martes, 20 de octubre de 2009

ALIMENTO PARA EL FUEGO, ALIMENTO PARA EL PENSAMIENTO



buena madera
que toda ígnea juventud hizo estallar del invierno,
ve a dormir en el poema.
¿Quién va a recordar la llama verde, el ámbar de tu corazón?

El lenguaje obedeció lenguas de fuego en materia oscura.

Reconocemos rostros en las nubes, que se van disgregando,
palacios de aire; el sol agonizante les pone fuego;

divisamos sombras en el mar por su ánimo sorprendente
o bien en sus playas leemos runas sobre la arena
por la espuma del mar.

Esto es lo que quise para el último poema,
desatar las convenciones y el retorno a la forma abierta.
Leonardo veía figuras que eran manchas en la pared.
Que las apariciones contenidas en el suelo jueguen a voluntad.

Has traído una rama del día de mañana al cuarto.
Su fragancia me ha despertado -no,
fue el ruido del fuego en la chimenea,
donde lo cubriste saltaron chispas de deleite.
Ahora hago volver el pensamiento

al rojo resplandor, que podría-ser-mágica sangre,
palacios de calor en la boca del fuego

—"Si observas, verás la salamandra"—
a los mismos elementos que nos asisten,
hadas del fuego, el radiante arrastrarse.

Eso fue hace un largo tiempo.
No, en realidad nunca estuvieron allí
aunque una vez vi...¿fijé la vista
en el corazón de deseo ardiente
y vi a un hombre radiante, como esas
ciudades de fantasía que del fuego al fuego van?

Estamos bastante cerca de la infancia, tan sencillamente purgados
de lo que pensábamos que íbamos a ser,

llameantes hebras de primicia salen de tu tacto,
tenues llamas de inverosímil calor
florecen al borde de nuestra creencia.



Robert Duncan (E.E.U.U., San Francisco, 1919-1988)
(Traducción: E.L.Revol)

FOOD FOR FIRE, FOOD FOR THOUGHT

good wood
that all fiery youth burst forth from winter,
go to sleep in the poem.
Who will remember the green flame,
thy heart's amber?

Language obeyd fares tongues in obscure matter.

We trace faces in clouds: they drift apart,
palaces of air —the sun dying down
sets them on fire;

descry shadows on the flood from its dazzling mood,
or at its shores read runes upon the sand
from sea-spume.

This is what I wanted for the last poem,
a loosening of conventions and return to open form.
Leonardo saw figures that were stains upon a wall.
Let the apparitions containd in the ground
play as they will.

You have carried a branch of tomorrow into the room.
Its fragrance has awakend me —no,
it was the sound of a fire on the hearth,
leapt up where you bankt it, sparks of delight.
Now I return the thought
to the red glow, that might-be-magical blood,
palaces of heat in the fire's mouth

— "If you look you will see the stdamander"
to the very elements that attend us,
fairies of the fire, the radiant crawling.

That was a long time ago.
No, they were never really there,
tho once I saw —did I stare
into the heart of desire burning
and see a radiant man? like those
fancy cities from fire into fire falling?

Wo are close enough to childhood, so easily purged
of what we thought we were to be,
flamey thieads of firstness go out from your touch,
flickers of unlikely heat
at the edge of our belief bud forth.





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