lunes, 30 de marzo de 2009

NUNCA EXPRESARLO BIEN DEL TODO



Pasa ahora una luz morena por las habitaciones

(que esperan, con sus molduras neoclásicas,
a que se pose el tedio de las palabras);
va bien con todo, al extraerle a todo
la vida. Dice ella, yo estaba inerte, aún lo estoy.
Pienso que mi tacto lleva una copa
de silencio vivo casi hasta tu boca
pero tengo luego que excusarme.
Me voy. Siempre estoy aquí abajo, ausente
entre los vectores empapados, ávidos, de la calle
que construye todo este estruendo. Me atropellan los ruidos.
¿Sabes cómo me llamo? No estaré mucho tiempo fuera,
y seguramente tampoco me quedaré mucho rato cuando vuelva.


Por la mañana había miles de sirenas
esperando instrucciones, pero el hechicero, hasta entonces fatigado,
las mantuvo a raya y nada se llegó a hacer aquel día,
ya fuera por cívica malicia, por indiferencia o simplemente por olvido
momentáneo de algo que nunca hubiera habido que olvidar
y que con el atasco de los diferentes colores era
como la consecuencia —y ni siquiera la principal—
de ello. El chófer extiende el mapa en el asiento,
pues es la hora del almuerzo. Y aves hermosas, como las bengalíes
pero de colores más deslumbrantes, titubean sobre los coches.
Un ascensor sube ochenta pisos cargado de materiales de derribo:
«Perdón, no era a ti a quien iba destinado». A lo que me refiero
es a que a todos nos gusta un poco de recuerdo de vez en cuando,
pero su ausencia no echa las cosechas a perder.
Además el oro del invierno está resonando ya
en los vestíbulos polvorientos. Tengo el cuaderno preparado.
Y la luz que cae espléndida nos transformará
entonces en espectadores mudos y privilegiados.
Nunca sé cómo acabar las estaciones,
¿y tú? Y nunca importa; entre el disparar
y el cobrar aparece siempre una serie nueva propuesta
con brío y entusiasmo. Parece como si el maquillaje
que hay en las cosas fuese una nueva fase, otro peldaño
en la escalera que nos baja desde ahí
hasta aquí, sin complicidad ni torpeza
por nuestra parte, y que nos deja
donde interesa: simples juerguistas abstraídos, sin ansiedad
ni frustración, sin siquera la sensación de que sea nuevo.


Una chispa uniforme nos contiene.
Somos sólo animales fabulosos, después de todo.




John Ashbery (E.E.U.U., Nueva York, 1927)
(Traducción de
Esteban Pujals Gesalí
-Edición no bilingüe)



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