Un cerebro seco no podría recordar
las lluvias: puede con pasión desenfrenada
hablar sobre una canilla
en mal funcionamiento.
Discusiones y gritos no son los
relámpagos: ni, esa canilla
que gotea, es: la tormenta en sí.
La tormenta es la ira en un ojo.
La calma en otro ojo sería esperar
que pare de llover. Está lloviendo.
Para un cerebro seco parece
que nunca ha llovido.
Eduardo Ainbinder (Banfield, provincia de Buenos Aires, 1968)
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