martes, 16 de marzo de 2010

EL GRAN CAPITÁN











(Fragmento)

Apunté el vértigo de una flota de vendedores
avanzando con heladeras y bolsos por el andén
y esqueletos de vagones y máquinas viejas
que aparecieron cada tanto a ambos lados;
más tarde también una tanda de camiones
con vacas despachadas en serie para el matadero
y la ráfaga de piedrazos que al bordear una villa
retumbó contra las persianas del vagón.
Canchas de polvo de ladrillo y pasto sintético,
canchas de cemento, pasto o tierra baldía,
piletas, reposeras y enanos desteñidos
en patios, terrazas o jardines a cielo abierto;
graffitis y señales sobre las paredes gastadas,
sobre las puertas adornos navideños prematuros,
y a la distancia subiendo desde una quema invisible,
en espiral, tiras de humo negro angosto:
en la atmósfera del vagón donde daban vueltas
las hélices del ventilador removiendo polvo,
quedaban desfilando todavía en la cabeza
un rato las cosas vistas desde el asiento,
barajadas todas en un mazo y repartidas,
repartidas, mezcladas y repartidas sin parar.
Tranquilos se quedaron todos en sus asientos
más tarde cuando el tren frenó de repente,
hasta que entendieron que la cosa iba para largo
y fueron bajando a estirar las piernas algunos;
otros sacaron viandas y armaron picnics
que se prolongaron al principio en sobremesas animadas,
poco más tarde en conversaciones desabridas,
bostezos, monosílabos, largos silencios;
y solamente cuando empezó a bajar el sol
y un viento se levantó desde el lado del río
volvieron la mayoría a bordo a buscar,
perseguidos por escuadras de mosquitos,
la siesta para pasar el tiempo muerto.
Los pobladores de unos ranchos de la zona
que en el accidente habían visto su oportunidad
para el comercio y en los pasajeros del tren
una clientela cautiva y ávida de provisiones
también se esfumaron y solamente quedó,
aparte de unos chicos pateando latas,
un núcleo de perros flacos, sucios, solos
merodeando en torno a los restos del festín.
Pequeñas columnas exploradoras
partieron hacia puntos dispares y regresaron,
como bumerangs lanzados uno tras otro,
en el mismo orden en que habían salido,
relatando el cruce con una víbora peligrosa,
una vaca mutilada, campos en barbecho,
o las huellas de una camioneta en el barro,
humo y otros indicios de asentamiento.
Palacios fastuosos erigidos hacia el este
en el cielo se derrumbaron sobre sí mismos,
desinflados; en el oeste gamas de colores
se combinaron hasta hacerse de noche.
Los pasajeros que no consiguieron dormirse
escuchan ahora los rumores que atraviesan
de punta a punta el tren con noticias falsas,
o van y vienen del baño al coche comedor,
del coche comedor a su asiento y viceversa.
Caras incipientemente barbudas y ojerosas
sorben con los codos sobre la mesa un café
o dejan que se escape, pensando en cualquier cosa,
el gas de sus bebidas, las frases de sus labios.
De un catre mal disimulado entre los yuyos
vuelve una pareja lenta hacia los vagones
con las luces rojas gemelas de sus cigarrillos,
y la idea que hasta hace unas pocas horas
se encontraba todavía en estado de embrión
termina de gestarse en la cabeza y se acuña
en una frase nítida y convincente. Cómo
se extrae la miel, qué precauciones deben tomarse
para que las colmenas alcancen un buen rendimiento
libres de toda plaga dañina;
hablaba sobre esto el hombre a mi izquierda
justo cuando me cerró los ojos la modorra,
y al abrirlos después de cuánto tiempo
ya del tópico de las abejas había saltado
al de una peste que dejó el año anterior
sobre sus campos de la noche a la mañana
un tendal de animales muertos.
Caballos purasangre inquietos en sus establos
pateaban las puertas y los gallos más temprano
de lo normal daban la alarma del nuevo día,
y aparecieron víboras en la cocina de una casa,
escorpiones en el agua de un tanque australiano,
y algunas vacas rechazaron a sus terneros recién paridos.
Se prende una linterna, alguien revuelve en un bolso,
después otra vez el vagón a oscuras y en silencio,
salvo por toses y el crujido de resortes
ahí donde alguno gira en su asiento.
Un grupo de pasajeros desvelados
que habían ensayado sin éxito para dormirse
en sus asientos todas las posturas conocidas
decidieron después de haber deambulado por el tren
y cansados de protestar sin éxito frente a los guardas,
caminar juntos unos metros por las vías.
Distraídos por la charla que repasaba
las cosas vistas por cada uno desde su asiento
caminaron y caminaron dejando el tren atrás,
de manera que en un momento dándose vuelta
pudieron ver apenas el faro de la locomotora
encendido y haciendo guiños extraños.
Entonces escucharon de golpe la bocina
y no hubo uno al que no se le erizara la piel
al imaginarse a sí mismo perdido en ese páramo,
abandonados por el tren y entregados a su propia suerte;
y a los pacíficos pobladores que unas horas antes
habían comerciado con ellos junto a las vías
convertidos en salvajes reducidores de cabeza,
Corrieron haciendo señas hasta que ya más cerca
se dieron cuenta de su error. De la carrera
al trote, del trote a la caminata y del susto a la decepción
pasaron, y de un vagón a otro entre pasajeros
dormidos, esquivando equipaje, hasta el comedor.
Ahí cuando por enésima vez fui a buscar
un vaso de agua me los encontré reunidos
en una mesa, compartiendo su aventura con el mozo,
preguntando ingenuamente si faltaba mucho.
Que vamos a estar acá toda la noche, en cambio,
es algo que dieron por sentado hace rato
esos que a unos metros rociaron con alcohol
una pirámide de ramitas para que en seguida
al soltarle un fósforo encima prenda una llama
tan alta casi como el más alto del grupo: se estira
a su máximo y después, después de esa explosión,
se encoge hasta la mitad y se mantiene ahí.
Guitarra, y coro de voces adolescentes:
por estar sentado cerca de este gran fuego
y formar parte de la ronda en que una botella
pasa de mano en mano, soy capaz de reprimir
cualquier comentado sobre el repertorio,
mientras miro hacia el cielo despejado
donde una estrella atraviesa el cinturón del guerrero.


(de El gran capitán,
Inédito)

Miguel Angel Petrecca (Argentina, Buenos Aires, 1979)



IMAGEN: "El Gran Capitán" argentino.


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