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martes, 23 de julio de 2013

Tres piedrecitas


























En la mesa 
bajo la lámpara 
hay tres piedrecitas 
que traje de Dieppe

a menudo cuando como
bebo café o hablo
interrumpen
el curso de mis pensamientos

una es de color verdoso 
alargada y ancha 
y se zambulle en el mantel 
como un pez

la segunda es marrón 
y abierta con una lengua 
cuando la vi por primera vez 
pensé en un hocico

la tercera es ovalada
gris oscura entre líneas blancas
común y fortuita
no me recuerda a nada

cuando las piedras interrumpen
alargo la mano
para tocar
lo que encuentro en ellas

oriento el pez 
para así poder ver 
sus ojos 
y el envite de su cola

coloco
el dedo meñique 
entre las mandíbulas 
del animal marrón

la tercera piedra la levanto 
y sostengo detenidamente 
para volver a dejarla en la mesa 
y así

se me parece sólo a lo que es



John Berger
(Traducción: Pilar Vázquez)



John Berger. Escritor inglés (Londres, 1926 - Francia, Antony, 2017). Inició su vida profesional como pintor y profesor de dibujo. Las marcas de la guerra en el futuro incierto de su padre, el radicalismo político postergado de su madre y la dureza de la escolaridad británica lo hicieron anarquista a los quince años, desertor del preparatorio de Oxford a los dieciséis, y alumno rebelde más tarde en la Escuela Central de Bellas Artes. Después del fin de la guerra, su fe marxista, otra escuela de arte, esta vez en Chelsea con profesores artistas como Henry Moore, y el primer oficio, una columna semanal de crítica de arte en el New Statesman y el Tribune, editado por George Orwell.También fue guionista de cine. Su primera novela Un pintor de nuestro tiempo, fue duramente criticada por su aparente simpatía con la dirigencia húngara prosoviética; y su ensayo Modos de ver, libro de referencia para toda una generación de historiadores de arte, fue un éxito inesperado. Recibió el Premio Booker por su novela G, donando sus beneficios en parte a las Panteras Negras. Más tarde se exilio definitivamente en el continente europeo, en una pequeña comunidad de campesinos en los Alpes y actualmente divide su vida entre un suburbio parisino durante el invierno y el pueblo alpino en verano. Las novelas de Berger hablan de una dialéctica moderna implacable entre memoria y pérdida, progreso y nueva barbarie. Su trilogía De sus fatigas, compuesta de Puerca tierra (1979), Una vez en Europa (1983) y Lilia y Flag (1990), es una extendida meditación sobre el camino del campesino que cambia una pobreza por otra en la ciudad. Además publicó: Y nuestros rostros, breves como fotos (1984), Hacia la boda (1995), King (2000), Aquí nos vemos (2005), Fotocopias (2006), EL sentido de la vista y El tamaño de una bolsa, entre otros. En la actualidad es uno de los novelistas y ensayistas más originales y revelantes del mundo anglosajón.




martes, 11 de noviembre de 2008

UNA CANCIÓN DE AMOR
















Las montañas son despiadadas

la lluvia funde la nieve
que volverá a congelarse.

En el café dos extraños
tocan el acordeón
y los hombres apiñados cantan.

Las melodías colman
las bolsas del corazón
los huecos de los ojos.

Las palabras colman
las particiones
que aúllan entre los oídos.

La música limpia las uñas
suaviza las manos
restriega los callos.

Los hombres apiñados,
que vienen del ganado empapado,
del aceite diesel, de la eterna pala,

acarician
el aire de una canción de amor
con manos dulcificadas.

Las mías han abandonado mis muñecas
y cruzan las montañas
para hallar tus pechos.

En el café dos extraños
tocan el acordeón,
la lluvia funde la nieve.



John Berger (Inglaterra, Londres, 1926; Francia, Antony, 2017)

(Traducción Mirta Rosenberg)





lunes, 10 de noviembre de 2008

UNA VEZ EN UN POEMA




Los poemas, incluso cuando son narrativos, no se parecen a los cuentos. Todos los cuentos tratan de batallas de una u otra clase, que terminan en victoria y en derrota. Todo se mueve hacia el fin, cuando se sabrá el resultado. Los poemas, ajenos a los resultados, cruzan los campos de batalla, atendiendo a los heridos, escuchando los locos monólogos de los triunfadores y los temerosos. Traen una especie de paz. No por medio de anestesias o tranquilizadoras confirmaciones, sino por medio del reconocimiento y la promesa de que lo que se ha experimentado no desaparecerá como si jamás hubiera existido. Sin embargo, no se promete un monumento. (¿Quién que esté todavía en el campo de batalla desea monumentos?) Se promete que el lenguaje ha acogido, ha dado refugio a esa experiencia que lo ha pedido a gritos. Los poemas son más parecidos a una plegaria que los cuentos, pero en la poesía no hay nadie a quien orar oculto tras el lenguaje. El lenguaje mismo debe escuchar y conceder. Para el poeta religioso, la Palabra es el primer atributo de Dios. En toda la poesía las palabras son una presencia antes de ser un medio de comunicación. Sin embargo, la poesía usa las mismas palabras y más o menos la misma sintaxis que, digamos, el informe general anual de una corporación multinacional. (Corporación que prepara, para su provecho, algunos de los más terribles campos de batalla del mundo moderno.) Entonces, ¿cómo puede la poesía transformar el lenguaje de tal modo que en vez de comunicar información, escuche y prometa y cumpla la función de un dios? Que un poema pueda utilizar las mismas palabras que el informe de una empresa no significa más que el hecho de que un faro y la celda de una prisión puedan construirse con piedras de la misma cantera, unidas con el mismo cemento. Todo depende de la relación entre las palabras. Y la suma total de todas las relaciones posibles depende del modo en el que el autor se relacione con el lenguaje, no como vocabulario, ni como sintaxis, ni siquiera como estructura, sino como principio y como presencia. El poeta sitúa el lenguaje más allá del alcance del tiempo: o, más precisamente, el poeta se acerca al lenguaje como si fuera un lugar, un punto de reunión donde el tiempo no tiene objeto, donde el tiempo está abarcado y contenido. Si la poesía habla a veces de su propia inmortalidad, esta demanda tiene mucho más alcance que la afirmación del genio de un poeta particular dentro de una historia cultural particular. En este caso, se deben diferenciar la inmortalidad y la fama postuma. La poesía puede hablar de inmortalidad porque se abandona al lenguaje en la convicción de que el lenguaje abarca todas las experiencias, pasadas, presentes y futuras. Hablar de la promesa de la poesía podría ser equívoco, pues una promesa se proyecta hacia el futuro, y lo que la poesía propone es precisamente la coexistencia del futuro, el presente y el pasado. Una promesa que se aplica al presente y al pasado así como al futuro es más bien una certeza.




John Berger (Inglaterra, Londres, 1926; Francia, Antony, 2017)


(Traducción Mirta Rosenberg)



El texto publicado fue extraido del Diario de Poesía Nº5 (Invierno de 1987).