domingo, 5 de julio de 2009

KAFKA EN LA ORILLA














Tres capítulos

Capítulo 43



Tiro el equipaje y, aligerado del peso, sigo adentrándome en el bosque. Me concentro sólo en avanzar. Ya no tengo por qué dejar ninguna señal en el tronco de los árboles. Tampoco tengo por qué recordar el camino de vuelta. Incluso dejo de fijarme en lo que me rodea. Total, es la misma escena de siempre. Árboles que se yerguen superponiéndose los unos a los otros, helechos y maleza, hiedra colgante, raíces llenas de protuberancias, hojarasca podrida, mudas secas de insectos. Rígidas y pegajosas telarañas. Innumerables ramas -éste es el mundo de las ramas-. Ramas amenazadoras, ramas que se disputan el espacio, ramas que se ocultan con habilidad, ramas retorcidas, ramas pensativas, ramas secas y muertas. La escena se va repitiendo sin fin. Sólo que, cada vez que se repite, el bosque se va volviendo más y más espeso.
Con los labios apretados, sigo avanzando por el camino -o lo que parece un camino-. Aunque no deja de subir, la pendiente no es muy pronunciada. Al menos no es tan abrupta como para dejarme sin respiración. De vez en cuando parece que el sendero vaya a morir en un mar de helechos o de arbustos espinosos, pero, a la que avanzo un poco más, lo reencuentro. El bosque ya no me da miedo. Tiene sus reglas. O sus normas. A las que dejas de temer, empiezas a verlas delante de ti. Asimilo esta reiteración, la voy sintiendo como una parte de mí mismo.
Ya no llevo nada encima. Ni el aerosol amarillo que hasta hace poco agarraba firmemente con la mano, ni la podadera recién afilada. Tampoco llevo la mochila a la espalda. Ni comida ni bebida. Ni la brújula. Lo he arrojado todo a un lado del camino. Y, al hacerlo, le estoy comunicando al bosque de una manera muy visible que ya no le tengo miedo, que he sido yo quien ha optado por la completa indefensión. O tal vez me lo esté transmitiendo a mí mismo. Y yo, desprotegido de mi dura coraza, únicamente carne y sangre, me encamino solo hacia el centro del laberinto. Me dispongo a abandonarme al vacío que hay allí.
También la música que sonaba junto a mi oído ha cesado en algún instante. Sólo queda un ruido blanco, uniforme. Como una sábana inmaculada, extendida, sin una sola arruga, sobre una cama inmensa. Poso las manos en la sábana, recorro su blancura con las yemas de los dedos. Su blancura se extiende hasta el infinito. El sudor corre por mis axilas. El cielo que asoma de vez en cuando a través de las altas ramas de los árboles está cubierto por una capa uniforme y continua de nubes grises. Con todo, no parece que vaya a llover. Las nubes están inmóviles, preservando la escena tal cual está. Los pájaros posados en las ramas altas de los árboles emiten misteriosas señales a través de sus entrecortados gritos. Los insectos alzan un profético zumbido entre la maleza.
Pienso en la casa deshabitada de Nogata. Probablemente esté cerrada. «No importa. Que siga cerrada», me digo. Que continúe empapada en sangre. A mí eso no me atañe. No pienso volver a pisarla jamás. Muchas cosas habían muerto ya en aquella casa antes del sangriento crimen. No, muchas cosas ya habían sido asesinadas allí.
A veces el bosque intenta amedrentarme por encima de la cabeza, y otras veces bajo mis pies. Exhala su hálito helado en mi nuca. Me clava mil ojos en la piel. Trata, de diversas maneras, de expulsar al intruso. Pero yo he ido aprendiendo a sobrellevar sus amenazas. ¿Acaso no es este bosque, en definitiva, una parte de mí? A partir de cierto punto he empezado a verlo de este modo. Estoy efectuando un recorrido dentro de mí, igual que la sangre a través de las venas. Lo que estoy viendo es mi propio interior, lo que parecen amenazas no son más que ecos del terror que anida en mi corazón. Las telarañas que se extienden en el bosque son las telarañas tendidas en mi corazón, los pájaros que gritan sobre mi cabeza son los pájaros que yo he creado. Esta imagen nace dentro de mí y va echando raíces.
Sigo avanzando, empujado, por detrás, por el latido de un corazón gigantesco. El camino me conduce a un lugar especial dentro de mi corazón. La fuente luminosa que hila la oscuridad, la génesis de los ecos mudos. Quiero ver con mis propios ojos qué hay allí. Soy mi propio emisario, custodio una importante carta personal, lacrada y sellada, que va dirigida a mí mismo.
Una pregunta.
¿Por qué ella no me quería?
¿Acaso yo no era digno de recibir el cariño de una madre?
A lo largo de muchos años esta pregunta ha abrasado como un hierro candente mi corazón, ha carcomido mi espíritu. ¿Que mi madre no me quisiera no se debía, tal vez, a un grave defecto que albergaba en mí? ¿No estaría marcado yo, de nacimiento, por una especie de estigma? ¿Era, tal vez, un ser nacido sólo para que la gente apartara la vista de él?
Antes de irse, mi madre ni siquiera me estrechó entre sus brazos. Ni siquiera me dejó una palabra de despedida. Apartó de mí la mirada, se fue de casa sin decir ni una palabra, se llevó sólo a mi hermana. Se disipó de mi lado como una silenciosa columna de humo. Y el rostro que ella había apartado de mí se fue difuminando para siempre.
Sobre mi cabeza, un pájaro suelta un agudo graznido. Alzo la vista al cielo. Sólo hay unas nubes chatas de color gris. No sopla el viento. Continúo andando. Avanzo por la orilla de mi conciencia. Las olas de mi conciencia rompen en la orilla y se retiran. Dejan unas letras escritas y, luego, inmediatamente llega la siguiente ola y las borra. Tengo que leer aquel texto a toda prisa, en el intervalo entre una ola y la siguiente. Pero no es fácil. Antes de que pueda acabar de leerlo, se abate la siguiente ola y lo borra. Y en mi conciencia sólo quedan unas palabras inconexas y enigmáticas.
Mi mente vuelve a la casa de Nogata. Recuerdo con toda claridad el día en que mi madre se fue llevándose a mi hermana. Yo estoy sentado en el porche, mirando hacia el jardín. Es un atardecer de principios de verano, los árboles proyectan sus largas sombras sobre el suelo. Estoy solo en casa. No sé por qué, pero yo ya soy consciente de que me han abandonado, de que me he quedado solo. Soy consciente incluso de que aquel acontecimiento va a influir de manera decisiva en mi vida. Nadie me lo ha dicho. Simplemente lo . No hay nadie dentro de la casa, está desierta como una atalaya fronteriza que ha sido abandonada. Miro fijamente cómo se pone el sol, cómo las sombras de las cosas van cubriendo, de forma lenta y continua, la tierra. En un mundo donde existe el tiempo, nada puede volver atrás. Los tentáculos de las sombras avanzan erosionando capa a capa la superficie de la tierra; y, poco después, también el rostro de mi madre, que estaba aquí hasta hace poco, acaba siendo succionado hacia el interior de aquel territorio oscuro y frío. Su rostro, firmemente vuelto hacia otro lado, es arrancado de forma automática de mi memoria y va desapareciendo en la distancia.
Mientras camino por el bosque pienso en la señora Saeki. Recuerdo su rostro. Recuerdo su pálida y apacible sonrisa, recuerdo la calidez de sus manos. Trato de imaginármela como si fuera mi madre abandonándome poco después de cumplir yo los cuatro años. Sacudo la cabeza de forma irreflexiva. Aquí hay algo poco natural, poco pertinente. ¿Por qué tenía que hacer la señora Saeki algo así? ¿Por qué tenía que infligirme una herida tan profunda? Debe de existir una razón de peso, una razón oculta, algo con una profunda significación.
Intento sentir lo mismo que ella debió de sentir en aquellos momentos. Ponerme en su situación. Ni que decir tiene que no resulta nada fácil. Yo soy la persona abandonada, ella es quien me abandonó. Pero, con un poco de tiempo, logro separarme de mí mismo. Mi alma se desprende de sus rígidas vestiduras, se convierte en un cuervo negro, se posa en una rama alta de un pino del jardín y, desde allí, me contempla a mí a los cuatro años.
Me convierto en un cuervo negro que esgrime diversas hipótesis.
-No es que tu madre no te quisiera -me dice, a mis espaldas, el joven llamado Cuervo-. Para ser exactos, tu madre te amaba profundamente. Y tú eso tienes que creerlo. Ése es el punto de partida.
-Pero ella me abandonó. Se fue y me dejó solo en el lugar erróneo, Y, al hacerlo, seguro que me infligió una herida profunda, un daño irreparable. Ahora lo sé. Si me quería de verdad, ¿cómo pudo hacerme algo así?
-Así han ido las cosas -dice el joven llamado Cuervo-. Te han herido profundamente, te han hecho mucho daño. Y es probable que sigas arrostrando esas heridas en el futuro. Eres digno de compasión, no te diré que no. Pero deberías pensar de este modo: aún estás a tiempo de recuperarte. Eres joven, eres fuerte. Tienes flexibilidad. Lograrás que cicatricen tus heridas, lograrás levantar la cabeza y seguir adelante. Pero ella ya no podrá. A ella no le quedará otra opción que la de ir diluyéndose. No se trata de quién es bueno y quién es malo. Tú eres quien tiene todas las ventajas reales. Es en eso en lo que debes pensar.
Permanezco en silencio.
-Escúchame. Eso sucedió hace mucho tiempo -continúa el joven llamado Cuervo-. Es algo irreversible. En aquel momento, ella no debió abandonarte y tú no debiste ser abandonado. Pero lo que ya ha sucedido es igual que un plato roto en mil pedazos. Por muy esforzadamente que lo intentes, ya no podrás devolverlo a su estado original. ¿No te parece?
Asiento. Por muy esforzadamente que lo intente, ya no podré devolverlo a su estado original. Tiene toda la razón.
El joven llamado Cuervo prosigue:
-Escúchame. El corazón de tu madre estaba repleto de un miedo y de una ira espantosos. Igual que lo está el tuyo ahora. Por eso tuvo que abandonarte.
-¿A pesar de quererme?
-En efecto -dice el joven llamado Cuervo-. Tuvo que abandonarte a pesar de quererte. Lo que ahora debes hacer tú es tratar de comprender los sentimientos de tu madre y aceptarlos. No heredarlos y repetirlos. Dicho de otro modo, lo que ahora debes hacer es perdonarla. Ya sé que no es fácil. Pero debes hacerlo. Es tu única salvación. No hay otra.
Reflexiono sobre ello. Cuanto más lo pienso, más desconcertado me siento.
Mi mente está confusa, me duele la piel como si me la estuviesen arrancando a tiras.
-Dime, ¿es la señora Saeki mi verdadera madre? -le pregunto.
El joven llamado Cuervo responde:
-¿No te lo dijo ella misma? ¿No te dijo que tu hipótesis todavía se mantiene? En definitiva, es de eso de lo que se trata. Tu hipótesis todavía se mantiene. Esto es todo cuanto puedo decir.
-Una hipótesis que todavía no ha encontrado una teoría válida que la refute.
-Exacto -dice el joven llamado Cuervo.
-Y yo tengo que seguir seriamente esta hipótesis hasta el infinito.
-Exacto -dice el joven llamado Cuervo con voz resuelta-. Una hipótesis sin una teoría válida que la refute es una hipótesis que vale la pena seguir. Además, por el momento, seguirla es lo único que tienes que hacer. No te queda otra alternativa. Así que, por más que te sacrifiques a ti mismo, debes seguirla hasta el final.
-¿Sacrificarme a mí mismo? -Estas palabras tienen una extraña resonancia. Soy incapaz de asimilar correctamente esa resonancia.
Pero no hay respuesta. Inquieto, me doy la vuelta. El joven llamado Cuervo está ahí. Anda detrás de mí, marcha al mismo paso que yo.
-¿Qué clase de miedo y de ira sentía la señora Saeki en aquel tiempo? ¿De dónde procedían? -le pregunto sin dejar de caminar hacia delante.
-¿Qué clase de miedo y de ira crees tú que sentía ella en aquel tiempo? -me pregunta, a su vez, el joven llamado Cuervo-. Piensa un poco. Eso lo tienes que discernir tú usando tu cabecita. Porque la cabeza sirve para eso.
Pienso. Debo comprenderlo, aceptarlo, antes de que sea demasiado tarde. Pero aún no puedo leer aquellas pequeñas letras dejadas en la orilla de mi conciencia. Porque, entre que una ola se retira de la playa y la siguiente se abate, el intervalo de tiempo es terriblemente breve.
-Estoy enamorado de la señora Saeki -digo. Estas palabras salen de forma espontánea de mis labios.
-Ya lo sé -replica el joven llamado Cuervo con sequedad.
-Nunca había experimentado un sentimiento igual. Es la cosa que mayor sentido tiene para mí en estos momentos -aclaro.
-Por supuesto -dice el joven llamado Cuervo-. Eso no hace falta ni que lo digas. Claro que es algo que tiene sentido. Por eso has llegado hasta aquí, ¿no?
-Sí, pero ¿sabes? Todavía no lo entiendo. Me siento desconcertado. Dices que mi madre me quería. Que me quería mucho. Y yo quiero creerte. Pero, si eso es verdad, entonces no lo entiendo de ninguna manera. ¿Por qué querer mucho a alguien tiene que ser lo mismo que herirlo profundamente? Porque, si eso resultara así, ¿qué sentido tendría amar profundamente a alguien? ¿Por qué diablos tiene que suceder esto?
Espero la respuesta. Permanezco largo tiempo con la boca cerrada Pero no hay respuesta.
Me doy la vuelta. Pero el joven llamado Cuervo ya no está. Sobre mi cabeza se oye un seco batir de alas.

Me siento completamente perdido.

Poco después aparecen los dos soldados.
Visten el traje militar de combate de la antigua infantería del Ejército Imperial. El uniforme de verano, de manga corta. Llevan polainas, una mochila a la espalda. En la cabeza, en vez de casco, una gorra con visera, sus rostros aparecen tiznados de negro. Los dos soldados son jóvenes. Uno es alto, delgado, lleva gafas redondas de montura metálica. El otro es bajo, ancho de espaldas, de constitución robusta. Están sentados, uno al lado del otro, sobre una roca plana. No están en postura de combate. Han dejado los fusiles de infantería del 38 apoyados en la roca, a sus pies. El alto sostiene una hierba en la comisura de los labios con aire de aburrido. Están ahí con toda naturalidad, como si eso fuera lo más normal del mundo.
Observan plácidamente cómo me acerco, sin asomo de duda.
Se encuentran en un claro del bosque, pequeño y llano. Parece el descansillo de una escalera.
-¡Eh! -grita el soldado alto con voz alegre.
-¡Hola! -saluda el soldado fornido, haciendo una pequeña mueca.
-¡Hola! -digo a mi vez devolviéndoles el saludó. Quizá debería haberme sorprendido al verlos. Pero no he experimentado la menor sorpresa. Tampoco me ha extrañado. Es una cosa que puede ocurrir perfectamente.
-Te estábamos esperando -dice el alto.
-¿A mí? -pregunto.
-Pues claro -responde-. De momento eres el único que puede aparecer por aquí.
-Hace mucho que esperamos -dice el robusto.
-Bueno, tampoco es que el tiempo importe gran cosa -añade el soldado alto-. Pero, sí. Has tardado más de lo que creíamos.
-Vosotros sois los dos soldados que desaparecieron hace ya mucho tiempo por estas montañas, ¿verdad? Durante unas maniobras -pregunto.
El soldado fornido asiente.
-Exacto.
-Por lo visto, os buscaron mucho -digo.
-Sí, ya -dice el fornido-. Ya sabemos que todos nos estuvieron buscando. Nosotros sabemos todo lo que ocurre en este bosque. Pero, por más que nos busquen, a nosotros no hay quien nos encuentre.
-A decir verdad, no es que nos perdiéramos -confiesa el alto en voz baja-. Nosotros, más bien, nos fugamos.
-Bueno, más que fugarnos, sería más exacto decir que encontramos este claro por casualidad y que decidimos quedarnos aquí -añade el fornido-. Pero, no. No nos perdimos.
-Este lugar no lo puede encontrar cualquiera -dice el soldado alto-. Pero nosotros sí pudimos. Tú también has podido. Y, al menos por lo que a nosotros respecta, fue una gran suerte.
-Porque, de lo contrario, por el hecho de ser soldados, nos hubieran llevado al extranjero -dice el fornido-. Y hubiésemos tenido que matar a otra gente, o ellos nos hubiesen matado a nosotros, nosotros no queríamos ir allí. Yo era campesino, él era un estudiante recién licenciado en la universidad. Ni él ni yo queríamos matar a nadie. Y menos aún que nos mataran a nosotros. Lógico, ¿no?
-¿Y tú? ¿Quieres matar a alguien o que te maten a ti? -me pregunta el alto.
Sacudo la cabeza. No, no quiero matar a nadie. Ni quiero que maten a mí.
-A todo el mundo le pasa lo mismo -dice el alto-. Bueno, a casi todo el mundo. Pero si dices que no quieres ir a la guerra, el Estado te responde con amabilidad: «¡Ah! ¿Así que no quieres ir a la guerra? Muy bien, de acuerdo. No hace falta que vayas». No, en absoluto. Y no puedes escaparte. En Japón no hay ningún lugar adonde puedas huir. Vayas a donde vayas dan contigo enseguida. Son unas islas pequeñas, ya ves. Así que nos quedamos aquí. Era el único sitio donde podíamos ocultarnos. -Sacude la cabeza y prosigue-: Aquí llevamos desde entonces. Y, tal como tú has dicho, de eso hace mucho tiempo. Pero, como yo ya he dicho antes, el tiempo no tiene una gran importancia. Entre ahora y hace mucho tiempo no hay apenas diferencia.
-No hay ninguna diferencia -dice el fornido. Y, con la mano, hace ademán de desechar algo.
-Vosotros sabíais que yo iba a venir, ¿verdad? -pregunto.
-Claro -responde el fornido.
-Nosotros vigilamos constantemente, así que siempre sabemos quién se acerca. Porque nosotros formamos, de algún modo, parte del bosque -dice el otro.
-En resumen, que esto es la entrada -dice el fornido-. Y nosotros dos estamos aquí de guardia.
-Ahora, casualmente, la entrada está abierta -me explica el alto-. Pero no tardará mucho en volver a cerrarse. Así que si quieres entrar, aprovecha y hazlo ahora. No es muy frecuente que la entrada esté abierta.
-Si quieres entrar, nosotros te acompañaremos. El camino es difícil, es necesario un guía -se ofrece el fornido.
-Y, si no entras, puedes volverte por el mismo camino por el que has venido -dice el alto-. Desde aquí no es difícil regresar. No te preocupes. No te costará seguirlo. Y podrás continuar llevando la misma vida que hasta ahora en el mismo mundo. Tú eliges. Entrar o no entrar. Nosotros no te obligamos a nada. Pero, una vez entras dentro, es muy difícil retroceder.
-Llevadme dentro -respondo tras dudar un instante.
-¿Seguro? -me pregunta el fornido.
-Tengo que ver a alguien que hay dentro. Al menos eso creo -contesto.
Sin decir una palabra, los dos se levantan despacio de la roca y cogen sus fusiles. Y, tras intercambiarse una mirada, empiezan a andar delante de mí.
-Te debe de parecer extraño que todavía tengamos que cargar con estos armatostes de hierro tan pesados, ¿verdad? -dice el alto volviéndose hacia mí-. No sirven para nada. Ni siquiera están cargados.
-Son sólo un signo -interviene el fornido sin mirarme-. Un signo de lo que hemos abandonado, de lo que hemos dejado atrás.
-Los símbolos son importantes -dice el alto-. Ya ves. Como da la casualidad de que tenemos fusiles, de que vestimos uniforme, aquí volvemos a desempeñar el papel de centinelas. Es nuestra función. Los símbolos nos conducen a eso.
-¿Tú tienes algo de esto? ¿Algo que pueda convertirse en un signo? -pregunta el fornido.
Sacudo la cabeza.
-No. No llevo nada. Lo único que llevo son recuerdos.
-Vaya -dice el fornido-. Conque recuerdos, ¿eh?
-No importa -dice el alto-. Los recuerdos pueden ser un gran símbolo. Claro que los recuerdos nunca sabes hasta cuándo vas a tenerlos, y tampoco, ya de por sí, lo sólidos que son.
-De ser posible, es mejor algo que tenga forma -dice el fornido-. Es más fácil de entender.
-Como un fusil -dice el alto-. Por cierto, ¿cómo te llamas?
-Kafka Tamura -respondo.
-Kafka Tamura -repiten los dos.
-¡Qué nombre tan raro! -dice el alto.
-¡Y que lo digas! -dice el fornido.
El resto del camino lo recorremos en silencio.



CAPÍTULO 45

Efectivamente, a partir de la «puerta de entrada» el camino es mucho más intrincado. De hecho, el camino deja de existir por completo. El bosque se vuelve más profundo, se hace inmenso. A mis pies, las pendientes son más abruptas, el suelo está cubierto de arbustos y hierbajos. El cielo ha dejado de verse y está tan oscuro como al anochecer. Las telarañas son más espesas, las plantas despiden un olor más intenso. El silencio va haciéndose más y más denso, el bosque repudia con decisión al humano invasor. Pero los soldados, con el fusil en bandolera, siguen adelante, escurriéndose sin esfuerzo por cualquier vericueto del bosque. Avanzan sorprendentemente rápido. Se deslizan por debajo de las ramas colgantes, trepan por las rocas, sortean los huecos de un salto, cruzan los matorrales espinosos abriéndose camino entre la espesura con destreza.
Tengo que esforzarme mucho para no perderlos de vista. Los soldados ni siquiera comprueban si los estoy siguiendo. Es como si pusieran a prueba mis fuerzas. Están midiendo hasta dónde puedo resistir. Incluso (aunque no sé por qué) parece que estén enfadados conmigo. No se dirigen la palabra. No sólo no me hablan a mí, tampoco hablan entre sí. Avanzan obcecados. Se van alternando en el puesto de cabeza sin intercambiar ni una sola palabra. Ante mis ojos, los fusiles que cuelgan a sus espaldas se van balanceando rítmicamente de izquierda a derecha. Parecen dos metrónomos. Andar con la vista clavada en ellos me produce un efecto hipnótico. Siento cómo me abandona la conciencia, alejándose de mí como si resbalara por encima del hielo. Pero yo me concentro en no perder el paso y avanzo en silencio, con el sudor manando de mis axilas.
-¿Vamos demasiado deprisa? -me pregunta, al fin, el soldado fornido tras volverse hacia mí. En su voz no se advierte el menor sofoco.
-No -contesto-. No hay problema. Os voy siguiendo.
-Eres joven, pareces fuerte -dice el alto sin dejar de mirar hacia delante.
-Nosotros estamos acostumbrados a ir y venir por este camino sin darnos cuenta, quizás apretemos el paso -dice el soldado fornido en tono de disculpa-. Así que, si andamos demasiado deprisa, tú lo dices, ¿de acuerdo? No te lo pienses dos veces. Y reduciremos la marcha. Sólo es que, en principio, no queremos andar más despacio la cuenta, ¿comprendes?
-Si no puedo seguiros, ya os avisaré -respondo. Intento, sin conseguirlo, acompasar mi respiración para que no se den cuenta de estoy sin aliento-. ¿Falta todavía mucho?
-No, no mucho -dice el alto.
-Llegamos enseguida -dice el otro.
Pero no me puedo fiar mucho de su opinión. Tal como ellos mismos han dicho, aquí el tiempo no es un factor importante.
Caminamos durante un rato en silencio. Pero el ritmo no es tan agotador como antes. Al parecer, ya ha finalizado la prueba.
-¿Hay serpientes venenosas en este bosque? -pregunto, porque es algo que me viene preocupando.
-¿Serpientes venenosas? -repite, sin volverse, el soldado alto de las gafas. Siempre anda con la mirada clavada al frente, como si esperara que, ante él, algo importante se le fuera a aparecer de un salto-. Pues nunca me lo había preguntado, la verdad.
-Quizá sí las haya -dice el soldado fornido volviéndose-. Aunque yo nunca he visto ninguna. Claro que eso a nosotros no nos afecta.
-Lo que queremos decir -dice el alto con tono despreocupado-, es que este bosque no tiene ninguna intención de hacernos daño.
-Así que no nos preocupan ni las serpientes venenosas ni nada por el estilo -dice el soldado fornido-. ¿Te has quedado tranquilo?
-Sí -digo.
-Ni serpientes venenosas, ni arañas venenosas, ni insectos venenosos, ni setas venenosas. Aquí, nada ajeno nos va a hacer daño -aclara el soldado alto. Sin volverse, claro.
-¿Nada ajeno? -repito. Posiblemente se deba al cansancio, pero me cuesta captar el sentido de las palabras.
-Nada ajeno. Lo que no somos nosotros -dice-. En resumen, que aquí nada ajeno nos va a hacer daño. Estamos en el punto más profundo del corazón del bosque. Nadie, ni siquiera tú mismo podrías hacerte daño.
Me esfuerzo en comprender sus palabras. Pero aquel reiterado efecto hipnótico ha mermado en gran manera mi capacidad de comprensión. Soy incapaz de hilvanar mis ideas.
-Cuando éramos soldados, nos hicieron practicar con frecuencia la manera de abrirle el vientre a un enemigo en un ataque con bayoneta -dijo el soldado fornido-. ¿Sabes cómo se clava la bayoneta?
-No -digo.
-Primero le clavas con todas tus fuerzas la bayoneta en el vientre al enemigo. Una vez está bien clavada, la empujas hacia un lado. Luego vas retorciéndola hasta hacerle trizas las visceras. El enemigo morirá en medio de terribles sufrimientos. Es una muerte horrible. La agonía se prolonga y el sufrimiento es enorme. Pero sólo con clavarla no basta. El enemigo puede levantarse de golpe y ser tú quien acabe con la bayoneta clavada en el estómago. Éste es el mundo en el que hemos caído.
Las vísceras. Ôshima me explicó que son la metáfora del laberinto. Dentro de mi cabeza hay varias cosas que se van entrelazando y que acaban por embrollarse. Ya no sé discernir bien lo que es de lo que no es.
-¿Sabes por qué una persona tiene que hacerle a otra cosas tan crueles? -pregunta el soldado alto.
-No lo sé -digo.
-Yo tampoco -dice el soldado alto-. Me daba igual un soldado chino, que uno ruso o que uno americano. Yo no quería trincharle las tripas a nadie. Pero vivíamos en un mundo así. De modo que tuvimos que desertar. Pero no te equivoques. Nosotros no somos débiles. Éramos muy buenos soldados. Sólo que no podíamos soportar algo que conllevara tanta violencia. Tú tampoco eres débil, ¿verdad?
-No lo sé. Es difícil juzgarse a uno mismo -contesto con franqueza-. Pero durante toda mi vida me he esforzado en ser cada vez más fuerte, aunque sólo fuera un poco más.
-Eso es muy importante -dice el soldado fornido volviéndose hacia mí-. Muy importante. Eso de esforzarse en ser cada vez más fuerte.
-A ti no hace falta que te digan que eres fuerte. Ya se ve -dice el alto-. A tu edad, cualquiera no puede llegar hasta aquí.
-Muy recio, sí -dice el soldado fornido con admiración.
Por fin se detienen. El soldado alto se quita las gafas, se frota las aletas de la nariz, se vuelve a poner las gafas. Ninguno de los dos respira de forma entrecortada, ni siquiera sudan.
-¿Tienes sed? -me pregunta el soldado alto.
-Un poco -admito. En realidad, me siento terriblemente sediento. Es que he tirado la mochila donde llevaba la cantimplora de aluminio. El soldado alto coge la cantimplora de aluminio que lleva prendida a la cintura y me la ofrece. Tomo algunos sorbos de agua tibia. El agua apaga la sed de todos los rincones de mi cuerpo. Limpio el gollete de la cantimplora y se la devuelvo-. Gracias -digo.
El soldado alto asiente en silencio.
-Estamos en la cresta de estas montañas -me informa el soldado fornido.
-Bajaremos derechos hasta abajo, ve con cuidado para no resbalar -dice el soldado alto.
Y empezamos a descender la resbaladiza pendiente con gran precaución.


En medio de la empinada pendiente tomamos una gran curva tras cruzar un bosque, aquel mundo aparece de repente ante nuestros ojos.
Los dos soldados se detienen, se vuelven y me miran a la cara. No dicen nada. Pero sus ojos me transmiten un mensaje mudo. Éste es el lugar. Tú vas a entrar en él. Yo también me detengo y contemplo ese mundo. Es una cuenca llana que se ha aprovechado utilizando la configuración original del terreno. No sé cuánta gente vivirá ahí, pero, a juzgar por las dimensiones, seguro que no mucha. Hay varias calles, a cuyos lados se levantan aquí y allá unos cuantos edificios. Las calles son pequeñas, los edificios también. No se ve un alma. Todos los edificios son inexpresivos, parecen haber sido construidos pensando más en que sirvieran como protección frente a las inclemencias meteorológicas que en la belleza. El conjunto es demasiado pequeño como para adoptar el nombre de «pueblo». No hay tiendas ni edificios públicos. No hay ni carteles ni letreros. Sólo aquellos edificios sobrios, de idéntico tamaño e idéntica forma que se han agrupado, como si de pronto se le hubiera ocurrido a alguien, formando una población. Ningún edificio tiene jardín, en las calles no se ve un solo árbol. Como si hubiesen decidido que ya tienen bastante vegetación a su alrededor.
Sopla una ligera brisa. La brisa cruza el bosque y hace temblar las hojas de los árboles, aquí y allá, a mi alrededor. El anónimo susurro que produce deja ondas en la piel de mi corazón, como las dejaría el viento en la superficie de una duna. Apoyo una mano en el tronco de un árbol y cierro los ojos. Esta impronta del viento parece un signo. Pero yo aún no puedo descifrar su significado. Para mí es como un idioma extranjero que desconozco totalmente. Resignado, abro los ojos, vuelvo a contemplar este mundo nuevo que se abre ante mí. En mitad de la pendiente, con la vista clavada en ese lugar junto con los soldados, siento que la impronta del viento que se encuentra en mi interior se está desplazando. De manera simultánea, los signos se recomponen, las metáforas se transforman. Tengo la sensación de que me voy alejando de mí mismo, de que floto. Soy una mariposa que aletea en el borde del mundo. Más allá de la linde del mundo se encuentra un espacio donde el vacío y la sustancia se superponen a la perfección. Donde el pasado y el futuro forman un círculo continuo y sin límite. Por allí vagan los signos que nadie ha leído, los acordes que nadie ha escuchado jamás.
Acompaso mi respiración. Mi corazón todavía no ha acabado de adoptar una única forma. Pero ya no tengo miedo.
Los soldados, sin pronunciar palabra, vuelven a emprender la marcha y yo los sigo en silencio. Conforme vamos bajando la pendiente, el pueblo se acerca. Un riachuelo con un muro de protección de piedra fluye a lo largo de la calle. Se oye un agradable murmullo de agua. Un agua limpia, transparente. Aquí todo es sencillo y pequeño. Aquí y allá se levantan postes de la electricidad con hilos tendidos entre poste y poste. Es decir, que la electricidad llega hasta aquí. ¿La electricidad? Me produce cierta sensación de extrañeza.
La alta cresta verde de las montañas rodea el lugar por los cuatro costados. Una uniforme capa gris vuelve a cubrir el cielo. Mientras los soldados y yo andamos por las calles, no nos cruzamos con nadie. El lugar está silencioso y tranquilo, sin un ruido. Tal vez la gente esté encerrada dentro de sus casas, esperando, con el aliento contenido, a que pasemos de largo.
Los dos soldados me conducen hasta un edificio. Se parece muchísimo, en el tamaño y la forma, a la cabaña de Ôshima. Tanto que se podría pensar que uno ha estado hecho a imagen y semejanza del otro. En la fachada hay un porche y, en éste, una silla. Es una construcción de una sola planta, la chimenea de la estufa sale por el tejado. La diferencia es que aquí el dormitorio está separado de la salita de estar, que hay lavabo, que hay corriente eléctrica. En la cocina hay un refrigerador eléctrico. No muy grande, un modelo antiguo. Hay lámparas colgando del techo. Incluso hay un televisor. ¿Televisor?
En el dormitorio veo una sencilla cama individual, sin adornos ya hecha.
-De momento, quédate aquí y relájate -me indica el soldado fornido-. No por mucho tiempo. De momento.
-Tal como te hemos dicho antes, aquí el tiempo no es tan importante -dice el soldado alto.
-No tiene ninguna importancia -conviene el soldado fornido.
¿De dónde viene la electricidad?
Los dos se miran.
-Hay una pequeña central eólica. Produce electricidad en el corazón de las montañas. Allá siempre sopla el viento -explica el soldado alto-. Uno no puede estar sin electricidad, ¿verdad?
-Sin electricidad no hay neveras, y sin neveras no se pueden conservar los alimentos -me explica el soldado fornido.
-No es que no puedas vivir sin nevera, claro -dice el soldado alto-. Pero es muy útil.
-Si tienes hambre, hay comida en la nevera. Come lo que quieras. Pero me temo que no habrá gran cosa -dice el soldado fornido.
-Aquí no tenemos carne, ni pescado, ni café, ni alcohol -dice el soldado alto-. Al principio, es un poco duro, pero luego te acostumbras.
-Pero hay huevos, queso y leche -dice el soldado fornido-. Es que las proteínas de origen animal son, hasta cierto punto, necesarias.
-Claro que, como aquí no producimos estas cosas, para conseguirlas tenemos que ir a donde los otros -dice el alto-. Y hacemos trueque.
¿Los otros?
El soldado alto asiente.
-Pues, claro. Aquí no estamos aislados del mundo. Existen los otros. Faltaría más. Ya te irás enterando, poco a poco, de muchas cosas.
-Al atardecer, alguien te preparará la comida -dice el soldado alto-. Hasta entonces, si te aburres, puedes ver la televisión.
¿Dan algún programa por la televisión?
-Pues..., ¿qué deben hacer? -dice el soldado alto con cara de apuro. Con la cabeza ladeada mira al soldado fornido.
El soldado fornido también ladea la cabeza, desconcertado. Pone cara seria.
-La verdad es que todo eso de la televisión yo no lo sé muy bien. Es que no la he visto nunca.
-La pusimos aquí porque pensamos que, a lo mejor, les sería útil a los recién llegados -dice el soldado alto.
-Pero algo podrás ver, seguro -dice el soldado fornido.
-En fin, quédate aquí y descansa -dice el soldado alto-. Nosotros tenemos que volver a nuestro puesto.
Gracias por traerme.
-De nada. Ha sido muy fácil -dice el soldado fornido-. Tienes las piernas mucho más robustas que los demás. Hay un montón de gente que no puede seguirnos. Incluso alguna vez hemos tenido que llevar a alguno a cuestas.
-Decías que aquí había alguien a quien querías ver, ¿verdad? -dice el soldado alto.
Sí.
-Seguro que no tardaréis mucho en encontraros -dice el soldado alto. Y hace varios movimientos afirmativos de cabeza-. Este mundo es muy pequeño.
-Espero que te acostumbres pronto -dice el soldado fornido.
-Una vez te acostumbras, todo es muy fácil -dice el soldado alto.
Muchas gracias.
Los dos juntan los pies, se ponen en posición de firmes y hacen un saludo militar. Salen, de nuevo con el fusil en bandolera. Recorren la calle a paso rápido y vuelven a su puesto. Deben de pasarse día y noche haciendo guardia en la puerta de entrada.

Voy a la cocina y atisbo dentro del frigorífico. Hay un montón de tomates, hay queso. También hay huevos, nabos y zanahorias. Una gran jarra de porcelana llena de leche, y mantequilla. Encuentro pan dentro de una alacena, corto un trozo y lo mordisqueo. Está un poco duro, pero no sabe mal.
En la cocina hay un fregadero con agua corriente. Doy la vuelta al grifo, sale agua. Un agua límpida y helada. Teniendo electricidad, es posible que la bombeen de algún pozo. Lleno un vaso, me lo bebo.
Me acerco a la ventana y contemplo lo que hay al otro lado. El cielo sigue cubierto de nubes grises, pero no parece que vaya a llover. Permanezco largo rato mirando por la ventana pero no consigo ver a nadie. El pueblo parece estar completamente muerto. O, tal vez, la gente, por alguna razón que desconozco, se oculta para que no la vea.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. Una silla de madera, dura, de respaldo recto. Hay tres sillas en total y, delante de las sillas, una mesa. La mesa es cuadrada, parece que la han barnizado repetidas veces. En las paredes estucadas que circundan la habitación no hay colgado ningún cuadro, ninguna fotografía, ningún calendario. Sólo las paredes blancas, desnudas. Del techo pende una bombilla. La bombilla está cubierta por una sencilla pantalla de cristal. La pantalla amarillea a causa del calor.
La habitación está muy limpia. Deslizo un dedo por encima de la mesa, por los marcos de las ventanas, no hay ni una mota de polvo. Ninguna sombra empaña los cristales de las ventanas. Ni los cacharros, ni la vajilla, ni la instalación de la cocina son nuevos, pero todo está reluciente y bien cuidado. En un extremo del tablero de la cocina hay un par de hornillos eléctricos de aire anticuado. Aprieto el interruptor. La luz roja del piloto se enciende al instante.
Aparte de la mesa y de las sillas, el antiguo televisor en color metido en una gran caja de madera es el único mueble de la habitación. Debe de haber sido fabricado hace unos quince o veinte años. No tiene mando a distancia. Diría que lo han recogido de alguna parte. (De hecho, todos los electrodomésticos de la cabana parecen haber sido rescatados de la basura. Están limpios y funcionan bien, pero todos son modelos antiguos y están descoloridos.) Al encender el televisor, veo que están pasando una película antigua. Sonrisas y lágrimas. En Primaria, el profesor nos llevó al cine, la vi en pantalla grande. Es una de las contadas películas que vi de pequeño (porque no tenía a ningún adulto que me llevara al cine). Al severo y testarudo padre, el coronel Trapp, lo envían a Viena y, mientras tanto, María, la institutriz, lleva a los niños de excursión a la montaña. Sentados en la hierba, todos cantan canciones inocentes al son de la guitarra. Una escena muy conocida. Tomo asiento frente al televisor y me quedo mirando la película como embrujado. Si hubiera tenido a mi lado a una María durante mi infancia, mi vida habría sido muy distinta. (Lo cierto es que pensé lo mismo la primera vez que vi la película.) Pero no hace falta decir que nunca apareció nadie así.
Vuelvo a la realidad. ¿Por qué me tengo que quedar aquí, ahora, mirando con tanta seriedad Sonrisas y lágrimas? En primer lugar, ¿por qué Sonrisas y lágrimas? ¿Tendrá esta gente una antena parabólica que esté captando las ondas de algún satélite? ¿O se trata de una cinta de video que ha puesto alguien en alguna parte? Concluyo que es una cinta. Porque, al cambiar de canal, veo que sólo pasan Sonrisas y lágrimas. En los otros canales, lo único que se ve en la pantalla es nieve. Esta inmaculada y áspera imagen, junto con los parásitos acústicos, me hace imaginar, literalmente, una tormenta de nieve.
En la escena en que cantan Edelweis apago el televisor. El silencio vuelve a la habitación. Como tengo mucha sed me dirijo a la cocina, saco la jarra de leche del frigorífico y bebo. Es una leche espesa y fresca. Su sabor es muy distinto al de la leche que venden en las tiendas abiertas las veinticuatro horas. Mientras bebo un vaso tras otro, me acuerdo de la película Los cuatrocientos golpes, de Francois Truffaut. En la película hay una escena en que un muchacho, Antoine, que se ha escapado de casa, tiene mucha hambre y, por la mañana temprano, roba una botella de leche que un repartidor acaba de dejar a la puerta de una casa y se la va bebiendo con ansia en plena huida. Es una botella muy grande y tarda mucho en acabársela. Se trata de una escena triste y angustiosa. Tanto, que cuesta creer que la acción de comer o beber pueda resultar tan desesperante. En quinto año de Primaria, otra de las películas que vi de niño fue Los adultos no me comprenden, atraído por el título. Fui a verla a un cine de arte y ensayo. Tomé el tren, me fui hasta Ikebukuro, vi la película, volví a tomar el tren, regresé a casa. Al salir del cine, me compré enseguida una botella de leche y me la bebí. No pude evitarlo.
Al acabarme la leche, me entra un sueño espantoso. Es un sueño tan abrumador que casi me siento mareado. Mis pensamientos se hacen más lentos, como un tren que va reduciendo la velocidad al entrar en la estación y, al final, soy incapaz de hilvanar mis ideas. Es como si la médula de los huesos se me fuera endureciendo deprisa. Voy al dormitorio y, con movimientos confusos, me saco los pantalones, los calcetines, me acuesto sobre la cama. Hundo la cabeza en la almohada, cierro los ojos. La almohada huele como la luz del sol. Un olor añorado. Lo aspiro en silencio, lo espiro. El sueño acude en un instante.
Al despertarme, me hallo envuelto en la oscuridad. Abro los ojos, y, dentro de unas tinieblas desconocidas, me pregunto a mí mismo dónde estoy. Conducido por los dos soldados, he cruzado el bosque y he llegado a un pueblo donde hay un riachuelo. Poco a poco vuelvo a acordarme de las cosas. La escena queda enfocada. Una melodía familiar suena junto a mis oídos. Es Edelweis. Desde la cocina me llega amortiguado el familiar ruido de cazuelas. A través de la rendija de la puerta se filtra la luz de una lámpara, y dibuja una línea recta de luz amarillenta en el suelo. La luz parece antigua y está llena de polvo.
Intento incorporarme sobre la cama, pero mi cuerpo está rígido. Todos mis miembros están entumecidos por igual. Aspiro una gran bocanada de aire, contemplo el techo. Se oye un entrechocar de platos. Se oye cómo alguien se desplaza con aire atareado por el suelo de la estancia. Tal vez esté preparándome la comida. Logro bajar de la cama, me pongo los pantalones, invierto en ello mucho tiempo, me calzo las medias y los zapatos. Hago girar suavemente el pomo la puerta, la abro. En la cocina hay una jovencita preparando la comida. Está inclinada sobre la cazuela, cuchara en mano, paladeando un guiso, pero al oírme abrir la puerta levanta la cabeza y se vuelve hacia mí. Es la niña que en la biblioteca Kômura visitaba cada noche mi habitación y se quedaba contemplando el cuadro. Sí, la señora Saeki a los quince años. Lleva el mismo vestido que entonces. El vestido azul celeste de manga larga. La única diferencia es que ahora lleva el pelo sujeto con una horquilla. Me mira y esboza una pequeña y cálida sonrisa. Me asalta una emoción tan violenta que siento que el mundo ha cambiado de arriba abajo. En un instante, todas las cosas con forma se han descompuesto en pedazos y, luego, han vuelto a recuperar su forma. Pero la niña no es una ilusión, ni tampoco un fantasma. Es una jovencita de carne y hueso, tangible, que está allí. Al anochecer, en una cocina real, preparándome una comida real. El vestido ligeramente abultado por el pecho, la nuca blanca como la porcelana recién hecha.
-¡Oh! Estás despierto -me dice.
No logro pronunciar palabra. Aún estoy intentando ordenar mis ideas.
-Dormías como un lirón -dice. Después vuelve a darme la espalda y paladea el guiso-. Si no te hubieses despertado, te habría dejado la comida preparada y me habría ido.
-No quería dormir tanto -digo recuperando al fin la voz.
-Es que has cruzado el bosque -dice-. ¿Tienes hambre?
-No lo sé. Probablemente sí.
Me gustaría tocarla. Sólo para comprobar si es algo tangible. Pero no me atrevo. Me quedo allí plantado, mirándola. Aguzando el oído al ruido que hace al moverse.
La jovencita sirve en un plato blanco, sin dibujo, el estofado que ha calentado en la cazuela y lo lleva a la mesa. Lo acompaña de un bol hondo con lechuga y tomate. Y un gran pan. En el estofado hay patata y zanahoria.
Un olor que me trae gratos recuerdos. En cuanto ese olor inunda mis pulmones me doy cuenta de que estoy terriblemente hambriento. Tengo que llenar el vacío de mi estómago. Mientras como, sirviéndome de un tenedor y una cuchara viejos y desgastados, ella se sienta en una silla, un poco alejada de mí, y se me queda observando. Con una expresión muy seria, como si verme comer formara parte de su trabajo. De vez en cuando se lleva la mano al pelo.
-Me han dicho que tienes quince años -dice.
-Sí -digo untando el pan con manteca-. Quince años recién cumplidos.
-Yo también tengo quince años -dice.
Asiento. Estoy a punto de decirle: «Ya lo sé». Pero todavía es demasiado pronto para pronunciar estas palabras. Continúo comiendo en silencio.
-Pues resulta que, durante un tiempo, yo prepararé la comida aquí -dice la niña-. Haré la limpieza y lavaré. En la cómoda del dormitorio tienes ropa para cambiarte, usa lo que quieras. La ropa sucia déjamela en la cesta del lavabo.
-¿Y quién te ha asignado este trabajo?
La jovencita se me queda mirando fijamente. No responde. Mi pregunta, como si hubiera errado el circuito, ha sido absorbida por un espacio sin nombre y ha acabado desvaneciéndose.
-¿Cómo te llamas? -cambio de pregunta.
Ella sacude un poco la cabeza.
-No tengo nombre. Aquí nadie tiene nombre.
-Entonces, ¿cómo voy a llamarte?
-No te hará falta -dice-. Cuando me necesites, aquí estaré.
-Entonces, aquí yo tampoco necesitaré un nombre, supongo.
Ella asiente.
-Es que tú eres tú, y no otra persona. Porque tú eres tú, ¿verdad?
-Creo que sí -digo. Pero no me siento muy seguro. ¿Seré yo verdaderamente yo?
Ella me mira a la cara.
-¿Te acuerdas de la biblioteca? -me decido a preguntarle.
-¿La biblioteca? -Ella sacude la cabeza-. No, no me acuerdo. La biblioteca está lejos. Muy lejos de aquí. Pero no está aquí.
-Entonces, ¿hay una biblioteca?
-Sí. Pero en esta biblioteca no hay libros.
-Y si no hay libros, ¿qué hay?
No responde. Sólo ladea ligeramente la cabeza. Esta pregunta vuelto a ser absorbida por un circuito erróneo.
-¿Has ido allí alguna vez?
-Hace muchísimo tiempo -dice.
-Pero no fuiste para leer libros, ¿verdad?
Asiente.
-No, es que allí no hay libros.
Luego, durante un rato, sigo comiendo en silencio. Estofado, ensalada y pan. Ella me mira en silencio con expresión grave.
-¿Te ha gustado la comida? -me preguntó cuando terminé.
-Mucho. Estaba muy buena.
-¿Aunque no hubiera carne o pescado?
Le señalo el plato vacío.
-Mira, no he dejado nada.
-La he preparado yo.
-Pues estaba buenísima -repito. Y es la verdad.
El hecho de tenerla delante hace que sienta un agudo dolor en pecho, como si me clavaran un cuchillo congelado. Es un dolor mi intenso, pero yo más bien agradezco esta intensidad. Puedo solapar mi existencia con ese dolor helado. El dolor se convierte en un ancla que me mantiene firmemente amarrado aquí. Ella se levanta de la silla, pone agua a calentar, prepara un té. Y, mientras me lo bebo, sentado la mesa, ella lleva los platos sucios al fregadero y los lava. No aparto la mirada de su espalda. Quiero decir algo. Pero me doy cuenta de que, en su presencia, todas las palabras pierden su función original. O tal vez es que el sentido que debe ligar una palabra a la otra acaba perdiéndose. Me contemplo las manos. Me acuerdo de los árboles del otro lado de la ventana que brillaban a la luz de la luna. Es allí donde está el cuchillo congelado que tengo clavado en el corazón.
-¿Podré volver a verte? -le pregunto.
-Claro -responde ella-. Tal como te he dicho antes, cuando me necesites, aquí estaré.
-¿Y no desaparecerás de repente?
Ella no responde. Únicamente me mira con aire de extrañeza, sin responder. Como diciendo: «¿Y adónde quieres que vaya?».
-Yo ya te había visto antes -me aventuro a decir-. En otra tierra, en otra biblioteca.
-Si tú lo dices. -Ella se lleva las manos al cabello y se asegura de que la horquilla sigue allí. Su voz carece casi por completo de expresión. Como si quisiera demostrarme que el tema, a ella, no le interesa lo más mínimo.
-Y he venido hasta aquí para volver a verte. Para verte a ti y a otra mujer.
Ella alza la cabeza y asiente con expresión grave.
-Cruzando un espeso bosque.
-Exacto. Porque yo tenía la absoluta necesidad de veros, a ti y a la otra mujer.
-Y tú me has visto aquí.
Asiento.
-Ya te lo he dicho, ¿no? -dice la jovencita-. Que cuando me necesites, aquí estaré.


Cuando acaba de lavar los platos, mete el recipiente en la bolsa de lona donde antes llevaba la comida y se la cuelga a la espalda.
-Hasta mañana por la mañana -me dice ella-. Espero que pronto te acostumbres a estar aquí.
Plantado en el umbral de la puerta la sigo con la mirada, su figura se va fundiendo en las tinieblas que hay un poco más allá. Me he quedado solo en la cabaña. Estoy dentro de un círculo cerrado. Aquí el tiempo no es un factor importante. Aquí nadie tiene nombre. Ella estará aquí mientras yo la necesite. Aquí ella tiene quince años. Probablemente hasta la eternidad. Pero ¿qué diablos pasará conmigo? ¿Permaneceré también yo sumido para siempre en los quince años? ¿O es que, tal vez, la edad tampoco es aquí un factor importante?
Incluso después de que ella haya desaparecido me quedo en el umbral de la puerta, mirando con ojos distraídos a mi alrededor. En el cielo no hay ni luna ni estrellas. Algunas casas tienen la luz encendida. La luz se derrama por las ventanas. Una luz tan amarillenta y anticuada como la que alumbra mi habitación. Pero sigue sin verse a nadie. Sólo las luces. Fuera de la cabaña reinan las sombras negras. Y yo sé que más allá se yergue, más negra todavía que la oscuridad, la cresta de las montañas, sé que los bosques circundan el pueblo como una espesa muralla.




CAPÍTULO 47

Me despierto poco antes del amanecer. Caliento agua en el hornillo eléctrico, me preparo un té y me lo bebo. Me siento en una silla junto a la ventana, miro hacia fuera. En las calles no hay nadie, no se oye nada. A mis oídos no llegan los trinos de los pájaros matutinos. Por estar rodeado de las montañas, en este lugar amanece tarde y anochece pronto. Sólo un pálido resplandor, hacia el este, corona las montañas. Para ver la hora voy al dormitorio, miro mi reloj, que he dejado junto a la cabecera de la cama. No funciona. La pantalla digital está apagada. Aprieto varios botones al tuntún para probar, pero no se produce cambio alguno. Las pilas no tenían por qué agotarse todavía. Pero el tiempo, mientras dormía, vete a saber por
qué, tal vez se haya detenido. Vuelvo a dejar el reloj de pulsera sobre la mesilla, me froto con la mano derecha la muñeca de la mano izquierda, donde siempre llevo el reloj. Aquí el tiempo no es un factor importante.
Mientras contemplo aquel paisaje que no incluye pájaro alguno, me entran ganas de leer algo. Cualquier libro. Con tal de que tenga letra impresa y forma de libro me conformo. Cogerlo, hojearlo, recorrer con los ojos los caracteres que se alinean en sus páginas. Pero no hay ningún libro. Aquí no parece existir la letra impresa. Recorro de nuevo la habitación con la mirada. No alcanzo a ver nada escrito.
Abro la cómoda, estudio la ropa que contiene. Está cuidadosamente doblada y guardada dentro de los cajones. No hay ninguna prenda nueva. Toda la ropa está descolorida, con la tela desgastada tras múltiples lavados. Pero parece limpísima. Camisetas de cuello redondo y ropa interior. Calcetines. Polos de algodón. Pantalones de algodón. Todo aproximada -aunque no exactamente- de mi talla. Ninguna prenda lleva dibujo. Todas, sin excepción, son lisas. Parece como si, en el mundo, no hubieran existido jamás las telas estampadas. Por lo que puedo apreciar de una ojeada, ninguna prenda tiene la etiqueta de la marca. Aquí no hay nada escrito. Me quito la camiseta que llevaba, huele a sudor, y me pongo una gris que hay en uno de los cajones. La camiseta huele a jabón y a sol.


Poco después -¿cuánto tiempo debe de haber transcurrido?- viene la jovencita. Llama débilmente a la puerta y entra sin esperar respuesta. En la puerta no hay llave ni nada parecido. La niña lleva una gran bolsa de lona colgada del hombro. El cielo que aparece a sus espaldas ya ha clareado del todo.
Al igual que la víspera, la jovencita se planta en la cocina y me hace una tortilla en una pequeña sartén negra. Cuando, tras calentar el aceite, casca los huevos y los echa en la sartén, suena un agradable chisporroteo. El olor a huevos frescos llena la habitación. Tuesta pan en una tostadora de formas rechonchas que recuerda las que aparecen en las películas antiguas. La niña lleva el mismo vestido azul celeste que la noche anterior, también se ha vuelto a recoger el pelo hacia atrás con una horquilla. Tiene la piel suave y hermosa. Sus delgados brazos, parecidos a la porcelana, relucen a la luz de la mañana. Por la ventana abierta de par en par, tal vez con la finalidad de hacer este mundo un poco más completo, entra una pequeña abeja. Tras dejar la comida sobre la mesa, la niña se sienta en una silla cercana y me mira mientras como. Me tomo la tortilla de verduras, el pan untado con mantequilla fresca. Me bebo una infusión. Ella no prueba un solo alimento, no bebe nada. Todo parece repetirse igual que la noche anterior.
-Las personas que hay aquí, ¿se hacen todas ellas la comida? -le pregunto-. No sé, como tú me la preparas a mí.
-Hay personas que se la hacen ellas mismas y otras a quienes se la preparan otros -dice ella-. Pero, por lo general, aquí nadie come demasiado.
-¿Nadie come demasiado?
Ella asiente.
-Con comer a veces ya tienen bastante. A veces les entran ganas de comer y comen.
-O sea, que nadie come como estoy comiendo yo ahora.
-¿Tú podrías pasarte un día sin comer?
Sacudo la cabeza en ademán negativo.
-Pues las personas que hay aquí, aunque no coman en todo el día, no sienten hambre, y, de hecho, a veces incluso se olvidan de comer.
A veces durante días.
-Pero yo todavía no me he acostumbrado a este lugar, así que, hasta cierto punto, tengo que comer.
-Es posible -dice ella-. Por eso yo te preparo la comida. La miro a la cara.
-¿Cuánto tardaré en acostumbrarme a este lugar?
-¿Cuánto tiempo? -repite ella. Y mueve despacio la cabeza en ademán negativo-. No lo sé. No es una cuestión de tiempo. No tiene nada que ver con la cantidad de tiempo. Cuando llegue el momento, tú ya te habrás acostumbrado.
Estamos hablando sentados cada uno a un lado de la mesa. Sus dos manos descansan sobre ésta. Una junto a la otra, con las palmas hacia abajo. Veo sus diez dedos, fuertes, sin titubeos, aquí presentes como algo real. La miro de frente. Contemplo el delicado temblor de sus pestañas, cuento sus parpadeos. Observo la pequeña oscilación de su flequillo. No puedo apartar los ojos de ella.
-¿El momento?
-El momento en que tú descubras que no es necesario cortarte algo de ti mismo para arrojarlo fuera. Nosotros no lo desechamos, nosotros lo asimilamos en nuestro interior.
-¿Y yo lo asimilaré en mi interior?
-Sí.
-Entonces -pregunto-, cuando ya lo haya asimilado, ¿qué diablos ocurrirá?
La niña reflexiona con la cabeza algo ladeada. Un gesto muy natural. Su flequillo también se ladea al compás del movimiento de cabeza.
-Pues, quizá, que tú seas enteramente tú -dice.
-O sea, que yo ahora no soy enteramente yo.
-Tú, ahora, eres tú más que de sobra -dice ella. Reflexiona un poco-. A lo que yo me refiero es a algo ligeramente diferente. Pero no sé explicarlo con palabras.
-¿Que no lo entenderé hasta que llegue el momento en que lo experimente en realidad?
Ella asiente.
Cuando me empieza a resultar duro mirarla, cierro los ojos. Vuelvo a abrirlos enseguida. Para asegurarme de que ella todavía sigue allí.
-¿Aquí vivís en comunidad?
Ella vuelve a reflexionar.
-Aquí todos vivimos juntos y algunas cosas son de uso común. Como, por ejemplo, las duchas, la central eléctrica o el intercambio comercial. Sobre el uso de estas cosas hay una especie de acuerdos sencillos. Nada del otro mundo. Cosas que se pueden entender sin pensar demasiado, cosas que se pueden comunicar sin tener que traducirlas en palabras. Por lo tanto, casi no hay nada sobre lo que yo pueda decirte: «Esto se hace así», o «Aquí tienes que hacer esto otro». Lo más importante es que aquí cada uno es quien es y que vamos diluyéndonos en lo que nos rodea. Si actúas de este modo, no tendrás ningún problema.
-¿Diluirse?
-Es decir, que cuando tú estás en el bosque, tú eres, sin fisuras, parte del bosque. Cuando estás bajo la lluvia, tú eres, sin fisuras, parte de la lluvia que cae. Cuando estás inmerso en la mañana, tú eres, sin fisuras, parte de la mañana. Cuando estás delante de mí, tú eres parte mí. De eso se trata. Explicado de una manera fácil de entender.
-Cuando tú estás frente a mí, eres parte de mí.
-Sí.
-¿Y qué sensación produce eso de que siendo completamente tú pases a formar parte, sin fisuras, de otra cosa?
Ella me mira de frente. Se toca la horquilla del pelo.
-Que yo, siendo yo, pase a ser una parte sin fisuras de ti es algo muy natural cuando te acostumbras, incluso algo muy sencillo. Como volar por el cielo.
-¿Puedes volar por el cielo?
-Sólo era un ejemplo -dice ella sonriendo. Una sonrisa por el placer de sonreír. Desprovista de significados profundos o de sentidos ocultos-.Tampoco puedes entender qué es volar por el cielo hasta que vuelas de verdad. Se trata de lo mismo.
-Pero se trata de algo natural en lo que no hace falta pensar, ¿no es así?
Asiente.
-Sí. Es algo muy natural, muy plácido, muy agradable, en lo que no hace falta pensar. Algo sin fisuras.
-¿No te estaré haciendo demasiadas preguntas?
-En absoluto. Para nada -dice-. Pero me gustaría poder explicártelo mejor.
-¿Tienes recuerdos?
Ella vuelve a sacudir la cabeza. Deposita de nuevo las manos sobre la mesa. Esta vez con las palmas hacia arriba. Ella se las mira un instante. Pero en su rostro no aflora expresión alguna.
-No tengo recuerdos. Donde no es importante el tiempo, tampoco lo son los recuerdos. Por supuesto, me acuerdo de lo de ayer. Yo vine aquí y te preparé un estofado de verduras. Y tú te lo comiste todo, ¿verdad? De lo que sucedió anteayer también me acuerdo de algo. Pero ya no recuerdo lo anterior. El tiempo se va disolviendo en mí, forma un todo, no puedo distinguir una cosa de la siguiente. -Los recuerdos aquí no son algo tan importante.
Ella sonríe.
-Sí. Los recuerdos aquí no son algo tan importante. La memoria ya la trata la biblioteca.
Cuando ella se va, me acerco a la ventana y dejo que se me calienten las manos al sol de la mañana. La sombra de mis manos se proyecta en el alféizar. Se distingue claramente la forma de los cinco dedos. La abeja deja de volar y se posa en silencio en el cristal de la ventana. También ella parece estar, al igual que yo, sumergida en serias meditaciones.


Poco después de que el sol haya alcanzado su punto más alto, ella me visita. Pero no es la señora Saeki bajo la forma de la jovencita. Llama débilmente a la puerta, abre la puerta. Por un instante me cuesta discernir entre ella y la jovencita. Las cosas pueden sufrir fácilmente una alteración a causa de sutiles cambios de la luz debidos a la forma en que sopla el viento. Me da la impresión de que ella se convertirá de un momento a otro en la jovencita, y de que, acto seguido, volverá a ser la señora Saeki. Pero esto no ocurre. Frente a mí está la señora Saeki, y nadie más.
-Buenas tardes -me saluda la señora Saeki con voz muy natural. Como cuando nos cruzábamos por el pasillo en la biblioteca. Lleva una blusa azul marino y, como es de esperar, una falda hasta las rodillas también de color azul marino. El fino collar de plata, el par de pequeñas perlas en los lóbulos de las orejas. Su aspecto habitual. Sus tacones resuenan con un ruido seco
en el entarimado del porche. Este sonido contiene algo inapropiado, que no coincide con el lugar.
La señora Saeki, de pie en el umbral, un poco alejada de mí, me observa con atención. Como si quisiera comprobar si soy realmente yo. Claro que soy mi yo verdadero. Al igual que ella es la auténtica señora Saeki.
-¿Quiere pasar a tomar un té? -pregunto.
-Gracias -dice la señora Saeki. Y, finalmente, como si hubiese tomado una decisión, accede a la estancia.
Voy a la cocina, enchufo el calentador eléctrico, caliento agua. Mientras tanto acompaso mi respiración. La señora Saeki toma asiento frente a la mesa. En la misma silla donde se ha sentado antes la niña.
-Parece que nos encontremos en la biblioteca.
-Sí, es cierto -asiento-. Aunque sin café y sin Ôshima.
-Y sin un solo libro -dice la señora Saeki.


Hago una infusión, la sirvo en dos tazas, las llevo a la mesa. Nos sentamos cara a cara. A través de la ventana abierta llega el trino los pájaros. La abeja sigue durmiendo en el cristal de la ventana.
La señora Saeki es la primera en hablar.
-La verdad es que no me ha sido nada fácil llegar hasta aquí. Pero tenía que verte y hablar contigo.
Asiento.
-Gracias por venir.
Ella esboza la sonrisa de siempre.
-Tenía que decírtelo -confiesa. Su sonrisa es casi idéntica a la de la niña. Pero la de la señora Saeki posee más profundidad. Esta sutil diferencia hace que se me estremezca el corazón.
La señora Saeki sostiene la taza envolviéndola con ambas manos. Contemplo las dos pequeñas perlas blancas en los lóbulos de sus orejas. Ella reflexiona unos instantes. Tarda más que de costumbre en pensar.
-He quemado todos mis recuerdos -dice escogiendo las palabras despacio-. Todos se han convertido en humo y han desaparecido en el cielo. Así que algunas cosas no podré seguir recordándolas por mucho tiempo. Olvidaré. Algunas cosas, todas las cosas. También a ti. Por eso quería hablar contigo lo antes posible, aunque sólo fuera unos instantes. Mientras mi mente
todavía pueda recordar.
Doblo el cuello y miro la abeja en el cristal de la ventana. En el alféizar, la sombra de la abeja negra se proyecta en un único punto.
-Lo más importante de todo -dice la señora Saeki en voz baja- es que tienes que salir de aquí lo antes posible. Cruza el bosque, vete y vuelve a tu vida de antes. Porque la puerta de entrada no tardará en cerrarse. Prométeme que lo harás.
Sacudo la cabeza.
-Señora Saeki, usted no lo entiende. Yo no tengo mundo al que volver. A mí nadie me ha querido, nadie me ha necesitado en toda mi vida. Aparte de mí, jamás he tenido a nadie en quien confiar. La «vida de antes» de la que usted habla para mí no tiene ningún sentido.
-A pesar de ello, debes volver.
-¿Aunque allí no tenga nada? ¿Aunque no haya nadie que desee que yo esté allí?
-No es así -dice ella-. Yo lo deseo. Yo deseo que tú estés allí.
-Pero usted no está allí. ¿No es cierto?
La señora Saeki baja la mirada hacia la taza, que rodea con ambas manos.
-Sí. Por desgracia, yo ya no estoy allí.
-Entonces, ¿qué quiere usted de mí una vez que esté yo de vuelta?
-Quiero una sola cosa -responde la señora Saeki. Alza los ojos, me mira de frente-. Quiero que te acuerdes de mí. Si tú me recuerdas, no me importará que el resto del mundo me olvide.
El silencio se abate sobre nosotros. Un silencio profundo. Dentro de mi pecho crece una pregunta. Tan enorme que me obstruye la garganta y me corta la respiración. Pero consigo tragármela. Le pregunto otra cosa:
-¿Tan importantes son los recuerdos?
-Depende -dice ella. Cierra los ojos con desmayo-. A veces no hay nada tan importante como los recuerdos.
-Pero usted ha quemado los suyos.
-Ya no me servían para nada -dice la señora Saeki apoyando ambas manos sobre la mesa, una junto a la otra, con las palmas hacia abajo. Exactamente igual que ha hecho antes la niña-. Tamura, quiero pedirte un favor. Llévate el cuadro.
-¿El cuadro de la orilla del mar? ¿El que estaba colgado en la habitación de la biblioteca donde me alojaba yo?
-Sí. Kafka en la orilla del mar. Quiero que te lo lleves. A donde sea. A donde vayas en el futuro.
-Pero aquel cuadro debe de pertenecer a alguien.
La señora Saeki sacude la cabeza.
-Es mío. Antes de irse a Tokio, él me lo regaló. Desde entonces siempre lo he tenido junto a mí y, adondequiera que haya ido, siempre lo he colgado en mi cuarto. Cuando empecé a trabajar en la biblioteca Kômura, lo devolví a su habitación. A su lugar de origen. En el cajón de mi escritorio hay una carta dirigida a Ôshima en la que digo que te cedo el cuadro. En primer lugar, originalmente, aquel cuadro era tuyo.
-¿Mío?
Asiente.
-Sí. Tú estabas allí. Yo estaba a tu lado y te miraba. Hace mucho, muchísimo tiempo, en la orilla del mar. Soplaba el viento, unas nubes blanquísimas flotaban en el cielo y siempre era verano.
Cierro los ojos. Estoy en la playa, en verano. Estoy tendido en una tumbona. Puedo sentir el tacto áspero de la lona en la piel. Lleno mis pulmones del olor a agua marina. Aunque cierre los párpados sigue deslumbrándome la luz del sol. Se oye el rumor de las olas. El rumor se aleja y se acerca como si oscilara movido por el tiempo. Un poco más allá, alguien me está pintando. A su lado hay sentada una niña con un vestido azul celeste de manga corta. La niña mira hacia donde yo estoy. Lleva un sombrero de paja, con una cinta blanca, y deja escurrir la arena entre los dedos. Tiene el pelo liso, los dedos largos y fuertes. Dedos de pianista. Bañados por la luz del sol, sus brazos brillan, tersos como la porcelana. En las comisuras de sus labios se dibuja una sonrisa espontánea. Yo la amo. Ella me ama.
Éstos son mis recuerdos.
-Quiero que conserves siempre el cuadro -dice la señora Saeki.
Se levanta, se acerca a la ventana. Mira hacia fuera. Hace poco que el sol ha alcanzado su cénit. La abeja sigue durmiendo. La señora Saeki alza la mano derecha, se la pone en la frente formando visera y mira a lo lejos. Luego se vuelve hacia mí.
-Me tengo que ir -dice.
Me levanto, me acerco a ella. Su oreja roza mi cuello. Noto el tacto duro de la perla. Apoyo las palmas de las manos en su espalda. Como si intentara descifrar algún enigma. Su pelo acaricia mi mejilla. Sus manos me abrazan con fuerza. Las puntas de sus dedos se me clavan en la espalda. Dedos que se aferran a una pared llamada tiempo. Huele a mar. Se oye el rumor de las olas rompiendo en la playa. Alguien me está llamando. En la lejanía.
-¿Es usted mi madre? -le pregunto al fin.
-Tú ya deberías conocer la respuesta -dice la señora Saeki.
Sí. La conozco. Pero ni ella ni yo podemos formularla con palabras. Si lo hiciéramos, todo perdería su sentido.
-Hace mucho tiempo abandoné a alguien a quien no debería haber abandonado -me revela la señora Saeki-. Al ser que amaba por encima de todas las cosas. Me aterraba perderlo, así que tuve que dejarlo yo. Antes de que me lo arrebataran o de que desapareciera por cualquier circunstancia fortuita preferí abandonarlo yo. Por supuesto, también estaba presente un sentimiento de ira que no amainaba. Pero me equivoqué. Jamás tenía que haberlo abandonado.
Permanezco en silencio.
-A ti te abandonó alguien que, a su vez, nunca debió ser abandonado -dice la señora Saeki-. ¿Podrás perdonarme?
-¿Tengo derecho a hacerlo?
Inclinada sobre mi hombro, ella asiente varias veces.
-Si no te lo impiden la ira y el miedo.
-Señora Saeki, si tengo derecho a hacerlo, la perdono -digo.
Madre, dices, yo te perdono. Y algo helado que se halla dentro de tu corazón empieza a crujir.
La señora Saeki se deshace del abrazo en silencio. Se quita una horquilla del pelo y, sin titubear, se clava la afilada punta en la parte interior del brazo izquierdo. Violentamente. Y, con la mano derecha, se presiona la vena con fuerza. La sangre empieza a manar de la herida. La primera gota cae al suelo con un estrépito inesperado. Luego, sin decir nada, la señora Saeki me tiende el brazo. Vuelve a caer otra gota al suelo. Me inclino y poso los labios sobre la herida. Lamo la sangre con la lengua. Con los ojos cerrados, la saboreo. Me lleno la boca de sangre, me la bebo despacio.
Recibo su sangre en el fondo de la garganta. Y la piel reseca de mi corazón la va absorbiendo en silencio. Por primera vez comprendo cuánto necesitaba yo esta sangre. Mi mente se halla en un mundo terriblemente lejano. Pero, al mismo tiempo, mi cuerpo permanece aquí. Igual que un espíritu vivo. Llego a pensar que me gustaría beber hasta la última gota de su sangre.
Pero no puedo hacerlo. Aparto los labios de su brazo, la miro.
-Adiós, Kafka Tamura -se despide la señora Saeki-. Vuelve al lugar de donde has venido y continúa viviendo.
-Señora Saeki -digo.
-¿Qué?
-No le encuentro sentido a la vida.
Ella aparta las manos de mi cuerpo. Alza la vista hacia mi rostro. Alarga la mano, posa un dedo sobre mis labios.
-Mira el cuadro -me dice en voz baja-. Mira siempre el cuadro, tal como hacía yo.
La señora Saeki se va. Abre la puerta y sale sin mirar atrás. Cierra la puerta. De pie junto a la ventana, observo cómo se aleja su silueta.
Desaparece a paso rápido detrás de un edificio. Con la mano apoyada en el alféizar de la ventana, me quedo contemplando indefinidamente el lugar por donde ha desaparecido. Tal vez se haya olvidado decirme algo y regrese de nuevo. Pero la señora Saeki no vuelve. A sus espaldas sólo ha dejado un hueco, la forma que ha tomado su ausencia.
La abeja dormida se despierta y empieza a zumbar a mi alrededor. Poco después, como si de repente se acordara de algo, sale por la ventana abierta. El sol sigue brillando. Vuelvo a la mesa, me siento en una silla. En su taza aún queda un poco de infusión. No toco la taza, la dejo tal como está. Esta taza pronto será una metáfora de los recuerdos que se irán perdiendo.


Me quito la camiseta, vuelvo a vestirme con la que olía a sudor. Tomo el reloj muerto, me lo pongo en la muñeca izquierda. Me pongo la gorra de Ôshima con la visera hacia atrás, las gafas de sol azul celeste. Me pongo la camisa de manga larga. Voy a la cocina, me lleno un vaso de agua, me lo bebo de un tirón. Dejo el vaso en el fregadero, me doy la vuelta, barro la habitación con la mirada. Hay una mesa y sillas. La silla donde estaba sentada la niña, y la señora Saeki. Encima de la mesa todavía queda una taza de infusión a medio beber. Cierro los ojos, respiro hondo una vez. «Tú ya deberías conocer la respuesta», dice la señora Saeki.
Abro la puerta, salgo. Cierro la puerta. Desciendo los escalones del porche. Mi sombra se proyecta nítidamente en el suelo. Parece adherida a mis pies. El sol todavía está alto.
En la entrada del bosque, los dos soldados me esperan apoyados en el tronco de un árbol. Al verme no me hacen una sola pregunta. Parecen saber de antemano qué estoy pensando. Llevan el fusil en bandolera, como antes. El soldado alto tiene unas briznas de hierba en las comisuras de los labios.
-La puerta de entrada sigue abierta -dice el soldado alto, todavía con las briznas en las comisuras de los labios-. Al menos lo estaba cuando la he visto hace un rato.
-¿No te importa que avancemos tan rápido como ayer? -pregunta el soldado fornido-. ¿Podrás seguirnos?
-No habrá problema. Os seguiré.
-Si cuando lleguemos allí nos encontrarnos la puerta cerrada, no habrá manera de regresar, ¿vale? -me dice el soldado alto.
-En ese caso, no te habrá servido de nada intentarlo, ¿sabes?
-Sí -digo.
-¿Estás seguro de que quieres marcharte? -me pregunta el soldado alto.
-Sí.
-Entonces, démonos prisa.
-Es mejor que no mires atrás -me dice el soldado fornido.
-Sí, mejor será que no lo hagas -conviene el soldado alto.
Volvemos a cruzar el bosque.
Sin embargo, mientras subo una cuesta, lanzo una rápida ojeada a mis espaldas. Los soldados me han dicho que no lo haga, pero no puedo evitarlo. Es la última oportunidad que tengo de ver el pueblo abajo, a mis pies. Una vez pasado este punto, la muralla de árboles me obstruirá la vista y ese mundo se borrará de mis ojos posiblemente para siempre.
Por las calles sigue sin verse un alma. El hermoso río que cruza la cuenca fluye a lo largo de una calle donde se alinean pequeños edificios, y los postes de la electricidad, plantados a intervalos regulares, proyectan sus oscuras sombras en el suelo. Por un instante me quedo helado en ese punto. Pienso que tengo que volver suceda lo que suceda. Al menos quiero quedarme hasta el anochecer. Cuando el sol se ponga, la niña de la bolsa de lona volverá a mi habitación. Cuando la necesite, ahí estará. Un calor inunda de repente mi pecho, un poderoso imán me atrae hacia atrás. Mis pies no pueden moverse, como si estuviesen enterrados en plomo. A la que dé un solo paso hacia delante, ya no podré volver a verla jamás. Me detengo. Pierdo de vista el paso del tiempo. Quiero llamar a los soldados que avanzan delante de mí. No quiero volver, quiero quedarme aquí. Pero no logro emitir ningún sonido. Las palabras han perdido la vida.
En este momento estoy atrapado entre el vacío y el vacío. Ya no comprendo qué es lo correcto y qué no lo es. Ni siquiera sé qué deseo. Estoy solo en medio de una espantosa tempestad de arena. Alargo el brazo y ni siquiera alcanzo a ver el extremo de la mano. No puedo moverme. Me envuelve una arena blanca y fina, como polvo de huesos. Pero la señora Saeki me habla desde algún lugar.
-A pesar de ello tienes que volver -me dice con tono resuelto-Yo lo deseo. Yo deseo que estés allí.
El hechizo se ha roto. Vuelvo a ser uno solo. La sangre caliente vuelve a mi cuerpo. Es la sangre que ella me ha cedido. Su última sangre. Un instante después avanzo en pos de los soldados. Doblo un recodo y el pequeño mundo entre las montañas se borra de mi campo visual. Desaparece absorbido entre un sueño y otro. A partir de ahora me concentro únicamente en cruzar el bosque. En no perder el camino. En no apartarme de él. Eso es lo primordial.


La puerta de entrada todavía está abierta. Aún falta para que anochezca. Les doy las gracias a los dos soldados. Ellos se descargan los fusiles de la espalda, vuelven a tomar asiento sobre la gran roca plana. El soldado alto se lleva unas hierbas a la comisura de los labios. No tienen la respiración entrecortada.
-No olvides lo de la bayoneta -me dice el soldado alto-. Se la clavas en el estómago al enemigo y la empujas hacia un lado. Luego vas retorciéndola hasta hacerle trizas las visceras. Si no, vas a ser tú quien acabe con la bayoneta clavada en el estómago. El mundo exterior es así.
-No sólo eso, hombre -dice el soldado fornido.
-Claro -admite el soldado alto. Y carraspea-. Me refería a la parte oscura.
-Además es muy difícil discernir entre el bien y el mal -dice el soldado fornido.
-Pero debes hacerlo -dice el soldado alto.
-Posiblemente -conviene el soldado fornido.
-Otra cosa -dice el soldado alto-. Una vez que te alejes de aquí, no puedes volver la vista atrás ni una sola vez hasta que llegues a tu destino.
-Es algo muy importante -dice el soldado fornido.
-Hace un rato, pese a todo, has logrado escabullirte -dice el soldado alto-. Pero ahora la historia va mucho más en serio. Hasta que llegues no te vuelvas ni una sola vez.
-Bajo ningún concepto -me advierte el soldado fornido.
-De acuerdo -digo yo.
Les doy las gracias de nuevo, me despido de ellos.
-Adiós -les digo.
Ellos se ponen en pie, dan un taconazo y hacen el saludo militar.
Probablemente no vuelva a verlos jamás. Lo sé yo. Y lo saben ellos. Nos separamos.


Apenas recuerdo qué camino he seguido para volver a la cabaña de Ôshima después de despedirme de los soldados. Me da la sensación de que he ido pensando en otra cosa mientras atravesaba el bosque. Pero no me he extraviado. Recuerdo vagamente haber encontrado la mochila que a la ida había tirado a un lado del camino, y haberla recogido casi en un acto reflejo. Lo mismo ha sucedido con la brújula, la podadera, el aerosol. También recuerdo el momento en que han aparecido las señales amarillas con que yo había marcado los troncos de los árboles. Parecían escamas que hubiera dejado a su paso una polilla gigantesca.
De pie en el espacio abierto delante de la cabana, alzo la vista al cielo. Me doy cuenta de lo vivos que son los sonidos de la naturaleza a mi alrededor. Los trinos de los pájaros, el murmullo del riachuelo, el susurro del viento meciendo las hojas de los árboles. Todos sonidos humildes. Pero llegan a mis oídos con una viveza y una intimidad asombrosas, como si se me
hubieran destapado de repente las orejas. Todos los sonidos están ligados, entrelazados, pero se puede distinguir claramente cada uno de ellos. Lanzo una ojeada al reloj que llevo en la muñeca. En un momento u otro ha empezado a funcionar. En la pantalla verde figuran los dígitos de la hora, y los números van sucediéndose el uno al otro como si nada hubiera sucedido. Son las 4:16.
Entro en la cabaña, me acuesto en la cama vestido. Tras haber atravesado aquel bosque tan denso, mi cuerpo necesita imperiosamente descansar. Me tiendo boca arriba, cierro los ojos. Hay una abeja descansando en el cristal de la ventana. Bañados a la luz del sol, los brazos de la niña brillan como la porcelana. «Es un ejemplo», dice ella.
-Mira el cuadro -dice la señora Saeki-. Como hacía yo.
La blanquísima arena del tiempo se escurre a través de los delgados dedos de la niña. Se oye un tenue rumor de olas rompiendo en la orilla. Suben, bajan, se deshacen. Suben, bajan, se deshacen. Mi conciencia está siendo absorbida dentro de una especie de corredor oscuro.


Haruki Murakami

(Traducción del japonés
de Lourdes Porta)


Haruki Murakami. Escritor y traductor japonés nacido en Kyoto. Ha recibido el premio literario Yomiuri, prestigioso galardón que también obtuvieron Yukio Mishima, Kenzaburo Oe y Kobo Abe. Autor de las novelas, Hear the Wind Sing (1979), ganadora del premio de literatura Gunzou; Pinball 1973 (1979), La caza del carnero salvaje (1982), Tokio Blues (1987) Baila Baila Baila (1988), The Elephant Vanishes (1993) , Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995) Kafka en la orilla (2002, Proclamada mejor novela del año por el Ney York Time, en 2005), entre otras. También escribió colecciones de cuentos como "Sauce ciego, mujer dormida" y ensayos como Underground. Tradujo al japonés narradores estadounidenses como F. Scott Fitzgerald, o John Irving y Raymond Carver. Murakami considera a Salinger como uno de sus maestros. Su trabajo se ha traducido a catorce idiomas. Actualmente vive cerca de Tokio. Se ha observado que la improvisación de los músicos de jazz, cierta reiteración de motivos, el movimiento sincopado de sus acordes, el tema y sus variaciones, ha influido en su escritura.

VER síntesis argumental de Kafka en la orilla en Letras libres.



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