miércoles, 15 de octubre de 2008

CANTO XXIII - PARAÍSO - La Divina Comedia


Octavo Cielo o Cielo estrellado (continuación). Los espíritus triunfantes. El Poeta y Beatriz. La glorificación de Cristo. La sonrisa de Beatriz. La milicia celeste. La apoteosis de María. La vuelta al Empíreo. El himno mariano.



Tal como el ave, entre la fronda amada,
puesta en el nido con su dulce prole,
en la noche que todo nos esconde,

por ver las imágenes deseadas
y por hallar comer con que nutrirla,
grave labor que para ella es grata,

al tiempo se anticipa en la alta rama,
y con ardiente afecto al sol espera
mirando fijo antes que nazca el alba;

así mi dama se mostraba erguida
y atenta, vuelta al ámbito del cielo
en el que el sol nos muestra menos prisa;

tal que, viéndola ansiosa y en suspenso,
me torné como aquel que acaso quiere
otra cosa, y se calma con la espera.

Mas poco transcurrió entre esos trances,
mi espera, digo, y la visión del cielo
que más y más venía ya aclarando.

Y Beatriz dijo: "¡Éste es el ejército
para el triunfo de Cristo y todo el fruto
recogido al girar de estas esferas!"

Yo creí que su rostro ardía entero,
y mostraban sus ojos tal leticia,
que me importa pasar sin expresarlo.

Y cual en los serenos plenilunios
Trivia sonríe en medio de las ninfas
eternas que decoran todo el cielo,

vi yo sobre millares de lucernas
un Sol que las prendía de consuno,
como hace el nuestro en las regiones altas;

y por la viva luz trasparentábase
La luciente substancia tan brillante
que no la sostenía mi mirada.

¡Oh Beatriz, mi querida y dulce guía!
Ella me dijo: "Lo que te supera
es fuerza a la que nada se resiste.

Allí están la Sapiencia y la Prudencia
que entre el cielo y la tierra abrieron sendas
ya desde largo tiempo deseadas."

Como fuego de nube se desprende
por dilatarse sin que se contenga,
y fuera de lo propio cae a tierra


así mi mente con tamañas viandas
engrandecida, escapó a sí misma
y recordar no sabe qué fue de ella.

"Abre los ojos y cuál soy contempla:
has visto cosas que capaz te hacen
de sostener sereno mi sonrisa."

Estaba yo como el que se resiste
de olvidada visión y que procura
en vano restituirla a la memoria,

cuando oí esta ofrenda, en verdad digna
de gracias, y que nunca ha de extinguirse
del libro que el pretérito reseña.

Si ahora sonasen todas esas lenguas
que nutrieron Polimnia y las hermanas
con su leche dulcísima más pingüe,

para ayudarme, de lo verdadero
ni siquiera el milésimo dirían
al cantar la sonrisa y el semblante;

y así, al figurar el Paraíso,
conviene que el poema sacro salte
como el que encuentra roto su sendero.

Pero quien piense el ponderoso tema
y los hombros mortales que lo cargan,
si ellos tiemblan no habrán de censurarlos.

No es rumbo para barca difunta
el que va hendiendo mi atrevida proa,
ni para nauta parco el esfuerzo.

¿Por qué mi rostro tanto te enanamora,
que no te vuelves al jardín hermoso
que con la luz de Criato se enflorece?

Allí la rosa está en el Verbo
carne se hizo; allí están los lirios
a cuyo olor se toma el buen camino."

Así Beatriz; y yo, que a sus consejos
dispuesto estaba, aún quise rendirme
al batallar de mis endebles párpados.

Como en rayo de sol que me llegara
por una nube rota tengo visto,
desde la sombra, un florido prado;

vi grandes muchedumbres de esplendores
con cálidos destellos en lo alto,
mas sin ver el principio de esos rayos.

¡Oh benigna virtud que así los signas,
tal te exaltaste para ampliar el ámbito
a mis ojos aún poco potentes!

El nombre de la flor que siempre invoco
mañana y tarde, me contrajo el ánimo
a reparar en el mayor destello.


Y no bien ambos ojos me pintaron
el valor y el grandor de tal estrella
que arriba vence, según vence abajo,

descendió desde el cielo una gran lumbre,
formada en cerco a guisa de corona,
y la ciñó y giró en torno a ella.

La melodía que más dulce suena
aquí abajo y atrae más al alma,
parecería nube detonante

comparada al sonar de aquella lira
con que se coronaba ese zafiro
con que el cielo más claro se enzafira.

"Soy el amor angélico, que giro
entorno a la leticia que trasciende
del vientre que dio albergue al Deseado;

y giraré, Dama del cielo, mientras
tú sigas a tu hijo, y divinices
aún más a la alta esfera entrando en ella."

Así la circulada melodía
se terminaba, y las otras lumbres
repetían el nombre de María.

El real manto de todos los volúmenes
del mundo, que más arde y más se aviva
en el soplo de Dios y sus designios,

su faz interna allá sobre nosotros
mostraba tan distante, que su imagen
no aparecía aún donde yo estaba:

pero mis ojos no tuvieron fuerza
de seguir tras la llama coronada
que se elevó detrás de su simiente.

Y como el chiquitín hacia la mama
tiende los brazos, tras tomar la leche,
por un cariño que hacia afuera arde,

esos candores sobre sí elevaron
la propia llama, y así el alto afecto
de ellos hacia María fue patente.

Después allí quedaron a mi vista,
'Regina coeli' cantando tan dulce,
su deleite aún no me ha dejado.

¡Cuánta fertilidad la que se guarda
ea esas ricas arcas destinadas
a sembrar aquí abajo buenos predios!

Allí se vive y goza del tesoro
que se adquirió llorando en el exilio
de Babilonia, que no quiso el oro.

Y triunfa allí, bajo el supremo Hijo
de Dios y de María, en su victoria,
con el Concilio antiguo y con el nuevo,

el que tiene las llaves de tal gloria




Dante Alighieri (Florencia, 1265 - Rávena, 1321) Poeta italiano y uno de los máximos exponentes de toda la historia de la poesía.



(Traducción de Angel J. Battistessa)
Paradiso: Canto XXIII
Come l'augello, intra l'amate fronde,
posato al nido de' suoi dolci nati
la notte che le cose ci nasconde,
che, per veder li aspetti disiati
e per trovar lo cibo onde li pasca,
in che gravi labor li sono aggrati,
previene il tempo in su aperta frasca,
e con ardente affetto il sole aspetta,
fiso guardando pur che l'alba nasca;
così la donna mia stava eretta
e attenta, rivolta inver' la plaga
sotto la quale il sol mostra men fretta:
sì che, veggendola io sospesa e vaga,
fecimi qual è quei che disiando
altro vorria, e sperando s'appaga.
Ma poco fu tra uno e altro quando,
del mio attender, dico, e del vedere
lo ciel venir più e più rischiarando;
e Beatrice disse: «Ecco le schiere
del triunfo di Cristo e tutto 'l frutto
ricolto del girar di queste spere!».
Pariemi che 'l suo viso ardesse tutto,
e li occhi avea di letizia sì pieni,
che passarmen convien sanza costrutto.
Quale ne' plenilunii sereni
Trivia ride tra le ninfe etterne
che dipingon lo ciel per tutti i seni,
vid'i' sopra migliaia di lucerne
un sol che tutte quante l'accendea,
come fa 'l nostro le viste superne;
e per la viva luce trasparea
la lucente sustanza tanto chiara
nel viso mio, che non la sostenea.
Oh Beatrice, dolce guida e cara!
Ella mi disse: «Quel che ti sobranza
è virtù da cui nulla si ripara.
Quivi è la sapienza e la possanza
ch'aprì le strade tra 'l cielo e la terra,
onde fu già sì lunga disianza».
Come foco di nube si diserra
per dilatarsi sì che non vi cape,
e fuor di sua natura in giù s'atterra,
la mente mia così, tra quelle dape
fatta più grande, di sé stessa uscìo,
e che si fesse rimembrar non sape.
«Apri li occhi e riguarda qual son io;
tu hai vedute cose, che possente
se' fatto a sostener lo riso mio».
Io era come quei che si risente
di visione oblita e che s'ingegna
indarno di ridurlasi a la mente,
quand'io udi' questa proferta, degna
di tanto grato, che mai non si stingue
del libro che 'l preterito rassegna.
Se mo sonasser tutte quelle lingue
che Polimnia con le suore fero
del latte lor dolcissimo più pingue,
per aiutarmi, al millesmo del vero
non si verria, cantando il santo riso
e quanto il santo aspetto facea mero;
e così, figurando il paradiso,
convien saltar lo sacrato poema,
come chi trova suo cammin riciso.
Ma chi pensasse il ponderoso tema
e l'omero mortal che se ne carca,
nol biasmerebbe se sott'esso trema:
non è pareggio da picciola barca
quel che fendendo va l'ardita prora,
né da nocchier ch'a sé medesmo parca.
«Perché la faccia mia sì t'innamora,
che tu non ti rivolgi al bel giardino
che sotto i raggi di Cristo s'infiora?
Quivi è la rosa in che 'l verbo divino
carne si fece; quivi son li gigli
al cui odor si prese il buon cammino».
Così Beatrice; e io, che a' suoi consigli
tutto era pronto, ancora mi rendei
a la battaglia de' debili cigli.
Come a raggio di sol che puro mei
per fratta nube, già prato di fiori
vider, coverti d'ombra, li occhi miei;
vid'io così più turbe di splendori,
folgorate di sù da raggi ardenti,
sanza veder principio di folgóri.
O benigna vertù che sì li 'mprenti,
sù t'essaltasti, per largirmi loco
a li occhi lì che non t'eran possenti.
Il nome del bel fior ch'io sempre invoco
e mane e sera, tutto mi ristrinse
l'animo ad avvisar lo maggior foco;
e come ambo le luci mi dipinse
il quale e il quanto de la viva stella
che là sù vince come qua giù vinse,
per entro il cielo scese una facella,
formata in cerchio a guisa di corona,
e cinsela e girossi intorno ad ella.
Qualunque melodia più dolce suona
qua giù e più a sé l'anima tira,
parrebbe nube che squarciata tona,
comparata al sonar di quella lira
onde si coronava il bel zaffiro
del quale il ciel più chiaro s'inzaffira.
«Io sono amore angelico, che giro
l'alta letizia che spira del ventre
che fu albergo del nostro disiro;
e girerommi, donna del ciel, mentre
che seguirai tuo figlio, e farai dia
più la spera suprema perché lì entre».
Così la circulata melodia
si sigillava, e tutti li altri lumi
facean sonare il nome di Maria.
Lo real manto di tutti i volumi
del mondo, che più ferve e più s'avviva
ne l'alito di Dio e nei costumi,
avea sopra di noi l'interna riva
tanto distante, che la sua parvenza,
là dov'io era, ancor non appariva:
però non ebber li occhi miei potenza
di seguitar la coronata fiamma
che si levò appresso sua semenza.
E come fantolin che 'nver' la mamma
tende le braccia, poi che 'l latte prese,
per l'animo che 'nfin di fuor s'infiamma;
ciascun di quei candori in sù si stese
con la sua cima, sì che l'alto affetto
ch'elli avieno a Maria mi fu palese.
Indi rimaser lì nel mio cospetto,
'Regina celi' cantando sì dolce,
che mai da me non si partì 'l diletto.
Oh quanta è l'ubertà che si soffolce
in quelle arche ricchissime che fuoro
a seminar qua giù buone bobolce!
Quivi si vive e gode del tesoro
che s'acquistò piangendo ne lo essilio
di Babillòn, ove si lasciò l'oro.
Quivi triunfa, sotto l'alto Filio
di Dio e di Maria, di sua vittoria,
e con l'antico e col novo concilio,
colui che tien le chiavi di tal gloria.







IMAGEN: Beata Beatrix, pintura dee Dante Gabriel Rossetti.


CRISTO EN LA CRUZ















Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
ultimo de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta,
De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?



Jorge Luis Borges


Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 - Ginebra, Suiza, 1986) Escritor argentino. Procedía de una familia de próceres que contribuyeron a la independencia del país. Su antepasado, el coronel Isidro Suárez, había guiado a sus tropas a la victoria en la mítica batalla de Junín; su abuelo Francisco Borges también había alcanzado el rango de coronel. Pero fue su padre, Jorge Borges Haslam, quien rompiendo con la tradición familiar se empleó como profesor de psicología e inglés. Estaba casado con la delicada Leonor Acevedo Suárez, y con ella y el resto de su familia abandonó la casa de los abuelos donde había nacido Jorge Luis y se trasladó al barrio de Palermo, a la calle Serrano 2135, donde creció el aprendiz de escritor teniendo como compañera de juegos a su hermana Norah. En aquella casa ajardinada aprendió Borges a leer inglés con su abuela Fanny Haslam y, como se refleja en tantos versos, los recuerdos de aquella dorada infancia lo acompañarían durante toda su vida. Apenas con seis años confesó a sus padres su vocación de escritor, e inspirándose en un pasaje del Quijote redactó su primera fábula cuando corría el año 1907: la tituló La visera fatal. A los diez años comenzó ya a publicar, pero esta vez no una composición propia, sino una brillante traducción al castellano de El príncipe feliz de Oscar Wilde. En el mismo año en que estalló la Primera Guerra Mundial, la familia Borges recorrió los inminentes escenarios bélicos europeos, guiados esta vez no por un admirable coronel, sino por un ex profesor de psicología e inglés, ciego y pobre, que se había visto obligado a renunciar a su trabajo y que arrastró a los suyos a París, a Milán y a Venecia hasta radicarse definitivamente en la neutral Ginebra cuando estalló el conflicto. Borges era entonces un adolescente que devoraba incansablemente la obra de los escritores franceses, desde los clásicos como Voltaire o Víctor Hugo hasta los simbolistas, y que descubría maravillado el expresionismo alemán, por lo que se decidió a aprender el idioma descifrando por su cuenta la inquietante novela de Gustav Meyrink El golem. Hacia 1918 lee asimismo a autores en lengua española como José Hernández, Leopoldo Lugones y Evaristo Carriego y al año siguiente la familia pasa a residir en España, primero en Barcelona y luego en Mallorca, donde al parecer compuso unos versos, nunca publicados, en los que se exaltaba la revolución soviética y que tituló Salmos rojos. En Madrid trabará amistad con un notable políglota y traductor español, Rafael Cansinos-Assens, a quien extrañamente, a pesar de la enorme diferencia de estilos, proclamó como su maestro. Conoció también a Valle Inclán, a Juan Ramón Jiménez, a Ortega y Gasset, a Ramón Gómez de la Serna, a Gerardo Diego... Por su influencia, y gracias a sus traducciones, fueron descubiertos en España los poetas expresionistas alemanes, aunque había llegado ya el momento de regresar a la patria convertido, irreversiblemente, en un escritor. De regreso en Buenos Aires, fundó en 1921 con otros jóvenes la revista Prisma y, más tarde, la revista Proa; firmó el primer manifiesto ultraísta argentino, y, tras un segundo viaje a Europa, entregó a la imprenta su primer libro de versos: Fervor de Buenos Aires (1923). Seguirán entonces numerosas publicaciones, algunos felices libros de poemas, como Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929), y otros de ensayos, como Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y El idioma de los argentinos, que desde entonces se negaría a reeditar. Durante los años treinta su fama creció en Argentina y su actividad intelectual se vinculó a Victoria y Silvina Ocampo, quienes a su vez le presentaron a Adolfo Bioy Casares, pero su consagración internacional no llegaría hasta muchos años después. De momento ejerce asiduamente la crítica literaria, traduce con minuciosidad a Virginia Woolf, a Henri Michaux y a William Faulkner y publica antologías con sus amigos. En 1938 fallece su padre y comienza a trabajar como bibliotecario en las afueras de Buenos Aires; durante las navidades de ese mismo año sufre un grave accidente, provocado por su progresiva falta de visión, que a punto está de costarle la vida. Al agudizarse su ceguera, deberá resignarse a dictar sus cuentos fantásticos y desde entonces requerirá permanentemente de la solicitud de su madre y de su amigos para poder escribir, colaboración que resultará muy fructífera. Así, en 1940, el mismo año que asiste como testigo a la boda de Silvina Ocampo y Bioy Casares, publica con ellos una espléndida Antología de la literatura fantástica, y al año siguiente una Antología poética argentina. En 1942, Borges y Bioy se esconden bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq y entregan a la imprenta unos graciosos cuentos policiales que titulan Seis problemas para don Isidro Parodi. Sin embargo, su creación narrativa no obtiene por el momento el éxito deseado, e incluso fracasa al presentarse al Premio Nacional de Literatura con sus cuentos recogidos en el volumen El jardín de los senderos que se bifurcan, los cuales se incorporarán luego a uno de sus más célebres libros, Ficciones, aparecido en 1944. En 1945 se instaura el peronismo en Argentina, y su madre Leonor y su hermana Norah son detenidas por hacer declaraciones contra el nuevo régimen: habrán de acarrear, como escribió muchos años después Borges, una "prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos", pero lo cierto es que, a causa de haber firmado manifiestos antiperonistas, el gobierno lo apartó al año siguiente de su puesto de bibliotecario y lo nombró inspector de aves y conejos en los mercados, cruel humorada e indeseable honor al que el poeta ciego hubo de renunciar, para pasar, desde entonces, a ganarse la vida como conferenciante. La policía se mostró asimismo suspicaz cuando la Sociedad Argentina de Escritores lo nombró en 1950 su presidente, habida cuenta de que este organismo se había hecho notorio por su oposición al nuevo régimen. Ello no obsta para que sea precisamente en esta época de tribulaciones cuando publique su libro más difundido y original, El Aleph (1949), ni para que siga trabajando incansablemente en nuevas antologías de cuentos y nuevos volúmenes de ensayos antes de la caída del peronismo en 1955. Inesperadamente, en 1967 contrae matrimonio con una antigua amiga de su juventud, Elsa Astete Millán, boda de todos modos menos tardía y sorprendente que la que formalizaría pocos años antes de su muerte, ya octogenario, con María Kodama, su secretaria, compañera y lazarillo, una mujer mucho más joven que él, de origen japonés y a la que nombraría su heredera universal. Pero la relación con Elsa fue no sólo breve, sino desdichada, y en 1970 se separaron para que Borges volviera de nuevo a quedar bajo la abnegada protección de su madre. En esta diversa tesitura política, el recién constituido gobierno lo designará, a tenor del gran prestigio literario que ha venido alcanzando, director de la Biblioteca Nacional e ingresará asimismo en la Academia Argentina de las Letras. Enseguida los reconocimientos públicos se suceden: Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cuyo, Premio Nacional de Literatura, Premio Internacional de Literatura Formentor, que comparte con Samuel Beckett, Comendador de las Artes y de las Letras en Francia, Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes de Argentina, Premio Interamericano Ciudad de Sèo Paulo. Los últimos reveses políticos le sobrevinieron con el renovado triunfo electoral del peronismo en Argentina en 1974, dado que sus inveterados enemigos no tuvieron empacho en desposeerlo de su cargo en la Biblioteca Nacional ni en excluirlo de la vida cultural porteña. Dos años después, ya fuera como consecuencia de su resentimiento o por culpa de una honesta alucinación, Borges, cuya autorizada voz resonaba internacionalmente, saludó con alegría el derrocamiento del partido de Perón por la Junta Militar Argentina, aunque muy probablemente se arrepintió enseguida cuando la implacable represión de Videla comenzó a cobrarse numerosas víctimas y empezaron a proliferar los "desaparecidos" entre los escritores. El propio Borges, en compañía de Ernesto Sábato y otros literatos, se entrevistó ese mismo año de 1976 con el dictador para interesarse por el paradero de sus colegas "desaparecidos". De todos modos, el mal ya estaba hecho, porque su actitud inicial le había granjeado las más firmes enemistades en Europa, hasta el punto de que un académico sueco, Artur Ludkvist, manifestó públicamente que jamás recaería el Premio Nobel de Literatura sobre Borges por razones políticas. Ahora bien, pese a que los académicos se mantuvieron recalcitrantemente tercos durante la última década de vida del escritor, se alzaron voces, cada vez más numerosas, denunciando que esa actitud desvirtuaba el espíritu del más preciado premio literario. Para todos estaba claro que nadie con más justicia que Borges lo merecía y que era la Academia Sueca quien se desacreditaba con su postura. La concesión del Premio Cervantes en 1979 compensó en parte este agravio. En cualquier caso, durante sus últimos días Borges recorrió el mundo siendo aclamado por fin como lo que siempre fue: algo tan sencillo e insólito como un "maestro".


IMAGEN: El Cristo de Salvador Dalí.




POEMA DESCRIPTIVO




Sabed que Apolo es hoy el dios de los periodistas.

Su favorito es quien le narra con fidelidad los hechos.




Friedrich Hölderlin (Lauffen am Neckar, Alemania, 1770-Tubinga, id., 1843)

(Traducción de Federico Gorbea)


DIE BESCHREIBENDE POESIE

Wisst, Apoll ist der Gott der Zeitungsschreiber geworden,
Und sein Mann ist, wer ihm treulich das Faktum erzählt.

EN LO ALTO DE LA COLINA
















En lo alto de la colina

Algunas tardes a reposar me siento,
Mientras el viento alrededor de las cumbres silba
Y suenan las campanas en la torre,
La contemplación trae la paz a mi corazón
Que unido queda a esa imagen,
Aliviando sus dolores
Más allá de la razón.

¡Paisaje amado! por cuyo centro
Pasa el camino, tan llano,
Y sobre él la pálida luna se eleva
Cuando el viento del anochecer comienza,
Donde más sencilla es la Naturaleza
Y más grandiosas las montañas,
A mi hogar regreso, pleno,
En busca del dorado vino.





Friedrich Hölderlin (Lauffen am Neckar, Alemania, 1770-Tubinga, id., 1843)

(Traducción de Txaro Santoro
y José María Alvarez)



Droben auf des Hügels Gipfel
Siz' ich manchen Nachmittag,
Wenn der Wind umsaust die Wipfel,
Bei des Thurmes Glokenschlag,
Und Betrachtung giebt dem Herzen
Frieden wie das Bild auch ist,
Und Beruhigung den Schmerzen,
Welche reimt Vertand und List.

Holde Landschaft! wo die Strasse
Mitten durch sehr eben geht,
Wo der Mond aufsteigt, der blasse,
Wenn der Abendwind entsteht,
Wo die Natur sehr einfältig.
Wo die Berg' erhaben stehn,
Geh'ich heim zulezt, haushältig.
Dort nach goldnem Wein zu sehn.



IMAGEN: El caminante sobre el mar de nubes, pintura de Caspar David Friedrich.





HIPERIÓN A BELARMINO


Hay un olvido de toda existencia, un callar de nuestro ser, que es como si lo hubiéramos encontrado todo.
Hay un callar, un olvido de toda existencia en que es como si hubiéramos perdido todo, una noche de nuestra alma en que no nos alumbra el centelleo de ningún astro, ni siquiera un tizón de leña seca.
Me fui tranquilizando. Ya nada me despertaba a medianoche. Ya no me consumía en mi propia llama.
Tranquilo y solitario, miraba ante mí, sin volver la vista ni al pasado ni al futuro. Las cosas, lejanas o próximas, ya no penetraban en mi espíritu; a los hombres, cuando no me obligaban a mirarlos, no los veía.
Antes, este siglo se había presentado a mi espíritu como el tonel de las Danaides, y mi alma se vertía con su pródigo amor para llenar los huecos; ahora ya no veía agujeros, ahora ya no me oprimía el fastidio de vivir.
Ya no decía nunca más a la flor: ¡tú eres mi hermana!, ni a las fuentes: ¡somos de la misma raza!, sino que daba a cada cosa fielmente su nombre, como un eco.
Como un río de orillas áridas, en cuyas aguas no se refleja ni una sola hoja de sauce, corría ante mí el mundo desprovisto de toda belleza.



Friedrich Hölderlin (Lauffen am Neckar, Alemania, 1770-Tubinga, id., 1843)


(Traducción de Jesús Munárriz)

ESTAR PERMANENTEMENTE EN LAS PALABRAS


Estar permanentemente en las palabras, quieras o no,

Estar siempre vivo, lleno de palabras por la vida,
como si las palabras estuviesen vivas, como si la vida fuera
palabra.

Tan distinto es, creedme.
Entre una palabra y un objeto
sólo te entremetes tú mismo,
como con un enfermo yaces con los dos
ya que ninguno se arrima jamás al otro
degustas un sonido y un cuerpo,
y te gustan los dos.

Sabe a muerte.

Pero vida y muerte, si existen las dos,
quién sabe,
como hay tanto muerto lejano en mí,
como ya me ha afectado
tanto fallecido
y también los muertos.

una amiga que antes me conocía,
un jarro del que brindé por ti




Ingeborg Bachman (Alemania, Klagenfurt, 1926-Roma, 1973)

(Traducción de Jan Pohl)

Immerzu in den Worten sein, ob man will oder nicht,
Immer am Leben sein, voller Worte ums Leben,
als wären die Worte am Leben, als wäre das Leben am Wort.

So anders ists, glaubt mir.
Zwischen ein Wort und ein Ding
da dringst du nur selber ein,
wie bei einem Kranken liegst du bei beiden
da keins je ans andre sich drängt
du kostest einen Klang und einen Körper,
und kostest beide aus.

Es schmeckt nach Tod.

Doch Tod und Leben, ob es beides gibt,
wer weiB,
da soviel Totes Fernes, in mir ist
mich soviel Totes,
mich Tote auch
schon mitgenommen haben.

eine Freundin, die mich früher kannte,
ein Scherben, aus dem ich dir zutrank



domingo, 12 de octubre de 2008

LA MÚSICA DEL DESIERTO




—la danza empieza: se detiene contra un bulto
que se apoya inmóvil— en el puente
entre Juárez y El Paso —irreconocible
en la penumbra


Esperen!


Esperaron mientras lo inspeccionabas
en plena banqueta


¿Está vivo?


-¡ni cabeza,
ni piernas, ni brazos!
¿No es un costal de trapos
que alguien olvidó . aletargado
contra el refuerzo de la viga . ?

inhumanamente amorfo
las rodillas apretadas contra el vientre

¡Parece un huevo!

¡Qué lugar para dormir!
en la Frontera Internacional. ¿Dónde más
entre jurisdicciones, para no ser molestado?


¿Cómo decir lo que debe ser dicho?

Sólo el poema.


Sólo el poema contado hasta su exacta medida:
imitar, no copiar la naturaleza, no
copiarla

no copiarla servilmente
¡hacerla danza! bailar
dos y dos con él
secuestrado ahí dormido,
¡bocarriba!






















Una música
altera su quietud, saludándonos
desde la lejanía


¡despierta la danza
que agita sus dedos entumidos!


Sólo el poema
sólo el poema consumado dice lo que debe
ser dicho, no calca la naturaleza,
se nos atraganta

¿La ley? La ley no da
sino un cadáver, envuelto en un manto sucio.
La ley se funda en asesinato y reclusión,
aplazados largamente,
pero esto, siguiendo la música insensata,
se funda en la danza:

una agonía de la propia conciencia


todo unido
por aquello que nos rodea


No puedo escapar

No puedo vomitarlo

¡Sólo el poema!

Sólo el poema consumado, el verbo lo atrae
a la existencia


—se ve muy chico para ser un hombre.
Una mujer. O un viejo marchito.
Tal vez muerto. Probablemente inspeccionen el lugar
y más tarde lo remuevan


Lo lancen al río.


Sería bueno.


Al salir de California rumbo al este, el desierto fértil,
(si tuviera agua)
nos rodeaba, música para sobrevivir, suave, distante,
a medias escuchada; fuimos tragados
por ella al caer la tarde, mirando la arena
arrastrada por el viento,
pasamos Yuma. Toda la noche en dirección a El Paso
para ver a un amigo,
dormimos a ratos. Pensando en París, me despertó el cruce
por los rieles. El
desierto veteado


—cómo decir
lo que entonces vi y escuché
—situarme (en
mi naturaleza) ante la naturaleza


—para imitar
la naturaleza (porque copiar la naturaleza sería
vergonzoso)


Me recuesto:
El viejo mercado es buen sitio para empezar:
empecemos por aquí—
el trago de tequila
cuesta un níquel en estas callejuelas.
Pero no! entres. Ah, a estas horas
no hay problema pero vi a H. terriblemente
golpeado en uno de esos bares. Él se
lo buscó. Pensé que iban
a matarlo. Yo bebo
en la calle, principal


Esa es la plaza de toros
Oh, dijo Floss, en cuanto se acostumbró al
cambio de luz
¡Qué color! ¿No es
divino?
—flores de papel (
para los santos)
utensilios de barro rojo, embadurnados
de azul, platería,
chiles secos, cebollas, telas estampadas, ropa
de niños . el sitio abandonado salvo
por algunos indios acuclillados en sus
puestos, indiferentes (no te creas),
haciéndose los dormidos .


Hay otro piso. ¿Quieres
subir?


¿Por qué son tan altos los tejanos?
Esta mañana vimos a una mujer con su capa de mink
medía cuando menos seis pies ¡Qué mujer!
Probablemente una actriz de Broadway.


—decirte qué más vimos: como un millón
de gorriones desgañitándose
en los árboles de aquel pequeño parque donde hacían.
parada los camiones, santuario,
supongo,
del viento que así arroja la arena
por la ciudad


Le dicen lluvia tejana
—y esos dos cocodrilos en la fuente .-

Eran cuatro

y yo sólo vi dos
Te miraban
todo el tiempo
¡Un quintito por favor! ¿No me regala un quintito,
míster?

No les des nada.

. instintivamente
uno ya ha quitado la mano
desnuda de esos obscenos dedos
mientras internamente habla una vaga aprensión
y la música se aviva


Entremos aquí.

¡una música! suspendida cuando
la puerta del bar se cierra tras nosotros.


Tenemos
otra media hora.


—de regreso a la calle
el amontonamiento se despliega de puesto en puesto por toda
la banqueta. Enfrente, no menos insistentes
las mejores tiendas abren de par en par. Entra
y echa un ojo. No tienes que comprar: sombreros,
botas de montar, sarapes

¡Mira cómo,
colgado de su cuello con un rebozo, esa
muchacha india carga a su bebé!

—un río de español
mientras se desliza, intensa, grandes los
ojos en vehemente charla con su esposo-niño

—tres chicas medio crecidas, una comiendo
granada. Ríen.

y los turistas serios,
marido y mujer, de mediana edad, del medio oeste,
los brazos cargados con el botín, susurrando
juntos —buscan ofertas .

y los dulces
pintados de rojo y verde con anilina en el pequeño puesto
atendido por la india vieja.
¿Crees que alguien de veras
compre —y se coma eso?

Me empiezan a doler los pies.

Nos quedan unos minutos.
Tratemos aquí. El mes pasado despidieron al alcalde
por sacar $3000 a la semana de
los burdeles de la ciudad. No les quedaba gran cosa
a las muchachas. Hay un show adentro.

Sólo unas cuantas mesas
están ocupadas. Una orquesta convencional —este
sitio se anima luego— toca el consabido
ritmo del lugar— un dúo, ella
intimando con alguien
fuera del escenario. Ríen: están acabando el acto.

Así que bebemos hasta el siguiente show: un
strip-tease,

¿De veras? ¡Qué cosa! ¡Mírala!

Tendrías que estar
muy borracho para excitarte.
No es mexicana. Una corista gringa
cualquiera. Mira esos pechos.

Fascina
verla sacudir
las lentejuelas prendidas de la
cinta que rodea sus caderas

Gira pero no
es lo que crees,
no se ríe uno
al ver su panza.

Uno se conmueve pero no
del espectáculo soso. El
guitarrista bosteza. Ella
ni siquiera canta. Tiene

en torno a su pintado
descaro una pantalla
de lindas palomas que
baten las alas

Sus ojos fríos mecánica-
mente gimen sin
sonreír. Pero arrullan
por gracia de
un cierto candor. Le
pesan los pies.
Está bien. Se
inclina y se apoya
en la mesa del
calvo-sentado
solo, derecho, de modo
que todo cuelga hacia ade-
lante.
¿De qué diablos
te ríes
entre dientes? ¿No
de ella?
¡La música!
Ella me gusta. Se amolda
a la música


¿Por qué estos indios no dejan esa nauseabunda charla
sobre sus almas y amores y nos cantan algo
distinto para variar?


Este lugar está repleto
de eso. Ella
al menos sabe que pertenece
a otra tonada,
conoce a sus clientes,
tenemos la misma
opinión de
ellos. Eso le da un
punto a su favor . uno a su favor
siguiendo la engañosa
música .
Hay otra música. El brillante caramelo de su desnudez
inesperadamente la eleva
para compartir la tonada


Andromeda de esas rocas,
la virgen de su mente . esos terribles
verdes y rojos
en su mofa de la virtud
se vuelve inexplicablemente virtuosa
aunque en modo alguno
lo pretende .

Salgámonos de esto.


En la calle me llegó
de golpe cuando empezamos de nuevo a caminar. ¿O será
que simplemente juego al poeta? ¿Lo invento simple-
mente a partir de pura paja? Pensé


¿Qué, en forma de una vieja puta,
en un pinche congal mexicano de Juárez, meneando
locamente el trasero desnudo, puede ser
tan refrescante para mí, llevar a mi oído
tan dulce tonada, compuesta de semejante porquería?


Aquí estamos. Llegarán en cualquier momento.
El bar está a la derecha de la entrada,
tienes que pasar frente a unas cuantas mesas
para llegar al comedor, más allá.

Un grupo de cuatro, dos gringos gigantes, ya
maduros, vestidos de vaqueros,
sombreros y todo, están borrachos y siguen
la parranda
con sus nenas, también borrachas,

especialmente una, incitando a su hombre, el
más grandote, ¡
Yipi! a bailar en
el reducido espacio, indiferente a todo
—es insaciable y él trata

a tropezones de seguirle el paso.
¡Dale la pistola, socio! ¡
Yipi! Nos
abrimos paso hacia su mesa, somos
siete. Sentadas por allí
había familias tranquilas, algunas con
niños, comiendo. De mejor clase
que los que andan en
las calles. Así que ya estuvo. Se alcanza
a ver la cocina
donde uno de los cocineros, con la camisa
arremangada, un delantal sobre
los pantalones de traje,
bien planchados, el pelo negro
cuidadosamente peinado,
un hombre alto,
bien parecido, trabaja
absorto, ante una tabla de picar.

¿
Old Fashioneds para todos?

Así que éste es William
Carlos Williams, el poeta

Floss y yo habíamos comido a medias

los corazones de lechuga partidos, antes
de notar que los demás no habían ni empezado

Se ve usted bastante normal. ¿Me puede explicar?

¿Por qué
el deseo de escribir un poema?


Porque está allí para escribirse.

Ah. ¿Asunto de inspiración, entonces?

De necesidad.

Ah. ¿Pero qué lo hace aparecer?


Soy de los que tienen
los sesos desparramados
sin propósito


—y así
llegada la hora, la codorniz comida, íbamos
de vuelta camino a El Paso.


Buenas noches. Buenas
noches y gracias . No. A ustedes. Vamos
a caminar

—y así, en la mano desnuda, sentimos otra vez
esos dedos insistentes .

Un quintito, míster, por favor.
Por favor, un quintito. Demne un quintito.

Aquí está y ahora lárgate.


—pero la música, la música ha vuelto a despertar
mientras dejamos las calles más concurridas
y volvemos al puente en la penumbra,
pagamos la cuota y empezamos a cruzar de nuevo
mirando las luces de la montaña tras El
Paso y nos detenemos a ver a los muchachos que nos llaman
para pedirnos más monedas, parados
en los charcos . entonces ahí
está el aliciente, en la molestia
de esos sorprendentes dedos.


¿Así que usted es poeta?
buena carga para quitársela de encima —medio borracho,
una comida gratis en la panza, aunque pueda darte
tifoidea— y haber conocido gente
con la que al menos se puede hablar


alivio de esa inmutable, eterna,
inevitable e insistente música

¡Qué más buscan ustedes, latinos,
sino alivio!
con inexpresivo ding dong nos sirven
sus almas y sus amores que nosotros
deglutimos. ¡Españoles! (aunque la mayoría
son indios que persiguen a los malditos blancos
por las calles en el día de la Independencia
y tratan de matarlos) .

¿Qué es eso?

En serio.


¿Pero qué es ESO?

¡la musical ¡la
música! como cuando Casals tocó
y sostuvo un tono profundo de chelo
me quedo sin habla .
Allí estaba
en el ángulo saliente del reborde del puente
mientras me detenía pasmado y lo miraba—
a media luz: amorfo o más bien de vuelta
a su forma original, sin brazos, sin piernas,
sin cabeza, arrumbado como el hueso de una fruta en
ese rincón oscuro— o
un pez que nada a contracorriente —
o un niño en el útero listo a imitar la vida,
protegiendo su vida contra
un nacimiento de promesa atroz. La música
lo cuida, una mucosa, una película que envuelve,
una tinta que entumece y mancha el
mar de nuestras mentes —para alejarnos— despojados
de una forma lo más cercana posible a lo amorfo,
¡una música! una música protectora


¡
Soy poeta. Lo
soy. Lo soy. Soy poeta, confirmé, avergonzado


Ahora la música irrumpe como
en el momento solitario en que la oigo. Ahora me
envuelve ¡La danza! El verbo se desprende
e intenta articularse


Y no pude dejar de pensar
en los milagros del cerebro
que oye esa música y en nuestra
aptitud para a veces retenerla.



William Carlos Williams (estadounidense, Rutherford, New Jersey, 1883-1963)



(Versión de Myriam Moscona y Adriana González Mateos)

The desert music



—the dance begins: to end about a form
propped motionless— on the bridge
between Juárez and El Paso—unrecognizable
in the semi-dark


Wait!


The others waited while you inspected it,
on the very walk itself


Is it alive?


—¡neither a head.
legs nor arms!

It isn't a sack of rags someone
has abandoned here . torpid agains
the flange of the supporting girder . ?

an inhuman shapelessness.
knees hugged tight up ipto the belly

Egg-shaped!


what a place to sleep!
on the intemational Boundary. Where else,
interjurisdictional, not to be disturbed?

How shall we get said what must be said?

Only the poem.

Only the counted poem, to an exact measure:
to imitate, not to copy nature, not
to copy nature

NOT, prostrate, to copy nature
but a dance! to dance
two and two him—
sequestered there asleep,
right end up!


A music
supersedes his composure; hallooing to us
across a great distance .


wakens the dance
who blows upon his benumbed fingers!


Only the poem
only the made poem, to get said what must
be said, not to copy nature, sticks
in our throats


The law? The law gives us nothing
but a corpse, wrapped in a dirty mantle.
The law is based on murder and confinement,
long delayed,
but this, following the insensate music,
is based on the dance:

an asony of self-realization

bound into a whole
by that which surrounds us

I cannot escape
I cannot vomit it up

Only the poem!
Only the made poem, the verb calls it into being .


—it looks too small for a man.
A woman. Or a very shriveled old man.
Maybe dead. They probably inspect the place
and will cart it away later

Heave it into the river.

A good thing.

Leaving California to return east, the fertile desert,
(were it to get water)
surrounded us, a music of survival, subdued, distant, half
heard; we were engulfed
by it as in ¡he early evening, seeing the wind lift
and drive the sand, we
passed Yuma. Al night long, heading for El Paso to
meet our friend,
we siept fitfully. Thinking of Paris, I waked to the tick
of the rails. The
jagged desert


—to tell
what subsequently I saw and what heard
—to place myself in
my nature) beside nature

—to imitate
nature (for to copy nature would be a
shameful thing)

I lay myself down:

The Old Market's a good place to begin:
Let's cut through here—

tequila's only
a nickel a slug in these side streets.
Keep out thought. Oh, it's all right at
this time of day but I saw H. terribly
beaten up in one of those joints. He
asked for it. I thought he was going to
be killed. I do
my drinking on the main drag
That's the bull ring
Oh, said Floss, after she got used to the
change of light
What color! Isn't it
wonderful!


—paper flowers (para los santos)
baked red-clay utensils, daubed
with blue, silverware,
dried peppers, onions, print goods, children's
clothing . the place deserted all but
for a few Indians squatted in the
booths, unnoticing (don't you think it)
as though they slept there


There's a second tier. Do you
want to go up?


What makes Texans so tall?
We saw a woman this morning in a mink cape
six feet if she was an inch. What a woman!
Probably a Broadway figure.

—tell you what else we saw: about a million
sparrows screaming their heads off
in the trees of that small park where
the buses stop, sanctuary,
I suppose,
from the wind driving the sand in that way
about the city

Texas rain they call it

—and those two alligators in the fountain

There were four

I saw only two

They were looking

right at you all the time

Penny please! Give me penny please, mister.

Don't give them anything.

instinctively
one has already drawn one's naked
wrist away from those obscene fingers
as in the mind a vague apprehension speaks
and the rnusic rouses

Let's get in here.
a music! cut off as
the bar door closes behind us.

We've got
another half hour.
—returned to the street,
the pressure moves from booth to booth along
the curb. Opposite, no less insistent
the better stores are wide open. Come in
and look around. You don't have to buy: hats,
riding boots, blankets

Look at the way,
slung from her neck with a shawl, that young
Indian woman carries her baby!

—a stream of Spanish,
as she brushes by, intense, wide
eyed in eager talk with her boy husband

—three half grown girls, one of them eating a
pomegranate. Laughing,

and the serious tourist,
man and wife, middle-aged, middle-western,
their arms loaded with loot, whispering
together —still looking for bargains

and the aniline
red and green candy at the little booth
tended by the old Indian woman.
Do you suppose anyone actually
buys—and eats the stuff?

My feet are beginning to ache me.

We still got a few minutes.
Let's try here. They had the mayor
up last month for taking $3000 a week from
the whorehouses of the city. Not much left
for the girls. There's a show on.
Only a few tables
occupied. A conventional orchestra—this
place livens up later—playing the usual local
jing-a-jing—a boy and girl team, she
confidential with someone
off stage. Laughing: just finishing the act.

So we drink until the next turn—a strip tease.

Do you mean it? Wow!- Look at her.

You'd have to be
pretty drunk to get any kick out of that.
She's no Mexican. Some
worn-out trouper from
the States. Look at those breasts

There is a fascination!
seeing her shake
the beaded sequins from
a string about her hips

She gyrates but it's
not what you think,
one does not laugh
to watch her belly.

One is moved but not
at the dull show. The
guitarist yawns. She
cannot even sing. She

has about her painted
hardihood a screen
of pretty doves which
flutter their wings.

Her cold eyes perfunc-
torily moan but do not
smile. Yet they bill
and coo by grace of
a certain candor.
She

is heavy on her feet.
That's good. She
bends forward leaning
on the table of the
balding man sitting
upright, alone, so that
everything hangs for-
ward.
What the hell
are you grinning
to yourself about? Not
at her?
The music!
I like her. She fits

the music

Why don't these Indians get over this nauseating prattle
about their souls and their loves and sing us something
else for a change?

This place is rank
with it. She
at least know she's
part of another tune,
knows her customers,
has the same
opinion of them as I
have. That gives her
one up . one up
following the lying
music .


There is another music. The bright-colored candy
of her nakedness lifís her unexpectedly to partake of its tune


Andromeda of those rocks,
the virgin of her mind those unearthlyl
greens and reds
In her mockery of virtue
she becomes unaccountably virtuous
though she in no
way pretends it
Let's get out of this.

In the street it hit
me in the face as we started to walk again. Or
am I merely playing the poet? Do I merely invent
it out of whole cloth? I thought

What in íhe form of an old whore in
a cheap Mexican joint in Juárez, her bare
can waggling crazily can be
so refreshing to me, raise to my ear
so sweer a tune, built of such slime?

Here we are. They'll be along any minute.
The bar is ai íhe right of the entrance,
a few tables opposite which you have to pass
to get to me dining room. beyond.

A foursome, two oversize Americans, no
longer young, got up as cowboys,
hats and all, are drunk and carrying on
with their gals, drunk also,

especially one inciting her man, the
biggest, Yip ee! to dance in
the narrow space, oblivious to everything
—she is insatiable and he is trying

stumblingly to keep up-with her.
Give it the gun, pardner! Yip ee! We
pushed by them to our table, seven
of us. Seated about the room

were quiet family groups, some with
children, eating. Rather a better
class than you notice
on the streets. So here we are. You

can see through into the kitchen
where one of the cooks, his shirt sleeves
rolled up, an apron over
the well-pressed pants of a street

suit, black hair neatly parted,
a tall
good-looking man, is working
absorbed, before a chopping block

Old Fashioneds all around?

So this is Wiiliam
Carlos Williams, the poet

Floss and I had half consumed
our quartered hearts of lettuce before
we noticed the others hadn't touched theirs
You seem quite normal. Can you tell me? Why
does one want to write a poem?

Because it's there to be written.

Oh. A matter of inspiration then?

Of necessity.

Ok. But what sets it off?

I am that he whose brains
are scattered
aimlessly


—and so,
the hour done, the quail eaten, we were on
our way back to El Paso,

Good night. Good
night and thank you . No. Thank you. We're
going to walk

—and so, on the naked wrist, we feel again
those insistent fingers

Penny please, mister.
Penny please. Give me penny.

Here! now so away.


—but the music, the music has reawakened
as we leave the busier parts of the street
and come again to the bridge in the semi-dark,
pay our fee and begin again to cross
seeing the lights along the mountain back of El
Paso and pause to watch the boys calling out
to us to throw more coins to them standing
in the shallow water . so that's
where the incentive lay, with the annoyance
of those surprising fingers.

So you're a poet?
a good thing to be got rid of-half drunk,
a free dinner under your belt, even though you
get typhoid- and to have met people you
can at least talk to

relief from that changeless, endless
inescapable and insistent music


What else, Latins, do you yourselves
seek but relief!
with the expressionless ding dong you dish up
to us of your souls and your loves, which
wa swallow. Spaniards! (though these are mostly
Indians who chase the white bastards
through the streets on their Indepenldence Day
and try to kill them)

What's that?

Oh, come on.

But what's THAT?

the music! the
music! as when Casals struck
and held a deep cello tone
and I am speeehless .
There it sat
in the projecting angle of the bridge flange
as I stood aghast and looked ai it—
in the half-light: shapeless or rather returned
to its original shape, armless, legless,
headless, packed like the pit of a fruit into
that obscure corner—or
a fish to swim against the stream—or
a child in the womb prepared to imitate life,
warding its life against
a birth of awful promise. The music
guards it, a mucus, a film that surrounds it,
a benumbing ink that stains the
sea of our minds—to hold us off—shed
of a shape close as it can get to no shape,
a music! a protecting music


I am a poet! I
am. I am. I am a poet, I reaffirmed, ashamed


Now the music volleys through as in
a lonely moment I hear it. Now it is all
about me. The dance! The verb detaches itself
seeking to become articulate


And I could not help thinking
of the wonders of the brain that
hears that music and of our
skill sometimes to record it.





Nota: The desert music se publica sin las sangrías y márgenes originales, dado que el programa del blog sólo reconoce las sangrías y márgenes más comunes.



IMAGEN:  El desierto del Sahara.