sábado, 28 de noviembre de 2009

RODABALLOS



¿Fue aquel un día feliz? Bajando desde Chatham
al final sur del Cabo, nuestro mapa
resultaba la afirmación de alguien optimista,
y comenzamos a remar. Nos metimos solos
en medio del canal. La marea bajaba. Echamos
el ancla. Tirando al norte, el sedal
con cebo resbaló y resbaló en el fondo. Durante tres horas sólo
dos o tres rubieles. Varios cruceros
nos doblaron en las olas de sus proas, ondulamos,
lo bastante contentos. Pero el viento
se endureció contra nosotros y cambió la marea embraveciéndose.
Arrastrados mar adentro remamos y remamos. Vimos
que no lo lograríamos y dimos vuelta,
cortando a sotavento hacia el bancal de arena, encallamos
y nos preguntamos qué iba a pasar. Fue allí
donde encontré, perfecto, el caparazón de un cangrejo-bayoneta,
no mayor que una abeja, celofán miel pálido.
No había retorno. Pero la grande y buena América nos encontró.
Una motora y un piloto. Sin problemas.
Amarró nuestro barco a su popa y con toda su familia
cruzó el canal precipitándose contra el viento,
la espuma cortando al subir, y nuestro barco atrás
retorciéndose en la ebullición de la estela -
cuatro o cinco ajetreados minutos y nos soltó
al abrigo de la tierra, pero a una milla o más
de nuestro muelle. Avanzamos laboriosamente junto a la orilla.
Llegamos a un canal contracorriente, bajo las casas playeras con
jardín,
hierba de marisma silvestre, verdor original de América.
Fangales y madrigueras de cangrejos, mientras a tientas
llegábamos a puerto. Agua de penumbrosa riqueza. Algo
sugirió abundancia fácil. Bajamos los cebos,
y desde unos seis pies de agua,
o seis o siete pies de la tierra, sacamos rodaballos
grandes como platos grandes, hasta que el cebo se nos acabó.
Después de nuestro día vacío, quemado por el viento,
y el trabajoso remar con nuestras vidas en juego, y el rescate
repentino desde el agua, fácil como el aceite,
el mar nos amontonó su exceso en el barco. Y el día
encrespado en la mañana brillante, arduo
en la tarde peligrosa martillada por el viento,
restregada con sal, a la noche dorada de tempestad,
se volvió lujo de remar entre los yates de ensueño
de los ricos, anclados en un muelle de parque de atracciones.

Qué diminuta aventura
para hacerse tan monumental en nuestro matrimonio.
Una leve ordalía de lo que pudo haber sido,
y el pequeño aliento de emoción que es la vida para muchos.
Un premio pequeño, un juguete en miniatura
de esa vida que pudo habernos unido
en un solo animal y en un alma sola.

Fue una visita de la diosa, la belleza,
hermana de la poesía, vino para decir
a la poesía que nos mimaba en exceso.
La poesía quizás lo oyó, nosotros no oímos nada
y la poesía no nos lo dijo. Y nosotros
sólo hicimos lo que la poesía dictaba.


(de: Cartas de cumpleaños,
Lumen, 1999)
Ted Hughes (Inglaterra, Mytholmroyd, 1930-Leicester, 1998)

(Traducción de Luis Antonio de Villena)
FLOUNDERS

Was that a happy day? From Chatham
Down at the South end of the Cape, our map
Somebody's optimistic assurance,
We set out to row. We got ourselves
Into mid-channel. The tide was flowing. We hung
Anchored. Northward-pulling, our baited leads
Bounced and bounced the bottom. For three hours-
Two or three sea-robins. Cruisers
Folded us under their bow-waves, we bobbed up,
Happy enough. Bul the wind
Smartened against us, and the tide turned, roughening
Dragged seaward. We rowed. We rowed. We
Saw we werern't going to make it. We turned,
Cutting downwind for the sand-bar, beached
And wondered what next, It was there
I found a horse-shoe crab's carapace, perfect,
No bigger than a bee, in honey-pale cellophane.
No way back. But big, good America found us.
A power-boat and a pilot of no problems.
He roped our boat to bis stern and with all his family
Slammed back across the channel into the wind,
The spray scything upwards, our boat behind
Twisting across the wake-boil-a hectic
Four or five minutes and he casi us off
In the lee of the land, but a mile or more
From our dock. We toiled along inshore. We came
To a back-channel, under beach-house gardens
-marsh grass,
Wild, original greenery of America,
Mud-slicks and fiddler-crab warrens, as we groped
Towards the harbour. Gloom-rich water. Something
Suggested easy plenty, We lowered baits,
And out of about six feet of water
Six or seven feet from land, we pulled up flounders
Big as big plates, till all our bait had gone,
After our wind-burned, head-glitter day of emptiness,
And the slogging row for our lives, and the rescue,
Suddenly out of water easy as oil
The sea piled our boat with its surplus. And the day
Curled out of brilliant, arduous morning,
Through wind-hammered perilous afternoon.
Salt-scoured, to a storm-gold evening, a luxury
Of rowing among the dream-yachts of the rich
Lolling at anchor off the play-world pier.

How tiny an adventure
To stay so monumental in our marriage,
A slight ordeal of all that might be,
And a small thrill-breath of what many live by,
And a small prize, a toy miniature
Of the life that might have bonded us
Into a single animal, a single soul-

It was a visit from the goddess, the beauty
Who was poetry's sister - she had come
To tell poetry she was spoiling us.
Poetry listened, maybe, but we heard nothing
And poetry did not tell us. And we
Only did what poetry told us to do.


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