miércoles, 8 de abril de 2009

LA BIBLIOTECA

I

Me encanta el algarrobo
dulce algarrobo blanco
¿Cuánto?
¿Cuánto?
¿Cuánto cuesta
amar al algarrobo
en floración?

Una fortuna mayor que
Avery pudiera amasar
Tanto
Tanto
el verde escalonado
algarrobo
cuyas brillantes hojitas
en junio
reposan entre flores
dulces y blancas de
coste alto


Un frescor de libros
conducirá a veces a la mente a las bibliotecas
de una ardorosa tarde, si los libros pueden hallarse
frescos en el sentido de dirigir la mente.
Porque hay un viento o espíritu de un viento
en todo libro que se haga eco de la
vida, fuerte viento que llena los conductos
del oído hasta que creemos oír un viento,
real

para dirigir la mente.

Dejando las calles rompemos
la reclusión de nuestras mentes y somos arrebatados
por los vientos de los libros, buscando, buscando
a través del viento
hasta que somos inconscientes de cuál es el viento y
cuál es el poder del viento sobre nosotros
para dirigir la mente

y allí en la mente crece
un aroma, quizá, de flores de algarrobo
cuyo perfume es el mismo hálito de viento
para dirigir la mente

a través del cual, bajo la catarata
que pronto estará seca
el río se arremolina y se remansa
recordado por primera vez.

Agotados de vagabundear las inútiles
calles durante meses, rostros plegados contra
él, como el trébol al anochecer, algo
lo ha traído a su propia
mente

en la que una cascada no vista
se tropieza y se endereza
y recae—y no cesa, cayendo
y recayendo con un rugido, una reverberación
no de las cascadas sino de su rumor
incesante
Bella cosa,
paloma mía, indefensa, y todos los que se ha llevado
[el viento
tocados por el fuego
e incapaces,

un rugir que (insonoro) ahoga el sentido
con su reiteración
no queriendo yacer en su lecho
y dormir y dormir, dormir
en su oscuro lecho.


¡Verano! es verano
—y aún el rugido está en su mente
incesante


El último lobo fue muerto cerca de Weisse Huis en el año 1723


Los libros darán descanso a veces contra
el rugido del agua que cae
y se eleva para recaer llenando
la mente con su reverberación
sacudiendo la piedra.


¡Sopla! Que así sea. ¡Trae! Que así sea. Consume
¡Sumerge! Que así sea. Ciclón, fuego
e inundación. Que así sea. Infierno, New Jersey, está dicho
en la carta. Entregada sin comentario.
¡Que así sea!
Huye de ella, si quieres. Que así sea.
(Vientos que nos envuelven en sus pliegues—
o no viento). Que así sea. Tira de las puertas, en un ardiente
atardecer, puertas que el viento sujeta, que arranca
de nuestros brazos—y manos. Que así sea. La Biblioteca
es santuario para nuestros temores. Que así sea. Que así sea.

(Paterson, Libro III,
Fragmento)

William Carlos Williams (estadounidense, Rutherford, New Jersey, 1883-1963)


(Traducción de Margarita Ardanaz)
Edición no bilingüe

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