La popularidad de la mala escritura es análoga al disfrute de la comida chatarra.
sábado, 27 de septiembre de 2025
HÁNDICAP (Variedades portátiles)
viernes, 25 de julio de 2025
RÉQUIEM PARA UN SÍMBOLO DE NOBLEZA
lunes, 26 de abril de 2021
LAS LÍRIDAS – Poemas de escarmiento
Morte in Venezia
Lleno de moscato
pasado
de lluvia
en
una pizzería céntrica
leo
unos poemas de Pound
y
pienso
en su
encierro prolongado
en
una jaula al sol
-atracción
zoológica-
y en
el único e imperdonable
delito:
el berrido lúcido
o la
provocativa estupidez.
Mercadolibre
Centauros y unicornios
ya no
sorprenden.
La
inmensa mayoría
se
inclina por los autos
último modelo.
Pasaporte
Raro que para llegar al cielo
haya
que meterse por un agujero en la tierra.
Uisge beatha
Lavan el lenguaje en el río
las
lavanderas regordetas de Joyce.
Apenas
enjuagues de sentido:
cristales
de espuma contaminantes.
La merienda real
He convivido con el absurdo.
Me
juzgó el panóptico.
Practiqué
el mimetismo.
Rechacé
las propinas.
No di
ni pedí nada a nadie.
No
fui domesticado.
Aún
adentro, me mantuve afuera.
Tiempo
de darle la banana al mono.
Hemisferios
En vida fue casi mudo.
Muerto y abierto
el cráneo
encontraron una nuez.
Y abierta la nuez
al medio
encontraron un poema.
Latigazno
La tecnología
es el latín
del siglo XXI.
La ecuación
sentimental
Cordero degollado –dijiste.
Gallina ciega –retruqué.
-Perrito faldero.
-Gata flora.
-Mono con navaja.
-Araña pollito.
-Sangre de pato.
-Boa constrictor.
-Bicho
bolita.
-Pájara
pinta.
-Pollito
mojado.
-Abejita
reina.
-¿En
serio?
-En
serio.
-Pinocho mío.
-Bambi.
Cambio de piel
En algún monte, entre las piedras, la serpiente está cambiando su piel.
En todos los palacios londinenses, a la misma hora, está cambiando la
guardia.
Mientras pedalea en su bicicleta, sin saberlo, mi hijo está cambiando de
voz.
Artes mecánicas
Hay que prestar mucha atención:
Cuando habla el muñeco
el que habla es el ventrílocuo.
Cuando habla el ventrílocuo
el que habla es el muñeco.
Cuando muera el ventrílocuo
desde la penumbra de su valija
el muñeco seguirá hablando
porque es bien sabido
que los muñecos no mueren.
Maizal
Noche cerrada en el maizal.
Muy
lejos se escuchan
los
camiones en la ruta.
Estoy
solo y sin linterna.
Lo
único que brilla
son
los ojos del espantapájaros.
Pianos
Se cruzan en mi patio
los pianos de Bill Evans
y del Cuchi Leguizamón.
Me agarra del cuello
eso que nos hace llorar
y no tiene nombre.
Finanzas
Hay una usura más humillante
que la del dinero: la del amor.
Sabiduría
ancestral
Los indios caminaban hacia atrás
para indicar a sus seguidores
la dirección contraria.
Los críticos parecen sobrevivir
merced al mismo recurso.
Las costureras
¿Cuántos miles de kilómetros pedalearon
muchas abuelas en las Singer, sin haber
salido en todas sus vidas de un cuartito?
Santiago Espel
Santiago Espel, nació en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, en 1960. Publicó en poesía rapé, 1988 (Faja de Honor de la S.A.D.E); Pavesas & Muelles, 1990, Misas en Harlem, 1993 (1er. Premio de Poesía Nacional Ramón Plaza); Cantos Bizarros, 1998; La claridad meridiana, 2001; La víspera sí, 2002; Isoca, 2004; Vulgata, 2006; 100 haikus, 2008; Cuaderno acústico, 2010; La penitencia, 2012; Notas sobre Poesía, 2013 (Ensayo, con versión completa al inglés por Carlos Altschul); Mesa de entradas, 2015; Breviario exótico de accidentes poéticos, 2016; Photo Carné, 2018 (Premiado en el Concurso Internacional de Poesía Raúl González Tuñón y traducción al inglés por Carlos Altschul); El Pan de la rabia & El Vals, 2019, y Su Señoría, 2020. También recibió una Mención Especial en el Primer Concurso Provincial de Poesía “Francisco López Merino”, por su breve poemario El Margen. En 1995 publicó la novela La Santa Mugre o El País de Cucaña, en Grupo Editor Latinoamericano. Su poesía fue traducida al inglés, alemán y portugués. Tradujo a Philip Larkin, Paul Blackburn, Kenneth Patchen, Alice Oswald, Vachel Lindsay, Patrick Kavanagh, Patti Smith, John Ashbery, Don Paterson, Gary Snyder, Peter Hammill, Denise Levertov, Adrienne Rich, Sylvia Plath, Sam Savage, Dylan Thomas, Irving Layton, Mario Quintana, Mario de Sá Carneiro, Jorge de Sena, Carlos de Oliveira, Joao Cabral de Melo Neto y Wilson Bueno, entre otros. Participó en antologías nacionales e internacionales. Integró junto a Jorge Rivelli, Javier Adúriz, Roberto Malatesta y Griselda García, la revista de poesía Omero. Y con Fernando Kofman codirigió la revista de pensamiento y poesía FranKBaires. Es miembro de la Sociedad de los poetas vivos. Es egresado de la Escuela de Periodistas del Círculo de la Prensa, Casa Matriz de Latinoamérica. Coordina talleres de escritura en Vicente López, lugar donde reside. Su poesía fue musicalizada, documentalizada, y puesta en escena teatral y artística en más de una ocasión. Es editor del sello de poesía, narrativa y ensayo, La Carta de Oliver, desde 1990, en el que lleva editados de manera independiente alrededor de 100 títulos
domingo, 29 de junio de 2014
Ganchos
La última mujer con la que estuve
me dejó la casa llena de ganchos
de carnicería.
Me fui dando cuenta de a poco,
a los días de quedarme solo.
Ganchos ahora vacíos
y oscilantes como horcas.
De esos ganchos, mi última mujer
colgaba toallas, corpinos, bufandas
y grandes pañuelos de seda.
De la seda emanaban
perfumes oscilantes como horcas.
Cuando me quedé solo,
de a poco fui escuchando
el tenue balanceo de los ganchos:
un acero sinuoso
cortando el aire.
Al fin, no me quedó otra
que descolgar los ganchos,
uno por uno, meterlos en una
bolsa y tirarlos al río.
Si un día de estos vuelve
por los ganchos
le voy a decir que vaya a dragar el río.
Me acuerdo que el último gancho
que descolgué era realmente grande;
tan grande como para resistir
el peso de un viejo caballo sangrante.
Santiago Espel
Santiago Espel nació en Capital federal, Bs.As. Argentina, en 1960. Publicó en poesía: Rapé, 1988 (Faja de Honor de la SADE); Pavesas & Muelles, 1990; Misas en Harlem, 1993 (1º Premio de Poesía en el Concurso Nacional Ramón Plaza); Cantos Bizarros, 1988; La claridad meridiana, 2001 (mención en el Certamen Internacional "Letras de Oro 2000", Honorarte , y Divisa Nacional "Horacio Rega Molina"; La víspera sí, 2002; Isoca, 2004 y Vulgata, 2006; 100 Haikus, 2008, Cuaderno acústico, 2010 y La penitencia, 2012. También es autor de "Notas para la poesía", una suerte de miscelánea ensayística sobre el género. En 1995 publicó la novela La Santa Mugre o el País de Cucaña, en Grupo Editor Latinoamericano. Dirigió la revista bilingüe de poesía (castellano-inglés) La Carta de Oliver, entre 1990 y 1999. Actualmente coordina la colección de libros de poesía del mismo sello. Integra la revista de poesía Omero. Es miembro de la Sociedad de los Poetas Vivos.
jueves, 17 de junio de 2010
CUADERNO ACÚSTICO
EL BAÑO
Mejor que una bañera llena de agua caliente es una bañera
llenándose, porque ese preliminar es una anunciación,
un modo de interferir en el tiempo y en el espacio propios;
por eso, ese decantado regular y percusivo que es el agua
cayendo por un cordón perdurable y diáfano, se vuelve
la promesa abierta de una serie de intrincadas sensaciones y el infortunio
posterior y último de su misma fugacidad.
El baño de inmersión es un viaje iniciático; debajo de la
línea uniforme del agua que atravesamos con alguno de los
pies, probando la temperatura del agua, que suele resultar extremadamente
caliente, debajo de esa línea recta,
una vez sentados cómodamente, luego de vencer la alta
temperatura, luego de contraer los genitales por causa
del agua caliente, entrando despacio, sentándome muy despacio, para
contrarestar la primera virulencia del
ardor, de la quemazón que invade mis partes más
sensibles, luego de acomodar el cuerpo y alterar la línea recta del agua, que
sube considerablemente como
consecuencia de nuestra invasión en ese espacio líquido
obediente a las leyes de la física, luego de estos torpes
ensayos de amateur, quedamos quietos y plácidos,
asimilando ese estado de sumergidos, esperando que el
agua retorne a su calma, a su línea divisoria definitiva.
Mientras, aunque no hay un mientras mientras estoy ahí,
observando cómo mis pies se distorsionan bajo el agua,
mientras, entonces, no hay nada que esperar, nada que hacer,
salvo estar ahí, viendo cómo mi miembro tiende a buscar
la superficie, cómo los pelos que lo rodean flamean como
medusas, porque hay una corriente bajo el agua, algo tenue
parecido a una brisa subterránea, algo que nos anestesia
mientras lo único importante es estar ahí, expectantes.
Cuando el agua queda estática, perdemos la noción de
temperatura, es extraño, pero es así; con sólo movernos
apenas un poco, muy poco, esa mínima agitación recupera
la temperatura ambiente, por raro y absurdo que parezca.
Dicen que el baño es bueno para los cálculos renales,
y que también dispara sensaciones prenatales; a mi
me gusta la idea del viaje, de la incisión en el tiempo y el espacio.
La canilla gotea parejamente y amplifica la caída de las gotas:
un eco somnífero de ejecución hipnótica; yo me hundo
en esa materia como la memoria se hunde en el olvido,
y presiono el grifo para abolir ese metrónomo acústico
y acuático; corto esa referencia del mundo como quien
apaga un signo vital convulsivo y quedo en el más absoluto
silencio, dejando de lado el tono impersonal del asunto
y asumiendo que es mi cuerpo el que está ahí, mi cuerpo
deformado por el cristal del agua que empieza a enfriarse;
las yemas de mis dedos están arrugadas, marcan las huellas
dactilares en relieve; parecen dedos de algún animal, un reptil;
mi presión, a causa del calor, empieza a bajar; esa flojera
que fue bienestar y relajación se transforma en martirio;
tiro de la cadenita de metal y saco el tapón; rápidamente
el nivel del agua empieza a descender, ese vasto espacio
comienza a ahuecarse, a coronar su vacío, a dejar mi
cuerpo frío y destemplado; cerca de la boca del desagüe
aparece un pequeño círculo de sombra sobre la superficie
del agua; es la sombra del remolino, el agua que se va
con prisa, sin saber si se resiste a irse y es impelida por
la succión o si por el contrario quiere irse cuanto antes,
llevarse algo de mi ensoñación, algo que estuvo en mi
cuerpo y ya no estará, fragmentos de mi descanso, deseos,
secretos, y sobre todo esa extrañeza que sentimos en la
intimidad, ese no saber cómo son las cosas, quiénes somos
antes de ser absorbidos por el caño de la bañera, luego de ser
regurgitados, antes de empezar a temblar y agarrar la toalla.
Ediciones la Carta de Oliver,
2010)
miércoles, 4 de noviembre de 2009
20 HAIKUS
Suenan guitarras.
La voz canta tristezas
de amores rotos.
Limpia el espejo.
Afila la navaja.
Corta su lengua.
Da pena verla:
la casa demolida
Cartel de venta.
Barre la escoba
partículas de polvo,
chispazos de luz.
Verdulería:
el niño estornuda;
brillan las uvas.
Dientes de vidrio
sobre las medianeras:
jardín de presos.
Hundo la pala
en la tierra húmeda
murió mi gato.
Rompo las nueces
y destapo botellas;
mañana me iré.
En la penumbra
horizontal del cuarto
sudan dos cuerpos.
Verde perejil
sobre blanco almidón
manjar sencillo.
Nidos caídos
después de la tormenta;
pichones muertos.
El vaso lleno.
La botella vacía.
Puños cerrados.
Ella no llega.
Los músicos afinan
los instrumentos.
Una flor seca
cae del viejo libro:
mi primer amor.
Alquitrán duro.
Ya no fuman mis pipas;
maderas sabias.
A la deriva,
perdido en la ciudad:
un globo rojo.
La teclas blancas.
Los dedos amarillos.
Las teclas negras.
De madrugada.
Solo en la cocina,
pensando en vos.
Es infalible:
la flor del jacarandá
tiñe noviembre.
Fuera del mundo.
Solo en la bañera;
canto bajito.
LA HORNALLA
La noche entra por la ventana
y se sienta en mi cocina
como una vieja conocida.
Sube el aro del fuego
y transfigura las sombras
en los azulejos blancos:
el bisonte corre por la llanura.
Miro los juguetes del río
en la pileta:
la cacerola escorada
el discurso trunco
el mate lavado
la vecina de los Rosales
las plumas del gallo sangrado.
El fuego me alarga su mano crepitante,
íntima en la sombra.
Una mujer duerme
y tiene la cara
como una fruta abrillantada.
Por la claraboya entra la luna.
Los símbolos amados de lo cotidiano.
¿De qué estaba hecha la materia del discurso?
¿Qué sustancia tenía la ilusión de la gente?
Yo hago pasar a la luna a los pasillos de mi casa.
Mi casa es como un barco chirriante, sin goznes,
un arpegio de tormentas y supercherías astrales;
yo hago pasar a la luna en sus estribos de luz,
de noche, sola, arrítmica, de canto, lomo de pez,
como esa sopa o agua bendita prometida...
deberemos colgar a Noé, al viento de las once,
deberemos ser pacientes, imbéciles como becerros/
Mañana, otra vez, el presidente dará el mensaje,
a las once, aunque el pescado, se dice, siga sin vender;
mañana será el gran día; el agua, calma, la sopa, bendita/
Los vecinos andan atareados de chusmerío,
intercambian, trafican con prisa paquetes
de azúcar, fideos, conservas, velas, perecederos;
en los pasillos, asomados a las ventanas, en las mirillas,
se dan con alevosía al pronóstico, mañana sí, mañana,
repiten, ángeles tardíos, mañana, trajinan,
y cuchichean la sopa, a las once, el agua bendita.../
Mañana a las once el presidente tendrá otra oportunidad;
se lo verá con el bisonte detrás, la llanura, la bandera.
Subo el fuego de la hornalla y cuento mi salario poco;
escupo con el caballo mi kerosene, mi indio,
soy esa agua que hierve y quema mi nido adentro-,
la bronca es una serpiente que trepa y se enrosca
en mi cabeza, como la laboriosa, sibilante y callada.
Dónde estaré mañana a las once cuando el presidente/
/se venderá el pescado del km. 120 a las once cuando/
De a poco se va apagando el chismorreo vecino;
se cierran sin gala las persianas; andan los gatos;
sopla el viento del río y trae el óxido obsceno,
el tambor, el rojo gallo partido, el pico, la sed.
¿Dónde ir con la luna redonda que pesa en la espalda?
¿Dónde liberar los contornos presos de la penumbra?
¿Cómo reflotar las ollas encalladas en la pileta sucia?
¿Pinchan las aristas del discurso, si toco, si pruebo?
Usted lo sabía... pez... vamos.../
/¿y ahora.,.? no se haga...
¡¿Cuando sean las once...?!
¿Qué hará?, dónde, conteste.../
Una mujer duerme abrillantada por la luna.
La corona de la hornalla alza la cocina.
Corre el bisonte por la llanura de su sombra.
La noche es un encaje de tramas vegetales.
Algo más que mi alma se alza frente a vos.
Sube la bronca y es un turbante en mi nido;
la araña anuda su indio malsano de ponzoñas;
teje la bordadora su baba lerda sin contorno.
¿Y si toco? ¿Y si pruebo? ¿Y si muerdo? ¿Qué?
Nada. Nada ni nadie afuera.
Ni un perro que ladre, Sancho.../
Y si mañana yo por ejemplo salgo y/
/¿qué dirá mañana que no haya dicho?
...fue lo que dijo o lo que no dijo?/
...fue cómo lo dijo o cómo no lo dijo?/
y si yo no digo pero por ejemplo salgo y
Saco el tapón de la pileta y el agua ronca
en su remolino de barbas, espumas y óxidos;
se sacude la olla sin sus aguas donde escorar
como resbala esta mugre estancada hasta su/
La noche entra por la ventana
y se sienta en mi cocina
como una vieja conocida.
Mañana/
mañana a las once
voy
a cerrar las ventanas
voy
a apagar el televisor
voy
a dejar el mate sobre la mesa
voy
a dejar la hornalla encendida
y voy
a salir/
Ed.La Carta de Oliver, Bs.As., 2006)
Santiago Espel (Argentina, Capital Federal, Bs.As., 1960)
lunes, 9 de marzo de 2009
EL POEMA DE LAS HUELLAS Y LAS COSAS
Lo primero en desaparecer son las cosas,
Y quedan las huellas.
Después también desaparecen las huellas.
Y queda el lugar que ellas ocuparon.
El lugar que solo nosotros reconocemos,
porque antes estuvieron las huellas
y antes que las huellas estuvieron las cosas.
Santiago Espel (Argentina, Capital Federal, Bs.As., 1960)
sábado, 11 de octubre de 2008
MISAS EN HARLEM
Los negros esperan el fin del mundo cantando blues.
Por las calles baja una murga rioplatense con banderines
y formularios de embajadas. Es carnaval y todos los negros
le rezan al Dios Blanco, el Dios de la iconografía occidental.
Las misas en harlem valen un muñequito de yeso esmaltado y la
promesa de enmudecer los tamboriles.
Sólo por eso los negros afilan sus navajas y fuman marihuana
al compás del blues.
Santiago Espel (Argentina, Capital Federal, Bs.As., 1960)






