sábado, 20 de septiembre de 2008

EL TESTAMENTO

















Llegó la abuela

con su pausado balanceo de navio.
Cuando ella entraba
la Historia con un fru-fru de páginas innumerables en el ruido de sus enaguas.

Sus ojos gobernaban por decretos
de dulces mimos
y maternas severidades,
pero esta vez avanzó cargando la mansedumbre con fatiga,
se sentó quejumbrosa
en el monárquico taburete de las amonestaciones
y puso su canasta de tejedora al pie de la silla.

—Hija mía Juliana —murmuró—: este delantal de bambas
es para que bailes al Doctor Jerónimo en nombre de tu raza.
Sé que te gusta el baile y la tremolina
¡baila, muchacha! ¡que no se acabe
el ritmo de este pueblo! El día
que nuestros huesos pierdan su música
seremos desplazados por extranjeros.

—Y a vos, Celedonio, te dejo el puño
de plata del bastón de tu padre.
Eres el mayor y tengo años de esperar
que presidas al Cabildo
con la vara de Alcalde en la mano. ¿Qué te pasa
muchacho? ¿Se hizo horchata
tu sangre de cacique? ¡A la casa
de tu padre el pueblo entraba
y salía a buscar sus palabras!

—A Dámaso díganle que le dejo la cutacha del abuelo.
Está colgada del clavo.
Nunca la saqué de su vaina pero el muchacho es levantisco
y anda metiéndose en problemas.
Me gustan sus azares. Dámaso
es un peligro, pero no será por él
que mi pueblo acepte el yugo.

—Y a vos, rinconero, que te gusta fatigarte con letras,
te dejo este libro de cantos
que cantaron tus antecesores.
¡Que no se rompa el hilo! ¡Escribe!
¡Pobre muchacho: Cuando tu padre sembraba
y te daba el arado
nunca trazaste un surco derecho! Te dejo
indefenso contra el hambre
¡pero mi pueblo necesita soñadores!

—Y a vos, Lupita, que te estás quedando suelta sin tu voluntad,
te dejo mi canasta de tejidos con algunos ahorros en el fondo.
A ver si te cambias de peinado y te empolvas y haces un esfuerzo.

Lupita: ¡no hay que ser tan pasiva, hija mía!
enciende lirios, enciende pájaros,
quema el borde de la noche,
el oficio de la mujer es encender el cielo
de estrellas en el ojo del varón.

...¿Adónde vamos si se apaga la aventura?

Y se recostó en el taburete cansada de su testamento
y se quedó suavemente dormida.

Y nunca despertó.



Pablo Antonio Cuadra





Pablo Antonio Cuadra. Poeta nicaragüense. Nace en Managua el 4 de noviembre de 1912. Educado por los jesuitas en el Colegio Centroamérica de Granada, donde uno de sus maestros —el mexicano Miguel A. Pro, beatificado en 1988— le incentiva a escribir. En 1931 funda el movimiento de Vanguardia, en compañía de José Coronel Urtecho, Joaquín Pasos y otros, dirigiendo las publicaciones periódicas Rincón de vanguardia y Vanguardia. En 1933 viaja a Sudamérica. En 1937 tiene a su cargo otra página: Trinchera. En 1942 edita el primer número del Cuaderno del Taller San Lucas. En 1945 ingresa a la Academia Nicaragüense de la Lengua, cuya dirección asumirá en 1964. Diez años antes es nombrado codirector del diario La Prensa y, posteriormente, crea el suplemento La Prensa Literaria. En 1961 funda la revista y el sello editorial El Pez y la Serpiente. Ese mismo año integra la Junta Directiva que establece la primera universidad privada de Centroamérica en Managua y de la cual será Decano de la Facultad de Humanidades y Director de su Departamento de Extensión Cultural. En 1964 inicia su columna periodística “Escritos a máquina”, donde reflexiona sobre el pasado y el porvenir del país y el mundo. En 1976 dirige La Prensa Literaria Centroamericana. En 1985 enseña Literatura en la Universidad de Texas en Austin. En 1993, teniendo aún el cargo de Director de La Prensa, es nombrado Rector de la Universidad Católica (ÚNICA). En 1999, abandona la dirección del diario La Prensa. Fallece el 2 de enero de 2002 en Managua.Escribió, además, ensayos, cuentos y obras de teatro. Obra poética: Poemas nicaragüenses (1934); Canto temporal (1943); Poemas con un crepúsculo a cuestas (1949); La tierra prometida (1952); El jaguar y la luna (1959); Poesía (1964); Cantos de Cifar (1971); Esos rostros que asoman en la multitud (1976); Siete árboles contra el atardecer (1980).





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