personal.
Yo la creí, y sólo espero
que no me haya metido la mula;
no le veo cara para la mentira
ni aun debajo de la cara que le conocí
en tiempos mejores.
¿Recuerdan?:
flores rojas que dan paso a las blancas,
chucherías de septiembre
donde estaba casi toda
la verdad concentrada.
¿Cuántos manzanos pudimos
encontrar en el manzano?

El final es sin contemplación.

Fuera de eso creemos
que no le queda nada, si nada
fuera el orgullo, la espera, el sueño,
el largo invierno que tiene por delante.


(De: Museo de varias artes,
el camarote Ediciones, 2006)

Juan Carlos Moisés (Argentina, Chubut, Sarmiento, 1954)



Imagen: Manzano II Óleo sobre lienzo de Gustav Klimt,
1916, Museo:Österreichische Galerie Wien.


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