domingo, 26 de julio de 2009

MODIGLIANI FUE UN SABIO






















Entonces por qué las mujeres se cubren el cuello con el pelo, pregunto.

Juan Carlos camina un buen trecho sin contestar. Levanta la vista de la arena, la hunde en el mar, durante algunos pasos la lleva errante por entre los bañistas, la baja. A la sombra del ancho sombrero de paja su expresión quiere decirme: estoy buscando una respuesta urgente. La mano que lleva el cigarrillo me pide: un momento, un momento. Estupidez, sugiero más adelante. No caigamos en simplificaciones machistas, me dice. Andamos otro poco. Por un instante creo que todo se va a derrumbar, que la muerte ya pegó el zarpazo definitivo en su pensamiento. Me resisto a mirarlo. Aminora el paso, mantiene la mirada demasiado tiempo en el mar. Atavismo -responde por fin, tras clausurar su cavilación dando una chupada al cigarrillo.
Lo explica con la desenvoltura con que suele explicar sus tesis más excéntricas. Juan Carlos es insuperable con las tesis excéntricas. Algunas que recuerdo quedarían formuladas así: relaciones causales entre el capitalismo y el sentimiento trágico de la muerte, la moda femenina en cuanto agresión de la homosexualidad de los grandes modistos, la violación sistemática de las indias por los conquistadores como origen profundo de las dictaduras latinoamericanas, la estética universal reducida a una lucha entre rectas y curvas, la action painting de Jackson Pollock como paradigma del complejo de superioridad del arte imperialista, el onanismo del gaucho y su influencia en la cultura nacional. Para sostener sus tesis absurdas nunca le faltan argumentos. Los desarrolla con una seriedad y una convicción dignas de un filósofo griego frente a sus discípulos. Esa forma de su extraordinario humor (que sus amigos conocemos al punto de prestarnos a complicidades cretinas ante los desprevenidos) nos permite por ahora eludir lo ineludible.
—Atavismo —repite dando otra pitada al cigarrillo. Y añade: las primeras hembras humanas habrían imitado a las otras hembras del reino animal, para las cuales el pelo sí es un medio de seducción determinado por la naturaleza (pelo o pluma, se entiende) , y esa imitación se habría ido transmitiendo entre las humanas hasta hoy.
Demoro la réplica hasta después de cruzarnos con una mulata escultural que viene sujetando un perrito con una cadena. La mulata luce un bikini de color claro, en maravilloso contraste con sus formas perfectas y bronceadas. El perrito, un terrier prolijamente trabajado por su peluquero, tironea con la lengua afuera. Sin detenernos nos damos vuelta y la acompañamos con nuestras miradas. Tras nosotros vienen unos caballeros veteranos conversando tan animadamente que ninguno parece atraído por ella.
—La estupidez seguiría siendo la causa esencial —digo —Esa imitación se llama estupidez.
—En nuestra teoría no podemos ni hablar de estupidez.
-¿Por?
—Por las feministas. Nos joderían el éxito.
Ya conversamos sobre la importancia de la aceptación pública de nuestra teoría. Dejar a nuestros hijos un mundo con minas más seductoras, dije entonces, y enseguida me arrepentí de haber aludido a la muerte.
La idea de su muerte nos dañaría menos en otro sitio. Un mes y medio atrás incluso habíamos hablado francamente al respecto.
Se preparaba la gran muestra retrospectiva de Juan Carlos en el museo oficial. La víspera de la
inauguración, lo invité a tomar un café en un bar frente al museo. La charla nos llevó rápidamente al tema.
—Va a parecer una ceremonia fúnebre —dijo a propósito de la exposición, con una sonrisa forzada.
Apuré mi café, intenté contenerlo con la mayor naturalidad posible.
—No seas pelotudo, Juan Carlos, cualquier artista quisiera un homenaje como ése.
Se encogió ligeramente en la silla. Ahora la sonrisa se había desdibujado hasta una pura tristeza.
—La gran retrospectiva... —agregó, con la mirada en la mesa y a media voz. —Para que el artista se muera más tranquilo.
Decidí tomar el toro por las astas. Se lo dije mirándolo fijo y así me quedé, en un desafío idiota:
—Esta bien. Sabemos que lo tuyo se puso grave. Pero entregarte no es la salida.
Le conté que yo había hablado con uno de sus médicos. Que éste había sido sincero: una próxima hemorragia interna resultaría incontenible. Pero que el médico estaba seguro de solucionar el problema con cirugía. Claro que todo dependía también del propio Juan Carlos, de que después se cuidara adecuadamente, y siempre. Obviamente, callé lo dicho por el médico sobre el
altísimo riesgo de la operación. Juan Carlos me pidió que no le mintiera, que él sentía que no había escapatoria. Protesté. Me interrumpió para decirme que sólo temía sufrir como había sufrido durante su última internación en terapia intensiva. La angustia allí es espantosa, murmuró, desencajado. Y cortó la conversación. Se justificó ya de pie, debía marcharse, tenía poco tiempo. No volvimos a hablar sobre su enfermedad.
La exposición resultó un éxito rotundo. Tres semanas después Juan Carlos me llamó por teléfono y me preguntó si también ese verano pensaba yo pasar unos días en Torres con Dolly. Quería combinar las fechas para sumarse con Lita, su mujer. Los médicos se lo habían autorizado, las últimas drogas funcionaban muy bien y la operación se realizaría en febrero. Nos reuniríamos en Torres, pero seguramente no compartiríamos alojamiento, pues él ya había hecho las reservas para un tour con hotel incluido y sólo tenía que elegir la fecha.
Como tantas veces, se daría cuenta de su error demasiado tarde. No hay oportunidad menos adecuada para hablar de la muerte que unas vacaciones junto al mar.
Juan Carlos y Lita llegaron a Torres un mediodía, emplearon la tarde entera en acomodarse en su hotel y descansar, nos juntamos para la cena y no demoramos en irnos a dormir. Mientras Juan Carlos consultaba con el camarero interrogué a Lita con el correspondiente disimulo. Él se alimentaba bien , no tocaba el alcohol, tomaba rigurosamente los remedios, pero a ella el viaje le parecía una locura, demasiado riesgo.
Por la mañana temprano Juan Carlos pasó a buscarme (su hotel estaba sólo a tres cuadras de nuestro departamento) para echar una caminata por la playa grande. Como despreocupados turistas conversamos de bueyes perdidos, él se mostró impresionado por Torres, analizamos la estética de algunas bañistas. A media mañana nos encontramos con Lita y Dolly en el sitio convenido, alquilamos e instálanos la sombrilla y etcétera. Permanecimos en la playa hasta la hora del almuerzo. Regresamos como a las cinco, con nuestras mujeres, y en seguida los dos nos pusimos otra vez a andar por la arena. Fue cuando nació la tesis.
—La verdadera belleza femenina está en el cuello —dijo Juan Carlos, mirando a una rubia que con el pelo recogido salía del agua.
—Una tesis interesante —dije. —Habría que fundamentarla.
—Y bueno, a trabajar. ¿Por dónde empezamos?
—Por el culo. ¿Por qué a los hombres nos gusta tanto mirarles el culo a las mujeres, si lo más hermoso es el cuello?
Juan Carlos se detuvo. Serio, sacó los Particulares negros y el encendedor, encendió un cigarrillo (yo ya había notado que fumaba el doble, incluso mientras caminaba), se acomodó el sombrero y reanudó la marcha sin mudar el gesto.
—Por el complejo de Edipo —sentenció por fin. Y se quedó esperando que yo le pidiera aclaraciones.
Y luego añadió:
—El culo es lo que más sobresale de la zona de la procreación, lo que más se ofrece a la vista. Una
cuestión edípico orográfica, digamos.
Nuestra teoría quedó bautizada con este nombre: Preeminencia estética del cuello sobre los demás recursos con que cuenta la mujer para seducir. Continuó creciendo día tras día durante nuestras caminatas por la playa. Sólo entonces, quizás porque durante aquellas caminatas se nos volvía más difícil pensar en la muerte. El sol, el mar, los cuerpos dorados , las mujeres hermosas, los juegos en la arena, los gritos y las risas, la brisa, los vendedores ambulantes; todo hacía intolerable el peso de la muerte. Pensé que podríamos evitar la situación, quedarnos junto a la sombrilla con Lita y Dolly, quienes por comadrear a gusto se negaban a acompañarnos en las caminatas. Con ellas estaríamos a buen resguardo, la muerte era un asunto que debíamos tratar Juan Carlos y yo a solas. Pero en seguida sentí que sería como un retroceso indigno. Supongo que él sentía lo mismo. Y porque nos aferramos tanto a nuestra teoría, la enriquecimos tanto.
Procurábamos avanzar con cierta organización. Nos poníamos de acuerdo en cuanto al punto de vista y a éste nos limitábamos. Juan Carlos estuvo brillante en sus intervenciones desde el punto de vista estrictamente plástico; resultó magistral su exposición sobre la "tensa vitalidad" del cuello y la "quieta rotundidad" (dijo tensa vitalidad y quieta rotundidad) de las regiones anatómicas vulgarmente consideradas más seductoras. Mi aporte más fuerte, creo, fue hecho desde la perspectiva antropológica. Impresioné y entusiasmé a Juan Carlos habiéndole de las mujeres Padaung. Los Padaung son una tribu birmana cuya tradición manda estirar el cuello de sus mujeres nacidas ciertos días de luna llena, en homenaje a una diosa-dragona. En la actualidad, para satisfacer la demanda turística, la costumbre se aplica a todas las niñas. Van agregando argollas metálicas al cuello durante el crecimiento; así forman collares que con los años pesan hasta cinco o seis kilos. Una "mujer jirafa" Padaung puede tener unos treinta centímetros entre los lóbulos de las orejas y las clavículas. La práctica sólo produciría una incomodidad inicial, pero si ya adultas se quitan las argollas aparece el enorme riesgo de morir ahogadas, porque los músculos se debilitaron tanto que el cuello ya no sostiene a la cabeza. Juan Carlos primero puso en duda la belleza de los cuellos así alargados; después olvidó esta duda y fantaseó con ellos. Dijo haber escuchado algo sobre una tribu africana que conserva la misma costumbre, pero allí los príncipes tendrían derecho a exigir que sus esposas se quiten el collar durante la cópula, como mortal prueba de amor.
—Tánatos siempre con Eros —dijo.
Seguro que mentía.
El punto de vista en el que más avanzábamos era el anátomo-fisiológico: la especial sensibilidad del cuello determinada por la cadena ganglionar, y determinante, sin duda en alto grado, de su belleza; sus muchas terminaciones nerviosas que lo hacen una belleza vibrante; la fuerza erótica que aporta el nacimiento de la cabellera (la nuca es un pubis superior, dijo Juan Carlos); la situación del cuello, entre el cuerpo y el cráneo, espacio de fusión de lo animal con el pensamiento, y por eso mismo, la mayor atracción que ejerce como objeto del deseo; etc.* Pero con ese aspecto de nuestra teoría manteníamos una deuda pendiente: no hallábamos una razón que desde dicho punto de vista nos explicara por qué el cuello femenino es incalculablemente más bello que el masculino. Juan Carlos aventuró que la hermosura del cuello es pareja en hombres y mujeres y que los hombres sólo podemos percibirla en los cuellos femeninos. Yo dije que la razón quizás se halla fuera de dicha perspectiva, una razón histórica, o puramente plástica, por ejemplo, que potenciaría enormemente los factores anátomo-fisiológicos en las mujeres. Juan Carlos se corrígió de inmediato en base a la nuez de Adán, prominencia que calificó como "ónticamente fea"; sostuvo que, por tratarse de una exclusividad de los hombres, algo la nuez de Adán está indicando a la consideración general. Dedicamos largas conversaciones al punto de vista artístico, a lo que podemos llamar el cuello femenino en el arte. Modigliani, claro, presidía esos diálogos. Desde Modígliani nos íbamos por cuellos femeninos a Botticelli, a Velázquez, a Ingres, a Picasso, pero invariablemente regresábamos a Modigliani. Modigliani fue un sabio, dijo Juan Carlos una mañana. También nombraba él a un artista japonés, un tal Toyokuni (anoté el nombre, llevaba yo anotaciones pues debía escribir después nuestra teoría), que habría vivido en el siglo 19, dedicado a pintar geishas y con particular esmero sus cuellos.
Con frecuencia interrumpíamos la evolución teórica para una práctica contemplativa. Dimos este nombre al acto de observar analíticamente a las mujeres aptas para confirmar nuestra teoría, aquéllas con un atractivo general por lo menos satisfactorio y el cuello descubierto.
Con una práctica contemplativa comienza la parte final de esta historia.
La Venus en Llamas caminaba lenta y con los brazos cruzados, por la espuma de las olas. Uno no se cruza impunemente con una mujer así. Resplandeciente; éste es el adjetivo justo para su imagen, su extraordinaria estatura distribuida en armonías pasmosas, rematada con una corta y erizada cabellera de color naranja furioso. Un largo pareo multicolor y abundantes pulseras, anillos y collares apoyaban la audacia del pelo teñido.
La Mujer Hoguera, dije. Pero después nos parecería mejor La Venus en Llamas.
Práctica contemplativa, propuso Juan Carlos.
Cuando sintió que la observábamos, ella sonrió con turbación y agachó la cabeza. Juan Carlos y yo nos miramos como desconcertados por aquel sublime cuello desnudo, que con aquel movimiento parecía regalársenos. Salió luego del agua y fue hacia las dunas, despaciosa y cabizbaja, con el viento dibujando la gloria de las piernas en el pareo. Se metió entre dos médanos. La seguimos. Desde la primera altura la vimos atravesar las ondulaciones, sin prisa y sin mirar hacia atrás, apareciendo y desapareciendo tres o cuatro veces. Llegó a la avenida, pasó la vereda y se hundió en el tráfico intenso que la ocultó en seguida.
Eso ocurrió una mañana. A media tarde de ese día hallamos a Pocahontas.
Tomaba sol tendida de bruces en la arena, apoyada en sus codos, los ojos cerrados y el mentón sobre ambas manos. Una expresión de placer iluminaba sus bellísimos rasgos de india. Su trenza muy negra caía por entre un hombro y el cuello cobrizo -brillante, tirante como un pequeño animal a punto de dar un brinco- de modo que éste se ofrecía por completo a nuestra vista. Tenía el corpino desatado en la espalda; también podíamos admirar casi todo uno de sus pechos.
No estaba sola. Dos minutos fue cuanto nos permitió observarla su acompañante, un gringo musculoso que llegó a grandes pasos. Se agachó y habló a Pocahontas en una oreja. Nos miró con cara poco amistosa mientras ataba el bikini. Ella lo dejó hacer; sonreía sin separar las enormes pestañas. Luego abrió los ojos y nos regaló una rápida mirada divertida. Juan Carlos y yo nos marchamos, con la vista lejos. Cuando de regreso pasamos por el lugar Pocahontas y su gringo ya no estaban.
A la mañana siguiente hallamos a la Venus de Ébano y -un rato después- a la Cantante Calva.
La Venus de Ébano compraba un helado. Su negra esbeltez, inclinada sobre el carrito, ceñida por una malla enteriza y amarilla, acaparaba la atención pública en las inmediaciones. En una única conmoción vi su sonrisa radiante tras el helado que ella misma sacó del carrito, sus ojazos fortuitamente posados en mí, su maravilloso cuello expuesto bajo un rodete. Miró a Juan Carlos y volvió a mirarme sin menguar su alborozo. Después pagó y recibió el cambio, y se fue lamiendo el helado, todavía sonriente.
La Cantante Calva corría por la playa en short y corpino, gruesas medias, zapatillas. Llevaba unos pequeños audífonos en las orejas, unidos a un walkman sujeto a la cintura. Su cabeza completamente rapada brillaba al sol como una desvergüenza. Cantaba, con el ceño fruncido, muy concentrada en su canto, el que no pudimos escuchar porque ella pasó a varios metros de
nosotros. Nos miró y nos sonrió, más con la mirada verde o celeste que con el resto del semblante.
Y ya era demasiado. En veinticuatro horas, cuatro desconocidas hermosas y de cuellos desnudos nos habían sonreído. Algo muy extraño sucedía en el mundo. Esa noche, mientras nuestras mujeres miraban vidrieras, Juan Carlos y yo deliberamos sentados en una heladería. Fue cuando les pusimos los nombres definitivos a las cuatro muchachas.
No volvimos a dar con ninguna de las cuatro, pese a que las buscamos intensamente por la playa y otros lugares. Juan Carlos y Lita partieron de regreso tres días después, Dolly y yo nos quedamos una semana más.


No acepté hablar en representación de los amigos. Habló el Chino González, muy adobado con los whiskys que tomó demás en el velatorio. Y también hablaron: Ana Laura por los jóvenes pintores discípulos de Juan Carlos (cada día más linda, Ana Laura), la Señora Cuquita Nosécuántos por la Academia de Bellas Artes, el Vice Ministro de Cultura. El partido no se hizo representar
en los discursos. Vinieron los dinosaurios del partido, juntos como protegiéndose mutuamente, con sus patéticas caras de a mí el muro no se me cayó encima, pero a nadie se le ocurriría invitarlos a discursear. Fue largo, fue insoportable, fue ridículo.
Bajo la tienda blanca, las sillas que rodean la fosa ya cerrada van quedando vacías, ante la paciencia de los empleados del cementerio. Lita se levanta y se marcha entre Dolly y la hermana de Juan Carlos, las tres abrazadas. Al pasar frente a mí, Dolly me arroja una ojeada horadante. Todavía está enojada por lo sucedido con Ana Laura esta mañana, en el velatorio. Supongo que actué mal, pero Ana Laura me abrazó tanto, se pegó tanto a mí, llorando y temblando como una niña perdida en un bosque, repitiendo senosfuesenosfuesenosfue... Tenes un cuello precioso Ana Laura, le dije, en cuanto me soltó, acariciándole el cuello. Había que ver su perplejidad entre aquella gente solemne y silenciosa. Una preciosura. El Chino González viene y me abraza.
Chau poeta, me dice, a honrar la memoria del hermano. Puta que jiede. La falta de baño lo va a matar por ahogo, no su famosa cirrosis. Probablemente será nuestro próximo muerto ilustre. Ramiro Cifuentes, el marchand, pasa y me palmea la espalda. Se va ligero por el senderito, quiere alcanzar al Dr. Marino Zuviría que camina junto al cura, tal vez para venderle pronto un cuadro de Juan Carlos. El muy infame le compró a Juan Carlos como veinte obras a precio vil desde que se supo la enfermedad. Pasan Cecilia, Julián, la Colorada, Jorge, el Turco Vera, Marisabel con su hija adolescente, quién diría, Marisabel, volver a verte en los funerales de Juan Carlos, hecha una perfecta aristócrata y con una hija señorita, ¿recordaste demasiado los buenos tiempos al conocer la noticia?, ¿te dolieron demasiado las madrugadas de La Taberna, las noches clandestinas del ateliercito junto al rio, las borracheras de amor por la revolución y el arte y nosotros, nosotros enteros, Marisabel, nosotros luminosos insaciables de luz? Todo está muerto, y bien sepultado, como Juan Carlos. Seguro que ya no podes escribir un miserable poema. Chau querida, chau, y buen viaje de regreso, sí, cuando vaya a Montevideo te llamo. Chau. Vayan ustedes por delante. Nos juntamos en ese bar por ese trago.
Juan Carlos, chamigo.
Por fin se terminó todo.
Modigliani era un sabio. Tenías razón, esto nomás quería decirte.
Antes que vengan a buscarte las dos Venus, la Cantante Calva y Pocahontas, Con un séquito de multicolores, espectaculares muchachas Padaung. Escandalizando a la muerte por entre esas cruces, con sus ropas mínimas y sus cuellos al aire, con tanta vida y tanta belleza. Espantándola.


* No me resisto a poner aquí ciertas palabras que Al Pacino dice a Charlize Theron en "El abogado del diablo", película que vi meses después de haber escrito este texto. "Los hombros de una mujer son el frente de su mística. Y su cuello, si está viva, tiene el misterio de un pueblo fronterizo. Es una tierra de nadie en esa batalla entre la mente y el cuerpo ".

(De: Complicaciones intelectuales,2000)*

José Gabriel Ceballos (Argentina, Corrientes, Alvear, 1955)


Nota del Administrador:
El cuento está dedicado a un importante plástico correntino: Juan Carlos Soto. El artista, —santafesino de nacimiento, correntino por elección— nació en el año 1942 y falleció en el año 1995, tuvo una obra muy prolífera, fue dibujante, pintor y gran Muralista, uno de los pioneros de la técnica del esgrafiado en su Provincia. Creía en el trabajo en equipo, por ello estuvo permanentemente rodeado de escritores, músicos, pintores y trabajaba con ellos. En los años 60, estando en Buenos Aires, se vinculó con los grandes maestros de la pintura nacional —Spilimbergo, Carlos Alonso, Berni, Castagnino—. En sus óleos se valió de composiciones dinámicas de vibrante colorismo. La coherencia que su obra —en la que la realidad encontró albergue bajo la guía del compromiso social— exhibe a lo largo de los años permite aseverar que en ella construye una teología de la cotidianeidad correntina. Sus tintas —Soto se autodefinía como dibujante de pluma— lo hicieron acreedor de innumerables galardones. En los años 90 se erigió en principal integrante y referente del proyecto “Corrientes, ciudad de los murales” —experiencia urbana promovida por el grupo Arte Ahora— que transformó la fisonomía de la ciudad.

IMAGEN: Uno de los murales realizados en la capital correntina.



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