sábado, 23 de mayo de 2009

¿ES TODAVÍA POSIBLE LA POESÍA?

El premio Nobel ha llegado a su septuagésima quinta ronda, si no estoy mal informado. Y si muchos son los científicos y los escritores que han merecido este prestigioso reconocimiento, bastante menor es el número de los supérstites que viven y trabajan todavía. Algunos de ellos están presentes aquí y a ellos les dirijo mi saludo y mis augurios. Según opiniones muy difundidas, obra de arúspices no siempre atendibles, en este año o en los años que pueden llamarse inminentes el mundo entero (o por lo menos esa parte del mundo que puede llamarse civilizada) conocería un giro histórico de proporciones colosales. No se trata, obviamente, de un giro escatológico, del fin del hombre mismo, sino del advenimiento de una nueva armonía social de la cual sólo existen presentimientos en los vastos dominios de la Utopía. Al término del suceso, el premio Nobel será centenario y sólo entonces podrá hacerse un completo balance acerca de cuánto la Fundación Nobel y el Premio conexo hayan contribuido a la formación de un nuevo sistema de vida comunitaria, sea éste el del Bienestar o del Malestar universal, pero de tal alcance que pueda poner término, al menos por muchos siglos, a la multisecular diatriba sobre el significado de la vida. Me refiero a la vida del hombre y no a la aparición de los aminoácidos, que asciende a algunos miles de millones de años, sustancias que han hecho posible la aparición del hombre y quizá contenían ya su proyecto. Y en este caso, ¡qué largo es el paso del deus absconditus! Pero no quiero divagar y me pregunto si es justificada la convicción que el estatuto del premio Nobel sustenta, o sea que las ciencias, no todas en el mismo plano, y las obras literarias han contribuido a difundir o a defender nuevos valores en un amplio sentido "humanísticos". La respuesta es, ciertamente, positiva. Sería larga la lista de los nombres de aquellos que, habiendo dado algo a la humanidad, han obtenido el ambicionado reconocimiento del premio Nobel. Pero infinitamente más grande y prácticamente imposible de identificar es la legión, el ejército de aquellos que trabajan para la humanidad en infinitos modos, incluso sin darse cuenta de ello, y que no aspiran jamás a un posible premio porque no han escrito obras, actas y comunicaciones académicas y nunca han pensado en "hacer gemir las prensas", como dice un difundido lugar común italiano. Existe, ciertamente, un ejército de almas puras, inmaculadas, y esto es un obstáculo (por cierto insuficiente) para la difusión de ese espíritu utilitario que en diversas gamas se mueve hacia la corrupción, el delito y toda forma de violencia y de intolerancia. Los académicos de Estocolmo han dicho muchas veces no a la intolerancia, al fanatismo cruel y a ese espíritu persecutorio contra los oprimidos. Esto se relaciona particularmente con la elección de las obras literarias, obras que a veces pueden ser mortíferas, pero nunca como la bomba atómica, que es el fruto más maduro del eterno árbol del mal.
No insisto sobre este tema porque no soy ni filósofo, ni sociólogo, ni moralista.

He escrito poemas y por esto he sido premiado, pero he sido también bibliotecario, traductor, critico literario y musical y hasta desocupado por reconocida insuficiencia de fidelidad a un régimen que no podía querer. Hace pocos días vino a entrevistarme una periodista extranjera y me preguntó cómo distribuí tantas actividades tan diferentes. ¿Tantas horas a la poesía, tantas a las traducciones, tantas al empleo y tantas a la vida? He intentado explicarle que no se puede planificar una vida como se hace con un proyecto industrial. En el mundo hay un amplio espacio para lo inútil, e incluso uno de los peligros de nuestro tiempo es el de la mercantilización de lo inútil a la cual son sensibles particularmente los muy jóvenes.
De cualquier modo estoy aquí porque he escrito poemas, un producto absolutamente inútil, pero casi nunca nocivo y éste es uno de sus títulos de nobleza. Pero no es el único, siendo la poesía una producción o una enfermedad absolutamente endémica e incurable.
Estoy aquí porque he escrito poemas: seis volúmenes, además de innumerables traducciones y ensayos críticos. Se ha dicho que es una producción escasa, quizás suponiendo que el poeta es un productor de mercancías; las máquinas deben ser empleadas al máximo. Por fortuna, la poesía no es una mercadería. Es una entidad de la cual se sabe muy poco, tanto que dos filósofos tan diversos como Croce, historicista idealista, y Gilson, católico, están de acuerdo al considerar imposible una historia de la poesía. Por mi parte, si considero a la poesía como un objeto, supongo que nació de la necesidad de agregar un sonido vocal (la palabra) al martilleo de las primeras músicas tribales. Sólo mucho más tarde palabra y música pudieron escribirse de algún modo y diferenciarse. Aparece la poesía escrita, pero el común parentesco con la música se hace sentir. La poesía tiende a abrirse en formas arquitectónicas; surgen los metros, las estrofas, las llamadas formas cerradas. Aún en las primeras sagas de los Nibelungos y luego en los cantares de gesta la verdadera materia de la poesía es el sonido. Pero no tardará en surgir con los poetas provenzales una poesía que se dirige también al ojo. Lentamente la poesía se hace visiva porque pinta imágenes, pero es también musical: reúne dos artes en una. Naturalmente los esquemas formales constituían gran parte de la visibilidad poética. Luego de la invención de la imprenta, la poesía se hace vertical, no llena del todo el espacio blanco, es rica de versos aparte y de repeticiones. Incluso ciertos blancos tienen un valor. Bien diferente es la prosa, que ocupa todo el espacio y no da indicaciones sobre su pronunciación. Y en este punto los esquemas métricos pueden ser instrumento ideal para el arte de narrar, o sea para la novela. Es el caso de ese instrumento narrativo que es la octava, forma que ya es un fósil en los inicios del siglo XX, a pesar del logro del "Don Juan", de Byron (poema que quedó interrumpido a medio camino). Pero hacia fines del siglo XIX las formas cerradas de la poesía no satisfacen más ni al ojo ni al oído. Análoga observación puede hacerse con el Blank verse inglés y con el endecasílabo suelto italiano. Y mientras tanto da grandes pasos hacia la disgregación del naturalismo la pintura, y es inmediato el contragolpe en el arte pictórico. Así, con un largo proceso que sería demasiado largo describir, se llega a la conclusión de que no se puede reproducir lo verdadero, los objetos reales, creando así inútiles reproducciones, pero se exponen in vitro, o también al natural, los objetos o las figuras de los cuales Caravaggio o Rembrandt hubieran presentado un facsímil, una obra de arte. Hace años, en la gran muestra de Venecia, se había expuesto el retrato de un mongólico: era un tema très dégoûtant, pero ¿por qué no? El arte puede justificar todo. Salvo que, acercándonos, nos dábamos cuenta de que no se trataba de un retrato, sino del infeliz en carne y hueso. El experimento fue luego interrumpido manu militari, pero en materia estrictamente teórica estaba plenamente justificado. Desde hacía años, críticos que ocupan cátedras universitarias predicaban la necesidad absoluta de la muerte del arte, en espera no se sabe de qué palingenesis o resurrección de la cual no se vislumbran los signos.
¿Qué conclusiones pueden extraerse de hechos semejantes? Evidentemente las artes, todas las artes visuales, están democratizándose en el peor sentido de la palabra. El arte es producción de objetos de consumo, que se usan y se tiran en espera de un nuevo mundo en el cual el Hombre haya logrado liberarse de todo, incluso de la propia conciencia. El ejemplo que he traido podría extenderse a la música exclusivamente ruidosa e indiferenciada que se escucha en los lugares donde millones de jóvenes se reúnen para exorcizar el horror de su propia soledad. ¿Pero por qué hoy más que nunca el hombre ha llegado a tener horror de sí mismo?

Obviamente, preveo las objeciones. No es necesario confundir las enfermedades sociales, que quizás siempre han existido pero eran poco advertidas porque los antiguos medios de comunicación no permitían conocer y diagnosticar la enfermedad. Pero impresiona el hecho de que una especie de general milenarismo acompañe a un cada vez más extendido confort, el hecho de que el bienestar (allí donde existe, o sea en limitados espacios de la tierra) tenga las lívidas connotaciones de la desesperación. Bajo el trasfondo tan oscuro de la actual civilización del bienestar también las artes tienden a confundirse, a perder su propia identidad. Los medios masivos de comunicación, la radio y sobre todo la televisión, han intentado no sin éxito aniquilar toda posibilidad de soledad y de reflexión. El tiempo se vuelve más veloz, obras de hace pocos años parecen "anticuadas" y la necesidad que tiene el artista de hacerse oír antes o después se vuelve necesidad espasmódica de lo actual, de lo inmediato. De aquí surge el arte de de nuestro tiempo que es el espectáculo: una exhibición no necesariamente teatral a la que contribuyen los rudimentos de cada arte y que opera una suerte de masaje psíquico sobre el espectador u oyente o lector o lo que sea. El deüs ex machina de este nuevo amontonamiento es el director. Su fin no es sólo el de coordinar los componentes escénicos, sino el de suministrar intenciones a obras que no las tienen o que han tenido otras. Hay una gran esterilidad en todo esto, una inmensa desconfianza en la vida. En este panorama de exhibicionismo histérico, ¿cuál puede ser el lugar de la más discreta de las artes, la poesía? La poesía llamada lírica es fruto de soledad y de acumulación. Lo es todavía hoy, pero en casos más bien limitados. Sin embargo, tenemos casos más numerosos en los cuales el sedicente poeta sigue el ritmo de los nuevos tiempos. La poesía sae hace entonces acústica y visiva. Las palabras estallan en todas las direcciones como la explosión de una granada; no existe un verdadero significado, sino un terremoto verbal con muchos epicentros. La interpretación no es necesaria; en muchos casos puede socorrernos la ayuda del psicoanalista. Al prevalecer el aspecto visivo la poesía es también traducible y esto es un hecho nuevo en la historia de la estética. Esto no quiere decir que los nuevos poetas sean esquizoides. Algunos pueden escribir prosas clásicamente tradicionales y pseudo versos carentes de todo sentido. Hay incluso una poesía escrita para ser aullada en una plaza ante una multitud entusiasta. Esto ocurre sobre todo en los países donde rigen regímenes autoritarios. Y tales atletas del vocalismo poético no siempre están desprovistos de talento. Citaré un caso, y me excuso si es también un caso que me concierne personalmente. Pero el hecho, si es verdad, demuestra que ahora existen y cohabitan dos poesías, una de las cuales es de consumo inmediato y muere apenas es expresada, mientras la otra puede dormir sus sueños tranquila. Un día se despertará, si tiene la fuerza de hacerlo.

La verdadera poesía es similar a ciertos cuadros de los cuales se ignora el propietario y que sólo algún iniciado conoce. De todos modos, la poesía no vive sólo en los libros o en las antologías escolásticas. El poeta ignora y a menudo ignorará siempre su verdadero destinatario. Daré un pequeño ejemplo personal. En los archivos de los diarios italianos se encuentran necrologías de hombres todavía vivos y actuantes. Se llaman "cocodrilos". Hace pocos años, en el Corriere della Sera, yo descubrí mi "cocodrilo" firmado por Taulero Zulberti, crítico, traductor y poliglota. Allí afirmaba que el gran poeta Maiakovsky, luego de leer una o varias poesías mías traducidas al ruso, habría dicho: "Este es un poeta que me gusta. Quisiera poder leerlo en italiano". El episodio no es inverosímil. Mis primeros versos comenzaron a circular en 1925 y Maiakovsky (que viajó también a América y otras partes) se suicidó en 1930.
Maiakovsky era un poeta de pantógrafo, de megáfono. Si ha pronunciado las palabras citadas puedo decir que aquellas poesías mías habían encontrado, por caminos sinuosos e imprevisibles, a su destinatario.
No se crea, sin embargo, que yo tengo una idea solipsista de la poesía. La idea de escribir para los llamados happy few de la poesía no la he compartido nunca. En realidad, el arte es siempre para todos y para ninguno. Pero lo que sigue siendo imprevisible es su verdadero begetter, su destinatario. El arte-espectáculo, el arte de masas, el arte que quiere producir una especie de masaje físico-psíquico sobre un hipotético gozador tiene ante si infinitos caminos, porque la población del mundo va en continuo aumento. Pero su límite es el vacío absoluto. Se puede enmarcar y exponer un par de pantuflas (yo mismo he visto las mías reducidas a esto), pero no se puede exponer bajo un vidrio un paisaje, un lago o cualquier gran espectáculo natural.

Ciertamente,la poesía lírica ha roto sus barreras. Hay poesía también en la prosa, en toda la gran prosa no meramente utilitaria o didascálica: existen poetas que escriben en prosa o al menos en una prosa más o menos aparente; millones de poetas escriben versos que no tienen ninguna relación con la poesía. Pero esto significa poco o nada. El mundo está creciendo; cómo será su porvenir no puede decirlo nadie. Pero no es creíble que la cultura de masas, por su carácter efímero y erosivo, no produzca, por necesaria reacción, una cultura que sea también vallado y reflexión. Todos podemos colaborar en este futuro. Pero la vida del hombre es breve y la vida del mundo puede ser casi infinitamente larga.

Había pensado en dar a mi breve discurso este título: ¿podrá sobrevivir la poesía en el universo de las comunicaciones de masa? Es lo que muchos se preguntan, pero si pensamos bien la respuesta no puede ser más que afirmativa. Si se entiende por poesía la que escriben los diletantes es claro que la producción mundial irá creciendo desmesuradamente. si en cambio nos limitamos a la que rehúsa con horror el término producción, la que surge casi por milagro y parece conservar toda una época y toda una situacion lingüística y cultural, entonces hay que decir que no hay muerte posible para la poesía.
Se ha observado muchas veces que el contragolpe del lenguaje poético sobre el de la prosa puede ser considerado un latigazo decisivo. Extrañamente, la Commedia de Dante no ha producido una prosa de esa altura creativa o lo ha hecho después de siglos. Pero si se estudia la prosa francesa antes y después de la escuela de Ronsard, la Pléiade, se darán cuenta de que la prosa francesa ha perdido esa blandura por la cual era juzgada tan inferior a las lenguas clásicas y ha cumplido un verdadero salto de madurez. El efecto ha sido curioso. La Pléiade no produce colecciones de poemas homogéneas como las del Dolce stil nuovo italiano (que es, por cierto, una de sus fuentes), pero nos da de tanto en tanto verdaderas "piezas de coleccionista" que irán a formar parte de un museo imaginario de la poesía. Se trata de un gusto que se diría neogreco y que siglos después el Parnasianismo intentará vanamente igualar. Esto prueba que la gran lírica puede morir, renacer, volver a morir, pero permanecerá siendo siempre una de las cimas del alma humana. Releamos juntos un canto de Joachim Du Bellay. Este poeta, nacido en 1522 y muerto a los treinta y cinco años apenas, era sobrino de un cardenal junto al cual vivió en Roma algunos años experimentando un profundo disgusto por la corrupción de la corte pontificia. Du Bellay escribió mucho, imitando más o menos felizmente a los poetas de la tradición petrarquesca. Pero la poesía (quizás escrita en Roma), inspirada por versos latinos de Navagero, que confirma su fama, es fruto de una dolorosa nostalgia por las campiñas de la dulce Loira por él abandonadas. Desde Sainte-Beuve hasta Walter Pater, que dedicó a Joachim una semblanza memorable, la breve Odelette des vanneurs de blé ha entrado en el repertorio de la poesía mundial. Probemos su relectura, si esto es posible, porque se trata de una poesía en la cual el ojo tiene su parte: A vous troppe legere,/ qui d'aele passagere / par le monde volez et d'un sifflant murmure / l'ombrageuse verdure / doulcement esbranlez, // j'offre ces violettes, / ces lis et ces fleurettes, / et ces roses icy, / ces vermeillettes roses,/ tout freschement écloses, / et ces oeilletz aussi. // De vostre doulce halaine/ eventez oeste plaine,/ eventez ce sejour,/ ce pendant que j'ahanne / a mon blé, que je vanne/ a la chaleur du jour.
No sé si esta Odelette fue escrita en Roma como intermedio en el despacho de aburridos trámites de oficina. Ella le debe a Pater su actual supervivencia. A distancia de siglos una poesía puede encontrar su intérprete.

Pero ahora, para concluir, debo una respuesta a la pregunta que ha dado título a este breve discurso. En la actual sociedad de consumo que ve asomarse a la historia nuevas naciones y nuevos idiomas, en la civilización del hombre robot, ¿cuál puede ser la suerte de la poesía? Las respuestas podrían ser muchas. La poesía es el arte técnicamente al alcance de todos: basta una hoja de papel y un lápiz y la suerte está echada. Sólo en una segunda instancia surgen los problemas de la publicación y de la difusión. El incendio de la Biblioteca de Alejandría destruyó tres cuartos de la literatura griega. Hoy ni siquiera un incendio universal podría hacer desaparecer la torrencial producción poética de nuestros días. Pero se trata justamente de producción, o sea de manufacturas sujetas a las leyes del gusto y de la moda. Que el ocaso de las Musas pueda ser devastado por grandes tempestades es, más que probable, seguro. Pero me parece igualmente cierto que mucho papel impreso y muchos libros de poesía deben resistir al tiempo.

Diferente es la cuestión si se refiere a la reviviscencia espiritual de un viejo texto poético, a su actualización, a su apertura a nuevas interpretaciones. Y finalmente, es siempre dudoso dentro de qué límites y confines nos movemos hablando de poesía. Mucha poesía de hoy se expresa en prosa. Muchos versos de hoy son prosa y mala prosa. El arte narrativo, la novela, de Murasaki a Proust, ha producido grandes obras de poesía. ¿Y el teatro? Muchas historias literarias ni siquiera se ocupan de él, aun extrapolando algunos genios que forman un capítulo aparte. Además: ¿cómo se explica el hecho de que la antigua poesía china resiste a todas las traducciones mientras la poesía europea está encadenada a su lenguaje original? ¿Quizás el fenómeno se explica con el hecho de que nosotros creemos leer a Po Chü-i y en cambio leemos al maravilloso falsificador Arthur Waley? Se podrían multiplicar las preguntas con el único resultado de que no sólo la poesía, sino todo el mundo de la expresión artística o que así se proclama ha entrado en una crisis que está estrechamente ligada a la condición humana, a nuestro existir de seres humanos, a nuestra certidumbre o ilusión de creernos seres privilegiados, los únicos que se creen dueños de su suerte y depositarios de un destino del que ninguna otra criatura viviente puede jactarse. Es como preguntarse si el hombre de mañana, de un mañana quizás lejanísimo, podrá resolver las trágicas contradicciones en las que se debate desde el primer día de la Creación (y si de un día tal, que puede ser una época interminable, pudiera hablarse todavía).

(Discurso de recepción del Premio
Nóbel, 12.12.1975)

Eugenio Montale (Italia, Génova, 1896-Milán, 1981)

(Traducción de Horacio Armani;
Diario de Poesía Nº 18,
Otoño 1991)



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