jueves, 2 de abril de 2009

EL SEÑOR TAO

I

El señor Tao domina al máximo la virtud de ser servicial.
El huésped nunca se molesta,
ni el señor Tao hace alarde de su virtud.
Su amabilidad es muchas veces sólo una sonrisa.
Pero el huésped no siente sed, tampoco hambre.
En ciertas ocasiones (especiales) el huésped sí,
tiene sed, o hambre.
Entonces, el señor Tao se levanta y prepara una taza de té,
o dos, si es que decide tomar una él mismo.
En el salón del señor Tao no hay reloj de pared.
Sin embargo, el huésped sabe cuándo debe irse.
Quizás el anfitrión descruza las piernas,
o produce, en el momento oportuno,
algún movimiento perceptible.
Este gesto penetra en la mente del huésped
y lo induce a despedirse.
De esta manera, sin llamar la atención sobre sí,
el señor Tao consigue dar a conocer sus deseos.
Porque no presume de grandeza, puede realizar su grandeza.


I

—El amor es ciego —dije.
—Ciego y una pizca de idiota.
Me pareció que había resentimiento
en las palabras del señor Tao.
-Tal vez una sonrisa burlona asomó a mis labios.
Por un momento lo vi como buscando un camino
en medio de ese páramo de complacencia que yo le tendía.
Luego aflojó la espalda, y suspiró,
y echó la cabeza hacia atrás,
recostándola con gracia sobre el respaldo de pana.
Y habló así.
—¿Cómo puede una cosa ser glorificada
cuando hace daño a los hombres?
Las aletas de su nariz se distendieron cerca de la taza,
por lo que tuve la impresión de que apreciaba el té.
—El Amor provoca disturbios en el Corazón
por su naturaleza inconstante.
Por eso se tiene la ilusión de que es algo vivo.
El sabor del Amor es el Amargo,
pero se lo descubre cuando ya se han lavado
los otros sabores pertenecientes al Corazón.
Los sabores se diluyen en un orden:
El primero es el sabor Acaramelado, ciego.
El mismo sabor que destilan los espejismos.
El segundo es el sabor Salado, adictivo,
-que emana el sudor físico.
Por último subyace el sabor Amargo del Amor.
De estos tres,
es el Amargo el que siempre paladea el Enamorado.
Cuando se ha transitado este camino
en sus etapas más decepcionantes,
el Hombre es como una flor mustia a punto de morir.
Sólo puede reanimarlo el Agua del Amado.
Agua que siempre nos parecerá insuficiente.
Hasta que antes o después, la flor muere.
A esto se le llama el sabor Dulce.
Entonces el Hombre está en condiciones de observar,
como desde una montaña,
las pasiones que acaba de abandonar.
Es cuando sobreviene el sabor Salado.
Esto es: el Amor a los Dioses.
Pero si el Amante recibe de su Amado
respuestas no satisfactorias,
con los Dioses le va aún peor,
pues éstos difícilmente responden.
Al menos en el plano del Amor.
Por consiguiente
pronto se está maduro para el sabor Amargo,
que representa el Amor por los objetos.
Y no es esto, desde mi punto de vista,
algo de lo cual se pueda sacar provecho.
Cuando se alimenta al Espíritu con Amor,
hay que encontrarse dispuesto a sufrir hambre.
Sin embargo, hay algo que abarca al Amor,
lo comprende y se pone por debajo.
Esto es la Bondad.
Como no tiene sabor, va en un solo sentido.
Como va en un solo sentido, no espera respuesta.
Como no espera respuesta, obtiene todo.


I

Se alejó con suavidad, como por el aire.
Con la taza todavía en las manos.
Al volver traía un objeto distinto.
—No creas que es una retribución por el té —dijo
y me tendió el objeto.
Era de jade muy valioso.
La imagen: Dos dragones feroces
despedazando con sus garras
la paloma blanca del Espíritu Santo.
Jade verde y porcelana blanca.
Era ya muy de noche,
y esperé con impaciencia hasta el otro día.
Entonces corrí y corrí
a poner la joya en las dulces manos de mi Amada.


I

Una tarde de sol,
el señor Tao me informó que iríamos a visitar el Campo Chino.
—Te hará bien.
Me dolía terriblemente la cabeza
por haberme excedido con el alcohol.
El verde césped reverberaba con tanta intensidad
que me sentí sin fuerzas.
Nos sentamos al borde de un arroyo,
y a lo lejos sonaron unas campanas.
El señor Tao dispuso todo para la merienda.
—Bébelo, es té de rosas.
En la taza, el líquido se confundía con su propio vapor.
Devolví las rosas al arroyo.
Mi cuerpo impuro rechazaba la levedad de las flores.
—Quiero ser virtuoso —dije,
todavía con lágrimas en los ojos.
Entonces el señor Tao me esclareció.
—Nadie puede mirar, el sol sin parpadear.
Y aún en el caso de que alguien lo logre,
eso no significa que verá el resto del mundo con más claridad.
Por el contrario,
un manchón incandescente lo seguirá adonde vaya,
confundiéndole la forma de las cosas.
De tal suerte el exceso de virtud corrompe al ser humano.
Al no ser un receptáculo digno, (la virtud) lo destruye.
Esa es la razón por la que estas rosas delicadas
han podido doblegarte.




Sergio Pángaro





Sergio Pángaro es argentino y nació en Bs.As., en 1965. Se trata de un artista multifacético: Compone canciones y canta en una banda musical de estilo lounge, que se llama Baccarat, donde parodia standars o canciones románticas italianas; lo acompañan chicas igualmente sesentosas, las chicas Baccarat, que son una remake de coristas tipo las de Ray Charles. "Just a Gigolo", "Arrivederci Roma" o "Navidad blanca" son algunos de sus covers más festejados. Cultiva cierto anacronismo estudiado; se viste de smoking blanco o negro, viaja en cadillacs, reales o imaginarios, usa pelo engominado y bebe martini en escena. Sostiene que el dandysmo es una forma de resistencia. Es actor de cine. Y también escribe poesía, como lo prueba su libro "Señores chinos" (ediciones el broche, 1999), de donde fueron extraidos los poemas que presentamos.

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