viernes, 22 de mayo de 2009

UNA MADRE












Yo conocí íntimamente una madre de familia que no era en absoluto supersticiosa, sino firme y exacta en la fe cristiana y en los ejercicios de la religión. Y esta madre no sólo no se compadecía de aquellos padres que perdían a sus hijitos, sino que íntima y sinceramente los envidiaba, porque estos niños habían volado al paraíso sin peligros y habían liberado a sus padres de los fastidios de su manutención. Encontrándose en repetidas ocasiones ante el peligro de perder a sus hijos pequeños, no rezaba a Dios para que los hiciese morir, porque la religión no lo permite, pero se alegraba visiblemente; y viendo llorar o afligirse al marido, se replegaba en sí misma y lo miraba con un verdadero y sensible desprecio. Era exactísima en los cuidados que rendía a aquellos pobres enfermitos, pero en el fondo de su alma deseaba que esos cuidados resultasen inútiles, y llegó a confesar que el único temor que la acometía al consultar a los médicos era el de oír opiniones o certezas de mejoría. Al advertir en estos enfermos algún signo de muerte cercana sentía una profunda alegría, que se esforzaba por disimular sólo delante de quienes sabía que la desaprobarían; y si sobrevenía la muerte, ese día resultaba para ella un día festivo, y no lograba concebir que el marido fuese tan poco sabio como para entristecerse.



Giacomo Leopardi

(Traducción de Enrique M. Butti)


Giacomo Leopardi. (Recanati, Italia, 1798-Nápoles, id., 1837) Escritor italiano. Educado en el ambiente austero de una familia aristocrática provinciana y conservadora, manifestó precozmente una gran aptitud para las letras. Estudió en profundidad a los clásicos griegos y latinos, a los moralistas franceses del siglo XVII y a los filósofos de la Ilustración. A pesar de su formación autodidacta, impresionó muy pronto a los hombres de letras y los filólogos de su tiempo con su erudición y sus impecables traducciones del griego. Su frágil salud se resintió gravemente a causa de esa dedicación exclusiva al estudio. La lectura de los clásicos despertó su pasión por la poesía y formó su gusto. En Discurso de un italiano sobre la poesía romántica (Discorso di un Italiano intorno alla poesia romantica) tomó partido por los clásicos en la disputa que planteaba el romanticismo, argumentando que la poesía clásica establece una intimidad profunda entre el hombre y la naturaleza con una simplicidad y una nobleza de espíritu inalcanzables para la poesía romántica, prisionera de la vulgaridad y del intelectualismo modernos. El tema del declive político y moral de la civilización occidental y, en particular, de Italia, es central en sus primeros poemas, que pasaron a formar parte de los Cantos (Canti, 1831), obra que pone de relieve el divorcio del hombre moderno y la naturaleza, considerada como única fuente posible de amor. A partir de 1817 mantuvo una asidua relación epistolar con Pietro Giordani, que fue a la vez su mentor y amigo. También en ese período inició la redacción de su ensayo Zibaldone, en el que trabajó durante años, precisó progresivamente lo que él llamaría su «sistema filosófico» y elaboró el material literario que le serviría para sus obras mayores. Ese trabajo de introspección favoreció el desarrollo de su faceta lírica e intimista, que se expresa en versos de gran musicalidad: entre 1819 y 1821 compuso los Idilios (Idilli). Leopardi elaboró un lenguaje poético moderno que, asumiendo la imposibilidad de evocar los mitos antiguos, describe las afecciones del alma y el paisaje familiar, transfigurado en paisaje ideal. A partir de 1825 residió en Milán, Bolonia, Florencia y Pisa y se acercó a los medios políticos liberales. Tras la revolución de 1831 fue elegido diputado de las Marcas en la Asamblea Constituyente de Bolonia, pero, tras perder su confianza en el movimiento liberal, renunció a su escaño; su crítica a los liberales la expresó en la obra Paralipómenos de la Batracomiomaquia (Paralipomeni della Batracomiomachia, 1834). Entre 1833 y 1837 residió en Nápoles, en casa de su amigo Antonio Rainieri. Los Zibaldone de pensamientos (Zibaldone dei pensieri), en los que trabajó desde el verano de 1817 hasta 1832, se publicaron póstumamente en 1898; se trata de un conjunto de notas personales en las cuales anota sus ideas acerca de la literatura, el lenguaje y casi cualquier tema de política, religión o filosofía, y en las que refleja su original recepción de los debates de su tiempo. Como poeta, su estilo melancólico y trágico recuerda inevitablemente a los románticos, pero su fondo de escepticismo, su expresión precisa y luminosa y el pudor con que contiene la efusión de sentimientos le acercan más a los clásicos, tal como él mismo deseaba.


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