sábado, 2 de mayo de 2009

ME HAGO CARGO DEL MUNDO



Soy una persona muy ocupada: me hago cargo del mundo. Todos los días miro
desde el balcón el pedazo de playa con mar, y veo a veces que las espumas parecen más blancas y que a veces durante la noche las aguas avanzaron inquietas, veo eso por la marca que las olas dejaron en la arena. Miro los almendros de mi calle. Presto atención a si el cielo de noche, antes de irme a dormir y encargarme del mundo en forma de sueño, si el cielo de noche está estrellado y azul marino, porque ciertas noches en vez de negro parece azul marino. El cosmos me da mucho trabajo, sobre todo porque veo que Dios es el cosmos. De eso me ocupo con cierta aversión.
Observo a un niño de diez años, vestido con harapos y flaquísimo. Tendrá una futura tuberculosis, si es que ya no la tiene.
En el Jardín Botánico, luego, quedo exhausta, tengo que hacerme cargo con mi mirada de las mil plantas y árboles, y sobre todo de las victorias regias.
Que se note que no menciono ni una vez mis impresiones emotivas: lúcidamente sólo hablo de algunas de las millares de cosas y personas de las que me encargo. Tampoco se trata de un empleo pues no gano dinero con esto. Tan sólo me entero de cómo es el mundo.
¿Si hacerse cargo del mundo da trabajo? Sí. Y recuerdo un rostro terriblemente inexpresivo de una mujer que vi en la calle. Me hago cargo de los miles de favelados* de arriba de las laderas. Observo en mí misma los cambios de estación: yo claramente cambio con ellas.
Me han de preguntar por qué me hago cargo del mundo: es que nací; así, todo es de mi incumbencia. Y soy responsable por todo lo que existe, incluso las guerras y los crímenes de leso cuerpo y lesa alma. Soy inclusive responsable por el Dios que está en constante cósmica evolución para mejor.
Me ocupo desde niña de una fila de hormigas: ellas andan en fila india cargando un pedacito de hoja, lo que no impide que cada una, al encontrarse con una fila de hormigas que viene en dirección opuesta, pare para decir algo a las otras.
Leí el célebre libro sobre las abejas, y me hice cargo desde entonces de las abejas, especialmente de la reina madre. Las abejas vuelan y lidian con flores: esto yo lo constaté.
Pero las hormigas tienen una cintura muy finita. En ella, pequeña como es, cabe todo un mundo que, si no presto atención, se me escapa: sentido instintivo de organización, lenguaje que supera lo supersónico para nuestros oídos, y probablemente los sentimientos instintivos de amor-sentimiento, pues hablan. Me hice cargo de las hormigas cuando era pequeña, y ahora, que yo quería tanto poder verlas de nuevo, o encuentro ni una. Que no hubo matanza de ellas, lo sé porque si la hubiera habido yo me habría enterado. Ocuparse del mundo exige también mucha paciencia: tengo que esperar el día en que aparezca una hormiga. Paciencia: observar las flores abriéndose imperceptible y lentamente.
Sólo que no encontré todavía a quién rendir cuentas.

* Habitantes de los barrios pobres, las favelas.


28 de febrero de 1970
Clarice Lispector (Ucrania, 1920; Brasil, Río de Janeiro. 1977)

(Traducción de Amalia Sato)




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