miércoles, 11 de marzo de 2009

UN CUARTO PROPIO






















Al día siguiente la luz de la mañana de octubre caía en dardos polvorientos a través de las ventanas sin cortinas, y el rumor del tráfico subía de la calle. Londres se estaba dando cuerda de nuevo: la fábrica estaba despierta, empezaban las máquinas. Era tentador, después de tanta lectura, mirar por la ventana y ver lo que estaba haciendo Londres en la mañana del 26 de octubre de 1928. ¿Qué estaba haciendo Londres? -Nadie, me pareció, estaba leyendo Antonio y Cleopatra. Londres estaba del todo indiferente a las piezas de Shakespeare. A nadie le importaba un bledo —y no los censuro— el porvenir de la novela, la suerte de la poesía o el desarrollo, por la mujer normal, de un estilo de prosa plenamente adecuado a su mente. Si en la vereda hubieran escrito con tiza opiniones sobre esta materia, nadie se hubiera agachado a leerlas. La indiferencia de los pies apurados las hubiera borrado en una media hora. Aquí venía un mandadero; aquí una mujer con un perro. El encanto de la calle de Londres es que no hay dos personas iguales; cada una parece movida por algún asunto particular. Ahí estaban los atareados, con sus valijas; los desocupados golpeando con los bastones las verjas del subsuelo; los tipos afables para quienes las calles sirven de club, saludando a hombres en carros y distribuyendo información que nadie les pide. Había entierros también ante los que se descubrían los hombres, repentinamente conscientes del tránsito de sus cuerpos. Y entonces un señor muy distinguido bajó con lentitud de un umbral y se detuvo para no chocar con una dama de lo más animada que había adquirido de algún modo un espléndido abrigo de piel y un ramo de violetas de Parma. Todos parecían separados, absortos en sus propios asuntos.

Esta vez, como tan a menudo pasa en Londres, había una calma total y suspensión del tráfico. Nada venía por la calle; nadie pasaba. Una hoja sola se desprendió del plátano al final de la calle y cayó en esa pausa y suspensión. De cierto modo era como una señal, la señal de una fuerza en las cosas que uno había pasado por alto. Era como el signo de un río, que fluía invisiblemente calle abajo, a la vuelta de la esquina, y tomaba la gente y la arrastraba, como la corriente de Oxbridge había arrastrado al estudiante en su bote y a las hojas muertas. Ahora iba trayendo de una vereda de la calle a la otra, diagonalmente, una muchacha con botines de charol y un joven de sobretodo marrón; también traía un taxímetro; y juntó a los tres en un punto, justo bajo mi ventana, donde se detuvo el taxímetro, y la muchacha y el joven se detuvieron, y subieron al taxi que se alejó sin ruido, como si lo arrastrara la corriente.


La escena era bastante común: lo curioso era el ritmo que mi imaginación le otorgaba, y el hecho de que la escena común de dos personas subiendo a un taxi tuviera la virtud de comunicar algo de su propia satisfacción. La vista de dos personas que vienen por la calle y se encuentran en la esquina, parece aliviar la mente, pensé, mirando al taxi dar la vuelta y perderse. Pensar en uno de los sexos como diferente del otro, como yo había estado haciendo esos dos días, es tal vez un esfuerzo. Perturba la unidad del espíritu. Ahora había cesado ese esfuerzo y la unidad se había restablecido, mediante el espectáculo de dos personas que se juntaban y subían a un taxi. La mente es por cierto un órgano muy misterioso, reflexioné, (retirando mi cabeza de la ventana) del que no sabemos nada absolutamente, aunque dependamos de él por completo. ¿Por qué sentiré entonces que hay desacuerdos y oposiciones en la mente, como hay tiranteces por causas evidentes en el cuerpo? ¿Qué quiere uno decir con la "unidad de la mente"? pensé, pues la mente se puede concentrar con tal intensidad en cualquier punto que parece incapaz de un solo estado de ser. Por ejemplo: puede separarse a la gente de la calle, e imaginárselos aparte en una ventana elevada que los domina. O se puede pensar con otras personas espontáneamente, como en el caso de una multitud que espera que le lean una noticia. Puede traspensar, a través de su padres o de sus madres, como ya dije que las mujeres escriben a través de sus madres. Además, si uno es mujer, la suele sorprender una brusca división de la conciencia —digamos al bajar por Whitehall— cuando deja de ser la natural heredera de esa civilización y se siente exterior, forastera y crítica. Es claro que la mente siempre está variando su foco, y ensayando diversas perspectivas con el mundo. Pero ciertos estados de conciencia, aunque adoptados con toda espontaneidad, parecen menos cómodos que otros. Para persistir en ellos, uno sin querer reprime algo, y gradualmente la represión importa un esfuerzo. Pero debe haber un estado en el que uno puede persistir sin esfuerzo, porque no hay nada que reprimir. Y éste, quizá, pensé, volviendo de la ventana, es uno de ellos. Porque cuando vi la pareja subir al taxi, la mente sintió como si luego de dividida, se hubiera soldado de nuevo en una fusión natural. La evidente razón sería que lo natural es que los dos sexos cooperen. Hay un instinto profundo, aunque irracional, en pro de la teoría de que la unión del hombre y de la mujer procura la mayor satifacción, la felicidad más completa. Pero la vista de las dos personas subiendo al taxi y la satisfacción que me dio, hizo que me preguntara también si no habría dos sexos en el espíritu correspondientes a los dos en el cuerpo, y si no sería preciso juntarlos para lograr completa satisfacción y felicidad. Y me puse a delinear de cualquier manera un plano del alma, en el que dos poderes presidían, uno varón y otro hembra: y en el cerebro del hombre el varón predomina, y en el de la mujer la hembra. El estado normal y placentero es cuando están en armonía los dos, colaborando espiritualmente. Hasta en un hombre, la parte femenina del cerebro debe ejercer influencia; y tampoco la mujer debe rehuir contacto con el hombre que hay en ella.


Esa tal vez fue la intención de Coleridge cuando dijo que una gran inteligencia es andrógina. Cuando se opera esa fusión, la mente queda fecundada plenamente y dirige todas sus facultades. Quizá una mente del todo masculina no puede crear, así como tampoco una mente del todo femenina, pensé. Pero convendría saber lo que se entiende por mujeril viril, e inversamente por viril mujeril, deteniéndose a revisar un libro o dos.Cuando Coleridge dijo que toda gran inteligencia es andrógina, para nada pensó en una inteligencia que simpatizara especialmente con las mujeres; una inteligencia que defendiera su causa o se dedicara a su interpretación. Quizá la inteligencia andrógina propende menos a esas distinciones que la inteligencia de un solo sexo. Quería decir, tal vez, que la inteligencia andrógina es resonante y porosa; que trasmite sin dificultad la emoción; que es naturalmente creadora, indivisa e incandescente. De hecho, uno recurre a Shakespeare como arquetipo de la inteligencia andrógina, aunque ahora es imposible recuperar la opinión de Shakespeare sobre las mujeres. Y si es verdad que uno de los signos de la mente del todo desarrollada es que no piensa especial o separadamente en el sexo, ahora más que nunca es difícil alcanzar esa condición. Aquí llegué a los libros de escritores contemporáneos, y me detuve a sospechar si aquello no sería la causa de algo que me había intrigado por mucho tiempo. Ninguna época ha tenido una conciencia tan estridente del sexo como la nuestra; la prueba son esos innumerables libros en el Museo Británico, escritos por hombres acerca de mujeres. Sin duda les corresponde alguna culpa a las sufragistas. Deben haber despertado en los hombres un extraordinario deseo de autoafirmación; deben haberlos impulsado a enfatizar su propio sexo y sus características, cosa que no hubiera pasado sin ese desafío. El hombre desafiado, aunque no sea más que por unas cuantas mujeres de sombrero negro, reacciona, de manera un tanto excesiva: sobre todo, si es la primera vez en la Historia. Eso, tal vez, explica ciertas características que recuerdo haber encontrado aquí, pensé, tomando la reciente novela del señor A., que está en la plenitud de su vigor y que les agrada tanto a los críticos. La abrí. En verdad, era delicioso volver a leer lo escrito por un hombre. Era tan directo, tan de frente, después de lo escrito por las mujeres. Indicaba tal independencia de espíritu, tanta libertad de persona, tal confianza en sí mismo. Se sentía un bienestar casi físico ante esa mente libre, bien alimentada, bien educada, que nunca había sido torcida o contrariada, que había gozado de plena libertad desde que nació para estirarse como quisiera. Todo eso era admirable. Pero al cabo de un capítulo o dos una sombra pareció tenderse sobre la página. Era una raya bifurcada y oscura, una sombra de forma parecida a la palabra "yo". Uno trataba de esquivarse por cualquier lado para ver el paisaje detrás de la sombra. No se podía divisar si había un árbol o una mujer paseando. Siempre la palabra "yo" que me reclamaba. Uno empezaba a cansarse de "yo". No es que ese "yo" no fuera un "yo" de lo más respetable; honrado y consecuente, puro como una nuez, pulido por siglos de buena educación y buena comida. Desde el fondo del corazón respeto y admiro ese yo. Pero —aquí volví una página o dos, en busca de una cosa o de otra— lo peor es que a la sombra de la palabra "yo", todo es informe como la niebla. ¿Es eso un árbol? No, es una mujer. Pero —no tiene un hueso en el cuerpo, pensé, observando a Phoebe, pues tal era su nombre, atravesar la playa. Entonces Alan se levantó y la sombra de Alan borró inmediatamente a Phoebe. Porque Alan abundaba en opiniones y Phoebe estaba como ahogada en la pleamar de sus opiniones. Alan, pensé, también tiene pasiones; y aquí volví las páginas muy ligero, sintiendo que la crisis era inminente, y así fue. Sucedió al sol, en la playa. Estaba escrito con toda libertad. Estaba escrito con todo vigor. Nada pudo haber sido más indecente. Pero... ya he dicho "pero" demasiadas veces. No se puede seguir diciendo "pero". Hay que cerrar la frase de algún modo, me amonesté. Acaso la cerraré: "Pero —¡estoy aburrida" ¿Pero por qué estoy aburrida? En parte, por el predominio de la palabra "yo" y la aridez que proyecta su sombra, como la del haya gigante. Nada puede crecer ahí. Y en parte por otra razón más oscura. Parecía que en la mente del señor A. hubiera algún obstáculo, alguna traba que cegara el manantial de la energía creadora y lo redujera a límites estrechos. Y rememorando a la vez el almuerzo en Oxbridge y la ceniza del cigarrillo y el gato rabón y Tennyson y Christina Rossetti, me pareció posible que la traba estuviera ahí. Como él ya no canturrea en voz baja: "Ha caído una lágrima espléndida de la pasionaria en la puerta", cuando Phoebe cruza la playa; y ella no le contesta: "Mi corazón es como un pájaro cantor que tiene el nido en una rama sobre el agua", cuando Alan se acerca ¿qué puede hacer? Siendo (como en efecto lo es) honrado como el día y consecuente como el sol, hay una sola cosa que puede hacer. Y esa cosa la hace, justo es decirlo, una y otra vez (dije volviendo las páginas) y muchas otras veces- Y eso, añadí, consciente de la horrible naturaleza de mi confesión, parece algo aburrido. La indecencia de Shakespeare desentierra mil otras cosas en la mente de quien lo lee, y dista mucho de ser aburrida. Pero Shakespeare lo hace con gusto; el señor A., como dicen las niñeras, lo hace adrede. Lo hace protestando. Protesta contra la igualdad del otro sexo, afirmando su propia superioridad. Por eso está inhibido y trabado y molesto como lo hubiera estado Shakespeare si hubiera conocido a Miss Clough y a Miss Davies. Sin duda la literatura isabelina hubiera sido muy distinta de lo que fue si el movimiento feminista hubiera comenzado en el siglo dieciséis y no en el diecinueve.

Si mi teoría de los dos lados de la mente no es un error, lo masculino acaba de tomar conciencia de sí mismo —vale decir, los hombres ya no escriben sino con el lado viril de su cerebro. La mujer que los lee comete una equivocación, porque inevitablemente busca algo que no hallará. La facultad de sugestión es la que uno extraña, pensé, tomando al crítico señor B y leyendo, con mucho cuidado y mucha aplicación, sus notas sobre el arte de la poesía. Muy capaces eran, muy agudas y llenas de erudición; pero lo malo es que sus sentimientos no se comunicaban: su inteligencia estaba como aislada en cámaras distintas; ni un sonido iba de una a la otra. Cuando uno toma una sentencia del señor B,, ésta se cae al suelo, muerta; pero cuando uno toma una sentencia de Coleridge, ésta explota y da nacimiento a otras ideas de todas clases, y sólo de esa literatura cabe decir que tiene el secreto de la vida inmortal.


Pero sea cual fuera la razón, el hecho es deplorable. Porque significa —aquí yo estaba ante unos estantes de libros de Mr. Kipling y de Mr. Galsworthy— que algunas de las obras más bellas de los mayores escritores contemporáneos encuentran oídos sordos. Una mujer, por más que se esfuerce, no dará en ellas con esa fuente de vida inmortal que según los críticos está ahí. No es tan sólo porque celebran virtudes masculinas, imponen valores masculinos y describen el mundo de los hombres; es que hasta la emoción que las satura es incomprensible a una mujer. "Ya se viene, ya se acumula, ya está por reventar", uno empieza a decir mucho antes del fin. Ese cuadro caerá sobre la cabeza del viejo Jolyon; la sacudida lo matará; el viejo secretario pronunciará sobre él dos o tres palabras mortuorias; y todos los cisnes del Támesis romperán simultáneamente a cantar. Pero uno se escurrirá antes que eso suceda y se esconderá entre las matas, porque la emoción que es tan profunda, tan sutil y tan simbólica para un hombre, deja azorada a una mujer. Lo mismo pasa con aquellos oficiales de Mr. Kipling que vuelven la espalda, y sus Sembradores que siembran la Semilla, y sus Hombres que están solos con su Trabajo; y la Bandera —uno se avergüenza de tanta mayúscula como si la hubieran sorprendido espiando una orgía enteramente masculina. El hecho es que ni Mr.Kipling ni Mr. Galsworthy tienen una sola chispa de mujer. Por eso, todas sus cualidades le resultan a una mujer —si es lícito generalizar— toscas e inmaduras. Carecen de poder sugestivo. Y cuando un libro carece de poder sugestivo, no puede penetrar en la mente por más que golpee la superficie.


Y con ese humor desasosegado con que uno saca un libro y lo vuelve a guardar sin haberlo abierto, me puse a contemplar una edad futura de afirmativa y pura virilidad, como la que parecen presagiar las cartas de los profesores —las de Sir Walter Raleigh, por ejemplo— y la que los jefes de Italia ya han realizado. Porque un ambiente de irreparable virilidad predomina en Roma, y aunque la irreparable virilidad le convenga al estado, es permitido discutir sus efectos sobre el arte de la poesía. Sea lo que fuere, los periódicos informan que en Italia se experimenta alguna ansiedad por la novela. Ha habido una reunión de académicos cuyo fin "es promover el desarrollo de la novela italiana". "Hombres famosos por su cuna, o en las finanzas, en la industria o en las corporaciones fascistas" se reunieron el otro día a discutir el asunto, y enviaron un telegrama al Duce formulando el deseo "de que la era fascista produjera en breve un poeta digno de ella". Todos podemos participar en ese piadoso deseo, pero es dudoso que la poesía pueda salir de una incubadora. La poesía necesita de una madre, igual que de un padre. El poema fascista, es de temer, será un abortito horroroso, como los que uno ve en un frasco de vidrio en el museo de algún pueblo de campo. Esos monstruos nunca viven mucho, se ha dicho: uno jamás ha visto un prodigio de ésos segando pasto en una pradera. Dos cabezas en un cuerpo no contribuyen mucho a la longevidad.


Sin embargo, la culpa de todo esto, si uno desea echar la culpa, no es mayor en un sexo que en el otro. Todos los seductores y reformadores son responsables: Lady Bessborough cuando le mintió a Lord Granville; Miss Davies cuando le dijo la verdad a Mr. Grey. Todos cuantos han promovido un estado de conciencia sexual tienen la culpa, y son ellos los que me obligan, cuando quiero dar juego a mis facultades en un libro, a buscarlo en esa era feliz, anterior al nacimiento de Miss Davies y de Miss Clough, en que el escritor usaba igualmente los dos lados de su cerebro. Hay que volver a Shakespeare entonces, pues Shakespeare era andrógino; y así lo fueron Keats y Sterne y Cowper y Lamb y Coleridge. Shelley quizá era neutro. Milton y Ben Jonson eran tal vez un poco demasiado varones. Igual, Wordsworth y Tolstoi. En nuestros días Proust era del todo andrógino, si es que tal vez no era demasiado mujer. Pero esa falla es demasiado rara para que uno se queje, ya que sin alguna mixtura de esas, predomina la inteligencia y las otras facultades se endurecen y esterilizan. Sin embargo, me consolé con la reflexión de que tal vez se trata de una faz pasajera; mucho de lo que he dicho en homenaje a mi promesa de seguir el curso de mis pensamientos parecerá discutible a ustedes, que todavía no son mayores de edad.


Aún así, la primera sentencia que escribiría, dije, cruzando al escritorio y tomando la página encabezada Las mujeres y la novela, es que es fatal para el que escribe pensar en su sexo. Es fatal ser un hombre o una mujer pura y simplemente; hay que ser viril-mujeril o mujer-viril. Es fatal que una mujer acentúe una queja en lo más mínimo; es fatal que defienda cualquier causa hasta con razón; o que hable deliberadamente como mujer. La palabra fatal no es una metáfora, porque todo lo escrito, con ese prejuicio deliberado está condenado a la muerte. Deja de ser fertilizado. Por eficaz y deslumbrante, por magistral y poderoso que nos parezca un día o dos; tiene que marchitarse al atardecer; no puede crecer en las mentes de otros. Alguna colaboración debe realizarse en la inteligencia entre el hombre y la mujer antes que el acto de la creación se pueda cumplir. Algún enlace de contrarios tiene que haberse consumado. Toda la mente debe estar abierta de par en par y así tendremos la certeza de que el escritor está comunicando su experiencia con plenitud perfecta. Tiene que haber independencia y tiene que haber paz. No debe rechinar ni una rueda, ni chispear una luz. Las cortinas deben estar corridas. El escritor, pensé, una vez realizada su experiencia debe recostarse y dejar que su mente celebre su boda en la oscuridad. No tiene que mirar ni preguntar lo que está sucediendo. Tiene, más bien, que arrancar los pétalos de una rosa o fijarse en los cisnes que navegan serenamente río abajo. Y vi de nuevo la corriente que cargó con el bote y el estudiante y las hojas muertas; y el coche cargó con la mujer y el hombre, pensé, viéndolos juntarse en la calle, y la corriente los barrió, pensé, oyendo lejos el rugido del tráfico de Londres —a ese río tremendo.


Aquí, entonces, Mary Beton deja de hablar. Ya les ha dicho cómo arribó a la conclusión —la conclusión prosaica— de que es preciso tener quinientas libras al año y un cuarto con una cerradura en la puerta si quieren escribir novela o versos. Ha procurado desnudar los pensamientos o impresiones que le hicieron pensar así. Les ha pedido que la sigan cayendo en brazos de un Bedel, almorzando aquí, cenando allá, haciendo croquis en el Museo Británico, sacando libros del estante, mirando por la ventana. Mientras ella ha estado haciendo todas esas cosas, sin duda ustedes habrán observado sus fallas y debilidades y habrán determinado el efecto que éstos pueden tener en sus opiniones. Habrán estado contradiciéndola y haciendo los agregados y deducciones que les parecen bien. Eso está bien, porque en un asunto como éste la verdad sólo es asequible cotejando muchas variantes del error. Y ahora acabaré en primera persona, adelantándome a dos críticas, tan evidentes, que no prescindirán ustedes de hacerlas.


Pueden decir que no he expresado la menor opinión sobre los méritos comparativos de los sexos, aún como escritores. Esto ha sido a propósito, pues aunque el momento de semejante valoración hubiera llegado, y por ahora es más importante saber cuánto dinero tenían las mujeres y cuántos cuartos, que teorizar sobre sus capacidades —aunque el momento hubiera llegado, no creo que las dotes de inteligencia o de carácter, puedan pesarse como el azúcar y la manteca, ni aun en Cambridge, donde son tan amigos de clasificar las personas y de ponerles gorros en la cabeza y letras mayúsculas después de los nombres. No creo que el Cuadro de Prioridad que hay en el Almanaque de Whitaker represente un orden inapelable de valores, o que haya alguna razón suficiente para suponer que un Comendador de la Orden del Baño precederá definitivamente a un Defensor de Pobres. Toda esa polémica de sexo contra sexo, de cualidad contra cualidad; todo ese alarde de superioridad e imputación de inferioridad, pertenecen a esa etapa escolar de la evolución humana en que hay "lados", y es preciso que un "lado" le gane al otro y es de suma importancia ascender a una plataforma y recibir de manos del Director en persona una copa de lo más artística. Las personas, a medida que crecen, dejan de creer en "lados" o en Directores o en copas de lo más artísticas. Por lo demás, en lo concerniente a libros, es notoriamente difícil pegar etiquetas de mérito de modo que no se despeguen. ¿No son acaso las notas bibliográficas de literatura corriente una perpetua demostración de la dificultad de juzgar? "Este gran libro", "este libro nulo"; se aplican los dos nombres a un mismo libro. Elogio y vituperio nada significan. No, por delicioso que sea el pasatiempo de medir, es de todas las ocupaciones la más inútil, y someterse a los decretos de los mensores, la más servil de las actitudes. Escribir lo que uno quiere escribir, es lo único que importa, y que eso importe por siglos o por horas, es lo de menos. Pero sacrificar un pelo de la cabeza de su visión, un matiz de su color, para complacer a algún Director con una copa de plata en la mano, o a un profesor con una vara de medir en la manga, es la más abyecta traición, y el sacrificio de la fortuna y de la castidad, que se consideraba el mayor de los desastres humanos, es en comparación una simple picadura de pulga.


Pienso también que ustedes pueden objetar que he concedido demasiada importancia a las cosas materiales. Aunque me dejen un generoso margen de simbolismo, —aunque resuelvan que quinientas libras al año significan el poder de la introspección, y una cerradura en la puerta el poder de pensar por uno mismo— pueden sin embargo decir que la inteligencia debe sobreponerse a esas cosas; y que los grandes poetas fueron, a menudo, hombres pobres. Permítanme citar las palabras de su propio Profesor de Literatura, que sabe más que yo los elementos de que se hace un poeta. Sir Arthur Quiller-Couch escribe:

"¿Cuáles son los grandes nombres poéticos de los últimos cien años? Coleridge, Wordsworth, Byron, Shelley, Landor, Keats, Tennyson, Browning, Arnold, Morris, Rossetti, Swinburne —podemos detenernos ahí. Todos ellos, salvo Keats, Browning y Rossetti fueron universitarios; y de esos tres, el único que no tenía un pasar, fue Keats, que murió joven, tronchado en su plenitud. Suena brutal, y en efecto es triste decirlo; pero la teoría de que el genio poético sopla donde quiere, parejamente en ricos y pobres, tiene muy poco de verdad. De hecho, nueve de esos doce poetas eran universitarios; lo que quiere decir que de algún modo consiguieron la mejor educación que puede suministrar Inglaterra. De los tres restantes, bien saben ustedes que Browning era rico, y si no hubiera sido rico, no hubiera jamás escrito Saúl o El Anillo y el Libro. (Tampoco Ruskin hubiera alcanzado a escribir Pintores Modernos si a su padre no le hubiera ido bien en los negocios.) Rossetti gozaba de una pequeña renta particular, y además, pintaba. Sólo nos queda Keats, a quien Atropos mató joven,como mató a John Clare en un manicomio, y a James Thomson con el láudano que tomaba para narcotizar su fracaso. Tales hechos son espantosos, pero encarémoslos. Por deshonroso que sea para nosotros como nación, es indudable que por algún defecto en nuestra república, el poeta pobre no tenía en aquellos días, y hace doscientos años que no tiene, la menor oportunidad. Créanme —y he dedicado buena parte de diez años a vigilar unas trescientas veinte escuelas elementales—, hablamos mucho de nuestra democracia, pero en el día de hoy, un chico pobre en Inglaterra no tiene más posibilidad de alcanzar esa emancipación intelectual de la que nacen los grandes libros, que la que podía tener el hijo de un esclavo ateniense".


Imposible decir las cosas más claro. El poeta pobre no tenía en aquellos días, y hace doscientos años que no tiene, la menor oportunidad... "un chico pobre en Inglaterra no tiene más posibilidad de alcanzar esa emancipación intelectual de la que nacen los grandes libros, que la que podía tener el hijo de un esclavo ateniense". Así es. La independencia intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres han sido siempre pobres, no sólo por doscientos años, sino desde el principio del tiempo. Las mujeres han tenido menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses. Las mujeres, por consiguiente, no han tenido la menor oportunidad de escribir poesía. He insistido tanto por eso en la necesidad de tener dinero y un cuarto propio.Sin embargo, gracias a las fatigas de esas oscuras mujeres en el pasado, de las que desearía saber más, gracias (es bastante curioso) a dos guerras, la de Crimea, que sacó a Florence Nightingale de su sala, y la europea, que abrió las puertas a la mujer común unos sesenta años después, esos males van en camino de mejorar. De otro modo, no estarían ustedes aquí esta noche, y su oportunidad (bastante precaria) de ganar quinientas libras al año, sería del todo imperceptible.


Pero, objetarán ustedes, ¿a qué atribuir tanta importancia a la composición de libros por mujeres, cuando, según yo misma admito, requiere tanto esfuerzo, conduce tal vez a que uno asesine a su tía, hace con casi toda seguridad que uno llegue tarde a almorzar, y puede provocar discusiones graves con hombres muy simpáticos? Mis motivos, lo confieso, son en parte egoístas. Como la mayoría de las inglesas incultas, me gusta leer —me gusta leer libros en montón. Últimamente mi régimen ha sido algo monótono: la historia trata demasiado de guerras; la biografía, demasiado de grandes hombres; la poesía ha mostrado, me parece, una propensión a la esterilidad, y la novela —pero ya he destacado bastante mis incapacidades como crítica de la literatura moderna y no diré una palabra más. Por eso les ruego que escriban toda clase de libros, por trivial o por vasto que sea el tema. Por las buenas o por las malas, espero que ustedes adquirirán bastante dinero para haraganear y viajar, para considerar el porvenir o el pasado del mundo, para soñar sobre los libros y demorarse en las esquinas y dejar que la línea del pensamiento se sumerja hondo en el río. Porque no quiero que se limiten a la novela. Si quieren complacerme —y hay miles como yo— escribirán libros de viaje y aventuras, de investigación y de erudición, de historia y biografía y crítica y filosofía y ciencia. Con todo eso, adelantarán el arte de la novela. Porque los libros influyen unos en otros. La novela será mucho mejor si se codea con la filosofía y los versos. Además, basta considerar cualquier gran figura del pasado, como Safo, como la Murasaki, como Emilia Brontë, para ver que no es menos heredera que iniciadora, y que ha existido porque las mujeres ya estaban habituadas a escribir; de modo que hasta como preludio de la poesía tal actividad de parte de ustedes, será de gran valor.


Pero al revisar estas notas y criticar mi propio tren de ideas cuando las escribí, hallo que mis motivos no fueron del todo egoístas. Corre a través de estas divagaciones y comentarios la convicción —¿o será el instinto?- de que los buenos libros son deseables y de que los buenos escritores, aunque muestren todos los matices de la depravación humana, son, sin embargo, buenos seres humanos. Así, al pedirles que compongan más libros, les estoy pidiendo algo que será para su propio bien, y para bien del mundo. No sé de qué manera justificar esa fe o ese instinto, porque los términos filosóficos, —si uno carece de instrucción universitaria— suelen ser traicioneros. ¿Qué quiere decír "realidad"? Parecería que es algo muy imprevisible, muy caprichoso: algo que puede estar en un camino polvoriento, o en un diario roto en la calle, o ser un narciso en el sol. Ilumina un grupo de gente en un cuarto y destaca un dicho casual. Nos anonada cuando regresamos a casa bajo las estrellas, y hace que sea más real el mundo silencioso que el mundo de la palabra —y ahí está de nuevo en un ómnibus y en el tumulto de Piccadilly. A veces, también, parece habitar formas demasiado distantes para que discernamos su naturaleza. Pero hace permanente y fija todo lo que toca. Es lo que queda cuando la cáscara del día ha sido arrojada por la borda; es lo que queda del tiempo que pasó y de nuestros odios y amores. El escritor, pienso, tiene la suerte de vivir más que los otros en presencia de esta realidad. Su oficio es descubrirla y juntarla y comunicarla a los otros. Así lo infiero al menos, de la lectura de Lear o Emma o A la recherche du temps perdu. Pues la lectura de esas obras parece practicar una curiosa operación en los sentidos: uno ve después con más intensidad; el mundo está como desnudo de su envoltura y dotado de más intensa vida. Hay las personas envidiables que viven enemistadas con la irrealidad; hay los dignos de lástima que están anonadados por lo hecho, sin conocimiento y sin comprensión. Así, cuando les pido que ganen dinero y tengan un cuarto propio, les estoy pidiendo que vivan en presencia de la realidad; una vida estimulante, parece, puédase o no comunicarla.



Aquí me detendría, pero una convención decreta que todo discurso debe acabar con una peroración. Y una peroración dirigida a mujeres debería contener algo, ustedes convendrán, particularmente idealista y sublime. Yo debería suplicarles que recordaran sus responsabilidades, que fueran más espirituales, más elevadas; yo debería recordarles cuánto depende de ustedes, y qué influencia pueden ejercer en el porvenir. Pero esas exhortaciones pueden dejarse sin mayor peligro al otro sexo, que las expondrá, o mejor dicho ya las ha expuesto, con mayor elocuencia que la que yo puedo suministrar. Al revolver mi propio espíritu no encuentro el sentimiento noble de que todos somos compañeras e iguales y debemos encaminar el mundo a fines más altos. Me encuentro diciendo breve y prosaicamente que lo más importante es ser una misma. Ni piensen en influir en otras personas, yo les diría, si supiera decirlo de un modo noble. Piensen en las cosas en sí.


Y hojeando diarios y novelas y biografías, recuerdo que cuando una mujer habla a otras mujeres, debe tener una intención muy desagradable. Las mujeres son duras con las mujeres. A las mujeres las mujeres les desagradan. Las mujeres —¿pero no están hartas ustedes de esa palabra? Les aseguro que yo lo estoy. Convengamos, entonces, que una conferencia leída por una mujer a mujeres debe acabar de un modo particularmente desagradable.


Pero ¿cómo proseguir?, ¿de qué pensar? Lo cierto es que me suelen gustar las mujeres. Me gusta su falta de convencionalidad. Me gusta su entereza. Me gusta su anonimia. Me gusta —pero no debo soltarme de esta manera. Ese armario —ustedes dicen que está lleno de servilletas limpias ¿pero si Sir Archibald Bodkin estuviera escondido entre ellas? Permítanme adoptar un tono más severo. ¿Les he comunicado con el necesario vigor las amonestaciones y la reprobación de los hombres? En todo caso, les he repetido el bajo concepto en que las tenia Mr. Oscar Browning. Les he indicado lo que Napoleón pensaba de ustedes y lo que piensa Mussolini. Además, por si alguna de ustedes piensa en hacer novelas, he copiado para su gobierno, aquella advertencia de un crítico sobre el convencimiento valeroso de las limitaciones de nuestro sexo. He aludido al profesor X y he destacado su afirmación de que la mujer es intelectual, moral y físicamente inferior al hombre. He transmitido todo lo que he encontrado sin ir a buscarlo, y ahora les traigo una advertencia final —de Mr. John Langdon Davies.(1) Mr. John Langdon Davies nos advierte que "cuando los niños dejan de ser del todo deseables, las mujeres dejan de ser del todo necesarias". Espero que ustedes tomarán nota.


¿Cómo alentarlas de otro modo a encarar el riesgo de la vida? Señoritas, les diría yo, y escúchenme bien, pues la peroración ya empieza, en mi entender todas ustedes son vergonzosamente ignorantes. Jamás han descubierto nada que valga. Jamás han sacudido un imperio o capitaneado un ejército. Los dramas de Shakespeare no los escribieron ustedes, y nunca han introducido en un pueblo bárbaro los beneficios de la civilización. ¿Qué disculpa tienen? Ustedes argüirán, señalando las calles y las plazas y los bosques del mundo, repletos de habitantes negros y blancos y color café, atareados todos en el comercio, en las empresas y en el amor, que hemos tenido entre manos otra tarea. Sin ella, esos mares estarían sin navegar y esas tierras serían un páramo. Hemos concebido y criado y lavado y enseñado, tal vez hasta los seis o siete años, los mil seiscientos veintitrés millones de seres humanos que ahora pueblan el mundo, según el atlas, y eso también toma su tiempo.


Es verdad lo que ustedes dicen —no lo discuto. Pero ¿me permitirán recordarles que desde 1866 hay a lo menos dos colegios para mujeres en Inglaterra; que desde 1880 la ley permite a la mujer casada el manejo de sus propios bienes; y que en 1919 —hace ya nueve años — le concedieron el voto? ¿Puedo recordarles también que hace casi diez años, les están abiertas la mayoría de las profesiones? Tomen en cuenta esos privilegios enormes y el tiempo que han estado gozando de ellos, y el hecho de que habrá en este momento unas dos mil mujeres capaces de ganar más de quinientas libras al año, y convendrán que ya no sirve para nada la excusa de falta de oportunidad, preparación, estímulo, tiempo y dinero. Además, los economistas están diciéndonos que Mrs. Seton ha tenido demasiados hijos. Por supuesto, ustedes deben proseguir teniendo hijos, pero, según parece, de a dos o tres, no de a diez o de a doce.


Así, con algún tiempo disponible y algún recuerdo de lecturas en la cabeza —ya han aprendido bastante de otra manera, y sospecho que las mandan a la universidad, para que las deseduquen— ya pueden emprender otra etapa de su muy larga, muy trabajosa y altamente oscura carrera. Mil escritores abundan en sugestiones de lo que deben hacer y del efecto que tendrán. Mi propia sugestión es algo fantástica; prefiero, por consiguiente, darle forma de fábula.


Les he dicho en el curso de esta conferencia que Shakespeare tenía una hermana; pero no la busquen en la auténtica biografía de Sir Sidney Lee. Murió joven — ay, nunca escribió una línea. Está sepultada donde ahora se paran los ómnibus, frente al Elefante y la Torre. Mi credo es que esa poeta que jamás escribió una línea y que yace en la encrucijada, vive todavía. Vive en ustedes y en mí y en muchas otras mujeres que no nos acompañan esta noche, porque están lavando los platos y acostando a los chicos. Pero vive, porque los grandes poetas no mueren: son presencias continuas; sólo precisan una oportunidad para andar entre nosotros de carne y hueso. Pienso que en breve, ustedes le podrán ofrecer esa oportunidad. Porque mi credo es que si perduramos un siglo o dos —hablo de la vida común que es la verdadera y no de las pequeñas vidas aisladas que vivimos como individuos— y tenemos quinientas libras al año y un cuarto propio; si nos adiestramos en la libertad y en el coraje de escribir exactamente lo que pensamos; si nos escapamos un poco de la sala común y vemos a los seres humanos no ya en su relación recíproca, sino en su relación con la realidad; si miramos los árboles y el cielo tales como son; sí miramos más allá del cuco de Milton, porque no hay ser humano que deba taparnos la vista;'si encaramos el hecho (porque es un hecho) de que no hay brazo en que apoyarnos y de que andamos solas y de que estamos en el mundo de la realidad y no sólo en el mundo de los hombres y las mujeres, entonces la oportunidad surgirá y la poeta muerta que fue la hermana de Shakespeare se pondrá el cuerpo que tantas veces ha depuesto. Derivando su vida de las vidas desconocidas que la precedieron, como su hermano lo hizo antes que ella, habrá de nacer. Esperar que venga sin esa preparación, sin ese esfuerzo nuestro, sin esa resolución de que cuando renazca le será posible vivir y escribir su poesía, es del todo imposible. Pero sostengo que vendrá si trabajamos por ella y que vale la pena trabajar hasta en la oscuridad y en la pobreza.
(1) Breve Historia de la Mujer, por John Langdon Davies.


Del Capítulo Sexto, el último,

de Un cuarto propio

Virginia Woolf


(Traducción de Jorge Luis Borges)


A Room of One's Own


Six

Next day the light of the October morning was falling in dusty shafts through the uncurtained windows, and the hum of traffic rose from the street. London then was winding itself up again; the factory was astir; the machines were beginning. It was tempting, after all this reading, to look out of the window and see what London was doing on the morning of the 26th of October 1928. And what was London doing? Nobody, it seemed, was reading ANTONY AND CLEOPATRA. London was wholly indifferent, it appeared, to Shakespeare’s plays. Nobody cared a straw—and I do not blame them—for the future of fiction, the death of poetry or the development by the average woman of a prose style completely expressive of her mind. If opinions upon any of these matters had been chalked on the pavement, nobody would have stooped to read them. The nonchalance of the hurrying feet would have rubbed them out in half an hour. Here came an errand–boy; here a woman with a dog on a lead. The fascination of the London street is that no two people are ever alike; each seems bound on some private affair of his own. There were the business–like, with their little bags; there were the drifters rattling sticks upon area railings; there were affable characters to whom the streets serve for clubroom, hailing men in carts and giving infor mation without being asked for it. Also there were funerals to which men, thus suddenly reminded of the passing of their own bodies, lifted their hats. And then a very dis tinguished gentleman came slowly down a doorstep and paused to avoid collision with a bustling lady who had, by some means or other, acquired a splendid fur coat and a bunch of Parma violets. They all seemed separate, selfabsorbed, on business of their own.

At this moment, as so often happens in London, there was a complete lull and suspension of traffic. Nothing came down the street; nobody passed. A single leaf detached itself from the plane tree at the end of the street, and in that pause and suspension fell. Somehow it was like a signal falling, a signal pointing to a force in things which one had overlooked. It seemed to point to a river, which flowed past, invisibly, round the corner, down the street, and took people and eddied them along, as the stream at Oxbridge had taken the undergraduate in his boat and the dead leaves. Now it was bringing from one side of the street to the other diagonally a girl in patent leather boots, and then a young man in a maroon overcoat; it was also bringing a taxi–cab; and it brought all three together at a point directly beneath my window; where the taxi stopped; and the girl and the young man stopped; and they got into the taxi; and then the cab glided off as if it were swept on by the current elsewhere.

The sight was ordinary enough; what was strange was the rhythmical order with which my imagination had invested it; and the fact that the ordinary sight of two people getting into a cab had the power to communicate something of their own seeming satisfaction. The sight of two people coming down the street and meeting at the corner seems to ease the mind of some strain, I thought, watching the taxi turn and make off. Perhaps to think, as I had been thinking these two days, of one sex as distinct from the other is an effort. It interferes with the unity of the mind. Now that effort had ceased and that unity had been restored by seeing two people come together and get into a taxicab. The mind is certainly a very mysterious organ, I reflected, drawing my head in from the window, about which nothing whatever is known, though we depend upon it so completely. Why do I feel that there are severances and oppositions in the mind, as there are strains from obvious causes on the body? What does one mean by ‘the unity of the mind’? I pondered, for clearly the mind has so great a power of concentrating at any point at any moment that it seems to have no single state of being. It can separate itself from the people in the street, for example, and think of itself as apart from them, at an upper window looking down on them. Or it can think with other people spontaneously, as, for instance, in a crowd waiting to hear some piece of news read out. it can think back through its fathers or through its mothers, as I have said that a woman writing thinks back through her mothers. Again if one is a woman one is often surprised by a sudden splitting off of consciousness, say in walking down Whitehall, when from being the natural inheritor of that civilization, she becomes, on the contrary, outside of it, alien and critical. Clearly the mind is always altering its focus, and bringing the world into different perspectives. But some of these states of mind seem. even if adopted spontaneously, to be less comfortable than others. In order to keep oneself continuing in them one is unconsciously holding something back, and gradually the repression becomes an effort. But there may be some state of mind in which one could continue without effort because nothing is required to be held back. And this perhaps, I thought, coming in from the window, is one of them. For certainly when I saw the couple get into the taxicab the mind felt as if, after being divided, it had come together again in a natural fusion. The obvious reason would be that it is natural for the sexes to co–operate. One has a profound, if irrational, instinct in favour of the theory that the union of man and woman makes for the greatest satisfaction, the most complete happiness. But the sight of the two people getting into the taxi and the satisfaction it gave me made me also ask whether there are two sexes in the mind corresponding to the two sexes in the body, and whether they also require to be united in order to get complete satisfaction and happiness? And I went on amateurishly to sketch a plan of the soul so that in each of us two powers preside, one male, one female; and in the man’s brain the man predominates over the woman, and in the woman’s brain the woman predominates over the man. The normal and comfortable state of being is that when the two live in harmony together, spiritually co–operating. If one is a man, still the woman part of his brain must have effect; and a woman also must have intercourse with the man in her. Coleridge perhaps meant this when he said that a great mind is androgynous. It is when this fusion takes place that the mind is fully fertilized and uses all its faculties. Perhaps a mind that is purely masculine cannot create, any more than a mind that is purely feminine, I thought. But it would he well to test what one meant by manwomanly, and conversely by woman–manly, by pausing and looking at a book or two.

Coleridge certainly did not mean, when he said that a great mind is androgynous, that it is a mind that has any special sympathy with women; a mind that takes up their cause or devotes itself to their interpretation. Perhaps the androgynous mind is less apt to make these distinctions than the single–sexed mind. He meant, perhaps, that the androgynous mind is resonant and porous; that it transmits emotion without impediment; that it is naturally creative, incandescent and undivided. In fact one goes back to Shakespeare’s mind as the type of the androgynous, of the manwomanly mind, though it would be impossible to say what Shakespeare thought of women. And if it be true that it is one of the tokens of the fully developed mind that it does not think specially or separately of sex, how much harder it is to attain that condition now than ever before. Here I came to the books by living writers, and there paused and wondered if this fact were not at the root of something that had long puzzled me. No age can ever have been as stridently sex–conscious as our own; those innumerable books by men about women in the British Museum are a proof of it. The Suffrage campaign was no doubt to blame. It must have roused in men an extraordinary desire for selfassertion; it must have made them lay an emphasis upon their own sex and its characteristics which they would not have troubled to think about had they not been challenged. And when one is challenged, even by a few women in black bonnets, one retaliates, if one has never been challenged before, rather excessively. That perhaps accounts for some of the characteristics that I remember to have found here, I thought, taking down a new novel by Mr A, who is in the prime of life and very well thought of, apparently, by the reviewers. I opened it. Indeed, it was delightful to read a man’s writing again. It was so direct, so straightforward after the writing of women. It indicated such freedom of mind, such liberty of person, such confidence in himself. One had a sense of physical well–being in the presence of this well–nourished, well–educated, free mind, which had never been thwarted or opposed, but had had full liberty from birth to stretch itself in whatever way it liked. All this was admirable. But after reading a chapter or two a shadow seemed to lie across the page. it was a straight dark bar, a shadow shaped something like the letter ‘I’. One began dodging this way and that to catch a glimpse of the landscape behind it. Whether that was indeed a tree or a woman walking I was not quite sure. Back one was always hailed to the letter ‘I’. One began to be tired of ‘I’. Not but what this ‘I’ was a most respectable ‘I’; honest and logical; as hard as a nut, and polished for centuries by good teaching and good feeding. I respect and admire that ‘I’ from the bottom of my heart. But—here I turned a page or two, looking for something or other the worst of it is that in the shadow of the letter ‘I’ all is shapeless as mist. Is that a tree? No, it is a woman. But . . . she has not a bone in her body, I thought, watching Phoebe, for that was her name, coming across the beach. Then Alan got up and the shadow of Alan at once obliterated Phoebe. For Alan had views and Phoebe was quenched in the flood of his views. And then Alan, I thought, has passions; and here I turned page after page very fast, feeling that the crisis was approaching, and so it was. It took place on the beach under the sun. It was done very openly. It was done very vigorously. Nothing could have been more indecent. But . . . I had said ‘but’ too often. One cannot go on saying ‘but’. One must finish the sentence somehow, I rebuked myself. Shall I finish it, ‘But—I am bored!’ But why was I bored? Partly because of the dominance of the letter ‘I’ and the aridity, which, like the giant beech tree, it casts within its shade. Nothing will grow there. And partly for some more obscure reason. There seemed to be some obstacle, some impediment in Mr A’s mind which blocked the fountain of creative energy and shored it within narrow limits. And remembering the lunch party at Oxbridge, and the cigarette ash and the Manx cat and Tennyson and Christina Rossetti all in a bunch, it seemed possible that the impediment lay there. As he no longer hums under his breath, ‘There has fallen a splendid tear from the passion–flower at the gate’, when Phoebe crosses the beach, and she no longer replies, ‘My heart is like a singing bird whose nest is in a water’d shoot’, when Alan approaches what can he do? Being honest as the day and logical as the sun, there is only one thing he can do. And that he does, to do him justice, over and over (I said turning the pages) and over again. And that, I added, aware of the awful nature of the confession, seems somehow dull. Shakespeare’s indecency uproots a thousand other things in one’s mind, and is far from being dull. But Shakespeare does it for pleasure; Mr A, as the nurses say, does it on purpose. He does it in protest. He is protesting against the equality of the other sex by asserting his own superiority. He is therefore impeded and inhibited and selfconscious as Shakespeare might have been if he too had known Miss Clough and Miss Davies. Doubtless Elizabethan literature would have been very different from what it is if the women’s movement had begun in the sixteenth century and not in the nineteenth.

What, then, it amounts to, if this theory of the two sides of the mind holds good, is that virility has now become self–conscious–men, that is to say, are now writing only with the male side of their brains. It is a mistake for a woman to read them, for she will inevitably look for something that she will not find. It is the power of suggestion that one most misses, I thought, taking Mr B the critic in my hand and reading, very carefully and very dutifully, his remarks upon the art of poetry. Very able they were, acute and full of learning; but the trouble was that his feelings no longer communicated; his mind seemed separated into different chambers; not a sound carried from one to the other. Thus, when one takes a sentence of Mr B into the mind it falls plump to the ground—dead; but when one takes a sentence of Coleridge into the mind, it explodes and gives birth to all kinds of other ideas, and that is the only sort of writing of which one can say that it has the secret of perpetual life.

But whatever the reason may be, it is a fact that one must deplore. For it means—here I had come to rows of books by Mr Galsworthy and Mr Kipling—that some of the finest works of our greatest living writers fall upon deaf cars. Do what she will a woman cannot find in them that fountain of perpetual life which the critics assure her is there. It is not only that they celebrate male virtues, enforce male values and describe the world of men; it is that the emotion with which these books are permeated is to a woman incomprehensible. It is coming, it is gathering, it is about to burst on one’s head, one begins saying long before the end. That picture will fall on old Jolyon’s head; he will die of the shock; the old clerk will speak over him two or three obituary words; and all the swans on the Thames will simultaneously burst out singing. But one will rush away before that happens and hide in the gooseberry bushes, for the emotion which is so deep, so subtle, so symbolical to a man moves a woman to wonder. So with Mr Kipling’s officers who turn their Backs; and his Sowers who sow the Seed; and his Men who are alone with their Work; and the Flag—one blushes at all these capital letters as if one had been caught eavesdropping at some purely masculine orgy. The fact is that neither Mr Galsworthy nor Mr Kipling has a spark of the woman in him. Thus all their qualities seem to a woman, if one may generalize, crude and immature. They lack suggestive power. And when a book lacks suggestive power, however hard it hits the surface of the mind it cannot penetrate within.

And in that restless mood in which one takes books out and puts them back again without looking at them I began to envisage an age to come of pure, of self–assertive virility, such as the letters of professors (take Sir Walter Raleigh’s letters, for instance) seem to forebode, and the rulers of Italy have already brought into being. For one can hardly fail to be impressed in Rome by the sense of unmitigated masculinity; and whatever the value of unmitigated masculinity upon the state, one may question the effect of it upon the art of poetry. At any rate, according to the newspapers, there is a certain anxiety about fiction in Italy. There has been a meeting of academicians whose object it is ‘to develop the Italian novel’. ‘Men famous by birth, or in finance, industry or the Fascist corporations’ came together the other day and discussed the matter, and a telegram was sent to the Duce expressing the hope ‘that the Fascist era would soon give birth to a poet worthy of it’. We may all join in that pious hope, but it is doubtful whether poetry can come of an incubator. Poetry ought to have a mother as well as a father. The Fascist poem, one may fear, will be a horrid little abortion such as one sees in a glass jar in the museum of some county town. Such monsters never live long, it is said; one has never seen a prodigy of that sort cropping grass in a field. Two heads on one body do not make for length of life.

However, the blame for all this, if one is anxious to lay blame, rests no more upon one sex than upon the other. All seducers and reformers are responsible: Lady Bessborough when she lied to Lord Granville; Miss Davies when she told the truth to Mr Greg. All who have brought about a state of sex–consciousness are to blame, and it is they who drive me, when I want to stretch my faculties on a book, to seek it in that happy age, before Miss Davies and Miss Clough were ‘born, when the writer used both sides of his mind equally. One must turn back to Shakespeare then, for Shakespeare was androgynous; and so were Keats and Sterne and Cowper and Lamb and Coleridge. Shelley perhaps was sexless. Milton and Ben Jonson had a dash too much of the male in them. So had Wordsworth and Tolstoi. In our time Proust was wholly androgynous, if not perhaps a little too much of a woman. But that failing is too rare for one to complain of it, since without some mixture of the kind the intellect seems to predominate and the other faculties of the mind harden and become barren. However, I consoled myself with the reflection that this is perhaps a passing phase; much of what I have said in obedience to my promise to give you the course of my thoughts will seem out of date; much of what flames in my eyes will seem dubious to you who have not yet come of age.

Even so, the very first sentence that I would write here, I said, crossing over to the writing–table and taking up the page headed Women and Fiction, is that it is fatal for anyone who writes to think of their sex. It is fatal to be a man or woman pure and simple; one must be woman–manly or man–womanly. It is fatal for a woman to lay the least stress on any grievance; to plead even with justice any cause; in any way to speak consciously as a woman. And fatal is no figure of speech; for anything written with that conscious bias is doomed to death. It ceases to be fertilized. Brilliant and effective, powerful and masterly, as it may appear for a day or two, it must wither at nightfall; it cannot grow in the minds of others. Some collaboration has to take place in the mind between the woman and the man before the art of creation can be accomplished. Some marriage of opposites has to be consummated. The whole of the mind must lie wide open if we are to get the sense that the writer is communicating his experience with perfect fullness. There must be freedom and there must be peace. Not a wheel must grate, not a light glimmer. The curtains must be close drawn. The writer, I thought, once his experience is over, must lie back and let his mind celebrate its nuptials in darkness. He must not look or question what is being done. Rather, he must pluck the petals from a rose or watch the swans float calmly down the river. And I saw again the current which took the boat and the under–graduate and the dead leaves; and the taxi took the man and the woman, I thought, seeing them come together across the street, and the current swept them away, I thought, hearing far off the roar of London’s traffic, into that tremendous stream.

Here, then, Mary Beton ceases to speak. She has told you how she reached the conclusion—the prosaic conclusion—that it is necessary to have five hundred a year and a room with a lock on the door if you are to write fiction or poetry. She has tried to lay bare the thoughts and impressions that led her to think this. She has asked you to follow her flying into the arms of a Beadle, lunching here, dining there, drawing pictures in the British Museum, taking books from the shelf, looking out of the window. While she has been doing all these things, you no doubt have been observing her failings and foibles and deciding what effect they have had on her opinions. You have been contradicting her and making whatever additions and deductions seem good to you. That is all as it should be, for in a question like this truth is only to be had by laying together many varieties of error. And I will end now in my own person by anticipating two criticisms, so obvious that you can hardly fail to make them.

No opinion has been expressed, you may say, upon the comparative merits of the sexes even as writers. That was done purposely, because, even if the time had come for such a valuation—and it is far more important at the moment to know how much money women had and how many rooms than to theorize about their capacities—even if the time had come I do not believe that gifts, whether of mind or character, can be weighed like sugar and butter, not even in Cambridge, where they are so adept at putting people into classes and fixing caps on their heads and letters after their names. I do not believe that even the Table of Pre cedency which you will find in Whitaker’s ALMANAC repre sents a final order of values, or that there is any sound reason to suppose that a Commander of the Bath will ultimately walk in to dinner behind a Master in Lunacy. All this pitting of sex against sex, of quality against quality; all this claiming of superiority and imputing of inferiority. belong to the private–school stage of human existence where there are ‘sides’, and it is necessary for one side to beat another side, and of the utmost importance to walk up to a platform and receive from the hands of the Headmaster himself a highly ornamental pot. As people mature they cease to believe in sides or in Headmasters or in highly ornamental pots. At any rate, where books are concerned, it is notoriously difficult to fix labels of merit in such a way that they do not come off. Are not reviews of current literature a perpetual illustration of the difficulty of judgement? ‘This great book’, ‘this worthless book’, the same book is called by both names. Praise and blame alike mean nothing. No, delightful as the pastime of measuring may be, it is the most futile of all occupations, and to submit to the decrees of the measurers the most servile of attitudes. So long as you write what you wish to write, that is all that matters; and whether it matters for ages or only for hours, nobody can say. But to sacrifice a hair of the head of your vision, a shade of its colour, in deference to some Headmaster with a silver pot in his hand or to some professor with a measuring–rod up his sleeve, is the most abject treachery, and the sacrifice of wealth and chastity which used to be said to be the greatest of human disasters, a mere flea–bite in comparison.

Next I think that you may object that in all this I have made too much of the importance of material things. Even allowing a generous margin for symbolism, that five hundred a year stands for the power to contemplate, that a lock on the door means the power to think for oneself, still you may say that the mind should rise above such things; and that great poets have often been poor men. Let me then quote to you the words of your own Professor of Literature, who knows better than I do what goes to the making of a poet. Sir Arthur Quiller–Couch writes:(1)


‘What are the great poetical names of the last hundred years or so? Coleridge, Wordsworth, Byron, Shelley, Landor, Keats, Tennyson, Browning, Arnold, Morris, Rossetti, Swinburne—we may stop there. Of these, all but Keats, Browning, Rossetti were University men, and of these three, Keats, who died young, cut off in his prime, was the only one not fairly well to do. It may seem a brutal thing to say, and it is a sad thing to say: but, as a matter of hard fact, the theory that poetical genius bloweth where it listeth, and equally in poor and rich, holds little truth. As a matter of hard fact, nine out of those twelve were University men: which means that somehow or other they procured the means to get the best education England can give. As a matter of hard fact, of the remaining three you know that Browning was well to do, and I challenge you that, if he had not been well to do, he would no more have attained to write SAUL or THE RING AND THE BOOK than Ruskin would have attained to writing MODERN PAINTERS if his father had not dealt prosperously in business. Rossetti had a small private income; and, moreover, he painted. There remains but Keats; whom Atropos slew young, as she slew John Clare in a mad–house, and James Thomson by the laudanum he took to drug disappointment. These are dreadful facts, but let us face them. It is—however dishonouring to us as a nation—certain that, by some fault in our commonwealth, the poor poet has not in these days, nor has had for two hundred years, a dog’s chance. Believe me—and I have spent a great part of ten years in watching some three hundred and twenty elementary schools, we may prate of democracy, but actually, a poor child in England has little more hope than had the son of an Athenian slave to be emancipated into that intellectual freedom of which great writings are born.’

Nobody could put the point more plainly. ‘The poor poet has not in these days, nor has had for two hundred years, a dog’s chance . . . a poor child in England has little more hope than had the son of an Athenian slave to be emancipated into that intellectual freedom of which great writings are born.’ That is it. Intellectual freedom depends upon material things. Poetry depends upon intellectual freedom. And women have always been poor, not for two hundred years merely, but from the beginning of time. Women have had less intellectual freedom than the sons of Athenian slaves. Women, then, have not had a dog’s chance of writing poetry. That is why I have laid so much stress on money and a room of one’s own. However, thanks to the toils of those obscure women in the past, of whom I wish we knew more, thanks, curiously enough to two wars, the Crimean which let Florence Nightingale out of her drawing–room, and the European War which opened the doors to the average woman some sixty years later, these evils are in the way to be bettered. Otherwise you would not be here tonight, and your chance of earning five hundred pounds a year, precarious as I am afraid that it still is, would be minute in the extreme.

Still, you may object, why do you attach so much importance to this writing of books by women when, according to you, it requires so much effort, leads perhaps to the murder of one’s aunts, will make one almost certainly late for luncheon, and may bring one into very grave disputes with certain very good fellows? My motives, let me admit, are partly selfish. Like most uneducated Englishwomen, I like reading—I like reading books in the bulk. Lately my diet has become a trifle monotonous; history is too much about wars; biography too much about great men; poetry has shown, I think, a tendency to sterility, and fiction but I have sufficiently exposed my disabilities as a critic of modern fiction and will say no more about it. Therefore I would ask you to write all kinds of books, hesitating at no subject however trivial or however vast. By hook or by crook, I hope that you will possess yourselves of money enough to travel and to idle, to contemplate the future or the past of the world, to dream over books and loiter at street corners and let the line of thought dip deep into the stream. For I am by no means confining you to fiction. If you would please me—and there are thousands like me—you would write books of travel and adventure, and research and scholarship, and history and biography, and criticism and philosophy and science. By so doing you will certainly profit the art of fiction. For books have a way of influencing each other. Fiction will be much the better for standing cheek by jowl with poetry and philosophy. Moreover, if you consider any great figure of the past, like Sappho, like the Lady Murasaki, like Emily Brontë, you will find that she is an inheritor as well as an originator, and has come into existence because women have come to have the habit of writing naturally; so that even as a prelude to poetry such activity on your part would be invaluable.

But when I look back through these notes and criticize my own train of thought as I made them, I find that my motives were not altogether selfish. There runs through these comments and discursions the conviction—or is it the instinct?—that good books are desirable and that good writers, even if they show every variety of human depravity, are still good human beings. Thus when I ask you to write more books I am urging you to do what will be for your good and for the good of the world at large. How to justify this instinct or belief I do not know, for philosophic words, if one has not been educated at a university, are apt to play one false. What is meant by ‘reality’? It would seem to be something very erratic, very undependable—now to be found in a dusty road, now in a scrap of newspaper in the street, now a daffodil in the sun. It lights up a group in a room and stamps some casual saying. It overwhelms one walking home beneath the stars and makes the silent world more real than the world of speech—and then there it is again in an omnibus in the uproar of Piccadilly. Sometimes, too, it seems to dwell in shapes too far away for us to discern what their nature is. But whatever it touches, it fixes and makes permanent. That is what remains over when the skin of the day has been cast into the hedge; that is what is left of past time and of our loves and hates. Now the writer, as I think, has the chance to live more than other people in the presence of this reality. It is his business to find it and collect it and communicate it to the rest of us. So at least I infer from reading LEAR or EMMA or LA RECHERCHE DU TEMPS PERDU. For the reading of these books seems to perform a curious couching operation on the senses; one sees more intensely afterwards; the world seems bared of its covering and given an intenser life. Those are the enviable people who live at enmity with unreality; and those are the pitiable who are knocked on the head by the thing done without knowing or caring. So that when I ask you to earn money and have a room of your own, I am asking you to live in the presence of reality, an invigorating life, it would appear, whether one can impart it or not.

Here I would stop, but the pressure of convention decrees that every speech must end with a peroration. And a peroration addressed to women should have something, you will agree, particularly exalting and ennobling about it. I should implore you to remember your responsibilities, to be higher, more spiritual; I should remind, you how much depends upon you, and what an influence you can exert upon the future. But those exhortations can safely, I think, be left to the other sex, who will put them, and indeed have put them, with far greater eloquence than I can compass. When I rummage in my own mind I find no noble sentiments about being companions and equals and influencing the world to higher ends. I find myself saying briefly and prosaically that it is much more important to be oneself than anything else. Do not dream of influencing other people, I would say, if I knew how to make it sound exalted. Think of things in themselves.

And again I am reminded by dipping into newspapers and novels and biographies that when a woman speaks to women she should have something very unpleasant up her sleeve. Women are hard on women. Women dislike women. Women—but are you not sick to death of the word? I can assure you that I am. Let us agree, then, that a paper read by a woman to women should end with something particularly disagreeable.

But how does it go? What can I think of? The truth is, I often like women. I like their unconventionality. I like their completeness. I like their anonymity. I like—but I must not run on in this way. That cupboard there,—you say .it holds clean table–napkins only; but what if Sir Archibald Bodkin were concealed among them? Let me then adopt a sterner tone. Have I, in the preceding words, conveyed to you sufficiently the warnings and reprobation of mankind? I have told you the very low opinion in which you were held by Mr Oscar Browning. I have indicated what Napoleon once thought of you and what Mussolini thinks now. Then, in case any of you aspire to fiction, I have copied out for your benefit the advice of the critic about courageously acknowledging the limitations of your sex. I have referred to Professor X and given prominence to his statement that women are intellectually, morally and physically inferior to men. I have handed on all that has come my way without going in search of it, and here is a final warning—from Mr John Langdon Davies.(2) Mr John Langdon Davies warns women ‘that when children cease to be altogether desirable, women cease to be altogether necessary’. I hope you will make a note of it.


How can I further encourage you to go about the business of life? Young women, I would say, and please attend, for the peroration is beginning, you are, in my opinion, disgracefully ignorant. You have never made a discovery of any sort of importance. You have never shaken an empire or led an army into battle. The plays of Shakespeare are not by you, and you have never introduced a barbarous race to the blessings of civilization. What is your excuse? It is all very well for you to say, pointing to the streets and squares and forests of the globe swarming with black and white and coffee–coloured inhabitants, all busily engaged in traffic and enterprise and love–making, we have had other work on our hands. Without our doing, those seas would be unsailed and those fertile lands a desert. We have borne and bred and washed and taught, perhaps to the age of six or seven years, the one thousand six hundred and twentythree million human beings who are, according to statistics, at present in existence, and that, allowing that some had help, takes time.

There is truth in what you say—I will not deny it. But at the same time may I remind you that there have been at least two colleges for women in existence in England since the year 1866; that after the year 1880 a married woman was allowed by law to possess her own property; and that in 1919—which is a whole nine years ago she was given a vote? May I also remind you that most of the professions have been open to you for close on ten years now? When you reflect upon these immense privileges and the length of time during which they have been enjoyed, and the fact that there must be at this moment some two thousand women capable of earning over five hundred a year in one way or another, you will agree that the excuse of lack of opportunity, training, encouragement, leisure and money no longer holds good. Moreover, the economists are telling us that Mrs Seton has had too many children. You must, of course, go on bearing children, but, so they say, in twos and threes, not in tens and twelves.

Thus, with some time on your hands and with some book learning in your brains—you have had enough of the other kind, and are sent to college partly, I suspect, to be uneducated—surely you should embark upon another stage of your very long, very laborious and highly obscure career. A thousand pens are ready to suggest what you should do and what effect you will have. My own suggestion is a little fantastic, I admit; I prefer, therefore, to put it in the form of fiction.

I told you in the course of this paper that Shakespeare had a sister; but do not look for her in Sir Sidney Lee’s life of the poet. She died young—alas, she never wrote a word. She lies buried where the omnibuses now stop, opposite the Elephant and Castle. Now my belief is that this poet who never wrote a word and was buried at the cross–roads still lives. She lives in you and in me, and in many other women who are not here to–night, for they are washing up the dishes and putting the children to bed. But she lives; for great poets do not die; they are continuing presences; they need only the opportunity to walk among us in the flesh. This opportunity, as I think, it is now coming within your power to give her. For my belief is that if we live another century or so—I am talking of the common life which is the real life and not of the little separate lives which we live as individuals—and have five hundred a year each of us and rooms of our own; if we have the habit of freedom and the courage to write exactly what we think; if we escape a little from the common sitting–room and see human beings not always in their relation to each other but in relation to reality; and the sky. too, and the trees or whatever it may be in themselves; if we look past Milton’s bogey, for no human being should shut out the view; if we face the fact, for it is a fact, that there is no arm to cling to, but that we go alone and that our relation is to the world of reality and not only to the world of men and women, then the opportunity will come and the dead poet who was Shakespeare’s sister will put on the body which she has so often laid down. Drawing her life from the lives of the unknown who were her forerunners, as her brother did before her, she will be born. As for her coming without that preparation, without that effort on our part, without that determination that when she is born again she shall find it possible to live and write her poetry, that we cannot expect, for that would he impossible. But I maintain that she would come if we worked for her, and that so to work, even in poverty and obscurity, is worth while.



[1] THE ART OF WRITING, by Sir Arthur Quiller–Couch.

[2] A SHORT HISTORY OF WOMEN, by John Langdon Davies.





Virginia Woolf. Su verdadero nombre era Adeline Virginia Stephen (Gran Bretaña, 1882-1941). Novelista y crítica británica cuya técnica del monólogo interior y estilo poético se consideran entre las contribuciones más importantes a la novela moderna. Adeline Virginia Stephen, hija del biógrafo y filósofo Leslie Stephen, nació en Londres y estudió en su casa. Después de la muerte de su padre en 1905, habitó con su hermana Vanessa —pintora que se casaría con el crítico Clive Bell— y sus dos hermanos en una casa del barrio londinense de Bloomsbury que se convirtió en lugar de reunión de librepensadores y antiguos compañeros de universidad de su hermano mayor. En el grupo, conocido como Grupo de Bloomsbury, participó —además de Bell y otros intelectuales londinenses— el escritor Leonard Woolf, con quien se casó Virginia en 1912. En 1917 ambos fundaron la editorial Hogarth. Sus primeras novelas, Fin de viaje (1915), Noche y día (1919) y El cuarto de Jacob (1922), ponen de manifiesto su determinación por ampliar las perspectivas de la novela más allá del mero acto de la narración. En sus novelas siguientes, La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927), el argumento surge de la vida interior de los personajes, y los efectos psicológicos se logran a través de imágenes, símbolos y metáforas. Los personajes se despliegan gracias al flujo y reflujo de sus impresiones personales, sentimientos y pensamientos: un monólogo interior en el que los seres humanos y sus circunstancias normales aparecen como extraordinarios. Influida por el filósofo francés Henri Bergson, Woolf, como el escritor francés Marcel Proust, se adentra en la idea del tiempo. Los acontecimientos en La señora Dalloway abarcan un espacio de doce horas y el transcurso del tiempo se expresa a través de los cambios que paso a paso se suceden en el interior de los personajes, en la conciencia que tienen de sí mismos, de los demás y de sus mundos caleidoscópicos. De sus restantes novelas, Las olas (1931) es la más evasiva y estilizada, y Orlando (1928), más o menos basada en la vida de su amiga Vita Sackville-West, es una fantasía histórica a la vez que un análisis del sexo, la creatividad y la identidad. También escribió biografías y ensayos; en Una habitación propia (1929), defendió los derechos de la mujer. Su correspondencia y sus diarios, publicados póstumamente, son valiosos tanto para los escritores en ciernes como para los lectores de su obra. El 29 de marzo de 1941 se suicidó ahogándose.


1 comentario:

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