sábado, 28 de marzo de 2009

EN LA RUTA DE AMBERES A VALPARAÍSO





Siempre habrá rosas, dijo (¿recuerdan?) memorable,
el jardinero de la señora Míniver
mientras caían bombas sobre el techo de Londres
y él perfeccionaba su Rosa de Abolengo.

Amo esa flor soberbia de cultivo,
gala de los jardines de cuidados perfiles
y los parques famosos (Lezama, Luxemburgo,
Forestal)
pero amo más la flor que vemos en las sendas
queridas
por los linyeras y las mariposas
a la orilla de ciertos terraplenes dormidos
y en las tapias de grises estaciones con sueño:
campanillas azules, margaritas silvestres
y la orquídea salvaje, esa fantástica
montonera crecida, por piedad,
en los alrededores de las ciudades muertas.

Pero amo más la flor marina inalcanzable
a la que vi desde la proa mágica
de un barco de carga carbonero y llovido
en una madrugada cautivante
del Mar de los Sargazos, el gran jardín flotando
su esplendor vegetal, espeso y grave.

¡Algas, errantes lotos, azucenas
del yodo y la sal, maravilla!
Extraño lecho adonde van solemnes, a morir,
los albatros heridos por ráfagas cobardes.




Raúl González Tuñón








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