jueves, 6 de agosto de 2009

LOS PRESAGIOS


No han sido tan graves mis errores para pagarlos
con la vida,
sin embargo hasta el paso de una mosca se paga con la vida.
También el campo infantil suspiró y tembló la luz de la luna
cubierto con una sábana inmensa.
La morena mujer que me cuidaba
se desprendía del suelo y levitaba para ofrecerme
el
terror mientras lloraba,
mestiza ocre, cuerpo cálido y lento,
enseñándome el bien y el mal, y sólo ella
me anunció la pisada de fuego y la señal del réprobo.
Tal vez fuera apasionadamente contrahecha,
con un ligero jadeo y el viaje a lo profundo de sus ojos de siglos,
y tan hermosa, con un hilillo de sudor en el canal de los senos,
se contraía como una medusa cuando la tocaban,
y en vano la llamaré.
y hablaba un idioma remoto desde laslagunas,
sirvienta descalza del sol, la adorada.

Excitante niñera en las excavaciones del sol con el
incienso de sus axilas,
querida para siempre, única en la muchedumbre de
los helechos,
madre y amante ciega en un lugar de rapiña,
y a quien grita de miedo en la noche ella lo azuza con una brasa,
tierna como un sauce a la orilla del río,
tirada en el monte con sus hombres
su cuerpo sostenía las tormentas en el silencio nocturno.

"Cree en mí —me decía— los condenados bailan
desnudos en una enorme caldera en la hoguera de sus pasiones
iluminados por grandes milagros celebrantes."

Y añadía: "Disuélvete también en el viento mendigo, querido niño,
obedece piadosamente a las tentaciones,

elegido para el día del Juicio entre las almas reverentes".

Vibrante como una estrella para calmar los lamentos
el ángel de lo tantálico desplegaba con ella sus alas
entre los cuatro elementos,
para el desamparo de futuros amantes que jamás se unirían.


Enrique Molina (Argentina, Buenos Aires, 1910-id.,1996)



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