domingo, 10 de mayo de 2009

Si no tuviera espesor ni consistencia...


29 años



Era invierno, una noche del período más recóndito del invierno, y probablemente una fiesta religiosa o patria pegada a un fin de semana, porque la ciudad adonde Enzatti iba a visitar a Anabel estaba medio vacía, despejada de urgencias más bien; y como esa tarde había llovido mucho, bajo el aire renovado los edificios, las fuentes tenían un espesor cercano, una inmediatez casi ofensiva, como si esperasen que los azorados transeúntes les pidieran permiso para pasar. Y justamente eso fue lo que Enzatti le dijo a Anabel, no tanto novia suya como amante continua: "Tendríamos que pedir permiso", le dijo. "¿A quién?", dijo ella (y no ¿Para qué?). "Al aire o a los edificios, para pasar. Es como si sobráramos." Anabel, que caminaba aspirando ampulosamente el aire helado, contestó que no, al contrario: a ella le parecía que esa noche todo la albergaba fácilmente, casi como si no estuviera en la calle ni en ningún lugar, como si no tuviera espesor ni consistencia. De pronto, entonces, al oírla, Enzatti giró la cabeza; y aunque desde hacía varios minutos llevaba a Anabel del nombro, aunque había estado sintiendo el hombro laxo de Anabel a través de la ropa de invierno y con el hombro la contundencia del cuerpo entero, el torso al menos, en ese momento no la vio. Lo único que vio, curvo en la luz de mercurio, horizontal en la transparencia de la noche, fue su propio brazo sólo: y si no lo dejó caer fue porque, aunque no lo viera con los ojos, en la mano seguía sintiendo el hombro de Anabel. Cada vez menos, no obstante, o con más dudas. Y no era sólo por el frío, que insensibilizaba el tacto. Tampoco porque se acordara de que un año y medio atrás, la noche que había conocido a Anabel, cenando con el jefe de zona de la empresa que los empleaba a los dos, la había considerado un poco lenta de reacciones, un poco vulgar y un poco reiterativa, tres objeciones que olvidaría antes aun de empezar a quererla, y por lo tanto mucho antes de empezar a tener miedo de perderla cada vez que, terminados los fines de semana, alguno de los dos tenía que volver a su ciudad. Y tampoco por una trampa del asombro, como si Enzatti sólo pudiera esperar que Anabel concordara con él o disintiera ferozmente, y no que de vez en cuando inventara una opción, como quien mira a los costados y alza el vuelo. No. Era, y en ese momento Anabel volvió a materializarse junto a Enzatti, que la vigilaba de soslayo, por la certeza de que cuando llevaba a Anabel del hombro, distraídamente, sabía menos que nunca de qué estaba hecha esa mujer, en qué consistía ser Anabel, qué tipo de labores físicas y mentales demandaba, cuántas operaciones de atención, composición, coordinación, dominio, abandono y relevo. El frío le mordisqueó los dedos, que se hundieron en la franela del gabán de Anabel y reconocieron penosamente el hombro. Enzatti quiso sentir, pero no podía por culpa de la ropa, el cosquilleo del pelo de ella en el hueco del codo. ¿Qué pasaba si, absurdamente, alguien que había tenido una idea de otra persona la perdía de repente? ¿Qué pasaba si la gordura o el acolchado del pensamiento, que se multiplicaba con una autonomía vertiginosa, lo alejaba del conocimiento del otro, de la otra? Muy plausiblemente la otra desaparecía -para ese alguien. Estaba, claro, la posibilidad de conversar, algo que Enzatti y Anabel hacían casi siempre que no se estaban tocando; variar las preguntas hasta que alguna le diera a ella la chance de mostrarse de verdad y a él, por así decir, la de asimilarla; o viceversa. Pero aún entonces algo de sustancia, algo de sustancia iba a quedar relegado, porque ya sabía Enzatti lo precariamente que las personas se acoplaban a sus historias, qué inacabable era el proceso de remiendos y adiciones, tanto que todo el mundo se daba por vencido, aceptaba finalmente la inexactitud, y bien era posible que en esa pizca de sustancia faltante estuviera la quintaesencia de Anabel. El ser, incluido en el concepto de ser un mechón de pelo color cerveza, la nariz curva y elegante como el asa de una tacita, la clavícula, los humores, los sismos del corazón y los sentimientos que el arte le adjudicaba al corazón, todo eso, en realidad, ¿dónde se afincaba? ¿En ciertas neuronas, en distritos cerebrales? Sin duda no en la materia, aunque existiera por ella, sino tal vez en la mente, algo tan impalpable. Los sentimientos: vida psíquica, espíritu. ¿Dónde estaba Anabel, la que indudablemente olía a mujer, lastimaba con uñas o insultos, la que apretaba o se ausentaba? Enzatti estornudó. "Un ruido de nariz", dijo entonces alguien que no era la Anabel de diez minutos atrás, y lo dijo como si hubiera estado oyendo el pensamiento de Enzatti, "un ruido de nariz no alcanza para que un cuerpo esté presente. Un estornudo es apenas un síntoma, ¿no? Una cosa demasiado poco expresiva." Enzatti se sobresaltó; de haber esperado algo, habría esperado que Anabel dijera: Qué lejano te siento, o quizá simplemente ¡Changós!, como decían en su ciudad cuando alguien estornudaba. Casi en seguida le entraron ganas de llorar. Se dio cuenta de que en la vida le iba a ser muy difícil llevar del hombro a otra mujer como Anabel. Por eso, por nostalgia anticipada, dijo: "De acuerdo, pero te juro que a medida que pase el tiempo me vas a conocer mejor." Les quedaba una cuadra, porque iban al cine; y faltaban diez minutos para la sesión. En la calle deshabitada, en el aire lácteo y crujiente, Anabel suspiró sonriendo y, mientras él volvía a perderla de vista, acarició con una fuerza rigurosa la mano que la agarraba del hombro: la mano de Enzatti. Era una buena oportunidad para besarla, sobre todo en la boca, fría seguramente en las orillas, irreconocible en los adentros, y con los ojos entornados espiar cómo reaparecía o aseguraba que en ningún momento había dejado de estar. Pero Enzatti no la besó, no en la calle, porque le molestaba la bufanda y desde la mañana se había estado quejando de tener tortícolis. La besó más tarde en el cine, con los ojos cerrados, llenos del brillo ofuscador de la pantalla.


(Fragmento de Aspectos de la vida de Enzatti,
en "El fin de lo mismo",1992)
Marcelo Cohen



Marcelo Cohen. Novelista argentino (Bs.As., 1951) Residió durante veinte años en Barcelona. Su prosa está íntimamente ligada a la poesia y a la ciencia ficción, en los relatos y nouvelles de "El fin de lo mismo" (1992) y Hombres amables (1998); en novelas como El oído absoluto (1997) y El país de la dama eléctrica, entre otras obras. Es también traductor y crítico literario. Tradujo más de 40 libros de ensayo y literatura, el francés, el italiano, el portugués y el catalán y del inglés -en el que se destaca el último libro de Philip Larkin, "Ventanas altas"-. Dirigió la colección Shakespeare por escritores, para la Editorial Norma. Escribe sobre jazz, en el diario Clarín. Además, publicó: ¡Realmente fantástico!, una colección de ensayos sobre los autores de su predilección, entre los que se encuentran Clarice Lispector, George Perec, Peter Handke, J.B.Ballard. Como otros narradores, empezó escribiendo poemas. Es el director de "Otra parte", revista de artes y letras.


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