jueves, 17 de junio de 2010

CUADERNO ACÚSTICO

















EL BAÑO


Mejor que una bañera llena de agua caliente es una bañera
llenándose, porque ese preliminar es una anunciación,
un modo de interferir en el tiempo y en el espacio propios;
por eso, ese decantado regular y percusivo que es el agua
cayendo por un cordón perdurable y diáfano, se vuelve
la promesa abierta de una serie de intrincadas sensaciones y el infortunio
posterior y último de su misma fugacidad.

El baño de inmersión es un viaje iniciático; debajo de la
línea uniforme del agua que atravesamos con alguno de los
pies, probando la temperatura del agua, que suele resultar extremadamente
caliente, debajo de esa línea recta,

una vez sentados cómodamente, luego de vencer la alta
temperatura, luego de contraer los genitales por causa
del agua caliente, entrando despacio, sentándome muy despacio, para
contrarestar la primera virulencia del

ardor, de la quemazón que invade mis partes más
sensibles, luego de acomodar el cuerpo y alterar la línea recta del agua, que
sube considerablemente como

consecuencia de nuestra invasión en ese espacio líquido
obediente a las leyes de la física, luego de estos torpes
ensayos de amateur, quedamos quietos y plácidos,
asimilando ese estado de sumergidos, esperando que el
agua retorne a su calma, a su línea divisoria definitiva.
Mientras, aunque no hay un mientras mientras estoy ahí,
observando cómo mis pies se distorsionan bajo el agua,
mientras, entonces, no hay nada que esperar, nada que hacer,
salvo estar ahí, viendo cómo mi miembro tiende a buscar
la superficie, cómo los pelos que lo rodean flamean como
medusas, porque hay una corriente bajo el agua, algo tenue
parecido a una brisa subterránea, algo que nos anestesia
mientras lo único importante es estar ahí, expectantes.
Cuando el agua queda estática, perdemos la noción de
temperatura, es extraño, pero es así; con sólo movernos
apenas un poco, muy poco, esa mínima agitación recupera
la temperatura ambiente, por raro y absurdo que parezca.
Dicen que el baño es bueno para los cálculos renales,
y que también dispara sensaciones prenatales; a mi
me gusta la idea del viaje, de la incisión en el tiempo y el espacio.
La canilla gotea parejamente y amplifica la caída de las gotas:
un eco somnífero de ejecución hipnótica; yo me hundo
en esa materia como la memoria se hunde en el olvido,
y presiono el grifo para abolir ese metrónomo acústico
y acuático; corto esa referencia del mundo como quien
apaga un signo vital convulsivo y quedo en el más absoluto
silencio, dejando de lado el tono impersonal del asunto
y asumiendo que es mi cuerpo el que está ahí, mi cuerpo
deformado por el cristal del agua que empieza a enfriarse;
las yemas de mis dedos están arrugadas, marcan las huellas
dactilares en relieve; parecen dedos de algún animal, un reptil;
mi presión, a causa del calor, empieza a bajar; esa flojera
que fue bienestar y relajación se transforma en martirio;
tiro de la cadenita de metal y saco el tapón; rápidamente
el nivel del agua empieza a descender, ese vasto espacio
comienza a ahuecarse, a coronar su vacío, a dejar mi
cuerpo frío y destemplado; cerca de la boca del desagüe
aparece un pequeño círculo de sombra sobre la superficie
del agua; es la sombra del remolino, el agua que se va
con prisa, sin saber si se resiste a irse y es impelida por
la succión o si por el contrario quiere irse cuanto antes,
llevarse algo de mi ensoñación, algo que estuvo en mi
cuerpo y ya no estará, fragmentos de mi descanso, deseos,
secretos, y sobre todo esa extrañeza que sentimos en la
intimidad, ese no saber cómo son las cosas, quiénes somos
antes de ser absorbidos por el caño de la bañera, luego de ser
regurgitados, antes de empezar a temblar y agarrar la toalla.


(de: Cuaderno Acústico,
Ediciones la Carta de Oliver,
2010)
Santiago Espel (Argentina, Capital Federal, Bs.As., 1960)




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