lunes, 14 de septiembre de 2009

LOS DESIERTOS DEL AMOR



Se trata, ciertamente, del mismo paisaje. La misma casa campestre de mis padres: el mismo salón encima de cuyas puertas alternaban las pinturas bucólicas chamuscadas, con armas y leones. Para la cena se convierte en un salón con candelabros y vinos y plafones rústicos de madera. La mesa del comedor es muy grande. ¡Las sirvientas! Había muchas según recuerdo—También estaba uno de mis jóvenes amigos antiguos, cura y vestido de cura; veo ahora que para sentirse más libre. Recuerdo su cuarto púrpura, con vidrios de papel amarillo: y sus libros, ocultos, que habían remojado los océanos.


Yo, vivía abandonado en esta casa de campo sin fin: leyendo en la cocina, dejando que se secara el barro de mis vestidos en presencia de los huéspedes durante las conversaciones en el salón: conmovido hasta la muerte por el murmullo que producía la hora de tomar la leche por la mañana y por la noche, a la manera del siglo pasado.

Estaba en una habitación muy oscura: ¿qué hacía? Una sirvienta vino junto a mí: puedo decir que parecía un perrito: aunque fuese muy bonita y de una lealtad maternal inexpresable para mí: pura, conocida, encantadora... Me pellizcó el brazo.

Ni siquiera recuerdo bien su figura: ni puedo recordar su brazo del que retorcía la piel con mis dos dedos; ni su boca que la mía atrapó como una pequeña ola desesperada, derrubiando sin cesar alguna cosa. La revolqué sobre una canasta de almohadones y de telas de barco, en un rincón oscuro. No recuerdo más que su pantalón de blancos encajes.

Luego ¡oh desespero! el tabique se convirtió vagamente en la sombra de los árboles, y me abismé en la tristeza amorosa de la noche.

Ahora es la mujer que vi en la ciudad, y a la que he hablado y que me habla.

Yo estaba en una habitación, sin luz. Vinieron a decirme que ella estaba en mi cuarto: y la vi en mi cama, toda para mí ¡sin luz! Me emocioné mucho porque se trataba de la casa de mí familia: también porque la angustia se apoderó de mí. Yo estaba en andrajos y ella era una mujer de mundo que se entregaba: ¡tendría que marcharse! Una angustia sin nombre: la tomé y la dejé caer de la cama, casi desnuda; y, en mi flaqueza indecible, caí sobre ella y me arrastré con ella por las alfombras, sin luz. La lámpara de la familia enrojecía una tras otra las habitaciones vecinas. Entonces, la mujer desapareció. Derramé más lágrimas de las que Dios pudiese jamás pedirme.

Salí por la ciudad sin fin. ¡Oh fatiga! Ahogado en la noche sorda huyendo de la felicidad. Era como una noche de invierno con una nieve para ahogar el mundo decididamente. Los amigos, a los que grité: dónde está ella, respondieron falsamente. Estuve delante de las vidrieras donde ella va todas tas tardes: corría por un jardín oculto. Fui rechazado. Lloré enormemente por todo esto. Al final descendí a un lugar lleno de polvo. Y sentado sobre unas maderas, dejé correr todas las lágrimas de mi cuerpo por esta noche. Mi agotamiento, volvía siempre a mí, no obstante.

He comprendido que ella seguía con su vida de todos los días; y que el turno de su favor tardaría más en producirse que no tarda una estrella. No ha vuelto y no volverá jamás la adorable que había venido a mi casa —cosa que jamás hubiese presumido. De veras, esta vez he llorado más que todos los niños del mundo.


Arthur Rimbaud (Francia, Charleville, 1854-Marsella, id., 1891)

(Traducción: L.F. Vidal-Jover)
(Gentileza: Carlos Leites)



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