domingo, 2 de mayo de 2010

ARLT, BORGES, CLÁSICOS














Boedo y Florida, dos citas para un mismo desencuentro

por David Viñas

Más que a Plutarco, por así decir, la crítica administrativa de nuestro país ha preferido apelar a una perspectiva maniquea. No sólo porque esa antigua teología justifica los esquemas, sino porque la guerra —siempre maniquea aunque sea literaria— alude a un ademán moralista que permite mostrarse edificante y, a la vez, intimidar a quienes no participan de las propias opiniones.
En este sentido, Arlt y Borges se han convertido en algo ejemplar. Digo, como una contraposición en la que si Arlt empezaba representando al "pueblo", Borges se maquillaba de "oligarquía"; y si el autor de El juguete rabioso aparecía monopolizando "los contenidos", era porque "la forma" se había trocado en una especialidad excluyente del caminante barrial y desganado de Fervor de Buenos Aires.
Sin duda: esa antítesis elaborada hacia 1940 y en su apogeo hacia los '50 resultaba quizás una indirecta actualización de la dicotomía mayor de la literatura argentina oscilante, desde 1850, entre "la civilización" y "la barbarie". Aunque en el caso Arlt-Borges el dilema más rígido obligaba a optar por el predominio de "lo social" y la denegación de "lo estético"- O a la inversa. Prueba de lo cual seria el interés demostrado por la obra de Arlt desde las perspectivas de una crítica sociologizante desarrollada en el periodismo, así como la vehemencia mayor por la producción borgiana provino entonces de una estilística universitaria o académica.
Sin embargo, más que dilema, la pareja formada por Arlt-Borges me parece una suerte de Jano bifronte. Quiero decir, el revés y el derecho de la misma problemática. De forma paralela, en el contexto inaugural de los años del radicalismo clásico entre 1919 y el '30, al balanceo que va de emblema Clara Beter de César Tiempo al Don Segundo de Güiraldes. Símbolos y topes de esa coyuntura que no se definen ni se dramatizan por su polarización, sino por el abanico de matices que se abre entre ellos. Que ese gaucho y esa prostituta suscitan, quiero decir. Así como por las combinaciones diversas, zigzagueantes de impregnaciones recíprocas, adhesiones, rechazos y vaivenes que proliferaron entre el Boedo extremo representado por Castelnuovo y el vanguardismo de Florida más exacerbado que se encarnaba, hacia 1925, en las Calcamonías de Oliverio Girondo.
Esto es, la dramática literaria en esos años tiene como soporte, en esta "bisagra cultural", la tensión que se arquea entre Malditos de 1924 y los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de 1922. Es lo que se flexiona entre la admonición humanitarista y el itinerario jubiloso como propuesta de un espacio de lectura inédito. Que si paradójicamente intenta iluminarse, por un lado, con apelaciones a la Claridad propuesta desde Francia por Henri Barbusse, en el ademán complementario de Proa alude a una especie de pechada inaugural, filosa y fanfarrona.


Condensación y símbolo

Algo similar ocurre con los títulos inicíales de Arlt y Borges entendidos como textos de condensación y símbolo: porque si El juguete rabioso atenúa lo exasperado por Boedo con la alusión a lo infantil, los escenarios suburbanos, atardecidos de Fervor de Buenos Aires no solo subrayan otro itinerario urbano emparentado con el de Girondo hacia Flores y Caballito, sino que ya van superponiendo en ese ritmo de caminador la andadura con la escritura que empezará a definir el ademán poético borgiano.
Y si el arrabal atenuado de Villa Ortúzar me remite por su revés de trama al entusiasmo de Arlt por la calle Corrientes más crispada, este espacio me reenvía —a su vez— a un párrafo inquietante del Juguete: "Hoy a las tres de la madrugada el agente Manuel Carlés, de parada en la calle Avellaneda y Sud América, sorprendió a un sujeto en actitud sospechosa y que llevaba un paquete bajo el brazo". ¿Manuel Carlés y en 1926? ¿Dentro del texto arltiano? Explicarlo por distracción o insignificancia no convencería a nadie. Porque Manuel Carlés resulta, y no casualmente, el presidente de la Liga Patriótica, benemérita entidad que, si en 1919 se enfrentó a la huelga de la Semana Trágica, en 1930 fervorosamente apoyó al general Uriburu. ¿Además qué? Casi nada: que la alusión a Manuel Carlés, de forma mediata, se sobreimprime con la figura de un policía. Humillado humillador. Personaje que "sorprende" a un sujeto. ¿Cuál? Uno de los miembros del club de "ladroncitos" inventado por el protagonista de Arlt. ¿Y qué ha robado ese adolescente? Nada menos que Las montañas del oro de Lugones. Y para redondear la cosa: con efracción y violentando la sacralidad de la biblioteca. Es decir, a través de una profanación.
Escenario que en Borges se santifica, en cambio, cuando en uno de sus prólogos penetra en la Biblioteca Nacional iluminada de manera aterciopelada y pertinente para hacerle entrega de uno de sus libros —dibujando un don ritualizado— al paternal Lugones que lo acepta y termina apoyándole una mano sobre el hombro.
Arlt y Borges antagónicos, pues, pero no ya en un nivel de episodios. Dado que lo referencial se ha hecho metáfora. Contrapuestos, por lo tanto, pero en situaciones homólogas. Con otras palabras: operando con una temática compartida pero con procedimientos diversos; parentesco divergente sin duda, aunque a contar de un humus común. No "bien" opuesto al "mal" —entiéndase—, sino revés y derecho de un núcleo compartido que funciona como cordón umbilical.
"Gemelos, aunque no siameses." No antítesis, por consiguiente, sino paradoja.
Más aun, porque si Arlt, a partir de esa violación de un recinto sacralizado, insinúa una expropiación del libro, la literatura y el saber (recuperando, elípticamente, lo violatorio final del Matadero y de Amalia), inaugura una dialéctica secundaria que opera, sobre todo, con el humillar-seducir; ser humillado-ser seducido: humillar a las figuras lumpen en dirección a los de abajo y, al mismo tiempo, seducir a los propietarios, jefes de oficina, suegras y porteros que aparecen instalados en lo alto. Al unísono ser humillados —en el uso del lenguaje, por ejemplo— por quienes flotan como dueños del poder, los buenos modales y la cultura. Y de manera correlativa, ser seducido por "princesas" y académicos que hablan o hacen señales desde las alturas. Carnaval de amos o de esclavos. Disfraces en doble vaivén que en Arlt se explican, entre otras cosas, por la situación ambivalente en que vive Astier y que, día a día, lo condiciona a dejarse fascinar por "el cielo propietario" y, en la misma conjugación, despreciar "la caída" proletaria. Oscilaciones que en dirección al paraíso inciden en sus tonos "estirados" superponiendo el éxito de Napoleón con el de Edison, Rocambole o Baudelaire. En la medida en que escribir es tan instantáneo y seductor como ganar batallas, robar o hacer estallar un cañón de juguete.


Óptica de clase media

Eso, hacia "las nubes". Porque hacia el fango se vislumbra la atracción ambigua de la Bizca sobre cuyo cuerpo, al hacer el amor, se comprueba el terror al "pegoteo"; así como la urgente necesidad de "tocar fierro" para despegarse. De manera similar a la atracción que desde muy abajo provoca el Rengo del que Astier —aterrorizado por su pringosidad tan fascinante— se aleja mediante las clandestinas y eficaces palabras de la delación.
Vertiginoso vaivén el de Arlt. "Fundamental." Como el resultado de numerosos caleidoscopios girando al mismo tiempo aunque con una circularidad opuesta. Y que se aceleran aun más cuando el discurso arltiano (emitido casi siempre desde una consabida óptica de clase media), si se empina en el "vosotros" increíble, en su envés emplea palabras del lunfardo. Pero con la precaución de ponerlo entre comillas para no quedar pegado como con el sexo de la Bizca o en la amistad ofrecida por el Rengo desde la feria y las carencias.
Ahora bien, a partir de ese núcleo arltiano, ¿cómo se produce el "vaivén fundamental" en el Borges de 1926? En primer lugar, a través de su distanciamiento del centro urbano en dirección al arrabal mucho más cómplice. Gesto que, al encimarse con un malestar óptico inicial, en el rumbo de los barrios le permite operar —en una segunda instancia— con detalles más acogedores. Minúsculos, carnosos y rosados. Infantiles, por lo tanto. Equívocamente "juguetones". Que en una tercera inflexión se trocan en conjuro de una luz enceguecedora a lo largo de un itinerario mucho menos veloz y hasta confidencial. Envés antilugoniano del prirner Borges que se enlaza con su preferencia por un Carriego "arrabalero" que lo determina —en un cuarto movimiento— a prescindir de la grandeur de cualquier retórica retumbante y de sus ademanes oratorios. Se trata de la vertiente borgiana emparentada, en una quinta articulación, con el Macedonio Fernández que proponía una práctica literaria analgésica: eludir, en la penumbra y ante todo, una luz cenital que al enceguecer provocaba dolor. Y que, en una sexta declinación, lo va desplazando a través del pasado, cementerios, patios en declive, diminutivos y zaguanes, desde el Centro oficial de la ciudad en la búsqueda de otro "centro" mucho más sutil, solapado y con revancha. Allí ya se insinúa el Aleph. Al final de esa historia en dos ciudades: el descubrimiento de un lugar secreto donde no sólo puede atisbar lo que no toleraba en las calles ruidosas, sino que hasta le permite desquitarse de una impotencia ocular al obtener una suerte de omnipotencia en sus ojos doloridos. "Vigilia de ojos cerrados"; compensada ensoñación. O, si se prefiere, procedimiento indirecto para recuperar los privilegios de la mirada balzaciana del siglo XIX de la que había renegado y que ahora se transmuta en un nivel englobante superior. Pero que, gracias a esa superposición, se ha convertido en un "privilegio oftalmológico" a lo Jehová.


"La vacación"

Y en esta encrucijada se produce — me parece— el reencuentro con Roberto Arlt: que si en función del rechazo del pegoteo concluye proponiendo el vuelo, al renegar de la rutina terminará por sugerir "la vacación". Un despegue esencial de lo pringoso y de todo lo que resuene a positividad cotidiana: horarios, acreedores, esposas legítimas y ansiosas, oficinas, sueldos. Es el gran desquite de Astier (o de los empleados, usados, y de las criadas soñadoras). Poética vacacional que por intermedio de un dinero mitificado llega a coincidir con la "mitología onírica" de Borges.
Vuelos en Arlt-ensueños borgianos. Que al distanciarlos ya sea de la temática central de Boedo como del eje vanguardista de Florida los tornan, mediante sus producciones recíprocas, en los más despegados de la ideología miserabilista o del ultraísmo. Y va de suyo, en los de "mayor altitud" como consecuencia de sus concretas faenas literarias.
En penúltima lectura: Arlt-Borges: los que más operaron con lo puesto en relación con "lo dado" entendido como común denominador y como napa compartida de su generación y de su circunstancia. En las series de tiempo y de tipología. Vuelos y ensueños que por la mutación que implican los convierten a ambos, allá en sus orígenes, en los emergentes capitales de la literatura argentina contemporánea.


CLARÍN, Cultura y Nación,
24 de enero de 1985


David Viñas nació en Buenos Aires, en la esquina de Talcahuano y Corrientes, en 1929. Estudió con los curas y con los militares. Fue fundador y codirector de la revista Contorno, de gran influencia en medios universitarios e intelectuales. Por su novela Un Dios cotidiano recibió, en 1957, el Premio Gerchunoff. En 1963 recibió su doctorado de la Universidad de Rosario, con la tesis La crisis de la ciudad liberal. Ya un año antes, su novela Dar la cara había recibido el Premio Nacional de Literatura, premio que volvió a recibir en 1971 por su libro Jauría. En 1972, Lisandro recibió el Premio Nacional de Teatro, y un año después Tupac-amaru el Premio Nacional de la Crítica. Entre 1973 y 1983 dio clases de literatura en California, Berlín y Dinamarca. Desde 1984 reside en Buenos Aires, donde es titular de la Cátedra de Literatura argentina de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires). En 1991, en una decisión que alborotó al "mundillo" cultural, David Viñas recibió y rechazó la Beca Guggenheim. "Un homenaje a mis hijos. Me costó vinticincomil dólares. Punto", diría Viñas más tarde. Sus hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron secuestrados y "desaparecidos" por la dictadura militar en los años '70. Entre sus obras: Los años despiadados (1956), Los dueños de la tierra (1958), Prontuario (1993); Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar (1970); De los montoneros a los anarquistas (1971); Literatura argentina y política - De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista (1995) y Literatura argentina y política II - De Lugones a Walsh (1996).


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