miércoles, 23 de diciembre de 2009

El papel



Ahí, el papel en cuarto escalón de la entrada principal
de la Universidad Nacional del Sur, tirado, solo, diciendo
nada a los estudiantes que, en la carrera de horarios impuesta
por el rígido calendario del sistema, siquiera al pasar lo miran:
un papel, un papel que podría haber participado quizá en la
composición de un músico apurado por impulsos románticos
tardíos, en el desvarío del lápiz de un niño, en el exilio del perro
que durmió anoche en el escalón de al lado, en el arqueo del
quiosco de la esquina, en la mediación de la mesa y el pocilio:
deberíamos saberlo: en y por él, excluido ahora del campo propio
de la utilidad, han sucedido catástrofes no específicas de la
existencia sino ajustadas a los actuales parámetros de la
humanidad: en principio ha muerto un árbol, y junto con él su
sombra y la flora y fauna que al hombre le parecieron autónomas
y la rama que brindaba un sitio donde anudar la angustia al suicida
o al feliz atar la rueda, también excluida, y hamacarse, o al pájaro
hacer ahí su domicilio y ponerse a cantar para siempre, y también
a la flor o al fruto que, cooperando con la cadena o círculo
vital, pensaba dejarse caer y nacer otra vida, o quizá colorear el
paisaje para que el trabajador, tan agobiado por su tarea, despejara
el sitio del cerebro donde residen sus preocupaciones y pudiera
ingresar en las leyes ajustadas al mercado, conforme con las cuales
decidiría el lugar adecuado donde dar el conjunto de golpes para
que la madera se rompa y caiga lo más cerca posible del camión
que irá hasta el lugar indicado a dejar la carga y recibir el pago
semejante al que está ahora acá tirado en el cuarto escalón de la
entrada a la Universidad Nacional del Sur: un papel, un simple papel



(de: El ella real,
Hemisferio Derecho
Ediciones, 2009)
Ignacio Uranga (Argentina, Buenos Aires, Bahía Blanca, 1982)



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