viernes, 25 de diciembre de 2009

EL CUENTO DE NAVIDAD


















Por estos días, una cruel postal navideña recorre los buzones estadounidenses. En la postal en cuestión se aprecia el dibujo de un padre sorprendido por su pequeño hijo mientras está colocando los regalos bajo el arbolito. El padre lo mira por encima de su hombro, y poco y nada cuesta imaginarlo diciendo su parte -las letras encerradas en el globo que sale de su boca- con la voz sinuosa y resbaladiza del joven Robert Mitchum. "¿Qué has hecho, Timmy? Ahora no me queda otra opción que matarte", le dice el padre al hijo.
Detrás del buen chiste -como suele ocurrir en todo buen chiste- late la certeza de algo serio y acaso ominoso: la Navidad es un engaño que debe ser preservado a toda costa. Desde hace siglos, la Navidad -y la existencia de ese hombre que baja por la chimenea- funciona como Mentira Original siseante y enroscada alrededor del tronco que une a padres e hijos. Así, se premia la buena conducta y la honestidad mediante la construcción de una falacia cuyo esclarecimiento —tarde o temprano- deja siempre un sabor amargo. Se deja de creer en Papá Noel y enseguida se deja de creer en el supuesto amor que sienten los padres entre sí y, por extensión, en el amor que profesan hacia uno y la onda expansiva de esta decepción iniciática acaba por cubrir toda una vida. La mayoría asimila el golpe con gracia resignada, pero ¿cuántos futuros asesinos seriales y cuántos funcionarios corruptos y cuántos animadores de televisión habrán decidido el curso de su destino al pie del arbolito, frente a un padre que cometió el piadoso error de perdonarles la vida? Hoy, hasta las enciclopedias ponen todo el asunto en duda, o entre comillas. La pregunta es, claro, ¿se cree en la Navidad o es la Navidad quien cree en nosotros?

ENCICLOPEDIA. "Navidad. 25 de diciembre. Festividad religiosa cristiana celebrada en todo Occidente, cuya principal característica es el intercambio de regalos y la preparación de banquetes.
Dentro de la Iglesia cristiana, la Navidad es el día en que se festeja el nacimiento de Jesús, a pesar de que la verdadera fecha es desconocida. Muchas de las costumbres navideñas tienen un origen no cristiano y fueron adaptadas y reformadas a partir de las celebraciones del solsticio de invierno" (de The Word-sworth Encyclopaedia).

MUERTO. Lo que nos lleva al tipo ése, vestido de rojo, con barba postiza, que no para de exclamar "¡Ho, ho, ho, ho!", bajo un sol fulminante. Cuarenta grados de temperatura y el tipo se viene abajo como un pino sin pelotas. Y enseguida la gente se junta y alguien dice "lipotimia", alguien dice "ataque cardíaco", alguien traduce "la calor". Un nene le da pataditas, aprovechando que el padre está pensando: "Cómo le explico ahora al pibe". Y la ambulancia no va a llegar a tiempo porque hay mucho tránsito a la altura de Alto Palermo. Compras de Navidad y todo eso.

HISTORIA. Ya está: Papá Noel muerto en la vía pública rodeado de niños que esperan que se levante y siga escuchando sus pedidos. ¿Habrá muerto este hombre sabiendo que su asesino (el pesado disfraz, que por algo usa Christopher Plummer en El socio del silencio para robar un banco) fue inspirado por un tal Nicolás, obispo de Myra durante el siglo IV? El hombre es hoy el santo patrón de Rusia, de los niños, de los mercaderes y de los marineros. El hombre solía pasearse por las calles haciendo regalos a los niños, a la altura del 6 de diciembre, el día de su cumpleaños. Más allá de que hoy el hombre estaría encerrado en un asilo para insanos o compartiendo casa con Michael Jackson, la Iglesia -siempre eficiente a la hora de la reescritura de las escrituras- no hizo más que compaginar su perfil bonachón con la incómoda y pagana costumbre que tenían hasta entonces las parejas de enmascararse y copular al azar bajo un pino, como forma de encender los fuegos de la fertilidad. Y -¡presto!: Feliz Navidad, Feliz Cuento Nuevo.

FANTASMA. Pensar entonces en una historia como el fantasma de una vida. Fantasma es la palabra clave y el escritor inglés Charles Dickens gana y nos hace ganar, cuando deja asentado que ese día doble que es el 24/25 de diciembre es terreno fértil para que pasten las apariciones. Por eso Henry James abre su Otra vuelta de tuerca con: "La historia nos había mantenido alrededor del fuego casi sin respirar, y salvo el gratuito comentario de que era espantosa, como debe serlo toda narración contada en vísperas de Navidad...". Y Jerome K. Jerome -en Told After Supper- reconoce que "nada nos satisface más en la Navidad que escucharnos unos a otros contar anécdotas auténticas acerca de espectros. Es una temporada luminosa y festiva y nosotros -por razones apenas misteriosas, si se lo piensa un poco- nos relamemos ante la sola mención de tumbas, cadáveres y sangre derramada".

CUENTO. Por eso, el verdadero atractivo de la Navidad como especie no reside en su historia más o menos probable sino en los cuentos que sabe generar. Aquí, Charles Dickens funciona como recta madre de la que se desprenden las oblicuas y las agudas. Tocio el mundo tiene su propio Cuento de Navidad. Y, si no lo tiene, lo inventa. Y, al inventarlo, lo hace verosímil e histórico. Durante la Navidad, los límites se confunden y se cree en cualquier cosa porque cualquier cosa es posible. Las películas navideñas clásicas -¡Qué bello es vivir!, Milagro en la Calle 34— no hacen más que pulsar una y otra vez la misma vieja nota de la misma vieja canción, por el solo motivo de que saben de la existencia de una multitud que necesita volver a oírla. Historias de hombres en picada que remontan vuelo a centímetros de estrellarse contra el suelo y la nieve. Milagro o lotería o herencia misteriosa o ángel al rescate. La Navidad redime y, si no es ésta, tal vez la próxima. El show que siempre sigue y sigue, desde diciembre de 1843 cuando Charles Dickens publicó Cuento de Navidad ("A Christmas Carol") y reinventó la Navidad (LEER, aquí).

INVENTO. En la monumental y definitiva biografía del más grande escritor inglés después de Shakespeare, Peter Ackroyd arranca con: "No resulta arriesgado afirmar que Dickens reinventó por sí solo la idea de la Navidad tal como la conocemos hoy: ese grupo familiar reunido para disfrutar de los placeres, el afecto y la esperanza, idealizado a partir de las tenebrosas visiones de su infancia donde, siempre, la tristeza, la miseria y la muerte crecían fértiles como fantasmas ciertos".
Y es en la elección de lo fantasmal como vehículo para su historia (no olvidemos que Cuento de Navidad apareció originalmente con el subtítulo "Historia de fantasmas navideña", haciendo más hincapié en lo espectral que en lo festivo), lo que convierte la estrategia de Dickens en algo particularmente eficaz y perdurable: se sabe que la fiesta dura poco pero las apariciones son para siempre. La fantasía de Dickens (por motivos de espacio y confiando en que sean muy pocos los que se han privado del perfecto placer de su lectura, alcance con decir que involucra la metamorfosis de Ebenezer Scrooge, la distancia que va de un hombre malo a un hombre bueno, luego de ser visitado por tres fantasmas navideños durante la noche del 24 de diciembre) funciona igual que el primer día, a más de 150 años de haber sido originalmente invocada, porque se las arregla para hacer comulgar la idea del festivo "pavo más grande que haya" y las lucecitas en el árbol con la oscura culpa y el hambre insaciable de lo que pudo haber sido y no fue pero tal vez será.
Por eso, las cenas navideñas son -como territorio— material altamente inflamable. Por eso tanta sonrisita fácil procurando desactivar -casi siempre en vano- la súbita explosión temperamental, el disparo a quemarropa de los corchos, el regusto del pan amargo y la sed de venganza que se atribuye a la ingestión de frutos secos. Para eso están.

DROGA. Tal vez la Navidad no sea un virus. Tal vez la Navidad sea una droga. Alto poder adictivo. No se puede parar. Un compuesto químico que obliga a sonreír a todo el mundo, a abrazarse y a convencerse de que la felicidad es un invento posible. Así, la invención de la Navidad equivale a la invención de la felicidad. O viceversa. Así, los que se odian se abrazan resignados durante este limbo de siete días, porque -a no olvidarlo- nos vemos de nuevo dentro de siete días para festejar otra improbable abstracción espacio/temporal.

PRODUCTO. "El misterio de la Navidad es, de alguna manera, idéntico al misterio de Dickens", diagnostica el escritor inglés Gilbert Keith Chesterton.
"Ningún otro libro consiguió superar en nuestras mentes la idea de lo que debe ser una Navidad", explica el escritor canadiense Robertson Davies.
"De acuerdo: es una historia de Navidad; pero su virtud tan sorpresiva como la de un regalo que no se espera es la de ser, antes que nada, una historia moral", revela el escritor norteamericano John Irving.
Nada cuesta imaginar a Charles Dickens -"¡Ho, ho, ho, ho!" otra vez- riéndose a carcajadas ante semejante atado de elogios. Dickens escribió su librito para huir de la tiranía de los folletines, para empezar y terminar algo rápido y muy comercial, porque estaba resfriado y no podía ir a las fiestas que tanto le gustaban. Con el correr de las Navidades este concepto se conocería bajo el nombre de instant book. No le fue bien y abundaron las ediciones piratas y económicas. Dickens -como Scrooge- solía decir: "No soy rico ni lo fui ni lo seré". Tal vez por eso se lanzó a la creación de otro nuevo género literario -el thriller legal con Bleak House- y la muy lucrativa idea del escritor como actor en gira o superconferencista, condición que lo llevaría prematuramente a la tumba por agotamiento. Dickens no era una persona feliz. "Mi padre no era un buen tipo", se arriesgó a susurrar una de sus hijas una vez que hubieron concluido los fastos del entierro del escritor en Poets Corner, Abadía de Westminster.

FOTO. De acuerdo: no hay nada más fácil -y más gratuito tampoco- que hablar mal y escribir peor acerca de ciertas instituciones. Atención, antes de que sea demasiado tarde: poco y nada me interesa y bastante me preocupa parecer una suerte de Scrooge antes de los fantasmas. No está en mis intenciones hacer leña del arbolito caído. Mis Navidades han sido siempre felices y, cuando no lo fueron, siempre se las arreglaron para convertirse en una buena historia. Me acuerdo de la Navidad con arbolito decorado con monstruos; de la Navidad en New York; de la Navidad en que. por suerte, dos no muy eficientes centuriones de la Triple A vinieron a buscar a mis padres y —al no encontrarlos- nos llevaron a mi hermano y a mí a dar una vueltita por ahí. Y me acuerdo también del cuento de la foto de Navidad. La foto apareció en la edición del 26 de diciembre de 1968 del diario Clarín. La foto muestra a mi padre y a mí a los cinco años de edad junto a un autóctono Santa Claus con botas criollas. En la foto, mi padre me entrega un globo y yo lo agarro y alguien hizo click en ese momento para que después alguien le encajara un epígrafe bien jingle bells.
Mentira otra vez: la verdadera historia detrás de la falsa noticia siempre es otra.
Mi padre y mi madre acababan de divorciarse. Otra vez. En diciembre. Por eso, noche del 24 con padre y noche del 31 con madre. Mi padre todavía no había instalado casa nueva: entonces, casa de tía sin muebles ni arbolito ni regalos, y dormir en colchones en el piso, y mejor caminar mucho y cansarse rápido para huirle al fantasma de las doce de la noche. Misión cumplida y sueño temprano y, a veces, no hay nada peor que negar la Navidad porque el fantasma de la Navidad siempre se venga: "Los niños son los dueños de la Navidad. Para ellos hubo regalos...". La historia navideña se completa la mañana del 26 de diciembre con mi padre en la cama de una mujer (¿será más navideño este relato si preciso que esa mujer desapareció durante la dictadura? ¿Será esa mujer el fantasma navideño de esta historia navideña?), abriendo el Clarín y tropezándose con el regalito indeseado de esa foto y, por lo tanto, poniendo todo en duda. Todas las noticias, de improviso, le parecen cuentos navideños. En blanco y negro. Mi padre me cuenta que escribió algo a partir de esta historia. Se llamaba, claro, Cuento de Navidad. El cuento se perdió, dice. Queda la foto.

RESACA. Después, todo vuelve a empezar como si fuera un año que empieza. Todo adquiere la textura lenta de un espejismo, o la sospecha de haberse vuelto bastante loco por unos pocos días, de haber sido poseído por un espíritu. Navideño. ¿Qué pasó? ¿Yo dije eso? ¿Yo le mandé una tarjeta de Navidad a esa persona? Ahora, el librito de Dickens no parece tan eficaz. Crece una sospecha: para el 27 o el 28 de diciembre a más tardar, Ebenezer Scrooge ha vuelto a convertirse en un soberano hijo de puta que ahora espera a los tres Reyes Nabos detrás de un viejo arcabús.

(Radar de P/12,
Diciembre de 1996)
Rodrigo Fresán


Rodrigo Fresán. Narrador y crítico argentino. Nació en Buenos Aires en 1963. Desde 1984 ha ejercido el periodismo en numerosos medios, escribiendo sobre gastronomía, música, crítica literaria y cine. Su primer libro, Historia Argentina, permaneció durante seis meses en la lista de best-sellers, fue elegido por la crítica como la revelación narrativa de 1991, y publicado –en versión corregida y aumentada– en España (Anagrama) y Francia (L'Harmattan). Varios cuentos de ese libro aparecieron en diversas antologías de narrativa latinoamericana. Su novela Esperanto (1995) mereció el elogio general de la crítica. Su novela La velocidad de las cosas fue una de las mejor novelas argentinas publicadas en 1998. Algunas de sus obras: Historia argentina (1991), Vidas de santos (1993), Corpus Christi (una receta),Trabajos manuales (1994), La Forma del Fuego, Apuntes para una teoría del lector.


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