martes, 21 de abril de 2009

LOS PERSONAJES DEL VERANO

"El mundo imaginado es el bien
esencial."
Wallace Stevens

Una vez visité el Gran Cañón. Mi esposa y yo recorríamos el sudoeste de los Estados Unidos en auto, y si bien ambos desaprobamos el turismo y lo consideramos una forma perniciosa de gran negocio que vulgariza lugares hermosos y corrompe a pueblos enteros, sentimos que no podíamos irnos sin ver esa gran maravilla natural. Fue así que manejamos desde Flagstaff, estacionamos el auto y caminamos hasta la zona panorámica. Aunque la estación estaba avanzada, era un día de sol despejado y pudimos ver muchos kilómetros. El Gran Cañón era... bueno, era el Gran Cañón. Luego de un momento o dos de contemplación dubitativa ante ese vasto agujero en la tierra, mi esposa se volvió hacia mí y, citando el poema "Cuestiones de viaje", de Elizabeth Bishop, preguntó: "¿Deberíamos habernos quedado en casa pensando en este lugar?" Luego nos fuimos al hotel que queda cerca del borde del Cañón y pasamos el resto de la tarde en el atractivo bar del hotel. Más tarde, cuando nos alejábamos en el auto al atardecer, supe que lo que recordaría de la visita no sería el Gran Cañón sino las horas agradables que pasamos tomando un buen vino de California y hablando y ponderando muchas cosas, entre ellas el Gran Cañón.
Al día siguiente en una librería de Phoenix, en Arizona, encontré los Poemas completos de Elizabeth Bishop y busqué "Cuestiones de viaje", una magnífica poesía que celebra y deplora a un tiempo la necesidad de nuestra especie de precipitarse a lugares en el extranjero, paisajes exóticos, costas extrañas y bárbaras. Hacia el fin, insiste con tacto en la misma pregunta retórica que mi esposa había hecho ante el Gran Cañón:

"¿Es la falta de imaginación la que nos lleva
a lugares imaginados, en lugar de quedamos en casa?"


Tuve lo que debió de ser mi primer atisbo del dorado mundo del arte cuando, siendo muy chico, leí un libro llamado El rosario de Maggie, de una autora cuyo nombre me avergüenza haber olvidado hace tiempo. Tampoco recuerdo las circunstancias de la historia. Sin embargo, sé que el libro, si cabe llamarlo así, porque era poco más que un opúsculo religioso, me conmovió de una manera extraña. Lo que me afectó no fue su moraleja -creo que Maggie se había portado mal y volvía a la buena senda tras encontrar por azar las cuentas de un rosario-, sino una escena, de poco contenido y menos importancia incluso para la "trama", que seguí recordando con notable nitidez durante más de medio siglo.
En realidad, no era una escena sino sólo un momento, podría decirse que una mera cuestión de tono. Maggie había faltado al colegio -en eso había residido su mala acción- pero al igual que todos los delincuentes, había vuelto al lugar del crimen y a media tarde rondaba los muros del convento con aire culpable y cierto grado de autocompasión. Era verano y la calle estaba desierta. El sol brillaba sobre el alto muro blanco -yo imaginé todo eso como si estuviera ahí en lugar de encontrarme sentado en una silla leyendo un libro- y la niña llegaba a escuchar a sus compañeras que cantaban un himno a la distancia. Eso es todo lo que recuerdo. No sé por qué me conmovió tanto y me conmueve cada vez que recuerdo la aparición de Maggie en el silencio de la tarde.
¿Qué pasó, entonces y qué pasa en mi interior en ese radiante fragmento de tiempo fuera del tiempo? Pensando en Maggie sola en la luz y la quietud del verano, tengo la sensación, como pasa en los sueños, de recorcordar con claridad un lugar en el que nunca estuve, un lugar que es a la vez extraño y por completo familiar. No es un lugar mágico ni encantado sino del todo terrenal. Es el mundo tal como lo conozco ahora, común y cotidiano, y sin embargo, de algún modo poseedor de una importancia inescrutable. El corazón me da un vuelco, tal como le pasó al narrador de Proust, según nos dice, cuando mojó la humilde magdalena en la taza de té y todo el pasado se abrió ante sus ojos, tierno, resplandeciente, sórdido, gracioso y, a pesar de lo que sostiene autor, irrecuperable, aunque perdido del todo.

Los artistas en general, y los escritores en particular, tienen algo propio del sacerdote: la mezcla de soberbia y humildad, la devoción cotidiana, la disposición confesional a escuchar las flaquezas y temores de los laicos. El escritor entra a una habitación, el lugar más sagrado -el escritorio- y se queda ahí en soledad hora tras hora sumido en un extraño silencio. ¿Con qué deidades dialoga, qué ritos cumple? Sin duda sabe algo que los demás, los no iniciados, ignoran; sin duda tiene acceso a un saber inalcanzable para los demás. Ah, ojalá fuera así. La triste verdad es que el escritor probablemente sabe menos de la vida que sus personajes. Es sólo su inventor, solitario y obsesivo; ellos son innumerables; viven por él.
"Crear personajes"... es tan extraño como suena. ¿Qué significa? El sustantivo no es menos desconcertante que el verbo. ¿Qué son los personajes de ficción? ¿Es posible que algo cobre vida a través de la imaginación? Todas las marionetas que pueblan mis novelas son por fuerza aspectos míos, dado que soy la única materia prima que tengo, vale decir, soy el único ser humano que conozco desde adentro, aunque en este contexto "conocer" sea una intrincada cuestión filosófica que no trataremos de desentrañar aquí. Mis personajes de ficción son como las figuras que encuentro en sueños; son siempre producto de mi inconsciente. Adoptan las formas de otros, de seres queridos y de desconocidos, de amigos y familiares, de objetos de deseo y heraldos del terror, pero en definitiva soy yo, los fragmentos de mi que la misteriosa actividad del sueño desmonta en forma temporaria.

Quiero citar dos pasajes que me parecen relevantes para este tema. El primero es, una vez más, de Wallace Stevens. Su poema "Las creencias del verano" indica que él tenía una idea muy clara sobre la vocación del novelista o, para decirlo en términos menos exaltados, de aquello a lo que el novelista dedica su día:


Las máscaras del verano interpretan los personajes
De un autor inhumano, que medita
Con los insectos de oro, en prados azules, tarde en la noche.
Él no escucha hablar a sus personajes. Los ve
Moteados, en sus trajes más tristes,
De azul y amarillo, cielo y sol, ceñidos
Y anudados, fajados y agrietados, a medias rojos,
A medias verdes, atuendo apropiado para
El máximo decoro, el estilo de la época,
Parte del tono moteado del verano en su conjunto,
En el que los personajes hablan porque quieren
Hablar, los personajes rosáceos, gordos,
Libres, por un momento, de malicia y grito súbito,
Completos en una escena completada, representando
Sus papeles como en una felicidad juvenil.


La segunda cita es un breve pasaje hacia el final de mi novela Ghosts. El narrador analiza una pintura, una fête galante de un pintor llamado Vaublin, de notables similitudes con el gran Jean Antoine Watteau:

Lo que ocurre no tiene importancia; el momento lo es todo. Ese es el mundo dorado. El pintor reunió a su pequeño grupo y lo instaló en ese claro ventoso, en esa luz artificial, delicada, y los pintó como ángeles y payasos. Es un mundo donde nada se pierde, donde todo encuentra su explicación y, al mismo tiempo, se preserva el misterio de las cosas; un mundo donde pueden vivir, no importa qué tan efímera ni débilmente, en el atardecer declinante del yo, solos y a un tiempo juntos aquí, en este lugar, acaso moribundos y no obstante, fijos para siempre en un instante luminoso, interminable.


¿Quiénes son esos ángeles y payasos, esas máscaras del verano? ¿De dónde salen y por qué se les da existencia? Los lectores insisten en creer en la realidad de los personajes ficticios. Don Quijote, Emma Bovary o Leopold Bloom pueden resultarnos más reales que la gente real. El pacto que hace el lector con el texto de ficción es misterioso y fascinante. No importa cuánta presión ejerza el novelista sobre su credulidad y disposición a suspender el escepticismo, el contrato se mantiene: Gulliver es para nosotros un ser del todo vivo en uno de los múltiples mundos de la ficción, por improbable que resulten los seres minúsculos que lo sujetan o que lo examinen caballos elocuentes.
Cuando el escritor de ficción está en sus años de aprendizaje, la creación de personajes parece la cosa más natural. Es joven y aún lleva los restos iridiscentes de la crisálida infantil. Su pasado es una antigüedad reciente poblada por seres de fábula: Madre, Padre, Hermano, Amigo. Es un sonámbulo en la Isla de Pascua, rodeado de efigies gigantescas e idénticas y aún así, extrañamente diferentes e individuales. Escribe como si le dictaran sus ancestros.
¿Qué novelista no recuerda sus primeros años con asombro y con esa envidia pesarosa que nos despierta nuestra propia juventud? ¡Qué fácil parecía entonces hacer esas personas de papel y, una vez hechas, qué maleables eran, qué aptas a las necesidades de su creador, qué bien dispuestas a sus órdenes, qué prestas a obedecerlo! Se sentaba todo el día en su estudio, como un travieso Barón Frankenstein en su laboratorio crepuscular, armando sus monstruos en miniatura a partir de las piezas que elegía: un par de ojos azules vislumbrados en una fiesta, una mano delgada que ofrecía cambio del otro lado de un mostrador, una voz escuchada en una esquina, la pálida curva de una espalda en la blanca luz de una playa.
Como observa Nietzsche, todo hombre es un artista en sus sueños. Ningún escritor de ficción tiene una capacidad de invención más prolífica que la del más tenue soñador. Alguien simple a la luz del día se convierte en maestro de la imaginación por la noche. Paisajes persas, viajes a la luna, una manada de caballos que irrumpe en una playa al atardecer, padres muertos que vuelven sin más a la vida, hijos inexistentes que sonríen, vuelos espontáneos, mujeres de imposible sumisión, cientos de miles de rupias, un perro que baila, un avión en un living: mientras dormimos nada es imposible, nada se nos niega. ¿Cómo puede el novelista competir en la vigilia con esa profusión?

Para el novelista, el truco reside en soñar y al mismo tiempo estar despierto. La disciplina lo es todo. La producción de arte es la aplicación de leyes no especificadas a un material incoherente. Edmund Wilson habla con admiración de "la clásica ecuanimidad para manejar fuerzas diversas" de Henry James, de su "combinación, igualmente clásica, de realismo y armonía formal." Hay que recortar, moldear, conformar, pulir el sueño. La mera invención es mera invención. Cualquiera puede crear una fantasía de la nada pero sólo el artista puede consolidarla y hacerla parecer una necesidad. Hay un plano fundamental en que el trabajo del
arte es la solución manifiesta a un problema técnico. Una novela no es la vida, pero puede parecer más concreta que la vida misma.
Al parecer uno de los placeres que nos produce el arte es la sensación dulce y melancólica de percibir algo que ya no está y que al mismo tiempo sigue presente, si bien como vestigio. A cada instante, el tiempo nos abandona. A cada instante, dejamos atrás algo de nuestro ser esencial, de forma invisible, impalpable, como una etérea envoltura de polvo. ¿A dónde va esa esencia que perdemos? ¿Dónde queda preservado lo que alguna vez fuimos? En el arte ingresamos a un mundo que no existe, que nunca existió, por completo imaginario, y sin embargo de algún modo es del todo real. Es un lugar al mismo tiempo extraño y familiar. No es un lugar mágico ni encantado, sino del todo mundano. Se parece al mundo conocido común y cotidiano, y sin embargo posee una rara importancia inescrutable. Parece ser el nuestro -se parece a nosotros mismos, por obra de alguna magia trasnochada-, a diferencia del mundo, que, si bien no nos tiene inquina, sigue impasible ante nuestra suerte.
El hecho es que nuestra experiencia en el mundo difiere por completo de nuestra experiencia en el arte. No recordamos nuestro nacimiento; no registraremos nuestra muerte: todo lo que tenemos es el caos y la confusión que hay entre uno y otra. Como destacó el crítico Frank Kermode, buscamos en el arte la "sensación de un final". En la vida nunca se completa ni termina nada; todo se ramifica. No importa qué innovador sea su contenido o qué transgresora su forma, la novela, el poema, la pintura, el cuarteto de cuerdas, tienen un comienzo, una parte media y un final. La obra de arte es un objeto terminado, pulido, acabado. Está en el mundo entero e inviolable. Eso es lo que nos satisface; es por eso que nos hace sentir plenos, aunque sólo sea en nuestros días más receptivos y durante un lapso, con esa sensación de paz y placidez que no encontramos en ningún otro lugar, ni siquiera, como en las viejas épocas, en la religión.
La mayor parte del tiempo el escritor de ficción se siente un niño al que se le permitió quedarse en el patio de juegos hasta mucho después de que se obligara a los otros a abandonarlo. Construye sus pequeñas figuras, les permite pavonearse y florearse un poco y luego vuelve a derribarlas. Son suyas, después de todo, y hace con ellas lo que le place. Son sus juguetes. Sin embargo, para otros están llenas de vida. Existen. Se mueven. Comunican un Hiersein -un estar aquí- rilkeano que,

es efímero, que
nos concierne extrañamente. A nosotros,
a los más efímeros.




John Banville (Irlanda, Wexford, 1945)



(Traducción de Joaquín Ibarburu;
Revista Ñ, 17-01-09)



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