martes, 1 de septiembre de 2009

PRÍNCIPE DE GALES



Mi abuelo tenía un ropero para él solo.
De un lado estaban todos los pantalones.
Del otro los sacos.
En las cajoneras:
Por un lado, guardaba las medias.
Por otro, los pañuelos y las corbatas.
Abría el placard y salía un perfume extraño.
Una mezcla de olor a oficina, latidos a media máquina y pomada para zapatos.
Una vez, sin que me viera, saqué un saco Príncipe de Gales.
Tenía muchos bolsillos.
Dos a la altura de la cintura, profundos, cenicientos.
Otro adelante, arriba, llegando al techo de sus palpitaciones.
Era pequeño, de porcelana, hacía pie. Me gustaba tocarle el botón.
Tres más adentro, a la altura de la clavícula.
Eran brillosos y tenían secretos.
Papelitos doblados, monedas, la mancha de una birome roja.
Metía la mano.
La sacaba.
Y la volvía a meter.
Pensaba que así, los secretos irían apareciendo.
De a uno.
La última tarde que fui a visitarlo, saqué el mismo saco de su ropero sin que se diera cuenta.
Por fuera lo dejé intacto.
Con el perfume de siempre.
Por dentro, lo recorté todo.
Con el forro brilloso, tendí caminos, construí el laberinto de ligustrinas que tanto quería encontrar.
Desde entonces el aroma fue otro.
El de mi tijera cariñosa.



(De Ropero, Belleza y Felicidad, 2009)

Tamara Domenech (Argentina, La Plata, 1976)



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