domingo, 9 de agosto de 2009

EL LABORATORIO DE CARREIRA


















La última vez que vi a Carreira fue una tarde en el ICI, de la calle Florida. Yo había ido ahí para conversar con Alberto Laiseca sobre su novela "La mujer en la muralla" que había publicado en esos días. Me acuerdo que Jacoby tenía fotocopias de los poemas de Carreira y los había estado distribuyendo entre los amigos. Carreira, por supuesto, no se preocupó en absoluto por esas actividades, con su sonrisa de entusiasmo y la ironía que lo caracterizaba, daba la impresión de estar muy contento y con el aire de haber hecho alguna comprobación sorprendente. La conversación con Laiseca fue interesante y avanzó como avanzan esas cosas hasta que, cuando todo terminó, Carreira pidió la palabra. Estaba parado en el fondo de la sala, medio inclinado hacia adelante y antes de hablar hizo un pequeño gesto de simpatía como si quisiera disculparse por anticipado por lo que iba a decir. Lo que siguió fue apasionante y bastante incómodo. Carreira usó el género "preguntas del público en una mesa redonda" para hacer una performance. Primero construyó una extraordinaria teoría sobre la inexistencia histórica del imperio romano y enseguida (como si fuera una consecuencia) empezó a describir la construcción de la muralla china. Hablaba a gran velocidad y con extrema precisión y analizó los materiales, el tipo de piedra y de poleas que se usaron en la edificación, cuánto tardaban los artesanos en morir, cómo se criaban niños en las inmediaciones para tener una tropa disponible de aprendices, dónde acampaban las mujeres y dónde se habían instalado los prostíbulos, cómo se cultivaban las legumbres y el arroz para alimentar a esas multitudes, qué sistema de control y vigilancia usaba la policía, qué cálculos matemáticos son necesarios para encarar obras de esa dimensión y qué relaciones podían establecerse entre la construcción de la muralla china y la caída del muro de Berlín. La intervención de Carreira era cáustica e hipnótica y parecía no tener fin. Por supuesto Laiseca hacía gestos de aprobación y se divertía pero parte del público empezó a protestar y a levantarse. Cuando el asunto se fue poniendo denso y abundaron las voces airadas y las protestas, Carreira, sin dejar de hablar, empezó a retroceder y se alejó por el pasillo hacia la entrada. Antes de irse, se dio vuelta y gritó varias veces: "¡Viva la revolución libertaria!". Después salió a la calle y se perdió en la noche. Tumulto general, consternación, comentarios indignados.
Como lo había hecho a lo largo de toda su vida, era el sentido y la forma en las ceremonias culturales lo que Carreira ponía en cuestión. Esa tarde representó e hizo ver lo que nosotros habíamos tratado de decir sobre el delirio en la literatura y de hecho atacó los actos culturales, las presentaciones de libros, el ambiente progresista que circula por esos lugares donde todos parecen usar la misma jerga y referirse con los mismos sobreentendidos a los mismos supuestos. Su intervención en el ICI me recordó una predicción de William Burroughs: "Como se sabe los pintores están abandonando el lienzo, confío que en el futuro la escritura dejará la página, siguiendo a la pintura, y podrá ser actuada y vivida."
Para Carreira el arte siempre fue una forma de acción. En los últimos años trasladó esa práctica a los usos del lenguaje. Las palabras se le convirtieron en un campo de lucha, una versión en miniatura del orden del mundo. El lenguaje fluía como el dinero y era necesario cortar esa circulación, falsificar los intercambios, actuar como un ladrón en un banco. Carreira entraba en el lenguaje para interrumpir o acelerar el flujo. El escritor anarquista inglés George Orwell fue uno de los primeros en llamar la atención sobre las relaciones entre las palabras y el control social. En su explosivo ensayo "Politics and the English Language" analizaba la presencia del Estado en las formas de la comunicación verbal: se había impuesto la lengua instrumental de los funcionarios policiales y de los tecnócratas, el lenguaje se había convertido en un territorio ocupado. Los que resisten hablan entre sí en una lengua perdida. Los poemas de Carreira están en esa tradición: el poeta habla solo, afuera del lenguaje común. En realidad Carreira actúa como un Robinson verbal. Empieza de cero y sus poemas parecen el diario de un sobreviviente. Debe nombrar, despacio, palabra por palabra, siempre en el borde, los objetos y los actos cotidianos, como quien mira el mundo por primera vez.


Baldosas, ciudad, pies, campo, tierra
suelo
metros, baldosas, tierra,
baldosa, ciudad, uniones, cemento, cal.



Nombra lo que ve y nombra luego las palabras que nombran lo que ve. No dice otra cosa, sólo subraya y hace ver las palabras que ha usado, como quien ilumina fragmentos de una casa en ruinas.


Las hojas del árbol se mueven, la luz también.

hojas. árbol. luz.


El velador de mi habitación no se mueve.

velador. habitación.


Se ha despojado de todo y escribe desde los confines del lenguaje. (Los límites del lenguaje son los límites del mundo como decía el discípulo de Frege.) En realidad Carreira se instala en el interior de un lenguaje privado; la gramática casi no existe, sólo hay series, enumeraciones; el poeta trabaja con restos y construye, con infinita paciencia, un vocabulario personal para nombrar la experiencia inmediata.


Veo también la pared frente a mí.

pared.

Un millón de granitos de arena cubiertos de pintura, cubren la pared.

granitos, arena, pintura, pared.

Los veo todos.

Quizá haya 300 ladrillos cubiertos por cal y arena.

ladrillos, cal, arena.


La pared es dura.

pared.



En momentos en que la lengua se ha vuelto opaca y homogénea este trabajo detallado, mínimo, microscópico, es un ejemplo de la revolución que sostiene a la poesía desde su origen: hay que saber nombrar siempre de nuevo. En su retiro del lenguaje, Carreira trata a las palabras como si fueran objetos. El extrañamiento y la desautomatización que provoca es un acto que en la Argentina tendríamos que llamar el efecto Ricardo Carreira-Alberto Greco-Bonino-Xul Solar-Macedonio Fernández. Es un linaje de inventores obstinados, soñadores de mundos imposibles, filósofos secretos y conspiradores que se mantuvieron alejados del dinero y del lenguaje común e inventaron su propia economía y sus propios medios de expresión. "Normalmente (escribió Ossip Mandelstam) cuando un hombre tiene algo que decir, va hacia la gente, busca auditores. Pero con el poeta sucede lo contrario. Este huye 'hacia el borde de mares desiertos, el vasto rumor de los robledales'. ¿Su andar no es acaso evidentemente anormal? La sospecha de demencia siempre recae sobre el poeta."

La cultura contemporánea está en manos de profesionales y los profesionales de la cultura están al servicio del poder: la industria de la enseñanza y la industria del espectáculo manejan a los artistas y a sus obras. Carreira resistió esa situación durante toda su vida. Hasta el final mantuvo vivo ese espíritu de inventor de barrio y de amateur, pasaba los días en su laboratorio del barrio de Mataderos, experimentando con la electricidad y con el rumor de las palabras. Estos poemas son la destilación de su experiencia, anotados en papeles sueltos y fotocopiados para los amigos, parecen los mensajes de un viajero que ha llegado a una ciudad perdida: que esa ciudad sea la ciudad donde todos vivimos y que esa sensación de extrañeza haya sido lograda con la mayor simplicidad es otro ejemplo de la originalidad y del lirismo que caracterizaron la obra de Ricardo Carreira.

(Prólogo al libro Poemas
de Ricardo Carreira,
Ed.Atuel, 1996)

Ricardo Piglia
(Argentina, Bs. As., Adrogué, 1941)


Imagen: La única foto que pude encontrar del autor. Corresponde a la tapa del libro "Carreira, Ricardo; El error y otros textos", Selecciones de Amadeo Mandarino, Bs.As., 2000.



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