viernes, 2 de enero de 2009

LATA PEINADA



Fragmento 11


Una sombra al galope, como relámpago carbonizado, retumba en el monte y al llegar al primer descampado se hace tromba de polvo. Los cinco hombres que andan con perros buscando algo en la oscuridad pegan un salto, se persignan, y la perrada se les raja por el primer despeñadero, atraída como por un imán por aquella sombra fugaz. Cuando los hombres quieren acordarse, ya los perros ni se ven ni se oyen, metidos como van en la polvareda. Perro que no ladra, pila sin linterna. Ciegos de golpe, los hombres ya no reconocen el monte de noche. Discuten, se pelean, se dispersan, se pierden... Después, muertos de miedo, arrepentiditos, los hombres de pelo en pecho se buscan como maricas... ¡Allá ellos! En cambio, chocando los árboles, revolcándose en la maleza a la atropellada, cuerpeándoles a los tunales, los perros, siempre juntos, persiguen sin parar la sombra aquella que vuelve a meterse en el monte. Un rato más en la espesura y la sombra entra en otro descampado, con la nube de polvo atrás. ¡Tum, tum, tum, tum, tum!... Desde su rancho en un caserío, don Abdón, peluquero, sacamuelas y manosanta, abre una boca enorme con relucientes dientes de oro. Don Abdón Amarilla, noventa años, cierra lentamente la boca dándose tiempo para pensar. "¡Ah!", gruñe al final... "¡El alma mula va a buscar la tormenta que se avecina! ¡Seguro!... Pero... ¿dónde se ha visto perros persiguiendo al alma mula? ¡Esa perrada es gringa o es cosa del Diablo equivocado! ¡Eso no se ha visto nunca!..." Y cuando se entera que casi todos los perros del caserío, hasta los suyos, se han largado a su vez a correr a esa perrada loca que persigue al alma mula, se agarra la cabeza... "¡Algo debe andar pasando en el mundo! ¡Yo ya no entiendo nada!"
Los perros delanteros, los perros de los hombres que ahora se andan buscando en medio del monte y la noche cerrada, han llegado a un claro en un algarrobal, iluminado por la luna con halo, y se detienen en seco, aterrados al ver moverse lentamente por el suelo la sombra sin cuerpo del alma mula. Pero enseguida reaccionan y se abalanzan desesperados sobre la sombra sin cuerpo, resueltos a todo... La boca se les llena de sangre al morder... Debajo de la sombra hay yuyos... Debajo de los yuyos el suelo es un hueso imposible de roer... Hasta que la luna se esconde y la sombra movediza que no huele a nada se confunde con las otras sombras. Los perros, desorientados, no tienen otra que atacarse entre ellos hasta que se les viene encima como una tromba la perrada infinita que han venido arrastrando detrás de ellos durante leguas... ¡Atronadora pelea! ¡Sálvese quien pueda! Enseguida la tormenta de la madrugada moja perros a granel. La lluvia amaina luego con las primeras luces y todos en paz. La enorme jauría magullada y mojada se endereza en orden sin el menor ladrido y, a trote liviano y regular, avanza en dirección noreste. Doce leguas más arriba, don Liborio Luna, el santón, sentado en la oscuridad a la intemperie levanta los brazos con las palmas vueltas hacia el sudoeste hasta que sale el sol.




Ricardo Zelarrayán (Argentina, Entre Ríos, Paraná, 1940)


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