miércoles, 4 de noviembre de 2009

LA HORNALLA

















La noche entra por la ventana

y se sienta en mi cocina
como una vieja conocida.


Sube el aro del fuego
y transfigura las sombras
en los azulejos blancos:
el bisonte corre por la llanura.


Miro los juguetes del río
en la pileta:
la cacerola escorada
el discurso trunco
el mate lavado
la vecina de los Rosales
las plumas del gallo sangrado.


El fuego me alarga su mano crepitante,
íntima en la sombra.


Una mujer duerme
y tiene la cara
como una fruta abrillantada.
Por la claraboya entra la luna.


Los símbolos amados de lo cotidiano.


¿De qué estaba hecha la materia del discurso?
¿Qué sustancia tenía la ilusión de la gente?


Yo hago pasar a la luna a los pasillos de mi casa.
Mi casa es como un barco chirriante, sin goznes,
un arpegio de tormentas y supercherías astrales;
yo hago pasar a la luna en sus estribos de luz,
de noche, sola, arrítmica, de canto, lomo de pez,
como esa sopa o agua bendita prometida...


deberemos colgar a Noé, al viento de las once,
deberemos ser pacientes, imbéciles como becerros/
Mañana, otra vez, el presidente dará el mensaje,
a las once, aunque el pescado, se dice, siga sin vender;
mañana será el gran día; el agua, calma, la sopa, bendita/


Los vecinos andan atareados de chusmerío,
intercambian, trafican con prisa paquetes
de azúcar, fideos, conservas, velas, perecederos;
en los pasillos, asomados a las ventanas, en las mirillas,
se dan con alevosía al pronóstico, mañana sí, mañana,
repiten, ángeles tardíos, mañana, trajinan,
y cuchichean la sopa, a las once, el agua bendita.../


Mañana a las once el presidente tendrá otra oportunidad;
se lo verá con el bisonte detrás, la llanura, la bandera.


Subo el fuego de la hornalla y cuento mi salario poco;
escupo con el caballo mi kerosene, mi indio,
soy esa agua que hierve y quema mi nido adentro-,
la bronca es una serpiente que trepa y se enrosca
en mi cabeza, como la laboriosa, sibilante y callada.


Dónde estaré mañana a las once cuando el presidente/
/se venderá el pescado del km. 120 a las once cuando/


De a poco se va apagando el chismorreo vecino;
se cierran sin gala las persianas; andan los gatos;
sopla el viento del río y trae el óxido obsceno,
el tambor, el rojo gallo partido, el pico, la sed.


¿Dónde ir con la luna redonda que pesa en la espalda?
¿Dónde liberar los contornos presos de la penumbra?
¿Cómo reflotar las ollas encalladas en la pileta sucia?
¿Pinchan las aristas del discurso, si toco, si pruebo?


Usted lo sabía... pez... vamos.../
/¿y ahora.,.? no se haga...
¡¿Cuando sean las once...?!
¿Qué hará?, dónde, conteste.../


Una mujer duerme abrillantada por la luna.
La corona de la hornalla alza la cocina.
Corre el bisonte por la llanura de su sombra.


La noche es un encaje de tramas vegetales.
Algo más que mi alma se alza frente a vos.


Sube la bronca y es un turbante en mi nido;
la araña anuda su indio malsano de ponzoñas;
teje la bordadora su baba lerda sin contorno.
¿Y si toco? ¿Y si pruebo? ¿Y si muerdo? ¿Qué?


Nada. Nada ni nadie afuera.
Ni un perro que ladre, Sancho.../


Y si mañana yo por ejemplo salgo y/
/¿qué dirá mañana que no haya dicho?
...fue lo que dijo o lo que no dijo?/
...fue cómo lo dijo o cómo no lo dijo?/


y si yo no digo pero por ejemplo salgo y


Saco el tapón de la pileta y el agua ronca
en su remolino de barbas, espumas y óxidos;
se sacude la olla sin sus aguas donde escorar
como resbala esta mugre estancada hasta su/


La noche entra por la ventana
y se sienta en mi cocina
como una vieja conocida.


Mañana/
mañana a las once
voy
a cerrar las ventanas
voy
a apagar el televisor
voy
a dejar el mate sobre la mesa
voy
a dejar la hornalla encendida


y voy
a salir/
(De: Vulgata,
Ed.La Carta de Oliver, Bs.As., 2006)


Santiago Espel (Argentina, Capital Federal, Bs.As., 1960)





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