viernes, 19 de junio de 2009

PAÍS LEJANO

1.

Nos contó a Pushkin, Tolstoi, Gogol;
fuimos tártaros y cosacos, yo fui Taras Bulba

al frente de hordas de guerreros con enormes bigotes
a través de las planicies, desaguaderos y montículos,
mis pantalones cortos anchos como el mar Negro.

Bunnacurry era la Ucrania
el río Stoney el Dnieper.


2.


Yo observaba sus pasos sobre el mosaico del piso de la cocina,
las manos en los bolsillos, sus ojos mirando hacia abajo;
él estaba cruzando las estepas de su imaginación,

su país albo, la inmensidad de las blancas tierras,
praderas brillantes, salones de baile, siervos,
el poeta, batiéndose a duelo, al amanecer,

parado bajo la red de sombra de las hojas,
la vela de sebo en su candelabro de cobre
trágicamente apagada.


3.


Durante años desempeñó sus tareas frente un escritorio
cubierto de expedientes y documentos
mientras que gentes acosadas, de manos encallecidas, viejos,
acudían a él con formularios;

algunas veces sostenía una barra de lacre a la llama del fósforo
y observaba la gran gota de sangre caer pesadamente.
Sus ojos glaseados por el polvo,
sus largas piernas recogidas.


4.


Juntos descendimos sobre el asfalto de la pista,
él guardaba silencio, suplicando,

al fin en casa, llegar, apoyar la punta de pie, sostenerse
como Dédalo después de su aventurado vuelo;

anciano ahora, y lento, él estaba atravesando
las puertas corredizas de vidrio de sus sueños,

sufriendo en los largos pasillos de la aduana
la prolongada revisión de los pasaportes,

las preguntas acerca de las divisas, las pruebas de su identidad,
de que él era quien pensaba que era y no otro.


5.


Durante el día fuimos turistas, en un micro para turistas,
observamos las glorias mecánicas de la Revolución.
Durante horas hicimos cola para poder ver al santo,
arrastrando despacio nuestros pies, como convictos,
rodeados por la formación de guardias armados;

descendimos, fuera de los alcances del sol, a una cripta,
donde yace Lenin, conservado, bajo el cristal,
los planes para la reconstrucción del mundo congelados en su cabeza;
la habitación de un hombre muerto

pero no se puede tocar sus manos entrelazadas
o colocar tus labios sobre su frente de alabastro.
Mi padre guardaba silencio, suplicando; durante la noche
lo escuché dar vueltas en la cama, emitió pequeños,
dolientes , lamentos animales.


6.

Finalmente al amanecer en el aeropuerto
lo vi sentado, radiante,

bajo las iluminadas arañas de las palabras rusas
conversando con un viejo funcionario en su escritorio

que dejaba caer la sangre del lacre sobre formularios amarillos;
hablaron del tiempo, el tránsito, la nieve,

de Pushkin, Tolstoy, Gogol
de los palacios de verano y de invierno

que aún se mantienen en pie
y brillan como tortas de cumpleaños en su país albo.



John F. Deane
(Irlanda, Isla de Achill, 1943)
(Traducción de Esteban Moore)






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