miércoles, 24 de septiembre de 2008

LOS CABALLOS

















Yo trepé entre los bosques bajo la oscuridad de la —hora-antes-del-alba.

Mal aire, y el silencio que congela.


ni una hoja, ni un pájaro—
un mundo hecho en escarcha. Y entonces salí sobre los bosques


donde mi aliento dejó esculturas tortuosas en esa luz de hierro.
Mas los valles desaguaban la oscuridad


hasta el límite del páramo —heces ennegrecidas de un gris iluminándose—
dividían el cielo más allá: Y yo vi los caballos:


enormes en el espeso gris —diez juntos— inmóviles
como un monumento megalítico. Respiraban sin ningún movimiento,


las crines ordenadas, los cascos posteriores inclinados
sin hacer ningún ruido.


Y pasé: ninguno resopló o ladeó su cabeza.
Grises fragmentos silenciosos
de un planeta gris y silencioso


Sobre el lomo del páramo en ayunas oí
el chillar de un chorlito volviéndose silencio. Poco a poco


el detalle destacó entre la oscuridad. Y el sol anaranjado,
rojo, rojo, hizo erupción en medio del silencio,


partiéndose en silencio hasta su corazón, arrojó una nube, sacudió
los abismos abiertos mostrándome el azul,


y los grandes planetas suspendidos—.
Di la vuelta


tropezándome en las fiebres de ese sueño, rodando de las cimas encendidas
a los bosques oscuros,
y alcancé a los caballos.


Allí aún permanecían,
pero esta vez ondeando y reluciendo bajo el flujo de luz,


sus ordenadas crines de piedra, sus cascos posteriores inclinados,
moviéndose con el deshielo, mientras que en torno de ellos


la escarcha mostraba sus candelas. Sin embargo aún no hacían ruido.
Ninguno resoplaba o pataleaba.
sus cabezas suspendidas y pacientes como los horizontes,
altos sobre los valles, entre los invasores rayos rojos—.


En las calles repletas, andando entre los años, esos rostros,
puedo hallar todavía mi memoria en un lugar así, tan solitario,


entre nubes rojas y torrentes, oyendo los chorlitos,
oyendo permanecer los horizontes.


Ted Hughes (Inglaterra, Mytholmroyd, 1930-Leicester, 1998)


(Traducción de Antonio Cisneros)


THE HORSES


I climbed through woods in the hour-before-dawn dark
Evil air, a frost-making stillness,


Not a leaf, not a bird,—
A world cast in frost. I came out above the wood


Where my breath left tortuous statues in the iron light
But the valleys were draining the darkness


Till the moorline—blackening dregs of the brightening
grey—
Halved the sky ahead. And I saw the horses:


Huge in the dense grey—ten together—
Megalith-still. They breathed, making no move,


With draped manes and tilted hind-hooves,
Making no sound.


I passed: not one snorted or jerked its head.
Grey silent fragmenta
Of a grey silent world.


I listened in ernptiness on the moor-ridge.
The curlew's tear turned its edge on the silence.


Slowly detail leafed from the darkness. Then the sun
Orange, red, red erupted


Silently. and splitting to its core tore and flung cloud,
Shook the gulf open, showed blue,


And the big planets hanging—,
I turned


Stumbling in the fever of a dream, down towards
The dark woods, from the kindling tops,


And came to the horses.
There, still they stood,
But now steaming and glistening under the flow of light,


Their draped stone manes, their tilted hind-hooves
Stirring under a thaw while all around them


The frost showed its fires. But still they made no sound.
Not one snorted or stamped,

Their hung heads patient as the horizons,
High over valleys, in the red levelling rays—


In din of the crowded streets, going among the years, the faces,
May I still meet my memory in so lonely a place


Between the streams and the red clouds, hearing cur lews,
Hearing the horizons endure.




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