viernes, 1 de mayo de 2009

LA NOCHE 1001





















Pero cuando llegó la noche 1001, que es la última del libro, el rey se dirigió a su harén y entró en la cámara de su esposa Sherezade, la hija del visir. Entonces, la hermana de ésta, Dunyazad, le dijo:
— Termínanos la historia de Maruf.
— Con mucho gusto, si el rey me permite que la cuente— respondió Sherezade.
— Te doy permiso para que nos la refieras — le dijo el monarca—, porque estoy ansioso de escuchar el final. Entonces Sherezade contó:

Me contaron, oh rey, que el rey Maruf ya no se preocupaba de su esposa para el trato conyugal, sino que sólo la había acogido para hacerse grato a la faz de Allah, ensalzado sea. Cuando la mujer se dio cuenta de que él evitaba unirse a ella y que se ocupaba de otras, le cobró odio y, dominada por los celos, sintió la tentación, inspirada por el diablo, de arrebatarle el anillo a Maruf para matarlo y proclamarse reina en su lugar. Cierta noche salió de su alcázar y se dirigió al palacio donde residía su esposo el rey Maruf, y los hados y la suerte ineludible quisieron que Maruf estuviese durmiendo con una de sus favoritas, poseedora de gran belleza, hermosura y armonía. Era tanta la piedad de Maruf, que solía quitarse el anillo del dedo, por respeto a los sagrados nombres que en él había grabados, siempre que quería cohabitar, y no volvía a ponérselo sino después de haberse purificado.
Su esposa, Fátima al-Urra, no había salido de su alcázar sino después de haberse enterado de que Maruf tenía la costumbre de quitarse el anillo y ponerlo en la almohada hasta después de haberse purificado, así como después de haber yacido con la favorita le ordenaba que se fuera, porque tenía miedo de que algo le ocurriese al anillo. Cuando se metía en el baño, cerraba la puerta del alcázar hasta que regresaba, cogía el anillo y se lo ponía otra vez. Hecho esto, todo el mundo podía entrar ya en el palacio sin dificultad.
La mujer se había enterado de todo ello y por esto había salido por la noche para meterse en el alcázar mientras su marido estuviera profundamente dormido y robar así el anillo sin que él la viera.
Pero en el mismo momento en que Fátima salía, el hijo del rey entró en el retrete, sin luces, para satisfacer una necesidad; se había sentado en la taza, a oscuras, dejando la puerta abierta.
Cuando la mujer abandonó su palacio, el muchacho vio cómo se dirigía hacia el alcázar de su padre y se dijo :
— Me gustaría saber por qué esa bruja ha salido de su palacio en medio de las tinieblas. La estoy viendo dirigirse al alcázar de mi padre, y eso no cabe la menor duda de que tiene alguna causa.
Salió el príncipe en pos de Fátima y comenzó a seguir sus huellas sin que ella se diese cuenta. El joven tenía una espada corta de piedras preciosas y nunca asistía a las audiencias de se padre sin llevarla ceñida, porque estaba muy orgulloso de ella. Cuando su padre la veía, reía diciendo:
— ¡Sea lo que quiera Allah! Tu espada es grande, hijo mío, pero aún no la has utilizado en ninguna guerra ni has cortado cabeza alguna con ella.
Entonces, el príncipe replicaba :
—Ten la seguridad de que con ella cercenaré la cabeza de quien se lo merezca.
Y el rey se reía de sus palabras.
El príncipe, mientras iba persiguiendo a la esposa de su padre, sacó la espada de su vaina y fue tras la mujer, hasta que ésta entró en el palacio de su padre. El muchacho detúvose ante la puerta y se puso a ver lo que hacía. La mujer iba buscando y preguntándose: «¿Dónde habrá puesto el anillo?»
Comprendió el príncipe que Fátima iba dando vueltas en busca del anillo, pero esperó hasta que lo hubo encontrado. Entonces, la mujer exclamó:
—¡Aquí está!
Se apoderó de él y se dispuso a huir; el joven se ocultó tras la puerta.
La mujer, al cruzarla, miró el anillo, le dio vueltas en la mano e intentó frotarlo, pero entonces el príncipe alzó la espada y le cortó la cabeza : la vieja sólo pudo dar un grito y cayó muerta.
Despertóse Maruf y vio a su esposa tendida en el suelo y chorreando sangre, en tanto que su hijo permanecía con la espada en la mano.
— ¿Qué es esto, hijo mío?—- preguntó el rey.
— ¡Padre mío!—contestó el joven —.¡Cuántas veces me has dicho!; «Tu espada es grande, pero aún no la has utilizado en ninguna guerra ni has cortado cabeza alguna con ella.» Yo te respondía: «Ten la seguridad de que con ella cercenaré la cabeza de quien se lo merezca.» Pues aquí me tienes: acabo de cortarle el cuello a alguien que se lo merecía.
El muchacho refirió a Maruf lo que le había pasado, y el monarca se puso a buscar el anillo, pero no lo encontraba. Siguió buscándolo en el cuerpo de la vieja, hasta que por fin vio que el cadáver tenía la mano crispada sobre él. Lo tomó y dijo al príncipe:
— Indudable e indefectiblemente tú eres mi hijo. ¡Que Allah te conceda la paz en este mundo y en el otro, de la misma manera como tú me la has concedido con respecto a esa desvergonzada! Ella misma, con sus actos, ha labrado su propia perdición. ¡Qué acertado estuvo quien dijo:

»Si la ayuda de Allah te pone al lado del hombre, éste
conseguirá en todas
las cosas su deseo.
Pero si Allah no auxilia al ser humano,
lo que lo perjudica primero es su
esfuerzo".

Luego, el rey Maruf llamó a algunos de sus servidores. Acudieron éstos en el acto y el soberano les explicó lo que había hecho su esposa Fátima al-Urra y les ordenó que llevaran su cuerpo y lo dejasen en algún lugar hasta el día siguiente. Cumplieron su orden y entonces el rey lo confió a un grupo de criados suyos para que lo lavasen, lo amortajasen y, una vez hechos los funerales, lo enterraran: no había hecho el viaje desde El Cairo más que para ir a la tumba. Razón tenía quien dijo :

Damos los pasos que nos han prescrito; y a quien
se le ha determinado un
camino, lo sigue.
Quien ha de morir en una tierra no morirá
en otra diferente.


¡Y qué hermoso es lo que dijo el poeta!:

Cuando voy a una tierra en busca de bienes,
ignoro si tendré suerte o no.
¿Será el bien que yo persigo, o el mal
que me persigue a mí?


Luego, el rey Maruf mandó llamar al labriego de quien había sido huésped cuando estaba huyendo. En cuanto se presentó, Maruf le nombró visir de la derecha y consejero. Al saber que tenía una hija de espléndida belleza y hermosura, así como de pías costumbres, elevada alcurnia y altas cualidades, se casó con ella y al cabo de algún tiempo casó también a su hijo.
Gozaron de una agradable vida, en la que los hados les fueron favorables y tuvieron toda suerte de alegrías. Hasta que les llegó la que destruye las dulzuras y separa a los amigos, la que demuele las ciudades más prósperas y deja huérfanos a los muchachos y muchachas.
¡Alabado sea el Viviente el que nunca muere: en sus manos están las llaves del reino y del poder!

Durante todo este tiempo, Sherezade ya había dado al rey tres hijos varones. Una vez hubo terminado de contar esta historia, se puso en pie y, después de besar el suelo ante el monarca, le dijo : -¡Oh rey del tiempo! ¡Oh tú, único en esta era y en estas edades! Soy tu esclava y ya hace mil y una noches que te vengo contando historias de los que nos precedieron, y anécdotas moralizantes de los antiguos. ¿Puedo ahora presentar a tu majestad un deseo, esperando de ti una gracia?
— Pide, pues tus deseos se cumplirán, Sherezade — replicó el rey.
Entonces, la muchacha llamó a las nodrizas y a los eunucos y les dijo:
— Traed a mis hijos.
Se los llevaron en el acto: eran tres varones, uno de los cuales ya andaba, el otro gateaba y el tercero mamaba todavía.
Una vez se los hubieron llevado, Sherezade los tomó y los puso ante el rey. Luego, besó el suelo ante él y dijo :
— ¡Oh rey del tiempo! Éstos son tus hijos: te ruego que no me des muerte en consideración a estos niños, pues si me matas se quedarán sin madre y no encontrarán ninguna mujer que los críe bien.
Eí rey se echó a llorar y, apretando a sus hijos contra su pecho, exclamó:
— Sherezade,¡por Allah te juro que ya te había perdonado antes de que llegaran estos niños, puesto que había visto que eras casta y pura, noble y virtuosa! ¡Que Allah le bendiga a ti, así como a tu padre y a tu madre, a tus ascendientes y a tus descendientes! A Allah pongo por testigo de que te perdono de cualquier cosa que pudiera hacerte daño!
Sherazade, muy contenta, besó las manos y los pies del rey y le dijo:
-¡Que Allah prolongue tu vida y aumente tu poder y dignidad!
Extendióse la alegría por todo el palacio real y propagóse por la ciudad. Aquella noche no puede contarse entre las corrientes, ya que tenía una luz más clara que la del día.
A la mañana siguiente, el rey amaneció alegre y dichoso y mandó llamar a todas las tropas. Presentóse, pues, el ejército y entonces el monarca dio al visir, al padre de Sherezade, un precioso y magnífico traje de corte, diciendole:
— ¡Que Allah te guarde, ya que me has casado con tu noble hija, la cual ha sido la causa de que me haya arrepentido de haber matado a las hijas de mis súbditos. He visto que era noble y virtuosa, casta y digna. Además, Allah ha hecho que me diera tres hijos varones. ¡Alabado sea Allah por regalo tan rico!
A continuación dio trajes de corte a todos los visires, emires y magnates del reino, y ordenó que la ciudad fuera engalanada durante treinta días, sin que nadie tuviera que gastar de su peculio, ya que todos los desembolsos y costas corrían a cargo del tesoro real. La ciudad fue adornada profusamente, como jamás lo había estado, y los timbales redoblaron y sonaron las flautas, así como todos los demás instrumentos musicales.
El rey hizo muchos dones y obsequios y dio limosna a los pobres e indigentes, haciendo que su generosidad alcanzara a todos sus subditos y a la gente de su reino.
Y el soberano y su pueblo vivieron en la prosperidad y la alegría, gozando de felicidad y paz, hasta que les llegó la que destruye las dulzuras y separa a los amigos.
¡Alabado sea Aquel que no perece con el paso del fiempo, Aquel a quien no afectan los cambios, al que no modifica situación alguna y que es el único en perfección!
¡La bendición y la paz sobre el representante de su majestad, sobre el elegido entre las criaturas, nuestro señor Mahoma, señor de los humanos, por medio del cual suplicamos a Allah un buen fin !


Anónimo

(Traducción de Leonor Martínez Martín,
Tomo III de Las mil y una noches,
Vergara, Barcelona, 1965)



"El Libro de las Mil y Una Noches" es a veces llamado, con mayor fidelidad al original árabe "Al laylah wa laylah", el "Libro de las Mil Noches y Una Noche"; los angloparlantes lo conocen por un título menos sugerente, "Arabian Nights" ("Noches árabes"). Muchas de las historias, en rigor, no son árabes sino indias o persas, y hasta puede adivinarse la influencia de la "Odisea" en la historia de Simbad. La tradición dice que la compilación árabe "Mil noches" (Alf laylah) se originó alrededor del año 850, y es atribuida al reputado contador de historias Abu abd-Allah Muhammed el-Gahshigar. El más temprano texto con una clara relación con las Noches actuales es un papiro del siglo IX, que menciona dos personajes, Dînâzâd y Shîrâzâd, y la primera le pide a la otra que le cuente una historia. También se menciona un título: "El libro de historias de las mil noches". El carácter de "Mil y Una" de las Noches parece haber sido, en principio, una manera de decir "muchas" o aún "infinitas" Noches. (Pensemos en ciertos usos cotidianos que damos hoy a los valores numéricos y que están lejos de ser literales: por ejemplo, "estuve esperándote un millón de años"). Circulaba el mito de que quien las leyera todas se volvería loco. Muchas historias parecen haber nacido como ficciones independientes transmitidas en forma principalmente oral, y luego terminaron absorbidas por el por cierto muy flexible corpus de las Noches. Por ello, haríamos bien en considerarlas una obra colectiva cuyo autor es el conjunto de la gran civilización medieval árabe. La primera traducción occidental fue la versión francesa de Antoine Galland (principios del siglo XVIII). Las versiones españolas de las Noches son por lo general traducciones de la traducción de Galland. La primera versión española del texto árabe es sorprendentemente tardía, y es la del escritor judío español Rafael Cansinos Assens, que se la dedica al pueblo árabe: "Al noble pueblo árabe, que dio a 'Las Mil y Una Noches' lo que un padre da a sus hijos: sangre, nombre y lengua. ¡Sélam!" (Pablo Martín Cerone).
Tomado de: quinta dimensión, donde se puede leer una síntesis argumental y más datos sobre la obra.


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